15
Pasar a un caballero
La ruta de los buscadores prosiguió hacia el suroeste mientras los días daban paso a las semanas y estas se convertían en meses. A través del paso central de las Cunas del Sol y durante cinco días más de marcha, la ruta había sido marcada por Cale Ojo Verde y sus seis compañeros del equipo de búsqueda de la patrulla perdida. Pero todo cuanto había más al oeste de ese punto era un terreno inexplorado, y Colin Diente de Piedra condujo a su gente hacia allí sin siquiera mirar atrás. A sus espaldas quedaba Thoradin; al frente, —conforme a la profecía de Mistral Thrax— estaba Everbardin.
Al no pertenecer ya a Thorin, habían dejado de ser calnars, pero seguían siendo parte de aquellos llamados en tiempos «los más altos» a causa de la encumbrada ubicación de Thorin, por encima de los reinos humanos. En la lengua enana el término era «hylar». Y así, al no tener nombre para sí mismos, tomaron el de hylar y lo llevaron consigo. Para ellos, Thorin era ahora Thoradin, y Thoradin pertenecía al pasado. En algún lugar más allá de las colinas y planicies de los reinos centrales se hallaba el futuro.
Encaramado a la silla del gran caballo Piquin, seguido por otros seis jóvenes aventureros, Cale Ojo Verde exploraba por campo abierto, por delante de la tribu de Colin Diente de Piedra, que avanzaba lentamente hacia un lejano lugar que ninguno de ellos había visto nunca, un lugar llamado Kal-Thax que quizá sólo era una leyenda o los sueños del viejo Mistral Thrax. Los hylars, un millar de familias sin hogar, marchaban penosamente a través de las estribaciones que conducían hacia el reino ergothiano. El ritmo constante de los tambores marcando el paso era una promesa y una advertencia para quienquiera que lo oyera: una promesa para el pueblo hylar de que la profecía de Everbardin se haría realidad; una advertencia para todos los demás de que este era un pueblo que tenía presente la otra cara de sus herramientas.
Los enanos habían hecho muchos altos a lo largo de su jornada: para descansar y hacer acopio de víveres; para oficiar bodas y funerales; una vez, por el nacimiento del bebé de una de las mujeres más jóvenes; y a veces simplemente porque era necesario excavar una colina, desbrozar de maleza un bosque, o extraer y fundir una veta de mineral.
Los viajeros que ahora se internaban en unas tierras aún más desconocidas, en un lugar donde barrancos abruptos se entrecruzaban formando un laberinto en un paisaje caótico y accidentado, ya no se parecían a las gentes serenas, prácticas y cómodamente afincadas que habían sido en Thorin. Sus rasgos eran los mismos; seguían siendo una raza enana fornida y de talla baja, de cabello oscuro y mirada orgullosa y pensativa, en la que los varones llevaban la barba recortada y peinada hacia atrás, como si el viento les azotara el rostro, y las mujeres eran fuertes y por lo general hermosas. Pero ahora gran parte de su atuendo era de tejidos que habían hecho en el camino, y sus pertrechos tenían más aspecto de armas que los que utilizaban en Thorin.
Los hylars habían sido atacados en tres ocasiones, —dos veces por humanos vagabundos y una vez por ogros—, y habían aprendido bien la lección. Ahora eran un grupo avezado y conocedor de los caminos, y la mayoría de las criaturas los evitaban a su paso.
En lo alto de un profundo barranco sembrado de piedras, que era tan ancho como un pequeño valle, Cale Ojo Verde y sus exploradores frenaron los caballos y se cubrieron los ojos con la mano para resguardarlos del abrasador sol de Krynn. Las paredes del barranco eran abruptas, aunque atravesadas por trochas naturales que descendían en ángulos pronunciados, y abajo había sotos bordeando una brillante cinta de agua.
Cale estudió el paisaje, observando atentamente el cañón arriba y abajo, y luego hizo una seña.
—Echemos un vistazo, —dijo—. Este puede ser un buen sitio para pasar la noche.
Sufrió un sobresalto y giró bruscamente la cabeza cuando una voz, a sólo unos cuantos palmos de distancia, dijo:
—Es exactamente lo que tendréis que hacer si vuestra intención es cruzar esa corriente, pero no será fácil.
Cale estrechó los ojos y después frunció el entrecejo cuando una pequeña figura salió de las sombras, entre dos grandes losas de un afloramiento rocoso. La criatura era más o menos de la talla de un enano —no tan alta como la mayoría—, pero saltaba a la vista que no era uno de ellos. Era delgada y de fina estructura ósea, con un rostro que recordaba al de los elfos, y una gran mata de pelo castaño atada en una cola de caballo con una tira de cuero.
—Un kender, —gruñó Cale Ojo Verde mientras lo miraba desde lo alto de la silla de Piquin—. ¡Por Reorx! ¿Es que los de vuestra raza estáis por todas partes?
—Yo no. —El kender sacudió la cabeza, los ojos muy abiertos por la sorpresa—. Yo sólo estoy aquí, al menos, en este momento. Claro que, antes de venir aquí, estuve en…
—¿Qué querías decir con que cruzar el río no será fácil?
—Oh, pues por el caballero, —contestó el kender, encogiéndose de hombros.
—¿Qué caballero? —inquirió Cale, con tono irritado.
—Oh, no lo sé. En realidad, cualquier noche[1]. —El kender los miró alternativamente, observando con expresión alegre los semblantes ceñudos que lo contemplaban desde arriba—. No sois de por aquí ¿verdad?
—¡Por supuesto que no! —espetó Cale—. Sólo estamos de paso.
—Es lo que imaginé —dijo el kender—. Sois enanos y por aquí no hay enanos, que yo sepa. Pero si proyectáis pasar al caballero de ahí abajo, como has dicho antes, entonces más vale que tengáis un buen plan, porque no os lo va a poner fácil.
—¿Quién?
—El caballero.
—¿Qué caballero?
—El que está ahí abajo, en el puente. Y no hace falta que grites. Te oigo muy bien. Tengo un oído estupendo. ¿Sabes que puedo oír respirar a los insectos? ¿Has oído alguna vez la respiración de un escarabajo de agua? Suena como un minotauro furioso, sólo que mucho más pequeño. A los escorpiones de la arena les suena también muy clara, pero tienes que tener muchísimo cuidado o te clavan el aguijón en la oreja. A mi primo Chiswin se le puso una oreja el doble de grande que la otra durante tres semanas porque estaba escuchando un…
—¡Por el herrín de los dioses! —siseó Cale Ojo Verde—. ¡Sólo te he hecho una simple pregunta, y tú estás charla que te charla sin parar y aún no me he enterado de nada! ¿Es que no cierras el pico nunca?
—Claro que sí. —El kender asintió con la cabeza y arqueó las cejas en un gesto curioso—. Para ser un enano, tú también hablas un montón. ¿Estás seguro de que no sois de por aquí? Creo que esos caballos son los más grandes que he visto nunca. Y los siete son del mismo color. El del caballero es bastante grande, pero no tanto, y es de un color diferente, de un tono marrón claro, como…
Cale inhaló profundamente.
—¿Qué caballero? —rugió.
—Te lo acabo de decir. El que está ahí abajo, en el puente.
—¿Hay… un… caballero… en… el… puente? —Cale habló muy despacio y con claridad al tiempo que levantaba una mano para contener a sus compañeros. Dos de ellos habían sacado las hachas de pura exasperación.
—Claro que sí —le aseguró el kender—. Se llama Glendon.
—¿Y qué hace ese tal Glendon allí, en el puente?
—Espera a que aparezca gente que quiera cruzar el río.
—¿Por qué?
—Porque así puede impedírselo. Es lo que hace, ¿sabes? Bueno, supongo que no lo sabes, al no ser de por aquí. —Repentinamente, el kender cruzó por debajo del vientre de Piquin y se asomó por el otro lado—. ¡Ajá! Me preguntaba cómo subíais y bajabais de estos caballos tan grandes. Ahora lo entiendo. Lleváis una pequeña escala de cuerda enrollada. Muy ingenioso.
Cale se afanaba con las riendas, consiguiendo a duras penas mantener bajo control al asustado animal. Piquin tenía las orejas echadas hacia atrás, los ojos le giraban en las órbitas, y mordisqueaba el bocado. Los otros caballos, notando su pánico, se espantaron y recularon, y durante unos instantes todos los enanos tuvieron las manos muy ocupadas.
—¡Herrín y corrosión! —gritó Cale, enseñando los dientes en un gruñido—. ¿Es que no sabes hacer nada mejor que meterte debajo de un caballo? —Furioso, Cale logró controlar a Piquin, se quitó las espuelas, soltó la traba de la escala de cuerda, y desmontó. Se volvió, con las riendas en una mano y la otra apretada en un puño—. No pienso tolerar que… —Enmudeció y miró a un lado y a otro—. ¿Dónde se ha metido ese pequeño verdín?
—¿Quién? —preguntó una voz, desde arriba.
Cale giró sobre sus talones y alzó la vista. El kender estaba sentado en la silla, a lomos de Piquin.
—¡Eh, tú! —bramó el enano—. ¡Bájate de ahí!
—Oh, —dijo el kender. Bajó a toda prisa por la escala, ágil como una araña en su tela—. No tiene importancia, sólo sentía curiosidad. Pero supongo que ha sido una falta de educación por mi parte, teniendo en cuenta que no nos hemos presentado ni nada. Me llamo Brincapiés. Castomel Brincapiés. Puedes llamarme Cas, si quieres. ¿Quién eres tú?
—Cale Ojo Verde, —gruñó el enano—. ¡Y no te acerques a mi caballo!
—Encantado de conocerte, —dijo el kender con júbilo—. ¿Y estos otros?
Con un siseo de impaciencia, Cale señaló:
—Estos son Mica Romperrocas, Grana Moldeo, y Cisco Bronce de Campanas. Los tres de allí son Pedernal Coqueras, Pim Peñascal, y Añico Feldespato. ¿Has oído lo que te he dicho?
—Claro como el agua, —asintió Cas—. Podría ser un placer conoceros a todos vosotros… —Sus cejas se juntaron en un gesto pensativo—. Aunque, claro está, podría no serlo. Es demasiado pronto para estar seguro. ¿Qué clase de enanos sois?
—Hylars, —respondió Cale enorgullecido.
—¿De veras? Nunca oí hablar de vosotros. ¿Vais a intentar pasar al caballero hoy?
—Si está en nuestro camino, sí —aseguró Cale a la pequeña criatura—. ¿Dices que se llama Glendon? ¿Qué le ocurre?
—¿Aparte de ser humano, quieres decir?
—Lo que quiero decir es que por qué quiere impedir a la gente cruzar la corriente. ¿Qué hay al otro lado?
—Nada importante. Es como este lado, sólo que es el otro lado.
Cale apretó los ojos y contó hasta siete. Después, preguntó con tanta amabilidad como le fue posible:
—¿Por qué no quiere que crucemos el puñet… el dichoso puente?
—Estoy seguro de que no es nada personal, —le aseguró el kender—. La cosa es que hizo un juramento. Dice que se está probando a sí mismo. Supongo que eso es algo que hacen los caballeros.
Cale Ojo Verde sacudió la cabeza, se encaramó de nuevo a lomos de Piquin y recogió la escala de montar.
—Pim, —dijo, volviéndose hacia sus compañeros—, tú y Cisco volved e informad sobre lo que nos han dicho. Los demás bajaremos y comprobaremos lo de ese caballero.
—¡Oh, estupendo! —sonrió Cas Brincapiés—. Iré a decirle a Glendon que vais de camino. Estará encantado. No ha habido nadie para ponerse a prueba a sí mismo desde que esos ogros vagabundos aparecieron hace dos días. —El kender dio media vuelta y se alejó a toda carrera.
—¿Qué ogros? —le preguntó Cale a voz en grito—. ¿Qué ocurrió?
—Nada de particular, —les llegó la voz aflautada desde unos metros más abajo—. No consiguieron cruzar.
—¡Herrín! —masculló Cale—. Debería tener el sentido común de no hablar con un kender. Todo el mundo debería tenerlo. —Con un suspiro de fastidio, alargó la mano hacia la perilla de la silla y entonces la frenó de golpe—. ¿Dónde está mi otra espuela?
—¿Tu qué? —le preguntó Mica Romperrocas, mirándolo con los ojos entrecerrados.
—¡Mi otra espuela! Tenía dos hace apenas un minuto, y ahora sólo hay una.
Al kender no se lo veía por ninguna parte cuando los enanos montados llegaron al fondo del valle, donde enormes y nudosos árboles se tragaban el sendero. Con las espadas desenvainadas y los escudos sueltos, entraron al paso en las sombras, echando rápidas ojeadas a uno y otro lado, alertas a cualquier señal de peligro. Pero, a pesar de su aspecto ominoso, la arboleda parecía un lugar tranquilo y pacífico. Pájaros de una variada gama de colores y una diversidad de cantos aun mayor animaban las copas de los árboles, y, allí donde el sol del atardecer penetraba en haces oblicuos a través de los huecos del verde dosel, crecían flores de vivos colores.
El sendero descendía sinuoso, y el follaje empezó a clarear dejando más espacios abiertos. Cale condujo a los suyos por un recodo del camino, después por un segundo, y entonces tiró de las riendas. Al frente, el bosque terminaba, y las laderas cubiertas de matorrales descendían hasta la ribera de una impetuosa corriente de una decena de metros de anchura en este punto. Tendido sobre el torrente había un inmenso tronco de árbol al que el paso del tiempo le había dado una pátina gris. La parte de arriba había sido cortada para dejar una superficie plana, creando así un paso de lisa madera de metro y medio de ancho, al que se accedía por un suave repecho de grava.
Pero no era el puente del tronco tallado lo que atraía la atención de los enanos, sino la figura que estaba sobre él. El hombre, —parecía tratarse de un humano, aunque ni la más pequeña parte de su rostro o su cuerpo resultaba visible—, llevaba un conjunto de cota de malla engrasada y armadura bruñida que lo cubría desde el yelmo emplumado a los pies calzados con escarpes, y desde las manos enfundadas en guanteletes a las brillantes glebas, pasando por el envolvente peto. La capa y el penacho eran de un color azul profundo, y el emblema labrado en la pechera, como el que llevaba grabado el escudo ovalado, era un halcón rojo en picado, sobre campo gris. Además del escudo, el hombre llevaba una maza sujeta a la espalda, una espada de empuñadura negra al costado, y una lanza larga y ahusada, rematada en esfera metálica, apoyada en el armazón de la silla.
La loriga del caballo que montaba era tan pesada, —y minuciosamente trabajada—, como su armadura, desde el peto reforzado con pinchos hasta el faldar de malla.
Cuando los enanos llegaron a la cabecera del puente, el hombre levantó el escudo en su dirección.
—¡Dad media vuelta! —ordenó—. Bajo juramento y por mi honor, nadie cruzará por aquí.
Cale reparó entonces en otro detalle. En la orilla opuesta, a un lado del puente, estaba el kender, en cuclillas y abrazándose las rodillas, muy sonriente, los ojos brillantes mientras observaba con interés la escena. El enano lo señaló.
—Si nadie puede cruzar, ¿qué pasa con él?
—Es un kender, —repuso el hombre sin mirar atrás—. Los kenders no cuentan.
—¡Pues claro que contamos! —objetó Cas Brincapiés desde la otra orilla—. ¡Al menos, algunos de nosotros lo hacemos!
El hombre hizo caso omiso de él, la mirada prendida con impasible fijeza en los cuatro enanos montados que tenía frente a sí.
—Dad media vuelta, —repitió—. Bajo juramento y por mi honor, nadie cruzará…
—Eso ya lo has dicho, —lo interrumpió Cale Ojo Verde con brusquedad—. ¿Cuál es ese juramento del que hablas?
—Es mi juramento, —contestó el caballero—. Juré por mi honor que sostendría la posición de este puente.
—¿Por qué?
Durante un instante, el hombre guardó silencio, como si considerara la pregunta demasiado absurda para merecer una respuesta.
—¿Y por qué no? —dijo al cabo—. Este puente sirve como cualquier otro.
—¿Y si decidimos cruzar?
—Me opondré a que lo hagáis.
—¿Y si cruzamos de todas formas?
—No lo creo probable.
—Pero ¿y si lo hacemos?
—Entonces, por mi honor, tendré una deuda de servicio con vosotros.
—¿Y eso qué significa? —inquirió Mica Romperrocas.
—No importa lo que significa, —repuso el caballero con paciencia—, porque no cruzaréis.
—Ya está bien, —rezongó Cale Ojo Verde. Cogió su hacha, azuzó a Piquin con la espuela que le quedaba, y se agachó sobre la silla mientras el gran corcel se lanzaba a galope por el puente, directamente hacia el inmóvil caballero.
Cale no supo qué pasó a continuación. Todo cuanto vio fue una vislumbre del ovalado escudo alzándose, la punta de la lanza descender, y el caballo de la loriga girando con delicadeza, situándose ligeramente atravesado, encarado hacia él. En un momento, Piquin y él avanzaban hacia el hombre de la armadura, y, un instante después, los dos, enano y caballo, caían con un sonoro chapoteo en la impetuosa corriente. El escudo y el hacha de Cale salieron volando de sus manos, y en el pecho sintió como si un herrero de Thorin le hubiera atizado en las costillas con un martillo.
Piquin se revolvió unos instantes en el agua helada, y después se orientó y se encaminó hacia la orilla, avanzando en diagonal corriente abajo. Para Cale no resultó tan sencillo. Macizo y sólido como un auténtico enano, se fue directo al fondo y notó las suelas de las botas crujir contra guijarros. Flexionó las rodillas y se impulsó hacia arriba con toda la fuerza que fue capaz, saltando desde el lecho del río. Su cabeza emergió a la superficie sólo un segundo, pero fue suficiente para hacer una profunda inhalación antes de hundirse otra vez. Después, medio caminando, medio nadando, inició el trayecto sumergido de vuelta a la orilla.
Unos cincuenta metros corriente abajo, Grana Moldeo lo agarró de la mano y lo ayudó a salir del río. Piquin ya estaba allí, chorreando agua y mirándolo con curiosidad. Cale se sacudió como un perro, escupió agua, parpadeó y se volvió para lanzar una mirada furibunda corriente arriba. El puente seguía allí, el caballo de la loriga aún estaba en él, y el embozado caballero continuaba sentado en su montura, inmóvil, como si nada hubiese ocurrido. Pedernal Coqueras y Añico Feldespato, sentados en sus corceles, miraban boquiabiertos.
—¡Herrín y corrosión! —rugió Cale, que se dobló para toser y escupir agua. Cuando hubo pasado el acceso de tos, el enano agarró las riendas de Piquin y, lleno de cólera, remontó la corriente hacia la cabecera del puente. Llegó a zancadas hasta el mismo pie del tronco y se encaró con el impasible caballero.
—¿Cómo hiciste eso? —demandó.
—Como es debido, —respondió el caballero—. Es cuestión de entrenarse adecuadamente.
—¡Bien, pues todavía tenemos intención de cruzar! —Cale levantó la mano y señaló hacia adelante—. ¡Añico! ¡Pedernal! ¡Acabad con esto!
Al instante, dos poderosos caballos enanos pasaron a su lado a todo galope, con sus jinetes blandiendo espadas y escudos. Uno al lado del otro ocupaban el angosto puente. Detrás de ellos, Cale vio al caballero bajar la lanza y levantar el escudo, y vio que el caballo se giraba levemente y se plantaba algo inclinado, como si fuera a arrodillarse. Los enanos chocaron contra el obstáculo con un sonoro golpetazo, y los grandes corceles se alzaron sobre el caballo del humano, más bajo. Entonces, la lanza trazó un arco horizontal, el escudo blasonado se levantó bruscamente, y el caballo de guerra se encabritó, directamente entre sus oponentes.
Enanos y caballos dorados parecieron salir volando en todas direcciones, y acabaron con estrepitosos chapuzones a ambos lados del puente; el caballero volvió a su posición.
—Eso lo hice también como es debido, —le dijo a Cale con aquella voz que sonaba a hueco—. Sin pecar de inmodesto, soy realmente bueno en lo que hago.
A Pedernal Coqueras y Añico Feldespato les llevó un rato regresar a terreno seco. Una vez dadas todas las explicaciones pertinentes, los enanos se reunieron en un apiñado círculo durante unos cuantos segundos, y después se separaron y empezaron a descargar los equipos amarrados a las sillas de montar. En el puente, el caballero aguardaba pacientemente. Tras él, el kender recorría la ribera arriba y abajo dando brincos, intentando no perderse nada de lo que pasaba.
Los compañeros de Cale revolvieron en los petates y sacaron de ellos sus herramientas de excavar, —picos y palas—, así como un torno ligero, de excelente manufactura, al que iba acoplado un trozo de buen cable retorcido, fabricado en Thoradin.
Mientras Grana Moldeo montaba guardia con una honda cargada, los otros se pusieron a trabajar al pie del puente. A no mucho tardar, habían excavado un agujero de tamaño considerable a lo largo del extremo del tronco y acoplaban el torno a él.
—¿Qué estáis haciendo? —inquirió el caballero, que parecía desconcertado.
Los enanos hicieron caso omiso de él. Mientras Pedernal soltaba cable del torno, Cale agarró la punta, tiró del cable corriente abajo, y lo ató alrededor del tronco de un robusto árbol. Volvió sobre sus pasos, introdujo las manivelas en los huecos del torno, y los tres fuertes enanos se afanaron en la tarea de recoger cable.
Al principio no ocurrió nada. Luego, el puente de madera se estremeció.
—¡No podéis hacer eso! —gritó el caballero.
Para entonces, sin embargo, la cosa no tenía remedio. El puente se ladeó, se deslizó dentro del agujero recién excavado junto a su extremo, y caballero y corcel desaparecieron en el río. Durante unos segundos interminables no hubo señales de ellos, y entonces la cabeza del caballo asomó a la superficie, corriente abajo, y a continuación otra cabeza, despojada de yelmo y con el cabello pelirrojo flotando en el agua, emergió cerca de la del animal.
Cale y sus compañeros recogieron sus herramientas, subieron a sus caballos y avanzaron en fila, con gran dignidad, a lo largo del inclinado puente hasta la orilla opuesta, donde un entusiasmado kender aplaudía y brincaba y gritaba palabras de ánimo al hombre que intentaba seguir a su caballo fuera del agua, corriente abajo.
—¡Lo conseguisteis! —le dijo a Cale, rebosante de alegría—. ¡Habéis cruzado!
—Sin falsa modestia, —repuso Cale—, también nosotros somos realmente buenos en lo que hacemos.
El hombre había llegado a la orilla. Sin la armadura, que había abandonado bajo el agua, en alguna parte, saltaba a la vista que era humano… y que estaba calado hasta los huesos.
—Traedlo aquí —ordenó Cale Ojo Verde—. Quiero enterarme de qué es eso de la «deuda de servicio». —Miró a su alrededor, ya que acababa de acordarse de su espuela desaparecida—. ¿Dónde se ha metido ese kender?
A Castomel Brincapiés no se lo veía por ninguna parte. Sus agudos oídos habían escuchado el apagado redoble de tambores distantes, y, llevado por la curiosidad, ya estaba de camino para ver de dónde procedía el sonido.