19
Por los interminables rincones de la culpa
se derrama el plateado hilo de mis lágrimas.
Mi dedo es la llave que acabó quebrada.
Mi sangre el aceite que la cerradura engrasa.
Cantos de Sáfico
Claudia se quedó mirando la imagen del holograma con desesperación.
—¿Qué quieres decir con que está encarcelado? Pero todos vosotros estáis en la Cárcel, ¿no?
El chico sonrió con una burla irónica que desde el principio desagradó a Claudia. Se sentó en el bordillo de lo que parecía un pasaje oscuro, y se inclinó hacia atrás, mirándola con interés, como si la escudriñara.
—¿Es que acaso lo dudas?… Entonces ¿dónde estás tú, princesa?
Ella frunció el entrecejo. De hecho, estaba en el guardarropa de una posada donde habían hecho un alto para comer, un cuartucho de piedra maloliente demasiado fiel al Protocolo para ser cómodo. Sin embargo, no iba a perder el tiempo en dar explicaciones.
—Escúchame bien, como te llames…
—Keiro.
—De acuerdo, Keiro. Es imprescindible que hable con Finn. Para empezar, ¿cómo le has arrebatado la Llave, eh? ¿Se la has robado?
Keiro tenía los ojos muy azules, y el pelo rubio y largo. Era guapo y no cabía duda de que lo sabía. El muchacho dijo:
—Finn y yo somos hermanos de sangre, nos hemos jurado fidelidad mutua. Me la dio para que estuviera a salvo.
—Así que ¿confía en ti?
—Por supuesto.
—Pero yo no —dijo otra voz.
Una chica apareció por detrás de él; Keiro la miró con rabia y murmuró:
—¿Por qué no cierras el pico?
Sin embargo, la chica se acuclilló y habló apresuradamente con Claudia.
—Soy Attia. Y creo que Keiro va a abandonar a Finn y al Sapient para intentar Escapar como hizo Sáfico, y piensa que la Llave funcionará también con él. ¡Pero no debes dejar que lo haga! O Finn morirá…
Desconcertada por tantos nombres, Claudia dijo:
—Espera. ¡Más despacio! ¿Por qué morirá?
—Al parecer, en esta Ala celebran una especie de ritual. Tiene que enfrentarse con la Bestia. ¿Puedes hacer algo para impedirlo? ¿Puedes utilizar la magia de las estrellas? ¡Tienes que ayudarnos!
La chica vestía los ropajes más mugrientos que Claudia había visto jamás; tenía el pelo moreno y cortado a tijeretazos con infinidad de trasquilones. Saltaba a la vista que estaba muerta de preocupación. Mientras intentaba pensar, Claudia dijo:
—¿Y qué queréis que haga yo? ¡Tenéis que liberarlo vosotros!
—¿Qué te hace pensar que podemos hacerlo? —preguntó Keiro sin perder la calma.
—No tenéis alternativa. —Un grito en el patio de la posada la hizo mirar a su alrededor, nerviosa—. Porque Finn es el único con quien pienso hablar.
—Ah, claro, porque te gusta. Y vamos a ver, ¿quién eres tú?
Miró fijamente a la pantalla.
—El Guardián de Incarceron es mi padre.
Keiro soltó un bufido.
—¿Qué Guardián?
—El que… controla la Cárcel. —Se quedó helada. El desprecio en la mirada de él la petrificó. No tardó en continuar—. A lo mejor puedo encontrar algún mapa de la Cárcel, un plano de sus pasajes secretos, de las puertas y pasillos que os mostrarán la salida. Pero no te lo contaré hasta que vea a Finn.
Semejante mentira habría hecho refunfuñar a Jared, pero no le quedaba otra alternativa. No confiaba en ese tal Keiro; era demasiado arrogante. Y la chica parecía enfadada y muerta de miedo.
Keiro se encogió de hombros.
—¿Y qué tiene de especial Finn?
Claudia dudó un momento. Entonces dijo:
—Creo que… creo que lo reconozco. Ha crecido, parece distinto, pero hay algo en él, en su voz… Si no me equivoco, su verdadero nombre es Giles, y es el hijo de… de alguien muy importante de aquí fuera.
No debía desvelar demasiado. Lo justo para hacerlo reaccionar.
Keiro se la quedó mirando estupefacto.
—¿Me estás diciendo que toda esa patraña de que en realidad proviene del Exterior es cierta? ¿Significa algo esa marca que lleva en la muñeca?
—Tengo que irme. Ve a buscarlo y punto.
Él se cruzó de brazos.
—¿Y si no puedo?
—Pues entonces olvídate de la magia de las estrellas. —Miró a la chica y sus ojos se encontraron un instante—. Y esta Llave no será más que un inútil bártulo de cristal. Además, si eres su hermano, querrás rescatarlo.
Keiro asintió.
—Claro que quiero. —Señaló con la cabeza en dirección a Attia—. No le hagas caso. Está loca. No sabe nada. —Habló más bajo y con más seriedad—: Finn y yo somos hermanos y nos protegemos el uno al otro. Siempre.
Attia miró a Claudia con la cara transformada en una mueca. La duda se reflejaba en sus ojos.
—¿Es pariente tuyo? —preguntó en voz baja la chica—. ¿Es tu hermano? ¿O tu primo?
Claudia se encogió de hombros.
—No, es un amigo. Un amigo, nada más.
A toda prisa, apagó la pantalla holográfica.
La Llave resplandecía en la fétida oscuridad. Se la metió en el bolsillo de la falda y echó a correr, desesperada por respirar aire fresco. Alys merodeaba muy ansiosa por el pasillo, mientras los demás sirvientes pasaban rozándola cargados con bandejas y platos.
—¡Ay, aquí estáis, Claudia! El conde Caspar os anda buscando.
Sin embargo, para entonces Claudia ya lo había oído, ese bramido agudo e irritante que era su voz, y para su aflicción, vio que era con Jared con quien hablaba, así como con lord Evian; los tres sentados en un banco al sol, con los perros del hostal tumbados en un círculo expectante a sus pies.
Salió y cruzó el adoquinado.
Evian se puso de pie inmediatamente y le dedicó una reverencia exagerada; Jared se desplazó al momento para dejarle sitio a su lado. Caspar se limitó a decir con irritación:
—¡Te pasas el día evitándome, Claudia!
—Claro que no. ¿Por qué iba a hacerlo, si puede saberse? —Se sentó y sonrió—. Qué alegría. Todos mis amigos juntos.
Caspar frunció el entrecejo. Jared inclinó la cabeza levemente. A su lado, Evian ocultó una sonrisa en el pañuelo adornado con puntillas. Claudia se preguntó cómo podía quedarse allí sentado tan tranquilo en compañía del conde, un joven a quien planeaba asesinar. Aunque, de haberle preguntado, él habría alegado que no era algo personal, era cuestión de política, nada más. El juego de siempre.
Claudia se dirigió a Jared.
—Quiero que viajéis conmigo. ¡Me muero de aburrimiento! Podríamos comentar la Historia natural del reino de Menessier.
—¿Y por qué no yo? —Caspar arrojó un pedazo de carne a los perros y observó cómo se peleaban por el alimento—. No soy nada aburrido. —Sus ojillos se volvieron hacia ella—: ¿Verdad?
Era un reto.
—Por supuesto que no, Vuestra Merced. —Claudia sonrió encantada—. Y por supuesto que me encantaría que os unierais a nosotros. Menessier escribió unos pasajes excelentes acerca de la fauna en los bosques de coníferas.
Se la quedó mirando con repugnancia.
—Claudia, no intentes que me trague todo ese rollo inocente. Ya te lo dije: me da igual qué tienes entre manos. Además, ya lo sé todo. Fax me lo contó anoche.
Notó que se ponía pálida y no se atrevió a mirar a Jared. Los perros gruñían y se peleaban. Uno de ellos le rozó la falda y Claudia le dio una patada.
Caspar se puso de pie, con petulante aire triunfal. Lucía una chabacana gargantilla de eslabones dorados y un jubón de terciopelo negro, y se puso a dar patadas a los perros para apartarlos; no paró hasta que soltaron un alarido.
—Pero te lo advierto, Claudia: te aconsejo que seas más discreta. Mi madre no es tan abierta de miras como yo. Si se enterara, se pondría hecha una fiera. —Sonrió a Jared—. Podría ser que la enfermedad de tu inteligente tutor se agravase de repente.
Sentía tanta rabia que estuvo a punto de incorporarse de un brinco, pero un suave toque de Jared hizo que se mantuviera sentada. Observaron cómo Caspar se marchaba dando zancadas por el patio, evitando los charcos y montículos de estiércol para no mancharse las botas caras.
Al final, lord Evian sacó la caja de rapé.
—Madre mía —dijo en voz baja—, es la amenaza más directa que he oído jamás.
Los ojos de Claudia se toparon con los de Jared. Los vio oscuros y atribulados.
—¿Fax? —preguntó el anciano.
Ella se encogió de hombros, irritada consigo misma.
—Me vio salir de vuestra habitación anoche.
El Sapient expresó su abatimiento.
—Pero Claudia…
—Lo sé, lo sé. Es todo culpa mía.
Evian aspiró el rapé con delicadeza.
—Si me permitís que intervenga, diré que eso fue de lo más inoportuno.
—No es lo que pensáis.
—Estoy seguro.
—No. De verdad. Y podéis dejar de fingir. Le he hablado a Jared de… los Lobos de Acero.
El lord miró a su alrededor apresuradamente.
—Claudia, no lo digáis en voz alta, por favor. —Su voz perdió la afectación—. Aprecio la confianza que tenéis en vuestro tutor pero…
—Por supuesto que hizo bien en contármelo. —Jared golpeó el sobre de la mesa con sus dedos largos—. Porque toda la conspiración es temeraria, totalmente ilegal y casi con total seguridad fallida, pues uno u otro os delatará. ¡Cómo se os ocurrió siquiera meter a la muchacha en esto!
—Porque no podemos lograrlo sin ella. —El hombre gordo estaba tranquilo, pero una capa de sudor resplandeció en su frente—. Vos, mucho más que cualquier otro, Maestro Sapient, sabéis lo que los férreos decretos de los Havaarna han hecho con nosotros. Somos ricos, por lo menos algunos de nosotros, y vivimos bien, pero no somos libres. Estamos encadenados de pies y manos por el Protocolo, esclavizados en un mundo estático y vacío en el que ni hombres ni mujeres saben leer, en el que los avances científicos de todos los tiempos son un privilegio para los ricos, en el que los artistas y poetas están condenados a repeticiones interminables y versiones estériles de obras maestras del pasado. Nada es nuevo. La novedad no existe. Nada cambia, nada crece, nada se desarrolla ni se amplía. El tiempo se ha detenido. El progreso está prohibido.
Se inclinó hacia delante. Claudia nunca lo había visto tan serio, tan despojado de su disfraz de afectación, y le sorprendió mucho, como si estuviera ante alguien totalmente distinto, un hombre más anciano, agotado y desconsolado.
—Nos estamos muriendo, Claudia. Debemos romper esta celda en la que nos hemos encerrado nosotros mismos, escapar de esta rueda incesante en la que damos vueltas como ratones. Me he volcado en cuerpo y alma para lograr la liberación. Si conseguirla implica mi muerte, no me importa, porque incluso la muerte sería una especie de liberación.
En la quietud, los grajos graznaron alrededor de los árboles, sobre sus cabezas. En el establo estaban ensillando a unos caballos, que golpeaban los adoquines con los cascos.
Claudia se lamió los labios secos.
—No hagáis nada de momento —susurró—. Tal vez tenga… información que daros. Pero todavía no.
Se puso de pie apresuradamente, pues no quería añadir nada más, no quería sentir la angustia viva que se había abierto en ella como una herida de puñal.
—Los caballos están listos. Vamos.
Las calles estaban repletas de personas, todas calladas. Ese silencio lo aterrorizó; era tan intenso… Y el apetito con el que lo miraban lo puso tan nervioso que se tropezó. Las mujeres y los niños andrajosos, los mutilados, los viejos, los soldados; miradas frías y curiosas que no se atrevía a devolver, de modo que bajaba la vista, a sus pies, a la suciedad de la calle, fija en cualquier punto salvo en ellos.
El único sonido que repicaba en las empinadas calles era la marcha rítmica de los seis guardias que lo rodeaban, el crujido de sus botas de suelas de hierro sobre los adoquines, y por encima de todos ellos, trazando círculos como un mal augurio, un único pájaro grande que graznaba chillidos tristes entre las nubes y los vientos que resonaban en la bóveda de Incarceron.
Entonces alguien respondió a su cántico, una única nota de lamento, y como si fuese una señal, toda la multitud de unió y entonó el mismo acorde en voz baja, su pena y su miedo convertidos en una extraña cancioncilla. Intentó identificar las palabras, pero sólo le llegaban fragmentos: «El plateado hilo que se quebró… por los interminables rincones de la culpa y los sueños…». Y como un eco, el estribillo, repetido igual que un hechizo: «Su dedo la llave, su sangre el aceite que la cerradura engrasa».
Al doblar una esquina, Finn miró hacia atrás.
Gildas caminaba tras él, a solas. Los guardias fingían no verlo, pero él caminaba con paso firme, con la cabeza alta, y los ojos de los espectadores recorrían admirados el color verde de su túnica de Sapient. El anciano parecía serio y decidido; asintió brevemente hacia Finn para darle ánimos.
No había ni rastro de Keiro ni de Attia. A la desesperada, Finn oteó entre la multitud. ¿Habrían descubierto lo que le había pasado? ¿Lo esperarían en la puerta de la Cueva? ¿Habrían hablado con Claudia? La ansiedad lo atormentaba, y no quería permitirse pensar en la cosa que más temía, la que pendía en la oscuridad de su mente como una araña, como el susurro burlón de Incarceron.
Que tal vez Keiro hubiera huido con la Llave.
Sacudió la cabeza. En los tres años que había pasado con los Comitatus, Keiro no lo había traicionado nunca. Lo había insultado, sí, se había reído de él, le había robado, había peleado y discutido con Finn. Pero siempre había estado ahí. Y sin embargo, Finn se dio cuenta con una frialdad repentina de lo poco que sabía sobre su hermano de sangre, sobre su procedencia. Keiro se había limitado a decir que sus padres habían muerto. Finn nunca le había hecho preguntas. Siempre había estado demasiado absorto en su propia pérdida agónica, en los flashes de memoria y en los ataques.
Tendría que haberle preguntado.
Tendría que haberse preocupado.
Una lluvia de diminutos pétalos negros empezó a caer sobre él. Levantó la mirada y vio que se los tiraba la gente, arrojando puñados y puñados que caían sobre los adoquines de la calle y formaban una fragante alfombra oscura sobre la calzada. Se percató de que los pétalos eran muy peculiares, pues en cuanto entraban en contacto, se fundían, y por las alcantarillas y las calles fluía una masa pegajosa y espesa que exudaba el más dulce de los aromas.
Hizo que se sintiera extraño. Y, como si se adentrara en un sueño, recordó la voz que había oído por la noche.
«Estoy en todas partes». Como si la Cárcel le respondiera. En ese momento levantó la mirada, mientras atravesaba las fauces abiertas de la puerta de la ciudad, y vio un solo Ojo rojo en el rastrillo, con su mirada que nunca parpadeaba fija en él.
—¿Me ves? —preguntó en un suspiro—. ¿Fuiste tú quien me habló?
Pero para entonces la puerta estaba a sus espaldas, y los guardias y él ya habían salido de la Ciudad.
El camino discurría en línea recta y estaba desierto. El pegajoso aceite avanzaba por los laterales; detrás oyó las compuertas y portezuelas cerrarse herméticamente, oyó cómo pasaban los cerrojos, y las rejas de hierro bajaban hasta quedar pegadas al suelo. Aquí, bajo la bóveda, el mundo parecía vacío, la llanura barrida por los vientos helados.
Los soldados se bajaron del hombro a toda prisa las pesadas hachas que transportaban; el que iba a la cabeza tenía una especie de artilugio con una lata adherida, una máquina para lanzar fuego, supuso Finn. Ese mismo hombre dijo:
—Esperad a que el Sapient nos alcance.
Aminoraron el paso, como si el anciano hubiera dejado de ser su prisionero y hubiera pasado a ser su guía, y Gildas llegó caminando sin aliento y dijo:
—Tu hermano no se ha presentado.
—Ya aparecerá.
Decirlo lo consolaba.
Caminaron con brío, cerrados en un grupo compacto. A ambos lados del camino había hoyos y trampas; Finn vio fauces de hierro en las profundidades de los agujeros. Miró hacia atrás y se sorprendió de lo lejos que quedaba ya la Ciudad, con sus habitantes alineados junto a las murallas, observando, gritando, levantando a sus hijos para que vieran mejor.
El capitán de los soldados dijo:
—Ahora vamos a salir del camino. Tened cuidado; pisad sólo donde pisemos nosotros y que no se os ocurra escapar. El terreno está minado de globos de fuego.
Finn no tenía ni idea de lo que eran los globos de fuego, pero Gildas frunció el entrecejo.
—No cabe duda de que esa Bestia es temible.
El hombre lo miró.
—Yo nunca la he visto, Maestro, ni tengo intención de verla.
Una vez que salieron de la carretera, la travesía se volvió más accidentada. Parecía que hubieran horadado la tierra cobriza y la hubieran arañado para formar grandes surcos en ella; en algunos puntos estaba quemada, carbonizada hasta adquirir la textura crujiente de la turba, que se elevaba en nubes de polvo cuando la pisaban, o vitrificada casi hasta volverse de cristal. Era preciso un calor enorme para lograr semejante transformación, pensó Finn. Además, apestaba, un olor acre, a carbonilla. Siguió de cerca a los hombres, observando sus pasos con nerviosa atención; cuando se detuvieron, levantó la cabeza y vio que estaban muy alejados, en medio de la llanura, con las luces de la Cárcel tan altas que eran como soles brillantes, que dibujaban su sombra y la de Gildas detrás de ellos.
Muy lejos, en la bóveda kilométrica, el pájaro seguía dando vueltas. En una ocasión graznó, y los guardias levantaron la mirada hacia él. El más próximo murmuró:
—Busca carroña.
Finn empezó a preguntarse hasta cuándo seguirían caminando. No había colinas por allí, ni montañas, así que, ¿cómo iban a encontrar una cueva? Se la había imaginado como una especie de grieta oscura en un acantilado metálico. Ahora lo embargaba una aprensión nueva, porque incluso su imaginación lo traicionaba.
—Deteneos. —El capitán levantó una mano—. Aquí es.
Ahí no había nada. Eso fue lo que pensó Finn al principio. El alivio lo inundó. Era todo una farsa. Ahora lo dejarían marcharse, volver corriendo a la Ciudad, contar algún cuento espeluznante sobre un monstruo para mantener apaciguado al pueblo.
Entonces, cuando se abrió paso entre los hombres, vio la zanja en el suelo.
Y la Cueva.
Jared exclamó:
—¡Les habéis prometido unos mapas que no existen! Vaya locura se os ha ocurrido, Claudia. ¡Nos estamos metiendo en terreno peligroso!
Claudia sabía que estaba francamente preocupado. Se colocó en su lado del carruaje y dijo:
—Maestro, ya lo sé. Pero hay tanto en juego…
Él levantó la mirada y la muchacha vio en sus ojos que había regresado el dolor.
—Claudia, decidme que no os estáis planteando en serio participar en ese plan temerario propuesto por Evian. ¡Nosotros no somos asesinos!
—Yo no. Si mi plan funciona, no hará falta.
Pero no le dijo lo que estaba pensando: que si la reina acababa por enterarse, que si él, Jared, corría alguna clase de peligro, Claudia los mandaría matar a todos sin dudarlo, incluso a su padre, para salvarlo.
A lo mejor ya lo sabía. Mientras el carruaje traqueteaba, Jared dirigió la mirada hacia la ventanilla y su expresión se oscureció; su pelo moreno rozó el cuello de la túnica de Sapient.
—Aquí está «nuestra» cárcel —dijo con voz sombría.
Y cuando siguió su mirada, Claudia vio los pináculos y las torres de cristal del palacio, las torretas y las torres festoneadas con banderolas y otros adornos; oyó que las campanas sonaban para darle la bienvenida, que todas las palomas aleteaban y alzaban el vuelo, todos los cañones disparaban balas a modo de estruendoso y contundente saludo desde todas las azoteas altísimas que se erigían con sumo esplendor en el cielo de un azul puro.