21

Encuentro con elfos

Las montañas se alzaban al frente y a ambos lados. Cale Ojo Verde y su grupo de aventureros exploraban el camino, justo al alcance del sonido de los tambores en marcha. Aquí, las llanuras progresivamente ascendentes formaban un paso natural que se iba estrechando como un embudo entre los altos riscos, en dirección a las imponentes cumbres, hacia el oeste. Al frente y más allá, cadena tras cadena de montañas se alzaban en la distancia, cada una de ellas una silueta más alejada y más azul que la que la precedía y que se elevaba más hacia el cielo.

Las planicies occidentales parecían estar abarrotadas de gente, —humanos, en su mayoría— pero sus campamentos aparecían desperdigados y apartados unos de otros, y a bastante distancia de las imponentes montañas. Cale y sus exploradores no habían tenido problemas para pasar entre ellos, y ahora las estribaciones se alzaban a su alrededor y las montañas, al frente.

Era una vista majestuosa, coronada por las cordilleras más elevadas y lejanas, al fondo. Eran las tierras altas y las montañas que se encumbraban sobre ellas. A la derecha, azul por la distancia, como un monarca coronado con nieve, el pico más alto parecía atravesar el mismo cielo, cortándolo como si más allá no hubiera firmamento.

A su izquierda, y directamente al frente siguiendo la configuración del valle, había una montaña inmensa que parecía dominar el paisaje. No era tan alta como el rematador del cielo que tenía al norte, pero sí mucho más ancha, y estaba coronada por tres gigantescos riscos semejantes a grandes colmillos o puntas de flecha. La niebla giraba y se arremolinaba en torno a ellos, del mismo modo que el contenido de una sopa sube a la superficie cuando se remueve con una cuchara. Jirones de nubes ondeaban como hilos entretejiéndose en un peculiar tapiz.

Más al sur, alejándose en ángulo tras el flanco de esa montaña de bullentes nubes, había otra elevación gigantesca, una eminencia irregular como los dientes de una sierra y rematada por picos dobles.

—Esos tres riscos situados allá arriba, —señaló Mica Romperrocas—, parecen faros que nos invitan a acercarnos.

—Demasiado sugerentes, para mi gusto. —Grana Moldeo frunció el ceño—. Si quisiera tender una emboscada a los viajeros, ahí sería donde lo haría porque es por donde irían.

—¿Estás pensando en tender una emboscada a alguien, Grana? —preguntó Cale con guasa.

—Estoy pensando en evitar ser emboscado por otros, —replicó Grana con brusquedad—. ¿Veis cómo este valle se estrecha al fondo, dirigiéndose hacia esa cresta más ancha? ¿Y el modo en que los riscos nubosos parecen llamarnos? Cualquiera que venga por este camino se sentiría tentado de tomar esa ruta.

—Y no olvidemos lo que nos contó el caballero, —intervino Cisco Bronce de Campanas—. Kal-Thax es una tierra cerrada en la que no se permite la entrada a ningún forastero, y aquellos que lo intentan rara vez regresan. La gente de Kal-Thax no quiere visitantes.

—También dijo que esa gente eran enanos, como nosotros.

—Dijo que eran enanos, pero no que fueran como nosotros.

—Bueno, enanos o no… —Pedernal Coqueras se golpeó el peto metálico con el puño—, nadie va a detener a los hylars sin combatir.

Cale Ojo Verde sacudió la cabeza y tensó un poco las riendas para moderar el trote vivo de Piquin.

—Siempre estás con ganas de luchar, Pedernal. Pero ¿por qué pelear si no hay necesidad de hacerlo? Mirad allí, hacia el flanco de aquel risco.

Todos volvieron la vista hacia la derecha, resguardándose los ojos del sol.

—No veo nada, —dijo Pedernal.

—Fíjate bien, —instó Cale al tiempo que señalaba—. Allí, en la vertiente. Hay cascajo nuevo, trozos de piedra removida, y va hacia arriba, como una senda. Alguien más ha desconfiado del paso del valle. Han abierto otra ruta hacia el mismo sitio, pero está más a cubierto.

—Muy ingenioso, diría yo. —Añico Feldespato tenía los ojos entornados y empezaba a ver lo que Cale señalaba—. Pero ¿quién haría una senda tan imprecisa? Un enano no, desde luego. Y un humano sería incapaz de seguirla. Quizá deberíamos echarle un vistazo.

Cale giró un poco la cabeza y escuchó. El lejano y apagado sonido de los tambores le hizo comprender que la columna principal se encontraba todavía a kilómetros de distancia.

—De acuerdo. Disponemos de tiempo. —Azuzó a Piquin con las rodillas y torció a la derecha, seguido por los otros.

La senda ascendente era realmente borrosa. De no ser por la habilidad de Cale para reparar en algo cuando estaba fuera de lugar, no habrían podido seguirla. Se dirigía hacia arriba, a lo largo del flanco de un risco, oculta a la vista salvo para los que iban por ella. Las únicas señales de que alguien había transitado alguna vez por ella eran tan sutiles que sólo la agudeza visual de un enano era capaz de advertirlas: una piedra ligeramente desviada de la marca impresa anteriormente en la tierra; un leve raspón sobre un saliente donde algo se había rozado contra la roca; una pizca de grava un poco más hundida en la arena de lo que podía justificar su propio peso.

En un recodo, Cale desmontó y se puso en cuclillas para probar la piedra de un afloramiento.

—Bien, ha habido alguien por aquí —dijo—. Pero no sé quién.

Iba a coger la escala de cuerda para montar de nuevo cuando la voz tensa de Grana Moldeo le advirtió:

—No te muevas, Cale. Tenemos un problema.

Volvió lentamente la cabeza y se quedó petrificado. Una docena o más de figuras rodeaba la senda, por encima y por debajo de su posición. Habían aparecido sin hacer el menor ruido, a escasos metros de distancia, y el grupo de exploradores se encontró mirando fijamente las mortíferas flechas que les apuntaban desde unos arcos tensados.

Cale contempló boquiabierto a los severos arqueros. Por un instante había creído que eran humanos, pero ahora sabía que se había equivocado.

—Elfos, —farfulló. Lenta y cautelosamente se apartó de Piquin al tiempo que levantaba las manos, lejos de las armas. Los otros enanos, todavía montados, hicieron lo mismo.

Por la parte de arriba de la cuesta aparecieron más y más elfos, saliendo en completo silencio de entre los arbustos y las piedras de la ladera. Los enanos miraron a su alrededor, muy conscientes de las flechas que les apuntaban desde todos lados. Habían visto elfos con anterioridad. En otros tiempos, algunos miembros de esta raza habían acudido al Balladine para comerciar: gentes reservadas, imponentes en sus ondeantes vestimentas de fina seda de Silvanesti, delicada como una telaraña; de vez en cuando se presentaba un silencioso y furtivo kalanesti de los profundos bosques al sur de las mesetas.

Pero estos eran, de algún modo, diferentes. Sus ropas eran en su mayoría de suave cuero y tejidos burdos, teñidas de manera que se confundían con los colores del paisaje. Sus facciones no eran como los fríos y altivos semblantes de los silvanestis, ni como los rostros extrañamente pintados, de rasgos fuertes, de los kalanestis. Eran elfos, pero de otra clase.

—No disparéis vuestras flechas, —dijo Cale cautelosamente—. No representamos ninguna amenaza para vosotros.

—Ni lo seréis jamás, enano, —respondió fríamente el que se encontraba más cerca. El arco tenso se puso en línea con la garganta de Cale, que casi pudo sentir el tacto afilado de la punta de la flecha hincándose en su carne.

Entonces intervino otra voz, suavemente pero con autoridad:

—¡Alto, Demoth! Esta gente no es de Kal-Thax.

Cale se volvió. Entre los elfos que ocupaban ahora la parte superior de la ladera, —cientos de ellos, daba la impresión— uno se había adelantado. Esbelta y grácil como un arbolillo joven en el otoño, la elfa plantó el pie calzado en una flexible bota sobre una piedra e hizo un ademán.

—Fíjate en los caballos, —dijo—. ¿Has visto alguna vez corceles como estos en otro sitio que no sean las Khalkist? Estos son enanos calnars.

El llamado Demoth aflojó un poco la cuerda del arco.

—Entonces ¿qué hacen aquí?

—Quizá deberíamos preguntarlo, —sugirió la elfa, cuyos ojos separados y rasgados pasaron de uno a otro enano, observándolos—. ¿Qué estáis haciendo tan lejos de vuestro hogar, moradores de las alturas?

Cale recuperó por fin la voz y bajó un poco los brazos.

—No tenemos hogar. Hubo un tiempo en que fuimos calnars, pero ya no. Ahora somos hylars, y buscamos un nuevo asentamiento.

—¿Esos tambores son vuestros, pues? —preguntó ella a la vez que dirigía la mirada a lo lejos, detrás de Cale.

—Lo son. Mistral Thrax tuvo una visión de Everbardin, y el pueblo de Colin Diente de Piedra la ha seguido. —Lanzó una rápida ojeada al arco de Demoth, inhaló hondo y bajó los brazos, asumiendo una actitud enérgica, como si estuviera en su derecho preguntar—. ¿Y por qué están los elfos en este lugar? Y, en nombre de Reorx, ¿por qué nos apuntáis con vuestras flechas?

—Bajad los arcos, —dijo la elfa, haciendo un ademán. Todo en derredor, aunque a regañadientes, los arcos fueron bajados y las cuerdas destensadas. Ella miró a Cale otra vez—. Me llamo Eloeth. No es mi nombre completo, pero con eso es suficiente. ¿Y tú?

—Cale Ojo Verde, —respondió—, hijo de Colin Diente de Piedra, en un tiempo dirigente de los calnars y ahora líder de los hylars.

—Los calnars de Thorin, —comentó la elfa—. He oído los tambores de Balladine.

—Thoradin, —la corrigió él—. Thorin es Thorin sólo para los que se quedaron. Nosotros buscamos Everbardin.

—Bueno, id con cuidado cuando busquéis por estas montañas —sugirió—. Mirad allá abajo.

Cale se volvió hacia donde la elfa señalaba, pero no vio nada.

—Sube aquí, donde estoy yo, —dijo ella—, y mira.

Cale trepó por la cuesta hasta llegar al lado de la joven elfa, que medía varios dedos más que él, aunque su peso aparentaba ser sólo una parte del que alcanzaba el macizo cuerpo del enano. Ella señaló de nuevo, y Cale se volvió. Desde allí podía ver el valle que había más allá de la senda, el mismo valle que los otros y él habían evitado, pero en una zona más alta, más dentro de las montañas.

El suelo del valle estaba alfombrado de cadáveres. Cale estrechó los ojos para resguardarlos del sol y miró atentamente. Las formas más grandes parecían caballos. O lo parecía la mayoría. Unos pocos daban la impresión de ser ogros. Y desperdigadas por doquier había otras formas más pequeñas. Cale lo observó todo fijamente.

—No es más que la última de muchas batallas, —le explicó la elfa—. Kal-Thax está bajo asedio y no es un sitio seguro por el que viajar.

—Vosotros estáis aquí —comentó Cale.

—Tenemos nuestros propios medios, —repuso Eloeth—. Hay una guerra con los dragones en Silvanesti. Nuestros parientes nos necesitan allí, y a todos cuantos podamos llevar con nosotros. Para ir al este tenemos que cruzar Kal-Thax, y eso es lo que hacemos.

El enano miró a su alrededor, intentando calcular el número de elfos, pero era imposible. Sabían moverse de manera que se camuflaban con el terreno, y resultaba muy difícil verlos. Pero había muchos.

—Somos un grupo entre muchos, —añadió Eloeth—, y buscamos aliados. —Echó otra ojeada a los enanos, reparando en sus armaduras y sus armas—. Supongo que ninguno de vosotros estará interesado en luchar contra dragones, ¿no?

—Por supuesto que no, —respondió Cale—. No es que no pudiéramos, si quisiéramos hacerlo, pero sólo los humanos y los kenders acometen nuevas empresas antes de haber terminado las que tienen entre manos. —Hizo una pausa, mirando hacia el este, y luego agregó:— Hay muchos humanos entre este punto y vuestro destino. Su comportamiento mejoraría si tuvieran algo constructivo en lo que ocuparse. Quizá algunos se unirían a vosotros para combatir a los dragones.

—¿Humanos? —La elfa arqueó una ceja de exquisito trazado.

—Sí, lo sé. —Cale se encogió de hombros—. Pero no todos son malos. Conozco a un caballero que podría ayudar. Se llama Glendon Falcón. Es un gran guerrero, y no anda muy lejos de aquí, en la dirección en la que vais.

—¿Se uniría a nosotros?

—No tengo ni idea, —le dijo Cale—. Pero podríais hablar con él. Si él no os ayuda, quizá conozca a alguien que sí lo haga.

—Gracias, —dijo la elfa—. A cambio de tu sugerencia yo te haré otra. Si queréis entrar en Kal-Thax sin pasar a través de una zona de guerra, girad hacia el norte. Esa montaña de allí, la más alta, se llama Fin del Cielo. Dad un rodeo hasta su cara norte. Allí hay un asentamiento enano abandonado, y las elevaciones que hay debajo están desiertas en este momento. Desde las primeras nieves, las serranías son virtualmente infranqueables… para los humanos, al menos. Podéis iniciar allí vuestra búsqueda de… ¿cómo has llamado eso que buscáis?

—Everbardin. Significa esperanza. Y hogar.

—Everbardin, —repitió la elfa—. Para nosotros, Silvanesti ya no significa ni lo uno ni lo otro. —Retrocedió—. Id en paz, Cale Ojo Verde. Vosotros y nosotros no estamos en guerra… aunque todo el mundo por aquí parece estarlo.

Cale volvió a descender hasta la senda y montó a lomos de Piquin. Entonces miró a su alrededor, sorprendido. Donde antes había decenas, quizá centenares, de elfos, ahora sólo veía a unos cuantos, y al cabo de unos segundos, a ninguno. Los esbeltos y silenciosos seres se habían marchado, fundiéndose con el paisaje. Los compañeros de Cale también miraban en derredor con desconcierto.

—Bien, —decidió Cale—, ya oísteis lo que dijo. Viremos hacia el norte y echemos una ojeada a ese siguiente pico.

—¿Confías en una elfa? —Grana Moldeo lo miraba de hito en hito.

—¿Por qué no? —Cale le sostuvo la mirada con idéntica firmeza—. Le di un consejo, y ella ha correspondido con otro. Eso es algo que tienen los elfos: son comerciantes honrados.

Desde un punto elevado desde el que podía divisar la columna hylar, Cale envió señales utilizando su bruñido escudo como un espejo. La respuesta llegó a través de los kilómetros, y vieron cómo la tribu de Colin Diente de Piedra cambiaba el curso de la marcha para ir tras ellos. Acto seguido, el grupo de exploradores se dirigió hacia las vertientes del Fin del Cielo.

Cuando hubieron partido, unas sombras se movieron en la ladera, y lo que había parecido una pendiente desierta cobró vida repentinamente con un numeroso grupo de elfos occidentales que trotaron cuesta abajo por la escondida senda. A la cabeza del grupo, el elfo llamado Demoth preguntó:

—¿Por qué aconsejaste a los enanos, Eloeth? No tienen nada que ver con nosotros, en especial aquí, en Kal-Thax.

Ella esbozó una suave sonrisa.

—¿Por qué no? Esos no eran enanos corrientes, Demoth. Encontraron nuestra senda, cuando ningún otro lo ha hecho nunca. Además, tengo una corazonada con ese… el tal Cale Ojo Verde.

—¿Qué corazonada?

—No lo sé. Me da la sensación de que volveré a verlo. Vamos, echemos un vistazo a esos «hylars» y a sus tambores. Después veremos si podemos encontrar a un caballero llamado Glendon.

A la sombra de un gran pico, a través de un terreno accidentado y quebrado al que limitaba un barranco profundo y vertical, el pueblo llamado hylar entró en la tierra de Kal-Thax. El viejo Mistral Thrax extendió las manos con las rojizas palmas hacia arriba.

—Allí —le dijo a Colin Diente de Piedra—. Ahí arriba, encima del alud de piedras.

—¿Te guían esos ojos de cuentas del mago, Mistral? —preguntó alguien.

—Me guían mis manos. —El viejo enano se encogió de hombros—. No he visto esos ojos de cuentas desde el día en que el kender se marchó. Pero este es el sitio donde empieza nuestra búsqueda.

Se encontraban en una zona donde toda la parte inferior de la cara de la montaña era un inmenso abanico de cascajo, de kilómetros de ancho en el fondo. Unos enanos treparon por él, hurgando y tanteando.

—Piedra cortada, —informaron—. De excavaciones recientes, muy profundas.

Arriba, a bastante altura de la montaña, encontraron las ruinas de una compleja ciudadela, destrozada en parte por el alud de piedras. En el interior y detrás de ella, los hylars examinaron las murallas, los pasadizos, las habitaciones y los salientes, descubriendo todo cuanto les fue posible sobre quienes habían construido este lugar. Eran enanos, evidentemente, y los cortes de la piedra hablaban de un pueblo numeroso y enérgico cuyas herramientas, primitivas para las pautas hylars, eran, sin embargo, de buena calidad.

El lugar había sido abandonado recientemente, así que ¿adónde se habían marchado?

Wight Cabeza de Yunque, un maestro excavador, examinó los desechos de cascajos, debajo del asentamiento. Relente Triza de Acero, que había sido el jefe de protectores en Thorin, estudió el estilo de la derruida ciudadela. Talam Combahierro, que en otros tiempos era el protector de la red de canales, se quebró la cabeza con el emplazamiento de cisternas y rezumaderos. Luego conferenciaron con Colin Diente de Piedra.

—Este lugar se llamaba Daebardin, y sus habitantes, los daewars, —dijo Relente—. Pero las runas han sido raspadas por encima, indicando que han empaquetado sus pertenencias y se han marchado.

—Esos daewars son primitivos en ciertos aspectos, —acotó Talam—. No tienen conocimiento del sistema de conducciones de agua, así que han de vivir cerca de una fuente natural de aprovisionamiento. Pero nuestros sondeadores han hecho resonancias en este pico y la única agua existente es la del exterior, en sus laderas.

—Y, no obstante, se dirigieron hacia el interior, —informó Wight—. Esta piedra de excavación es de un túnel que va hacia el sur de la montaña. El cascajo indica una perforación recta, directamente hacia el corazón del pico, sin estratos consistentes, como debería haber si hubiesen ensanchando la perforación o hubiesen excavado un lugar donde vivir.

—Es un pueblo del sol, —dijo Relente Triza de Acero, perplejo—. Lo demuestra la arquitectura de su ciudadela. No les gustan las profundidades oscuras, no saben construir conductos solares, y, sin embargo, han horadado un pico en el que no hay cuarzo por el que la luz pueda penetrar. ¿Por qué harían algo así?

—Ha habido batallas por aquí —apuntó Jerem Pizarra Larga—. Parece una guerra entre tribus. Algunos de los que derribaron la ciudadela ven en la oscuridad. Otros eran de otro tipo, moradores de riscos.

—Pero no los que vivían aquí —insistió Relente—. Estas son unas gentes desconcertantes. No tan primitivas como parecen ser las que están a su alrededor, aunque, como dice Talam, hay muchas cosas que todavía no han descubierto. Con todo, la gente que construyó este lugar es bastante civilizada, al parecer.

—Posiblemente estos eran los que mencionó el caballero —sugirió Colin—. A los que llamó enanos de vestimentas llamativas. Dijo que estaban mejor organizados que la mayoría en Kal-Thax.

—Evidentemente, —se mostró de acuerdo Relente—. Son buenos excavadores, lo que significa que tienen una buena organización. Pero son gentes del sol. ¿Por qué iban a excavar hacia la oscuridad?

—Posiblemente para llegar a un sitio donde sabían que habría luz, —reflexionó Colin—. Sabemos dónde empieza su túnel, y creo que deberíamos descubrir dónde termina.

—Llevará un tiempo atravesar el obstáculo con el que han cerrado el pasaje, —dijo Wight Cabeza de Yunque—. Sólo es de piedra, pero ingenioso… ¡Un tapón de bisagra, nada menos! Balam Platina quiere estudiar cómo está hecho. Cree que un tipo de puerta así, utilizando los metales apropiados para proteger la piedra, sería inexpugnable.

—Le daremos esa satisfacción, —aceptó el dirigente—. Ya habrá tiempo de explorar el túnel. En este momento hay otras cosas que hacer. Debemos establecer nuestra residencia en esta tierra, por supuesto. Después de eso, creo que deberíamos echar un vistazo a estas montañas y quizá conozcamos a alguno de nuestros nuevos vecinos.

Puesto que este era obviamente un asentamiento enano y estaba obviamente abandonado, Colin Diente de Piedra lo reclamó para los hylars, así como las vertientes adyacentes, estableciendo de este modo a su tribu como una nación residente legítima del reino de Kal-Thax, y asentando las bases para las negociaciones diplomáticas, una vez que encontraran a alguien con quien negociar. En una solemne ceremonia, proclamó como territorio hylar toda la cara norte del Final del Cielo y el valle que había a sus pies, hasta el gran barranco. Según la costumbre enana, los hylars reclamaron la propiedad de la plaza fuerte, suficiente tierra a su alrededor para sostener el emplazamiento, y otra franja suficiente para establecer un amplio perímetro para la defensa y la intimidad.

Compañías armadas fueron enviadas para marcar los límites con runas y montones de piedras. Así, lo que había sido Daebardin se convirtió en Hybardin.

La mayoría de la tribu, —ahora un thane, como las runas que encontraron decían que se llamaban las tribus propietarias de territorios—, se puso a trabajar en la vieja ciudadela y en las cuevas abiertas detrás de ella para disponer unos alojamientos temporales. Cale Ojo Verde y sus exploradores recorrieron el área de los alrededores y echaron un vistazo más allá del pico, donde ejércitos de enanos, —todavía desconocedores de la presencia de los hylars—, patrullaban las serranías frontales que daban al este. Colin Diente de Piedra y los ancianos del consejo trazaron planes, y Willen Mazo de Hierro preparó a la guardia hylar para llevar a cabo una expedición a las vertientes vecinas.

Y, mientras todo esto ocurría, Tera Sharn se ocupaba de la reparación y la limpieza general del nuevo hogar de su pueblo.

Trabajaba con otras mujeres y con los niños mayores, acarreando fardos de mercaderías al interior de las viviendas a fin de hacer un recuento, cuando se frenó bruscamente, con los ojos abiertos como platos. Por un instante creyó haber visto a alguien, un extraño enano anciano, reluciente, que la miraba. Igual que el enano del sueño de Mistral Thrax. Fue sólo durante un momento, no obstante, y después la visión desapareció.

Entonces Tera supo algo que no había sabido hasta ahora. Dejó caer los paquetes, se puso las manos sobre el liso vientre, y una leve sonrisa le curvó los labios.

Cuando el trabajo estuvo hecho, fue en busca de Willen.

—Tenemos un secreto, amor mío, —le dijo—. El primer niño que nacerá en este lugar, el primer niño del reino hylar, será el nuestro.

Fue a la mañana siguiente cuando el dirigente de los hylars salió de la ciudadela para conocer a sus nuevos vecinos. Flanqueado por los Diez y seguido por un ejército de centenares de hylars que llevaban armaduras fabricadas con la destreza aprendida de un caballero humano, Colin Diente de Piedra cruzó la loma del Fin del Cielo y se encaminó hacia los riscos de los Tejedores del Viento.