35
He subido una escalera de espadas,
un abrigo de cicatrices me arropaba.
He hecho promesas con palabras vacías.
Mi camino a las estrellas era una falacia.
Cantos de Sáfico
La puerta retembló.
—No os preocupéis. Es imposible que se rompa. —Con calma, el Guardián estudió a Finn—. Así que éste es el muchacho que crees que es Giles.
Claudia se lo quedó mirando.
—Vos deberíais saber si es él.
Finn paseó la mirada por la habitación. Era tan blanca que le dañaba los ojos, el brillo de las luces lo cegaba. El hombre que reconoció como Blazie se rio en voz baja y cruzó los brazos.
—En realidad, no importa si es él o no. Ahora que lo has traído, tendrás que convertirlo en Giles. Porque él es lo único que se interpone entre el desastre y tú. —Con curiosidad, se aproximó más a Finn—. Y ¿tú qué opinas, Preso? ¿Quién crees que eres?
Finn se sentía tembloroso y sucio; de repente tomó conciencia de que su piel estaba cubierta de mugre, que apestaba dentro de aquella habitación esterilizada.
—Eh… creo que recuerdo… el compromiso de boda…
—¿Estás seguro? ¿O podrían tratarse de recuerdos de lo que vivió otra persona, recuerdos que ahora están enterrados en ti, hilos de pensamiento atrapados en el tejido prestado, que la Cárcel entretejió dentro de tu ser? —Esbozó su sonrisa gélida—. Diez años es mucho tiempo. Lo único que recuerdo es un niño pequeño.
—En otra época podríamos haberlo averiguado —le reprochó Claudia—. Antes del Protocolo.
—Sí. —El Guardián se volvió hacia ella—. Y esa cuestión te la dejo a ti.
Finn vio lo pálida que estaba Claudia, y lo enfadada cuando dijo:
—Toda mi vida habéis permitido que creyera que era vuestra hija. Y era mentira.
—No.
—¡Sí! Me elegisteis, me educasteis, me formasteis… ¡Me lo habéis confesado! Modelasteis una criatura que se ajustase a lo que vos queríais, alguien que fuese dócil y se casara con quien vos dijeseis, que se convirtiese en lo que vos deseaseis. ¿Qué habría pasado conmigo después? ¿Acaso la pobre reina Claudia habría muerto de forma accidental para dejar al Guardián como único regente? ¿Ése era el plan?
El Guardián la miró a los ojos con los suyos claros y grises.
—Si era ése, lo cambié, porque te cogí cariño.
—¡Mentiroso!
Jared dijo con tristeza:
—Claudia, yo…
Pero el Guardián levantó la mano.
—No, Maestro. Dejad que yo se lo explique. Te elegí, sí, y admito sin problemas que al principio no eras más que un medio para conseguir un fin. Una niña que berreaba y que yo evitaba ver siempre que podía. Pero conforme creciste, empecé a… tener ganas de estar contigo. Me gustaba el modo en que me hacías reverencias, cómo me enseñabas los trabajos que habías hecho, cómo te mostrabas tímida ante mí. Y ahora te tengo mucho cariño.
Claudia lo miró fijamente, pues no quería oírlo ni creer lo que le decía el Guardián. Quería mantener viva la rabia, recién acuñada como una moneda.
Él se encogió de hombros.
—No he sido un buen padre. Y te pido perdón por eso.
En el silencio que se hizo entre ambos se coló de nuevo el golpeteo en la puerta, todavía más fuerte. Jared dijo con impaciencia:
—Apenas importa ya, señor, qué hicisteis con Claudia o quién es este chico. Ahora todos nosotros estamos condenados. No hay escapatoria de la muerte, a menos que entremos todos en la Cárcel.
Finn murmuró:
—Yo tengo que volver a buscar a Attia.
Extendió la mano hacia Claudia para que le diera la otra Llave; ella negó con la cabeza.
—Tú no. Volveré yo. —Alargó el brazo y cogió la copia de cristal que él tenía para comparar las dos llaves—. ¿Quién la fabricó?
—Lord Calliston. El primer Lobo de Acero. —El Guardián contempló el cristal—. Y a menudo me preguntaba si los rumores eran ciertos, si existía una copia, en algún rincón de las profundidades de Incarceron.
Claudia movió el dedo hacia el panel, pero el Guardián la detuvo.
—Espera. Primero debemos ponernos a salvo, o a la chica le convendrá más quedarse donde está.
Claudia lo miró a la cara.
—¿Cómo voy a confiar en vos de nuevo?
—Debes hacerlo.
El Guardián se llevó un dedo a los labios y asintió con la cabeza. Entonces, cruzó a paso ligero la celda blanca, tocó el panel de control de la puerta y se retiró.
Dos soldados cayeron de bruces en la habitación. Detrás de ellos, la maraña de cadenas se meció en el aire vacío. Los soldados blandieron las espadas, afilados susurros de metal.
—Entrad, por favor —dijo el Guardián con elegancia.
Claudia comprobó conmocionada que la reina en persona estaba allí, con una túnica oscura. Detrás de su madre, acechaba Caspar.
—Nunca se lo perdonaré —espetó el chico.
—Calla —le ordenó Sia.
La reina se adelantó y entró la primera en la habitación. Se detuvo un instante ante el extraño escalofrío de energía que se formaba en el umbral, y luego miró a su alrededor.
—Fascinante. Así que esto es el Portal.
—Exacto —contestó el Guardián con una reverencia—. Me alegro de ver que estáis tan recuperada.
—Lo dudo mucho.
Sia se plantó delante de Finn. Lo miró de arriba abajo y su rostro palideció. Apretó fuerte los labios encarnados.
—Sí —dijo el Guardián en voz baja—. Por desgracia, ha escapado un Preso.
Furiosa, se volvió hacia él.
—¿Por qué habéis hecho esto? ¿Qué traición urdís?
—Ninguna. Todos podemos salir ilesos de esto. Todos nosotros. Sin secretos desvelados, sin asesinatos.
Anduvo hasta el escritorio donde estaban los controles, tocó una combinación de teclas y se retiró. Claudia miró con asombro, porque la pared parpadeó y mostró una imagen que tardó un instante en reconocer. En una sala enorme, en la que los cortesanos se arracimaban y hablaban con escándalo. Los platos a medio comer habían quedado abandonados en las largas mesas. Los sirvientes cotilleaban en corrillos nerviosos.
Era el banquete de bodas.
—¿Qué hacéis? —exigió saber la reina, pero era demasiado tarde.
El Guardián anunció:
—Amigos.
Todas las cabezas de la sala se volvieron hacia él. Las conversaciones se cortaron de cuajo y dieron paso a un silencio anonadado. Después de un siglo de Protocolo, la imponente pantalla que había detrás del trono habría sido olvidada por muchos; ahora Finn contemplaba la Corte a través de una madeja de telas de araña, de una capa de mugre.
—Por favor, perdonad todas las desafortunadas confusiones ocurridas en este día —dijo el Guardián con seriedad—. Y os ruego a todos, embajadores de Allende los Mares y cortesanos, duques y Sapienti, damas y viudas ilustres, a todos, que paséis por alto esta infracción del Protocolo. Pero ha amanecido un gran día, en el que un terrible error ha sido enmendado.
La reina parecía demasiado conmocionada para hablar; Claudia se sentía casi igual que ella. Sin embargo, se movió: agarró a Finn por el brazo y lo invitó a que se acercara más. Se quedaron juntos, de pie, observando los rostros fascinados e incrédulos de los cortesanos, mientras su padre decía:
—Mirad. El príncipe que creíamos haber perdido, el heredero de su padre, la esperanza de la Corte, Giles, ha regresado con nosotros.
Mil ojos observaron a Finn. Él les devolvió la mirada y vio en cada uno de aquellos ojos un puntito de luz, percibió su intensa curiosidad, su duda, que descendía directamente hasta su alma. ¿Así se sentía alguien cuando era rey?
—En su gran sabiduría, la reina consideró necesario esconderlo en un exilio seguro para protegerlo de las conspiraciones que pudieran atentar contra su vida —dijo el Guardián con aplomo—. Pero por fin, después de muchos años, el peligro ha cesado. Los conspiradores han fracasado y han sido detenidos. Todo está de nuevo en calma.
En una ocasión miró de reojo a la reina; la furia emanaba de cada centímetro de su espalda erguida, pero cuando habló, su voz sonó alegre y apacible:
—Amigos míos, ¡qué contenta estoy! El Guardián y yo nos hemos esforzado mucho para contener la amenaza. Me gustaría que ahora os preparaseis para el banquete, para la llegada del príncipe. En lugar de una boda, celebraremos una espléndida bienvenida. Seguirá siendo un día fabuloso, tal como habíamos planeado.
La Corte permaneció en silencio. Entonces, desde el fondo, arrancaron los vítores.
La reina inclinó la cabeza. El Guardián tocó el panel. La pantalla se ensombreció.
Sia respiró hondo.
—Nunca jamás os perdonaré lo que habéis hecho —dijo sin inmutarse.
—Lo sé.
John Arlex encendió otro interruptor de manera despreocupada. Se sentó, cruzó una pierna sobre la otra, cosa que hizo brillar el oscuro traje de brocados, y después alargó la mano y tomó ambas Llaves del lugar en el que Claudia las había colocado. Las sostuvo entre los dedos, resplandecientes.
—Unos cristalitos tan pequeños… —murmuró—. ¡Y cuánto poder contenido en ellos! Claudia, querida mía, supongo que si uno no puede ser el dueño y señor de un mundo, debería encontrar otro mundo que conquistar. —Miró a Jared—. La dejo en vuestras manos, Maestro. Recordad nuestra charla.
Los ojos de Jared se abrieron como platos. Chilló: «¡Claudia!», pero la chica ya sabía lo que estaba pasando. Su padre se había sentado en la silla del Portal: sabía que debía correr hacia él, abalanzarse y quitarle las Llaves de las manos, pero era incapaz de moverse, como si el poder de la terrible fuerza de voluntad del Guardián la hubiera congelado.
Su padre sonrió.
—Os pido disculpas, Majestad. Creo que sería un fantasma en vuestra fiesta.
Sus dedos tocaron el panel.
Un resplandor estalló en la habitación y los hizo estremecerse. Al momento, la silla estaba vacía, girando lentamente en la sala blanca, y a la vista de todos, una centella chisporroteó en los controles, a la que siguió otra. Surgió un humo acre. La reina apretó los puños y gritó hacia el vacío:
—¡No podéis hacer esto!
Claudia se quedó mirando la silla; cuando estalló en llamaradas, Jared tiró de ella a toda prisa para apartarla. La chica dijo con la voz sombría:
—Sí puede. Lo ha hecho.
Jared la observó. Tenía los ojos vidriosos, la cara sofocada, pero la cabeza bien alta. La reina ardía de rabia y empezó a aporrear todos los botones, aunque sólo consiguió provocar más explosiones. Entonces salió del estudio con Caspar pisándole los talones, y el Sapient le dijo a la hija del Guardián:
—Volverá, Claudia. Estoy seguro…
—Me da exactamente igual lo que haga.
Se volvió hacia Finn, quien la miraba horrorizado.
—Attia… —susurró él—. ¿Qué pasa con Attia? ¡Le prometí que volvería a buscarla!
—Es imposible…
Él sacudió la cabeza.
—No lo entiendes. ¡Tengo que hacerlo! No puedo dejarlos allí. Y mucho menos a Keiro. —Estaba consternado—. Keiro no me lo perdonará nunca. ¡Se lo prometí!
—Encontraremos la manera. Jared la encontrará. Aunque tarde años. Ésa es mi promesa. —Lo agarró de la mano y le subió la manga deshilachada para dejar al descubierto la marca del águila—. Pero ahora debes pensar en esto. Estás aquí. Estás en el Exterior y eres libre. Te has liberado de ellos, y de todo aquello. Y tenemos que hacer que esto funcione, porque Sia siempre estará al acecho, conspirando a nuestras espaldas.
Desconcertado, Finn la miró fijamente y se dio cuenta de que Claudia no tenía la más remota idea de lo que él acababa de perder.
—Keiro es mi hermano.
—Haré todo lo que pueda —dijo Jared en voz baja—. Tiene que haber otra manera. Vuestro padre entraba y salía de Incarceron transformado en Blaize. Y Sáfico encontró la salida.
Finn levantó la cabeza y lo miró con extrañeza.
—Sí. La encontró.
Claudia lo cogió del brazo.
—Ahora tenemos que salir de aquí —le susurró—. Tienes que levantar la cabeza, bien alta, y convertirte en príncipe. No será como te lo esperas. Pero aquí todo es una pantomima. Un juego, como dice mi padre. ¿Estás preparado?
Notó que lo invadían sus antiguos miedos. Notó que se metía en una gran emboscada que habían tendido para él. Sin embargo, asintió.
Cogidos del brazo, salieron de la habitación blanca y Claudia lo condujo por las bodegas y las escaleras. Pasó por salas en las que había mucha gente congregada que los miraba. Claudia abrió una puerta y Finn exclamó deleitado, porque el mundo era un jardín y, sobre él, brillantes y resplandecientes, pendían las estrellas, millones de estrellas, más y más altas, por encima de los pináculos del palacio, y de los árboles, y de los dulces ribazos de flores.
—Lo sabía —susurró Finn—. Siempre lo he sabido.
Al quedarse solo, Jared paseó la mirada por las ruinas del Portal. El sabotaje del Guardián parecía hecho a conciencia. Había sido amable con el muchacho para darle esperanza, pero en su corazón sentía un profundo terror, porque encontrar otro mecanismo de huida dentro de toda aquella destrucción le llevaría tiempo y, ¿cuánto tiempo le quedaba?
—Erais demasiado para nosotros, Guardián —murmuró en voz alta.
Empezó a subir la escalera tras ellos, con un agotamiento repentino y gran dolor en el pecho. Los sirvientes lo adelantaban corriendo; las conversaciones se hacían eco en cada estancia y cada salón. Se apresuró a salir a los jardines, contento de que la noche fuera fresca, y aspiró los aromas dulces.
Claudia y Finn estaban de pie en los peldaños de entrada al palacio. El chico parecía cegado por la gloria de la noche, como si su pureza fuese para él una agonía.
Junto a ellos, Jared deslizó la mano para meterla en el bolsillo y sacó el reloj. Claudia se lo quedó mirando.
—¿No es el reloj…?
—Sí. De vuestro padre.
—¿Os lo dio?
—Podríamos decirlo así.
Lo sostuvo entre sus delicados dedos y Claudia se dio cuenta, como si fuera por vez primera, de que había un diminuto cubo plateado colgando de la cadena, un adorno que giraba y resplandecía a la luz de las estrellas.
—Pero ¿dónde están? —preguntó Finn, atormentado—. ¿Dónde están Keiro y Attia, y la Cárcel?
Jared contempló el cubo pensativo.
—Más cerca de lo que crees, Finn —dijo.