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El pacto y el asesino

Para cuando la nieve cubrió las montañas Kharolis bajo una gruesa capa, el pico llamado Buscador de Nubes era un hervidero de enanos, fuera y dentro. El consejo de los thanes había durado varios días, y los escribas estarían trabajando durante años registrando e interpretando todo cuanto se había decidido.

Con los Diez a su espalda, los guardias de Willen Mazo de Hierro situados en puntos estratégicos, y varias compañías de infantería a su disposición, Colin Diente de Piedra de los hylars podría haber dominado los procedimientos. Pero era lo bastante inteligente como para no hacerlo. Este sitio bajo las cumbres, al que había llamado Thorbardin, sería el Everbardin de su pueblo, y el dirigente hylar estaba decidido a reducir al máximo el resentimiento entre aquellos que compartirían su entorno. En consecuencia, Colin Diente de Piedra hizo que se construyera una mesa de siete lados que se instaló sobre una amplia y llana cornisa en la orilla del mar de Urkhan, y llevó allí a los jefes de todos los thanes.

Cada príncipe y cabecilla eligió su sitio a la mesa, y Colin Diente de Piedra fue el último en tomar asiento, incluso después de que lo hubiera hecho Fasse Uno, Gran Bulp del clan aghar, que estaba tan impresionado con los procedimientos y las personalidades presentes a su alrededor que hizo lo único que se le ocurrió hacer: recostó la cabeza en la gran mesa y se quedó dormido.

Olim Hebilla de Oro eligió el asiento del este, de espaldas a la parte más luminosa de la gran caverna, donde los daewars tenían ya en construcción unas excavaciones de importancia. Vog Cara de Hierro, de los daergars, escogió un asiento al sur; Talud Tolec, de los theiwars, un banco en el norte, con Bol Trune, de los kiars, a su izquierda, y el pequeño Gran Bulp aghar roncando a su derecha. Quedaban dos sitios libres. Un enano de espesa barba llamado Mies Piedra de Molino, seleccionado por los einars para hablar en su nombre, se acomodó a la derecha de Fasse Uno, y Colin Diente de Piedra tomó asiento al lado del príncipe daewar.

Los Diez se situaron a su espalda, y otros se adelantaron para colocarse detrás de sus respectivos líderes: Gema Manguito Azul y su guardia de la Maza Dorada, detrás del príncipe daewar; Brule Lengua de Vapor y una docena de theiwars, detrás de Talud Tolec; ocho figuras enmascaradas, detrás del jefe daergar; una colección de greñudos kiars, detrás de Bol Trune; varios einars, detrás de Mies Piedra de Molino; y una pequeña figura de extraño aspecto, que ostentaba el título de Gran Opinante, detrás del durmiente Fasse Uno.

—En el lugar del que nosotros, los hylars, venimos, —empezó Colin—, utilizamos una mesa de siete lados para tratar los asuntos del consejo, y nadie sabe por qué, ya que sólo son seis los lados que se ocupan. Ahora veo que el siete es, indiscutiblemente, el número apropiado. —Los miró a todos sucesivamente, uno tras otro—. Que Reorx esté con nosotros y nos conceda la sabiduría que necesitamos, —terminó diciendo.

—Reorx está presente, —musitó Olim Hebilla de Oro, y otros de los que estaban sentados a la mesa asintieron en silencio.

Y así dieron comienzo diecisiete días de debate y consejo, durante los cuales todo, desde el nombre del lugar hasta la lista de acuerdos para usos públicos y privados de los recursos, fue tratado y acordado.

Los daewars conservarían la orilla oriental del mar de Urkhan, donde un brazo de este trazaba una curva alrededor de un recodo de la caverna. El cuarzo de arriba la hacía una bahía luminosa, la zona más iluminada de la inmensa gruta. Podían reclamar como suyas esta playa y la piedra que había detrás, donde ya estaban construyendo su ciudad de Nueva Daebardin.

Los theiwars ocuparían la orilla noroccidental y la piedra de detrás, hasta la entrada a la caverna que Urkhan había llamado la primera madriguera. Los daergars dispondrían de la playa meridional, donde la luz de los estratos de cuarzo era más débil, y cederían sus montones de escombros a los aghars, que preferían ambientes tales como montones de escombros de las excavaciones de otros.

Los daewars habrían preferido tener lo más lejos posible tanto a los daergars como a los enanos gullys, al otro lado del mar, de ser posible. Pero Olim aceptó el acuerdo, puesto que el recodo de la caverna taparía cualquier excavación desagradable a la vista desde la ciudad daewar.

Aquellos kiars que habían decidido construir hogares en la cámara subterránea, dispondrían de las zonas profundas al extremo este de una segunda madriguera natural, donde un brazo del mar tenía sus playas.

La mayoría de los einars no quería saber nada de cavernas, prefiriendo las excavaciones más superficiales. Los que sí lo desearon, sin embargo, recibieron autorización para que se afiliaran a cualquier clan de Thorbardin que les conviniera más. En cuanto a los demás, que empezaban a adoptar el nombre neidar, el cual habían oído a Cale Ojo Verde y a sus aventureros, se llegó a un compromiso. Los neidars se quedarían en el exterior para cuidar de los campos y el ganado, que necesitaban de los cambios de estaciones y del sol. A cambio de suministrar grano, carne y madera a los clanes de las cavernas profundas, tendrían derecho a entrar en Thorbardin en cualquier momento que quisieran hacerlo, así como protección contra sus enemigos por parte de los ejércitos de la plaza fuerte subterránea.

A partir de este momento, el asiento en el séptimo lado de la mesa estaría ocupado por los neidars.

Las dos madrigueras más grandes serían terrenos comunes para todos los thanes. Allanadas y mejoradas por obreros utilizando los gusanos remolcadores gigantes, se enriquecerían con mantillo del exterior y con fertilizantes que Bardion Cornisa, antaño protector encargado de residuos y desechos de Thorin, sabía cómo tratar y procesar. Las madrigueras se convertirían en campos de cultivo subterráneos.

El propio mar de Urkhan sería propiedad común de todos, y Talam Combahierro ya estaba trabajando en el diseño de un sistema de acueductos con fuerza de contrapeso para acabar con procedimientos tan primitivos, agotadores y poco productivos como las cadenas de cubos.

Cada ciudad sería tan autónoma como quisiera en cuanto a forjas, tiendas, mercados y viviendas, costumbres y normas ciudadanas y su cumplimiento. Pero un sistema vial de túneles y una red de líneas de carretillas de tracción por cable conectarían todas las ciudades y serían de uso común.

Relente Triza de Acero y Grana Moldeo concibieron un complejo plan para construir un acceso con puerta en la zona sur, basado en la idea del tapón con bisagra de los daewars, reforzado con una cubierta de hierro daergar, y combinado con la avanzada técnica hylar. La nueva puerta daría acceso a los mejores campos de cultivo einars y a los metales de las minas daergars.

Se sugirió que una segunda puerta igual fuera instalada en el extremo norte del reino subterráneo, pero este punto quedó pospuesto hasta una posterior consideración. También se sugirió que el gran túnel que los daewars habían abierto a través del Fin del Cielo podía convertirse en una ruta comercial, suponiendo que las cosas más allá de Kal-Thax se tranquilizaran por fin lo bastante como para permitir el comercio con el exterior.

Los ejércitos de los thanes estarían separados, pero formarían un frente común en defensa de Kal-Thax contra la amenaza de humanos, ogros o cualquier otra raza. Y los hylars aceptaron entrenar a las otras tropas en las artes aprendidas por ellos.

Se harían exploraciones para determinar si podía crearse un pozo de magma para fuente de alimentación de las fundiciones, como en Thoradin. Se buscarían sitios adecuados para la instalación de conductos solares, y se levantaría un mapa completo del sistema de ventilación natural, que parecía fluir de un profundo valle, cerrado por escarpadas paredes, que había en el sur, —el mismo valle que los theiwars llamaban Caída Mortal—, con conductos de escape naturales en lo alto, entre los propios Tejedores del Viento.

Se discutieron tantos planes e ideas, se tomaron tantas medidas en aquellos diecisiete días, que tropeles de escribas trabajaron afanosos con el único fin de tomar apuntes sobre cosas que serían registradas en pergaminos posteriormente.

Y, en algún punto durante el transcurso de todo esto, Olim Hebilla de Oro echó un vistazo a los tomos de sus escribas y se volvió hacia Colin Diente de Piedra con el ceño fruncido.

—Hemos pasado algo por alto, —dijo el daewar—. Todos los thanes salvo uno tienen un sitio asignado para sus construcciones. ¿Dónde vivirán los hylars?

Antes de que Colin pudiera responder, una voz a sus espaldas dijo:

—Allí. Allí está Hybardin.

Se volvieron. Detrás del asiento del cabecilla hylar, se encontraba el viejo Mistral Thrax, apoyado en su muleta. Tenía el brazo libre extendido, señalando hacia arriba, y la palma de la mano le brillaba con un color rojo apagado. Como si no hubiese nadie más aparte de él mismo, el anciano enano musitó:

—Es el Árbol de la Vida. El Árbol de la Vida de Hylar. Allí estará Hybardin.

Señalaba al centro del mar, a la gran estalactita suspendida sobre las aguas, cuya parte superior se fundía con el lejano techo de la caverna.

—Mistral Thrax ha hablado, —asintió Colin Diente de Piedra—. Este será el hogar de los hylars. Construiremos nuestra ciudad en su interior.

El ceño de Olim Hebilla de Oro se hizo más marcado.

—¿Los más altos de las profundidades? —musitó.

—¿Qué? —Colin lo miró.

—Nada, —replicó el príncipe daewar secamente—. Pero ahora se me ocurre una pregunta, y quizá los hylars tengan una sugerencia al respecto. Hemos evitado este tema hasta ahora, pero ha llegado el momento de tratarlo. ¿Quién dirigirá Thorbardin?

Alrededor de la mesa se hizo un gran silencio y los presentes se lanzaron miradas desconfiadas unos a otros.

Colin Diente de Piedra inhaló hondo. Era un asunto que había temido, el único que podía echar abajo todos los planes. Ningún daewar tenía intención de que lo gobernara nadie que no fuera daewar; ningún theiwar, nadie que no fuera theiwar; ningún daergar, nadie que no fuera daergar.

—Aquí no hay reyes, —siseó Talud Tolec—. ¿Alguno podría serlo?

—Yo soy príncipe de los daewars, —comentó Olim Hebilla de Oro.

—Pero no un rey, —retumbó Vog Cara de Hierro. Se volvió hacia Colin Diente de Piedra, y por primera vez se quitó la máscara. Los rasgos que había tras ella eran firmes y muy marcados, como los de un fiero zorro—. ¿Y tú, hylar? ¿Serías rey?

Colin sacudió la cabeza.

—El theiwar tiene razón, —dijo—. Aquí no hay reyes. Ni falta que hacen. Si llega el día en que Thorbardin necesite uno, entonces, por la gracia de Reorx, surgirá un rey. Pero aún no ha llegado ese día. Yo propondría que Thorbardin se gobernara por un pacto, no por la fuerza del poder.

—Entonces tiene que haber un pacto así —acotó Talud.

—Una alianza bajo juramento, —reflexionó Olim Hebilla de Oro—. Un solemne compromiso, forjado con nuestros juramentos y nuestro honor. Un pacto de thanes.

A un lado, donde un grupo silencioso y hosco presenciaba los procedimientos, alguien se mofó:

—Nada de reyes, —masculló—. Eso dicen. Y, sin embargo, los hylars insinúan que puede haber uno algún día. Yo digo que ese día llegará mucho más pronto de lo que ellos piensan.

A su alrededor, varios asintieron con la cabeza y otro barbotó entre dientes:

—Glome será rey. Pronto será suficiente para nosotros.

Glome el Asesino ya no tenía el mismo aspecto que el pasado año, cuando había sido líder de los theiwars durante un breve tiempo. Había reunido una colección de disfraces con los que daba la imagen que quería. Hoy parecía un soldado de infantería daewar, con la capucha de la capa cubriéndole el yelmo. Esto era parte del poder que ejercía sobre sus seguidores: al parecer, podía ser cualquiera y estar en cualquier parte.

Sus partidarios eran mayoritariamente theiwars y daergars, pero entre ellos había ahora cierto número de daewars rebeldes, descontentos con el cambio radical de su mundo al que los había conducido su príncipe, y unos cuantos kiars, enfadados con la actitud intimidante de Bol Trune. Era un grupo subversivo, una chusma cada vez más numerosa, unida por la convicción común de que Glome el Asesino prevalecería en Kal-Thax. No todo el mundo estaba contento con este consejo de thanes o con la clase de futuro que sus cabecillas vislumbraban. Muchos habían sido reclutados simplemente con la promesa de que Glome acabaría haciéndose con el poder, y que sus amigos serían recompensados. Jamás había habido rey en Kal-Thax, pero lo habría, y para los que lo ayudaran a conseguirlo, habría grandes riquezas.

—Ni daewar ni theiwar ni daergar ni kiar, —les había dicho Glome—. El rey será miembro de todas las tribus… como lo soy yo. Yo seré rey.

—Nuestros líderes no dirigen, —gruñó un theiwar—. El príncipe daewar, el poderoso daergar…, incluso Talud Tolec, del thane theiwar, se han rendido a esos hylars. Han renunciado a nuestros derechos. Hacen pactos que nos harán débiles y blandos como piedra porosa. Han dado la espalda a las viejas costumbres porque los hylars los han asustado. Es hora de que haya un rey en Kal-Thax. Un rey fuerte.

—Glome lo es, —dijo otro—. Glome merece ser rey.

Por el momento, sin embargo, Glome y sus partidarios esperaron la hora propicia, que se les presentara la oportunidad de actuar.

Cuando se hubieron debatido todos los artículos del pacto y quedaron resueltos los últimos puntos conflictivos, Colin Diente de Piedra hizo que se pusiera una forja a orillas del mar de Urkhan, y enanos de todos los thanes se reunieron para la ceremonia hylar de compromiso y unión. Se calentaron lingotes de siete metales en las ardientes brasas, y se incensó un gran yunque con el humo de las maderas equivalentes a los metales. En lo alto del yunque se colocaron los lingotes uno sobre otro, de manera que formaban una estrella. Luego, uno por uno, los líderes de los thanes golpearon con los martillos, uniendo los metales en un único objeto.

El último golpe fue el de Colin Diente de Piedra, y su martillo levantó ecos en las distancias del mundo subterráneo. Cuando levantó la herramienta después de golpear, en la superficie de los lingotes unidos no quedaba la menor irregularidad ni ribete. Sobre el yunque había un amuleto de catorce puntas, perfecto, suave y reluciente.

—Es un pacto, —entonó Colin Diente de Piedra.

—Es un pacto… Un pacto… Un pacto… —corearon los otros a su alrededor.

—La unión sin fisuras de un vínculo, —continuó Colin.

—Un vínculo… Vínculo… Vínculo… —repitieron las voces a su alrededor.

—El Pacto de los Thanes, —dijo Colin.

—De los Thanes… Thanes… Thanes… —repitieron las voces.

—Un solemne juramento de todos los aquí reunidos. Un pacto de la forja.

—De la forja… Forja… Forja…

—¡El Pacto de Thorbardin! —Puso a un lado el martillo, y en las vastas distancias de la inmensa caverna los ecos susurraron:

—Thorbardin… Thorbardin… Thorbardin…

Con su encallecida mano cogió el amuleto, todavía caliente, de la forja, se volvió y caminó hacia el borde del agua. Echó el brazo hacia atrás y arrojó el amuleto con todas sus fuerzas lo más lejos posible, y una nubecilla de vapor se alzó donde el objeto se hundió bajo las olas.

—Para siempre, —musitó Colin Diente de Piedra—. Thorbardin para siempre.

Cuando la noticia de que los hylars se trasladaban una última vez llegó a la fortaleza del Fin del Cielo, Tera Sharn, —cuyo embarazo era ya evidente por la redondez de su vientre—, recogió sus pertenencias y empezó a preparar los bultos mientras los hylars esperaban la escolta. Decían que había un recorrido de casi ochenta kilómetros a lo largo del gran túnel hasta el lugar que su padre había llamado Thorbardin. Sería un largo y oscuro viaje, pero ella estaba preparada. Su hijo nacería en Everbardin.

Se habían hecho otros preparativos, sin embargo. Fue algo más que una compañía de escolta lo que llegó al extremo norte del túnel. Willen Mazo de Hierro se presentó con la mayoría de los guardias hylars y una recua de caballos calnars tirando de carros. Colin Diente de Piedra deseaba que su pueblo viajara a su nuevo hogar con comodidad, y Willen que su esposa, que llevaba a su hijo en sus entrañas, se trasladara placenteramente.

Así pues, una vez más, el pueblo hylar empaquetó sus pertenencias y sus bienes y se puso en camino hacia el lugar que sería su hogar.

—El último viaje, —le prometió Willen a Tera—. Everbardin ha sido encontrado, y tu padre nos espera allí. Los hylars no volverán a trasladarse.

—El último viaje, —repitió ella—. Eso está bien, amor mío. ¿Y los otros clanes? ¿Están allí también?

—Los thanes se han unido, —le aseguró—. Sólo Colin Diente de Piedra habría sido capaz de conseguirlo, y lo ha hecho.

A pesar de su vastedad, la gran caverna central del lago ahora bullía de actividad. Daba la impresión de que había enanos por todas partes: enanos planificando, excavando, encendiendo forjas, arrastrando piedra y mineral; enanos reunidos para pensar, discutir y pelear; enanos manejando martillos, taladros y cinceles. La caverna resonaba con la música del trabajo.

Los daewars eran unos excavadores soberbios, pero no sabían mucho del oficio de la construcción. Los theiwars sabían reforzar y levantar paredes, pero no tenían mucha idea sobre abrir túneles. Los daergars eran mineros y podían seguir el rastro de las vetas de la piedra mejor que cualquiera de los demás. Los hylars eran expertos en invenciones y en conductos de luz, de viento y de agua. Pero, poco a poco, a medida que deambulaban por las excavaciones de los demás, las aptitudes empezaron a aglutinarse y la gran caverna natural comenzó a ser un lugar habitable, apto para una poderosa plaza fuerte.

Colin Diente de Piedra había ido con Wight Cabeza de Yunque a ver los métodos de corte de piedra de los daewars; después había dejado al jefe de excavaciones tomando notas, y se había dirigido donde Talam Combahierro estaba enseñando a un grupo de theiwars a canalizar el agua hacia sus madrigueras. A continuación, el cabecilla hylar inspeccionó un horno de cristal donde se estaban fabricando espejos y se planeaban conductos solares. Siguió su camino, acompañado sólo por los Diez, y se detuvo a cierta distancia para mirar a través del lago, donde la enorme estalactita se alzaba sobre las aguas como un pilar sobre el que se apoyaba un mundo. Sus ojos subieron lentamente, siguiendo el contorno del inmenso monolito de piedra viva, que se iba ensanchando conforme ascendía hacia el techo. Era una vista impresionante, como encontrarse debajo de una gigantesca seta.

—Mistral Thrax tenía razón, —dijo, asintiendo con la cabeza—. Es el lugar al que los hylars pertenecen. Mi pueblo estará cómodo ahí.

—Sí —se mostró de acuerdo Jerem Pizarra Larga—. Es el Árbol de la Vida de Hylar.

—El corazón de Everbardin, —musitó Colin, y entonces soltó un gemido ahogado cuando una jabalina pareció brotar de su pecho. Lanzada por un fuerte brazo, el astil lo atravesó de parte a parte, su impacto ahogado por un coro de gritos al tiempo que una riada de enanos salía corriendo de las sombras debajo de las paredes escalonadas y se abalanzaba sobre los Diez.

—¡Defendeos! —bramó Jerem Pizarra Larga mientras desenvainaba su espada y enarbolaba el escudo.

A su lado, Colin Diente de Piedra cayó de rodillas, con las manos aferradas a la jabalina que sobresalía de su pecho. Sus labios se movieron, pero no emitió sonido alguno.

—¡Formad un cerco defensivo! —gritó Jerem a la par que desviaba otra jabalina con su escudo—. ¡Nuestro jefe está herido!

Los Diez se agruparon en torno a su líder caído, con los escudos en alto y las espadas prestas mientras la horda de atacantes chocaba contra ellos. Gritos de «¡Por Glome!» y «¡Glome el rey!» resonaron en sus oídos, y sus aceros hylars descargaron tajos y cuchilladas y se tiñeron con sangre.