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El precio de la traición
El sol otoñal se había metido tras las cumbres y el crepúsculo se extendía sobre Kal-Thax cuando los centinelas theiwars vieron una pequeña banda de enanos llamativamente vestidos que se dirigían hacia el norte. Saltaba a la vista que eran daewars, pero había menos de cien, y muchos de ellos estaban heridos.
En cuestión de minutos, Borneo Zanca Cortada en persona se hallaba en la cornisa de observación, junto con Brule Lengua de Vapor y una docena más de enanos.
—El plan funcionó —se refociló el dirigente theiwar—. Los humanos los hicieron trizas, y esos son todos los que quedan.
—Aquel, el que va a la cabeza, es el mismo Hebilla de Oro en persona —advirtió Talud Tolec mientras señalaba—. Lo reconozco por su capa floreada.
—¡Funcionó! —repitió Borneo con una mueca feroz asomando bajo la barba—. Glome tenía razón. Los daewars están derrotados, y lo único que tenemos que hacer es rematar el trabajo. Fijaos la ruta que siguen y preparaos. Quiero la cabeza de Olim Hebilla de Oro clavada en la punta de una jabalina. Muerto él, no tendremos problemas para apoderarnos de esa plaza fuerte suya.
—¿Queréis decir que les tendamos una emboscada? —preguntó Talud. Estaba sorprendido y algo impresionado al ver qué pocos supervivientes daewars parecían quedar. Resultaba chocante, de algún modo, que los jinetes humanos hubieran causado tanto daño, que hubieran matado a tantos. Y, sin embargo, ahí estaban: alrededor de cien daewars vapuleados, avanzando lentamente. Y ningún theiwar había informado a su regreso sobre lo que había ocurrido después de que los jinetes regresaran a la batalla. De hecho, también faltaba un grupo numeroso de theiwars.
—Pues claro que les tendemos una emboscada, —gruñó Borneo—. Es parte del plan de Glome. Luego iremos a apoderarnos de esa plaza fuerte que han estado excavando. ¡Ningún daewar volverá a pensar en ser rey de Kal-Thax!
—¿Creéis realmente que el daewar quiere ser rey? —preguntó Brule Lengua de Vapor.
—Ya oíste a Glome, —espetó Borneo—. ¿Por qué si no los daewars iban a estar excavando una fortaleza bajo el Fin del Cielo todos estos años?
Glome no estaba aquí ahora, y Talud cayó en la cuenta de que el asesino había estado ausente la mayor parte del día. Era como si se hubiera dejado ver justo el tiempo suficiente para convencer a Borneo Zanca Cortada de que iniciara una guerra, y luego hubiera desaparecido. Brule se acuclilló en la cornisa, observando a los daewars cada vez más próximos, y el ceño fruncido en su puntiagudo rostro denotó el mismo desconcierto que el del propio Talud. Aun así, cuando Borneo Zanca Cortada procedió a organizar la emboscada y salió al frente de sus tropas, los dos guardaron silencio. Aquí pasaba algo muy raro, y los dos lo notaban, pero no sabían qué era y estaban seguros de que el dirigente no daría crédito a sus vagas sospechas. Al parecer, a la única persona a la que Borneo hacía caso, ahora que era el jefe, era a Glome el Asesino.
Con las últimas luces del día, los theiwars emboscados se escondieron a lo largo de ambos lados de una estrecha cárcava por la que los daewars tenían que pasar. Borneo Zanca Cortada subió sigilosamente a un afloramiento rocoso y los vio aproximarse. Ya estaban cerca, y los ojos del theiwar se prendieron en el reluciente yelmo y la capa floreada del príncipe daewar. «Pronto, —se dijo para sus adentros—. El daewar estará muerto muy pronto».
—No me importa a cuántos fundidores de oro matáis —dijo en voz baja a sus hombres—. Por mí, podéis acabar con todos. Pero aseguraos de que el príncipe muera. Aquel cuya espada derrame la sangre de Hebilla de Oro será el primero en escoger su parte del botín cuando entremos en las madrigueras daewars.
Justo a sus espaldas, una voz profunda gruñó:
—Bien, supongo que eso deja las cosas suficientemente claras.
Borneo giró sobre sí mismo, boquiabierto. A un par de metros de distancia, Olim Hebilla de Oro, la cabeza descubierta y despojado de su capa real, lo miraba de hito en hito con ojos iracundos. Detrás, a todo lo largo de la cárcava de la emboscada, guerreros daewars, —cientos de ellos— tenían rodeados a los theiwars sorprendidos en sus escondrijos.
—Borneo Zanca Cortada, —retumbó el príncipe daewar—, te acuso de traición, conspiración y violación intencionada del Pacto de Kal-Thax. ¿Te sometes al juicio de los thanes o prefieres batirte en duelo conmigo?
Con un rugido de rabia, Borneo desenvainó su sable de oscuro acero y se abalanzó sobre el príncipe de los daewars. Su arma descendió centelleante sobre la dorada cabeza desprotegida de Olim, pero falló el golpe cuando el daewar lo esquivó con una finta lateral al tiempo que lanzaba una estocada a fondo.
Borneo notó que el frío acero desgarraba el refuerzo de cuero, entre los protectores metálicos del peto, y sintió su abrasador frío penetrándole en el pecho. Intentó levantar su arma otra vez, pero ni siquiera tenía fuerza para sostenerla. El sable resbaló entre sus dedos, y le flaquearon las rodillas.
—Me temía que elegirías retarme, —dijo Olim Hebilla de Oro en tono quedo. Tiró de la espada hacia arriba al tiempo que la giraba, y partió en dos el corazón del theiwar. Cuando extrajo el arma, Borneo Zanca Cortada cayó de bruces y yació inmóvil en el suelo.
Olim limpió la hoja del arma, se dirigió al interior de la cárcava y miró a los theiwars capturados. Un guardia daewar se adelantó para entregarle su yelmo y lo ayudó a ponerse la capa.
—Vosotros, theiwars, —dijo en voz alta, una vez que tuvo puesto todo su atuendo—, prestáis demasiada atención a la gente equivocada. Primero seguisteis a Gacho Fuego Rojo, después a Borneo Zanca Cortada, y ahora debéis encontrar a otro a quien seguir. Borneo Zanca Cortada violó el pacto y está muerto. ¿Alguno de vosotros puede explicarme por qué decidió traicionar a sus aliados?
En los primeros momentos no hubo respuesta; luego, de las líneas bajo vigilancia, un theiwar de mediana edad, de anchos hombros, se adelantó.
—Yo puedo explicártelo, daewar, —gruñó.
—¿Y quién eres tú?
—Soy Talud Tolec.
—Dime entonces, Talud Tolec, —instó Olim—. ¿Tanta sed de sangre tenía vuestro jefe que llevó a cabo una traición y planeó una invasión? ¿Pensaba que los daewars somos tan ricos que el precio merecería la pena?
—Estaba convencido de que tenéis tesoros, —respondió Talud—. También lo creen muchos otros. ¿Es verdad?
—No de la clase que vuestros líderes creían, —replicó Olim con brusquedad—. ¿Fue ese el motivo de la traición de hoy?
—En parte, —admitió Talud—. Pero sobre todo temía que los daewars planearan dirigir todo Kal-Thax.
—¿Dirigir Kal-Thax? —Olim frunció el entrecejo—. ¿Por qué pensaba eso?
—¿Por qué otra razón ibais a estar excavando una nueva plaza fuerte? —Talud miró ferozmente a su captor—. Oh, sabemos lo que habéis estado haciendo en el Fin del Cielo. No estamos ciegos. Hemos visto los vertidos de las excavaciones. Tenéis que estar construyendo toda una ciudad bajo tierra.
—Construyendo una… —balbució Olim, que de repente se había quedado sin palabras—. ¿Creéis que estamos construyendo una…? —Miró a otro lado y apretó los labios, sofocando una risa. A unos cuantos metros, Gema Manguito Azul se había quedado tan pasmado que los miraba boquiabierto. Esforzándose por disimular su hilaridad, Olim se volvió hacia Talud Tolec.
—Lo que hagamos bajo el Fin del Cielo es asunto nuestro, —dijo con severidad—. Si, como dices, estamos excavando una ciudad fortificada allí, no es algo que concierna a los theiwars.
—Lo es, si vuestro plan es dirigir Kal-Thax desde allí —reiteró Talud con tozudez—. Si quieres puedes matarnos a los que has capturado, pero sólo somos unos pocos. Hay muchos otros que nos vengarán. Y, si morimos, los demás sabrán el motivo: ¡que los daewars proyectan alzarse con el poder! ¡Ningún theiwar doblará la rodilla ante un rey daewar!
—Y si te digo que no es esa nuestra intención, ¿me creerías?
—¿Lo creeríais vosotros si estuvieseis en nuestro lugar?
—Probablemente no, —admitió Olim—. Muy bien. El jefe que os dirigía en esta locura ha pagado con su vida. Vinimos aquí para cumplir el Pacto de Kal-Thax. Volveremos de nuevo cuando los humanos amenacen otra vez la frontera, y seguiremos haciéndolo mientras exista amenaza del exterior. Dile a vuestro próximo dirigente que lo tenga en cuenta y que se acostumbre a ello.
—¿Nos…, nos dejas marchar?
—¿Qué iba a ganar con mataros? —Olim le dio la espalda y sacudió la cabeza, reprimiendo una mueca de regocijo. Luego levantó el rostro, asumió su expresión más severa y ordenó a su capitán—: ¡Gema, no te quedes ahí parado con la boca abierta! Debemos ponernos en marcha.
Gema Manguito Azul miró a su príncipe y parpadeó.
—Pero, señor, lo que ha dicho sobre nuestras excavaciones…
—Han adivinado lo que estamos haciendo, ¿y qué? —se apresuró a interrumpirlo Olim—. Construir una plaza fuerte. No podíamos mantenerlo en secreto para siempre, ¿no?
—¿No podíamos…? —Gema se calló y cuadró los hombros—. Eh… no, señor. Es difícil mantener en secreto la construcción de una fortaleza.
Las laderas seguían libres de intrusos, y pasaría algún tiempo antes de que los humanos o cualquier otro pueblo reuniera el coraje suficiente para intentar otro asalto al reino de la montaña. Talud Tolec condujo a un grupo desde el puesto fronterizo de regreso a Theibardin, el laberinto de cuevas que se extendía alrededor de dos de las caras del Buscador de Nubes, en la cima de la enorme montaña.
Era el reino de los theiwars, y Talud tuvo una sombría intuición de lo que encontrarían cuando llegaran allí. El instinto le decía que Glome el Asesino sabía, antes de que ocurriera, que los supuestos supervivientes daewars eran señuelos, y que Olim Hebilla de Oro aparecería con el grueso de sus fuerzas. Talud sospechaba que, de algún modo, Glome había previsto la suerte que Borneo Zanca Cortada correría, que incluso había contribuido a que ocurriera.
En consecuencia, no fue una gran sorpresa llegar a las madrigueras theiwars y encontrarse con que Glome y sus seguidores habían tomado el mando del lugar. Glome se había autoproclamado dirigente de los theiwars y estaba haciendo planes para atacar, invadir y saquear la nueva ciudad daewar en el interior del Fin del Cielo. El plan era simple y directo. Glome había conseguido que los daergars lo apoyaran convenciendo a Vog Cara de Hierro con artimañas de que los daewars intentaban hacerse con el control de toda la minería de Kal-Thax. Con una fuerza combinada de theiwars y daergars, —así como con todos los salvajes y tornadizos kiars que pudieran reunir—, Glome proyectaba apoderarse de la antigua ciudadela daewar situada en la ladera del Fin del Cielo, que era, —según le habían asegurado sus espías—, la única entrada a las nuevas excavaciones daewars.
Con la ciudadela en su poder, razonaba Glome, podían poner cerco a la ciudad subterránea hasta que el hambre obligara a los daewars a rendirse.
Cuando Talud Tolec y Brule Lengua de Vapor se enteraron del plan, intercambiaron una mirada de asombro. Por primera vez, a los dos se les ocurrió la posibilidad de que Glome el Asesino estuviera realmente loco.
Pero tras echar un vistazo a Glome, cuyos ojos relucían con el fervor de un fanático y la ira de un vengador, y a los centenares de apasionados seguidores que lo rodeaban, Talud y Brule decidieron, muy sensatamente, mantener la boca cerrada. Glome era el dirigente ahora, pero no se parecía en nada a los que lo habían precedido en el cargo.
Glome no admitía críticas, y había revocado la ley del desafío. A partir de ahora, el castigo para cualquier theiwar que hablara en contra del dirigente o sus planes era la pena de muerte.