9
Tú eres mi padre, Incarceron.
Nací de tu dolor y tu pena.
Huesos de acero; circuitos por venas.
Mi corazón, un cofre de hierro.
Cantos de Sáfico
Keiro levantó la linterna.
—¿Dónde estás, Sabio?
Gildas no estaba en la jaula en la que dormía ni en ningún rincón de la estancia principal, donde los Comitatus habían encendido desafiantes hogueras en todos los braseros y celebraban su victoria con canciones soeces y bravuconerías. Keiro había tenido que asestar unos cuantos mamporros con el puño entre los esclavos hasta dar con alguien que hubiera visto al anciano, que se encaminaba a los cobertizos. Finn y él lo habían seguido hasta una celda pequeña, donde estaba vendando una herida supurante que tenía en la pierna un niño esclavo, mientras su madre sujetaba una frágil vela y esperaba ansiosa.
—Estoy aquí —Gildas miró a su alrededor—. Acerca más esa linterna. No veo nada.
Finn entró en la celda y vio cómo la luz iluminaba al chiquillo. Se percató de su aspecto enfermizo.
—Alegra esa cara —le ordenó enfurruñado.
El niño sonrió aterrado.
—Si os dignarais a tocarlo, señor —murmuró la madre.
Finn se dio la vuelta. Podría haber sido guapa en el pasado; ahora era escuálida y demacrada.
—Dicen que la mano del Visionario puede sanar.
—Supersticiones absurdas —gruñó Gildas mientras anudaba la venda, pero Finn lo hizo de todos modos. Colocó los dedos con gentileza sobre la frente caliente del chico.
—No muy distintas de las tuyas, Sabio —soltó Keiro con malicia.
Gildas se incorporó, se limpió los dedos en el abrigo e hizo oídos sordos a la provocación.
—Bueno, es todo lo que puedo hacer. Ahora es preciso que la herida drene. Procura mantenerla limpia.
Mientras Finn y Keiro lo seguían fuera de la celda, gruñó:
—Cada vez hay más infecciones y más enfermedades. Lo que necesitamos son antibióticos, en vez de oro y quincallerías.
Finn ya conocía esos arrebatos de malhumor; era la oscura melancolía que hacía que en ocasiones Gildas se quedara varios días metido en la jaula, leyendo, durmiendo, sin hablar con nadie. Seguro que la muerte de la Maestra atormentaba al anciano. Por eso, de improviso, Finn dijo:
—Vi a Sáfico.
—¡Qué! —Gildas se quedó clavado en el sitio. Incluso Keiro parecía interesado.
—Me dijo…
—Espera. —El Sapient miró a su alrededor con urgencia—. Aquí dentro.
Señaló un arco oscuro del que salía una de las impresionantes cadenas que colgaban de las arandelas del techo de la Guarida. Gildas colocó el pie en una anilla y empezó a trepar hasta que la oscuridad lo ocultó; cuando Finn se encaramó detrás de él, descubrió al anciano en una repisa estrecha en lo alto del muro, apartando excrementos de pájaros ya resecos y unos cuantos nidos.
—No pienso sentarme ahí —dijo Keiro.
—Pues quédate de pie. —Gildas le quitó la linterna a Finn y la dirigió hacia la cadena—. Ahora cuéntamelo todo. Todas y cada una de las palabras, al pie de la letra.
Finn dejó colgando los pies por el borde de la repisa y bajó la mirada.
—Era un sitio como éste, en lo alto. Estaba allí conmigo, y yo tenía la Llave.
—¿Ese cristal? ¿Lo llamó «llave»? —Gildas estaba anonadado; se rascó la canosa barba de tres días—. Es un término de los Sapienti, Finn, una palabra mágica. Un mecanismo para abrir cerrojos.
—Ya sé lo que es una llave. —Su voz sonó enfadada; intentó mantener la calma—. Sáfico me dijo que la utilizara para abrir el Tiempo; había un ojo de cerradura en una roca negra y brillante, pero la Llave pesaba mucho y me costaba moverla. No llegué a tiempo. Me quedé… destrozado.
El anciano agarró a Finn por la muñeca, se la apretó con fuerza y furia.
—¿Qué aspecto tenía?
—Era joven. De pelo largo y moreno. Como en las leyendas.
—¿Y la puerta?
—Muy pequeña. Había luz al otro lado de la roca, como estrellas.
Keiro se propulsó con elegancia contra el muro.
—Qué sueños tan extraños, hermano.
—No son sueños. —Gildas lo liberó; el anciano seguía estupefacto, no cabía en sí de gozo—. Conozco esa puerta. Nadie la ha abierto nunca. Está a menos de un kilómetro de aquí, arriba, en el territorio de los Cívicos. —Se frotó la cara con ambas manos y añadió—: ¿Dónde está la Llave?
Finn vaciló. Primero se la había colgado del cuello con un cordel gastado, pero pesaba mucho, así que al final se la había guardado debajo de la camisa. A regañadientes, la sacó.
El Sapient la tomó de manera reverencial. Sus manos pequeñas de venas marcadas la exploraron; se la acercó a los ojos y contempló el águila.
—Esto es lo que estaba esperando. —Le temblaba la voz por la emoción—. La señal de Sáfico. —Levantó la mirada—. Es lo que inclina la balanza. Nos iremos ahora mismo, esta noche, antes de que Jormanric averigüe lo que es esta cosa. Raudos y veloces, Finn, empezaremos a Escapar.
—¡Eh! ¡Espera un momento! —Keiro se desprendió de la pared—. Finn no se marcha a ninguna parte. ¡Me ha jurado lealtad!
Gildas lo miró con desagrado.
—Sólo lo llamas hermano porque te es útil.
—¿Y a ti no? —Keiro soltó una risa socarrona—. Eres un hipócrita, viejo. Lo único que te interesa es una baratija de cristal y unos cuantos desvaríos cuando se le va la cabeza.
Gildas se puso de pie. Apenas le llegaba al hombro a Keiro, pero su mirada desprendía maldad, su cuerpo esquelético estaba tenso.
—Muchacho, yo en tu lugar tendría cuidado. Mucho cuidado.
—¿O qué? ¿Me convertirás en una serpiente?
—Ya lo estás haciendo tú solo.
Con un temblor de acero, Keiro desenvainó la espada. Tenía los ojos azules y gélidos.
Finn dijo:
—Ya basta.
Ninguno de los otros dos se dignó a mirarlo.
—Nunca me has caído bien, muchacho. Nunca he confiado en ti —dijo Gildas muy serio—. No eres más que un ladrón bravucón y arrogante que se preocupa únicamente de sus propios placeres, que no dudaría en matar si se le antojara, como sin duda ya ha ocurrido. Y tu mayor deseo sería hacer de Finn tu hermano gemelo.
Keiro tenía el rostro enrojecido por la ira. Levantó la espada de modo que la punta afilada amenazó a los ojos del anciano.
—Finn me necesita para protegerse de ti. Yo soy quien cuida de él, quien le aguanta la cabeza cuando está enfermo, quien le cubre las espaldas. Si quieres que nos pongamos a decir verdades, te diré que los Sapienti sois unos viejos locos que se agarran a supersticiones sin sentido…
—¡He dicho que ya basta! —Finn se colocó entre ambos y apartó de un manotazo el filo de la espada.
Con el ceño fruncido, Keiro le sacudió la mano.
—¿Te vas con él? ¿Por qué?
—¿Qué me retiene aquí?
—¡Por el amor de dios, Finn! Aquí estamos bien. Hay comida, chicas, ¡todo lo que queremos! Nos temen, nos respetan. Somos lo bastante poderosos para derrocar a Jormanric en cualquier momento. Y cuando lo hagamos, seremos los Señores del Ala, ¡los dos!
—¿Y hasta cuándo? —se burló Gildas—, ¿hasta que dos sea multitud?
—¡Cállate! —Finn se dio la vuelta furioso—. ¡Miraos! Sois los únicos amigos que tengo en este infierno y no sabéis hacer otra cosa que pelear por mí. ¿Es que a alguno de vosotros le importo un comino? No me refiero al visionario, ni al guerrero, ni al loco que acepta todos los retos, sino a mí, a Finn… —Se quedó plantado, temblando. De repente lo embargó la fatiga, y mientras los otros dos lo miraban, se acuclilló, con las manos en la cabeza, y se le quebró la voz—. No puedo soportarlo más. Me estoy muriendo aquí dentro, siento terror, vivo a la merced de los ataques, temo cuándo llegará el siguiente. No puedo soportarlo más. Tengo que salir de aquí, ¡averiguar quién soy! ¡Tengo que Escapar!
Se quedaron callados. El polvo caía lentamente por el haz de luz de la linterna. Entonces Keiro enfundó la espada.
Finn intentó dejar de temblar. Cuando levantó la mirada, temió ver la burla en los ojos de Keiro, pero su hermano de sangre le tendió la mano y ayudó a Finn a levantarse hasta que quedaron cara a cara.
Gildas gruñó:
—A mí me importas, tontorrón.
Keiro achinó los ojos azules.
—Cállate, abuelo. ¿Es que no ves que nos está manipulando a los dos? Como siempre… Qué bien se te da, Finn. Lo hiciste con la Maestra y ahora lo estás haciendo con nosotros. —Soltó el brazo de Finn y dio un paso atrás—. De acuerdo. Supongamos que intentamos escapar. ¿Se te ha olvidado la maldición que te echó la Maestra? Te deseó la muerte, Finn. ¿Podemos hacer algo contra un hechizo así?
—Déjame eso a mí —soltó Gildas.
—Ah sí, claro. La brujería. —Keiro sacudió la cabeza, incrédulo—. ¿Y cómo sabemos si la Llave va a abrir esa puerta? Las puertas sólo se abren si Incarceron quiere.
Finn se frotó la barbilla. Se obligó a mantenerse erguido.
—Necesito intentarlo.
Keiro suspiró. Se dio la vuelta, dirigió la mirada hacia las hogueras de los Comitatus, y Gildas miró a los ojos a Finn y asintió. A pesar del silencio, parecía triunfante.
Keiro volvió a mirarlos.
—Está bien. Pero será un secreto. Así, si no lo conseguimos, nadie lo sabrá.
—No hace falta que vengas con nosotros —gruñó Gildas.
—Si él va, yo también.
Mientras lo decía, con el pie rascó un resto de excremento de pájaro de la repisa; al observar cómo caía, Finn creyó entrever una sombra que parpadeaba abajo. Se agarró a la cadena.
—Ahí había alguien.
Keiro bajó la mirada.
—¿Estás seguro?
—Tengo una corazonada.
El Sapient se puso de pie. Parecía derrumbado.
—Si era un espía, si ha oído lo de la Llave, estamos en un aprieto. Coged armas y comida, y reuníos conmigo dentro de diez minutos al borde del pozo. —Miró la Llave con su brillo de arco iris—. Yo la guardo.
—Ni hablar. —Finn la recuperó con un movimiento rápido—. Se queda conmigo.
Mientras se daba la vuelta con la pesada Llave en la mano, notó un calor extraño y repentino, así que bajó la mirada. Por debajo de la zarpa del águila palidecía un círculo tenue. Dentro de él creyó ver, apenas por un instante, la sombra de una cara que lo miraba fijamente.
La cara de una chica.
—Tengo que reconocer que detesto montar a caballo. —Lord Evian paseaba entre los ribazos de flores y examinaba las dalias con atención—. Es agotador, y no le encuentro la gracia a tener los pies tan lejos del suelo. —Se sentó cerca de Claudia en un banco y perdió la mirada en el campo soleado, con la aguja de la iglesia brillando en la neblina provocada por el calor—. ¡Y luego, vuestro padre quiso regresar tan abruptamente! Confío en que no fuera por algún malestar repentino…
—Supongo que se habría dejado algún asunto pendiente —dijo Claudia midiendo las palabras.
La luz del atardecer calentaba la piedra de color miel del castillo; centelleaba en el centro de las aguas del foso, de un dorado oscuro. Los patos se arracimaron alrededor del pan que flotaba en la superficie. Claudia les tiró unas migas más, desmenuzándolas antes entre los dedos.
El reflejo de Evian le devolvió su rostro redondo cuando se inclinó hacia delante. Su boca dijo:
—Debéis de estar un poco nerviosa, además de impaciente por la boda.
Claudia tiró un trozo de pan a un pato.
—Según el momento.
—Os aseguro que todo el mundo dice que sabréis manejar al conde de Steen sin problemas. Su madre lo adora.
A Claudia no le cabía la menor duda. De repente se sintió abatida, como si todo el esfuerzo de representar su papel la superase. Se puso de pie y su sombra oscureció el agua.
—Ahora, si me disculpa, mi lord, tengo muchas cosas que organizar.
Él no levantó la cabeza, sino que alargó sus rollizos dedos hacia los patos. Sin embargo, dijo:
—Sentaos, Claudia Arlexa.
Esa voz. Claudia se quedó mirando apabullada la coronilla del hombre. El deje nasal había desaparecido. De pronto sonaba rotundo e imperativo. Levantó la mirada.
Claudia se sentó, en silencio.
—Estoy seguro de que esto os resultará sorprendente. Disfruto poniéndome el disfraz, pero algunas veces es extenuante. —La sonrisa bobalicona había desaparecido también de su rostro, y eso hacía que el hombre pareciera distinto, y sus ojos de párpados caídos reflejaban cansancio. Parecía más viejo.
—¿Disfraz? —preguntó ella.
—Sí, un personaje. Todos interpretamos un papel en esta tiranía del Tiempo, ¿no os parece? Claudia, ¿puede oírnos alguien si hablamos aquí?
—Es más seguro que la casa.
—Sí. —El lord se acomodó en el banco, y el pálido traje de seda crepitó. Claudia olió una ráfaga del exquisito perfume con el que se había rociado en abundancia—. Ahora escuchadme. Tengo que hablar con vos, y puede que ésta sea mi única oportunidad. ¿Habéis oído hablar alguna vez de los Lobos de Acero?
Alarma. Esa situación era peligrosa y Claudia tenía que andarse con pies de plomo. Así que contestó:
—Jared es un maestro excelente. El Lobo de Acero era el símbolo heráldico de lord Calliston, quien fue declarado culpable de provocar la traición contra el Reino, y fue el primer Preso que entró en Incarceron. Aunque eso fue hace siglos.
—Hace ciento sesenta años —murmuró Evian—. ¿Y eso es todo lo que sabéis?
—Sí.
Era cierto.
Él dirigió una mirada rápida hacia los campos.
—Entonces dejad que os cuente que Lobo de Acero también es el nombre de una organización secreta de cortesanos y… ¿cómo podríamos decirlo?… personas insatisfechas que anhelan la liberación de este juego interminable del pasado idealizado. Que quieren liberarse de la tiranía de los Havaarna. Ellos… nosotros… desearíamos que el Reino fuera gobernado por una reina que se preocupara del pueblo, que nos dejara vivir como quisiéramos. Que abriera Incarceron.
A Claudia le palpitó el corazón lleno de miedo.
—¿Comprendéis lo que os digo, Claudia?
No sabía cómo lidiar con aquella situación. Mientras se mordía el labio, observó como Medlicote salía por la torre de entrada al castillo y miraba a su alrededor, buscándolos.
—Creo que sí. ¿Formáis parte de ese grupo?
Él también había visto al secretario. Se apresuró a decir:
—Tal vez. Me estoy arriesgando mucho al hablar con vos. Pero creo que no os parecéis demasiado a vuestro padre.
La figura oscura del secretario cruzó el puente levadizo y avanzó hacia ellos dando zancadas. Evian saludó con la mano, apático. Añadió:
—Pensadlo. No serían muchos quienes llorasen la pérdida del conde de Steen. —Se puso de pie—. ¿Me buscabais, caballero?
John Medlicote era un hombre alto de pocas palabras. Hizo una reverencia dirigida a Claudia y dijo:
—Sí, mi lord. El Guardián os envía sus disculpas y me ha pedido que os informe de que este comunicado acaba de llegar de la Corte.
Le tendió un sobre de cuero.
Evian sonrió y lo tomó con delicadeza.
—Entonces, tendré que leerlo. Disculpadme, querida.
Claudia hizo una extraña reverencia y observó cómo el hombrecillo caminaba a paso ligero junto al serio sirviente y hablaba por hablar de las perspectivas de la cosecha, mientras iba sacando del sobre los documentos que debía leer. Claudia desmenuzó un trozo de pan entre los dedos en silencio, incrédula.
«No serían muchos quienes llorasen la pérdida del conde de Steen».
¿Se refería a un asesinato? ¿Hablaba con sinceridad o era algún plan urdido por la reina para atraparla, para poner a prueba su lealtad? Tanto si lo delataba como si permanecía en silencio, se arriesgaba a cometer un error.
Lanzó el pan a las aguas oscuras y contempló cómo los ánades reales más grandes, con sus cuellos largos con brillos verdosos, picoteaban a los más pequeños para apartarlos de la comida. Su vida era un laberinto de complots y mentiras, y la única persona en quien podía confiar en medio de todo aquello era Jared.
Se sacudió los dedos unos contra otros, fríos a pesar del sol.
Porque tal vez estuviera agonizando.
—Claudia. —Evian había vuelto. Sujetaba una carta en alto, entre dos dedos regordetes—. Buenas noticias, querida, de parte de vuestro prometido. —Se la quedó mirando con un rostro impenetrable—. Caspar está de camino. Llegará al castillo mañana.
Se quedó patidifusa. Sonrió con afectación y lanzó las últimas migas al agua. Flotaron unos segundos. Después, fueron engullidas.
Keiro había llenado un macuto con el botín: ropas elegantes, oro, joyas, un trabuco. Debía de pesar bastante, pero no pensaba quejarse; Finn sabía que le dolería infinitamente más dejar sus bienes atrás. Por su parte, Finn había elegido un somero recambio de ropa, algo de comida, una espada y la Llave. Eso era todo lo que deseaba llevarse. Al mirar su parte de las riquezas acumuladas en el baúl había sentido cómo lo embargaba el desprecio hacia sí mismo, había vuelto a notar la mirada penetrante y llena de desdén de la Maestra. Había cerrado de golpe la tapa del baúl con estruendo.
Cuando vio la linterna de Gildas ante ellos, corrió detrás de su hermano de sangre, sin dejar de mirar atrás, ansioso.
La noche en Incarceron era negra como el carbón. Pero la Cárcel nunca dormía. Uno de sus pequeños Ojos rojos se abrió, giró y emitió un clic mientras Finn corría bajo él, y el sonido provocó un leve escalofrío de consternación que le recorrió la piel. Aunque la Cárcel se limitaba a observarlos, con curiosidad. Jugueteaba con sus internos, les permitía que mataran, que deambularan, que lucharan y amaran hasta que se cansaba y los atormentaba con los Encierros, o transformando la estructura de la propia Cárcel. Eran su único entretenimiento, y tal vez Incarceron supiera que no había forma de Escapar.
—¡Daos prisa! —Gildas los esperaba con impaciencia. Apenas había cogido un hatillo de comida y medicinas, y su bastón; se lo colgó del hombro y miró en dirección a la escalera anexa al pozo—. Subiremos hasta la calzada. Puede que haya vigilancia arriba, así que yo iré el primero. Desde allí hay dos horas caminando hasta la puerta.
—A través del territorio de los Cívicos —murmuró Keiro.
Gildas lo miró con frialdad.
—Todavía estás a tiempo de darte la vuelta.
—No, ya no está a tiempo.
Finn dio un respingo; Keiro, a su lado, hizo otro tanto.
De los laterales y las sombras de los túneles aparecieron los orgullosos Comitatus; con los ojos rojos, colocados por el ket, apuntándolos con ballestas y con trabucos en las manos. Finn vio a Arko el Grande, que se encogió de hombros y sonrió; Amoz blandió su temible hacha.
Entre sus guardaespaldas, envalentonado e imponente, se alzaba Jormanric. El jugo rojizo le manchaba la barba como si fuera sangre.
—Aquí nadie se va a ninguna parte —gruñó—. Y esa Llave tampoco.