1
¿Quién puede trazar la magnitud de Incarceron, sus salas y viaductos, sus abismos? Únicamente el hombre que conoce la libertad puede distinguir los confines de su celda.
Cantos de Sáfico
Habían arrojado a Finn de bruces contra el suelo y lo habían encadenado a las losas de la calzada.
Sus brazos, abiertos en cruz, estaban aprisionados con unos grilletes que pesaban tanto que Finn apenas podía separar las muñecas del empedrado. También sus tobillos estaban inmovilizados en un amasijo de cadenas, que alguien había pasado por una argolla que sobresalía del suelo. Tenía que hacer verdaderos esfuerzos para levantar el pecho lo suficiente para coger aire. Agotado y prácticamente inmóvil, notaba la piedra helada contra la mejilla.
Pero por fin se acercaban los Cívicos.
Los percibió antes de oírlos; las vibraciones del suelo comenzaron tímidamente y subieron de intensidad hasta retumbar en sus dientes y sus nervios. Entonces surgieron varios sonidos en la oscuridad: el murmullo de los vagones de emigrantes, el lento repicar vacuo de las ruedas de acero. Arrastró la cabeza para apartarse el pelo sucio de los ojos y vio los surcos paralelos en la calzada, que se extendían por debajo de su cuerpo. Estaba encadenado justo en medio de los raíles.
El sudor le empapó la frente. Agarró las gélidas cadenas con una mano enguantada, levantó un ápice el pecho y, con dificultad, tomó una bocanada de aire. Era acre y olía a petróleo.
Todavía era pronto para chillar. Estaban demasiado lejos y, en medio del clamor de las ruedas, no lo oirían hasta que hubieran entrado en el amplio pabellón. Tenía que cronometrar con precisión sus movimientos. Si se retrasaba mucho, no habría tiempo de detener los vagones, que acabarían por aplastarlo. Desesperado, procuró evitar pensar en la otra opción. Que lograran verlo y oírlo pero que no les importara arrollarlo.
La luz.
Una luz procedente de unas linternas temblorosas que los Cívicos llevaban en la mano. Se concentró y contó nueve, once, doce; volvió a contarlas con la intención de adivinar el número exacto, necesitaba una cifra segura, que aplacara las náuseas que se le atragantaban en la garganta.
Mientras cobijaba el rostro contra la manga harapienta en busca de consuelo, pensó en Keiro, en su sonrisa, en la última palmadita burlona que le había dado mientras comprobaba el candado y volvía a esconderse entre las sombras. Murmuró su nombre con un susurro amargo:
—Keiro…
Se lo tragaron los inmensos hangares y las galerías invisibles. En el aire metálico flotaba la niebla. Los vagones chirriaban y crujían al acercarse.
Empezó a distinguir a diferentes personas que avanzaban a trompicones. Emergían de la oscuridad tan encorvados por el frío que costaba decir si eran niños o mujeres viejas y jorobadas. Lo más probable era que fuesen niños; los ancianos, si es que habían dejado alguno, irían subidos a los carros, junto con la mercancía. Una harapienta bandera blanca y negra ondeaba en el primer vehículo; distinguió el escudo, un ave heráldica con una flecha de plata en el pico.
—¡Eh, parad! —gritó—. ¡Mirad! ¡Aquí!
El rechinar de la maquinaria atronó contra el suelo. Como un gemido, le penetró en los huesos y los dientes. Apretó los puños mientras el peso plomizo y el ímpetu de los carros se aproximaba a él, el olor a sudor de las hordas de hombres que tiraban de ellos en filas, el repiqueteo de las montañas de víveres que rebotaban dentro de los vagones por culpa de los baches. Esperó, intentando controlar el terror, poniendo a prueba segundo tras segundo su templanza ante la muerte, sin respirar, sin dejarse amilanar; porque él era Finn el Visionario, y podía lograrlo. Hasta que, desde un lugar indeterminado, irrumpió en él el pánico empapado en sudor y Finn se incorporó como pudo para gritar a pleno pulmón:
—¡¿Me habéis oído?! ¡Parad! ¡¡Parad!!
Continuaron avanzando.
El estruendo era insoportable. Entonces empezó a aullar, a patalear e intentar zafarse de las cadenas, porque sabía que el terrible impulso de los carros cargados seguiría avanzando sin pausa, caería sobre él, lo oscurecería, le aplastaría los huesos, el cuerpo entero, durante una lenta e inevitable agonía.
Hasta que se acordó de la linterna.
Era diminuta, pero le quedaba ese recurso. Keiro se había asegurado de que la llevara encima. Cargando con el peso de las cadenas se dio media vuelta y metió la mano dentro del abrigo, mientras los músculos de la muñeca se retorcían con un espasmo. Deslizó los dedos hasta tocar el tubo delgado y frío.
Las vibraciones reverberaban dentro de su cuerpo. Extrajo la linterna, pero se le resbaló y salió rodando hasta quedar casi fuera de su alcance. Soltó un juramento, se retorció y apretó el interruptor con la barbilla.
La luz brilló.
Finn jadeó aliviado, pero vio que los carros de mercancías seguían avanzando. Seguro que los Cívicos lo habían visto. ¡Era imposible que no lo vieran! La linterna era una estrella en medio de la inmensa oscuridad de la estancia, recubierta de un ruido ensordecedor. Y en ese momento, a través de todos los pasadizos y galerías, a través de las miles de celdas laberínticas, supo que Incarceron había notado que estaba en peligro y el chirrido de los vagones era como un entretenimiento cruel, pues sabía que la Cárcel lo observaba, pero no iba a intervenir.
—¡Sé que puedes verme! —gritó.
Las ruedas eran tan altas como un hombre. Rechinaron sobre los raíles; unas chispas salpicaron la calzada de piedra. Un niño chilló, fue un alarido agudo, y Finn gruñó y se acurrucó al máximo, porque se dio cuenta de que todo había sido en vano, había llegado su hora; pero entonces percibió el aullido de los frenos, el chirrido estremecedor que se le coló en los huesos y los dedos.
Las ruedas se avecinaban. Eran altísimas. Estaban justo encima de su cabeza.
Y se detuvieron.
Finn no podía moverse. Tenía el cuerpo petrificado por el terror. La linterna no iluminaba nada más que un remache grueso como un puño del grasiento engranaje de la rueda.
Entonces, por detrás de la rueda, una voz preguntó:
—¿Cómo te llamas, Preso?
Se fueron congregando en la oscuridad. Consiguió levantar la cabeza y distinguió formas, todas encapuchadas.
—Finn. Me llamo Finn. —Su voz no era más que un susurro. Tragó saliva—. Creía que no ibais a parar…
Un resoplido. Otra persona dijo:
—A mí me parece que es Escoria.
—¡No! ¡Por favor! Dejad que me levante. —Permanecieron en silencio y ninguno de ellos se movió, así que Finn tomó aire y dijo de carrerilla—: La Escoria hizo una redada en nuestra Ala. Mataron a mi padre y me dejaron así para que me encontrase el primero que pasara. —Intentó apaciguar la agonía del pecho apretando los dedos contra la herrumbrosa cadena—. Por favor, os lo suplico.
Alguien se le acercó. La puntera de una bota se detuvo junto a su ojo; sucia, con un agujero remendado.
—¿Qué clase de Escoria?
—Los Comitatus. El cabecilla se hacía llamar Jormanric, el Señor del Ala.
El hombre escupió cerca de la oreja de Finn.
—¡Ese lunático! Es un matón…
¿Por qué no pasaba nada? Finn se acurrucó aún más, desesperado.
—¡Rápido, por favor! ¡Podrían volver!
—Yo digo que lo aplastemos con los carros. ¿Por qué íbamos a intervenir?
—Porque somos Cívicos, no Escoria.
Para sorpresa de Finn, quien lo dijo fue una mujer. Oyó el siseo de su ropa de seda por debajo del grueso y basto abrigo de viaje. La mujer se arrodilló y Finn vio que tiraba de las cadenas con una mano enguantada. Le sangraban las muñecas; la herrumbre había trazado curvas polvorientas sobre su piel cubierta de mugre.
El hombre insistió, incómodo:
—Maestra[1], escúchame…
—Sim, trae las tenazas para cortar los grilletes. Ahora mismo.
Acercó el rostro al de Finn.
—No te preocupes, Finn. No te dejaré aquí.
A duras penas, levantó la mirada y vio a una mujer de unos veinte años, pelirroja, con los ojos oscuros. Aspiró su aroma por un instante, le llegó una ráfaga de jabón y cálida lana, un olor que le perforó el corazón y se coló en su memoria, en esa caja negra cerrada con siete candados que llevaba dentro. Una habitación. Una habitación con un hogaril de madera de manzano. Una tarta servida en bandeja de porcelana.
Probablemente la conmoción se reflejase en la cara de Finn; desde la penumbra de la capucha, la joven lo miró con interés.
—Con nosotros estarás a salvo.
Finn le devolvió la mirada. No podía respirar.
Una habitación infantil. Con las paredes de piedra. Con tapices rojos y opulentos.
Un hombre se acercó a toda prisa y deslizó las tenazas por debajo de la cadena.
—Cuidado con los ojos —gruñó.
Finn enterró la cara en la manga mientras notaba cómo la gente se arracimaba a su alrededor. Por un momento pensó que iba a apoderarse de él uno de esos ataques que tanto temía; cerró los ojos y notó el vertiginoso calor tan familiar colándose por su cuerpo. Luchó contra él, tragó saliva, se aferró a las cadenas mientras las imponentes tenazas las cortaban para abrirlas. El recuerdo se fue desvaneciendo; la habitación y el fuego, la tarta con minúsculas bolitas plateadas sobre una bandeja ribeteada en oro. A pesar de que se esforzó por retenerlo, el recuerdo se esfumó, y volvió a él la gélida oscuridad de Incarceron, el hedor metálico y acre de las ruedas grasientas.
Los grilletes se soltaron y cayeron con un repiqueteo. Se incorporó poco a poco aliviado, tomando profundas bocanadas de aire. La mujer lo cogió por la muñeca y le dio la vuelta.
—Esto va a necesitar un vendaje.
Se quedó congelado. No podía moverse. Ella tenía los dedos frescos y limpios, y le había tocado la piel, entre la manga rota y el guante. En ese momento estudiaba el diminuto dibujo de un pájaro con una corona que tenía en la muñeca.
La joven frunció el entrecejo.
—Esta marca no es de los Cívicos. Se parece a…
—¿Qué? —De pronto Finn subió la guardia—. ¿A qué se parece?
Un murmullo a kilómetros de distancia, en el interior del pabellón. Se le resbalaron las cadenas de los pies. El hombre de las tenazas se agachó sobre ellas y vaciló:
—Qué curioso. Este grillete… está suelto…
La Maestra se quedó mirando el pájaro.
—El cristal.
Tras ellos, un grito.
—¿Qué cristal? —preguntó Finn.
—Un objeto muy extraño. Lo encontramos.
—¿Y es el mismo pájaro? ¿Estás segura?
—Sí. —Distraída, se dio la vuelta y miró los candados de las cadenas—. En realidad no estabas…
Finn tenía que saberlo. Era imprescindible que la mantuviera con vida. La agarró y tiró de ella hacia el suelo.
—Agáchate —le susurró. Y entonces, enojado—: ¿Es que no lo ves? Es una emboscada.
Por un instante ella lo miró a los ojos y Finn percibió la sorpresa fracturada y convertida en horror. Se zafó de la mano de él con un respingo. Y en un serpenteo se levantó y gritó:
—¡Corred! ¡Corred todos!
Pero las compuertas del suelo ya se abrían con un crujido; empezaron a emerger brazos, a los que siguieron unos cuerpos levantados a pulso, las armas golpearon la piedra del pavimento.
Finn se movió. Apartó de un manotazo al hombre de las tenazas, se deshizo de un puntapié del candado falso y se zafó del amasijo de cadenas. Keiro le gritó; un alfanje le pasó por encima de la cabeza y Finn se arrojó al suelo, se revolcó y miró hacia arriba.
La estancia estaba ennegrecida por el humo. Los Cívicos gritaban sin cesar, corrían en busca de refugio entre los imponentes pilares, pero la Escoria ya había llegado a los vagones, disparaba de forma indiscriminada, y los destellos rojos de los torpes trabucos de chispa volvían aún más acre el olor del almacén.
No la veía. A lo mejor estaba muerta, a lo mejor había huido corriendo. Alguien lo sacudió y le colocó un arma en la mano; supuso que sería Lis, aunque todos los miembros de la Escoria llevaban cascos oscuros, así que no estaba seguro.
Entonces distinguió a la mujer. Estaba empujando a unos niños para que se metieran debajo de la primera vagoneta; un niño pequeño empezó a sollozar, así que lo agarró y lo lanzó bajo el carro, por delante de ella. Sin embargo, el gas continuaba saliendo con un siseo de las esferas que caían al suelo y se rompían como frágiles huevos; a Finn le lloraban los ojos. Entonces se sacó el casco y volvió a ponérselo; las almohadillas empapadas que le cubrían la nariz y la boca amplificaban su respiración igual que un altavoz. A través de la rejilla de la visera la estancia se volvió roja, las figuras empezaron a definirse.
La mujer blandía un arma y estaba disparando con ella.
—¡Finn!
Era Keiro, pero Finn hizo oídos sordos a la llamada. Corrió hasta llegar al primer carro, buceó por la parte inferior del vehículo y agarró a la Maestra por el brazo; cuando ella se dio la vuelta, la desarmó con violencia y la mujer gritó enfadada y dirigió sus guantes con clavos hacia la cara de Finn. Las puntas afiladas se le clavaron en el casco. Mientras la arrastraba para sacarla de su escondite, los niños patalearon y lucharon contra él, pero entonces una cascada de productos alimenticios empezó a precipitarse a su alrededor y la Escoria se puso a atraparlos, a hurtarlos, a deslizarlos con pericia por las rampas que salían de las rejillas del suelo.
Aulló una sirena.
Incarceron se removió.
Unos paneles lisos se deslizaron destapando parte de las paredes; tras un clic, varios focos de luz potente surgieron del techo invisible e iluminaron con un movimiento continuo el suelo distante, dejando al descubierto a la Escoria, mientras todos los Cívicos se desperdigaban como ratas, cuyas escuálidas sombras eran enormes.
—¡Evacuad! —gritó Keiro.
Finn siguió tirando de la mujer. Junto a ellos una figura que corría quedó bañada por la luz y se evaporó en silencio, paralizada por el pánico. Los niños chillaban.
La mujer se dio la vuelta, conmocionada y sin aliento, y miró los despojos de su pueblo. Entonces Finn la arrastró hasta la trampilla del suelo.
A través de la máscara, sus ojos se encontraron.
—Baja por aquí —dijo jadeando—. O morirás.
Por un instante casi pensó que no iba a obedecerle.
Entonces la mujer le escupió, se libró de sus manos y saltó sola sobre la rampa indicada.
Una chispa de fuego blanco chamuscó las piedras; al cabo de un segundo, Finn saltó detrás de la mujer.
La rampa estaba fabricada con seda blanca, resistente y muy tensa. Finn se deslizó por ella respirando con dificultad, hasta aterrizar sobre una pila de pieles robadas y un montón de piezas de metal que lo magullaron.
La Maestra, a quien ya habían maniatado e inmovilizado con un arma apuntándole a la cabeza, lo miró con desprecio.
Finn se incorporó como pudo a pesar del dolor. A su alrededor, la Escoria iba entrando en el túnel a través de la rampa, todos ellos cargados de objetos robados, algunos cojeando, otros apenas conscientes. El último en aparecer, cayendo de pie con gracilidad, fue Keiro.
Cerraron las compuertas del suelo.
Desmontaron las rampas.
Las siluetas difusas jadeaban, tosían y se arrancaban las máscaras.
Keiro se quitó la suya poco a poco y dejó al descubierto su hermoso rostro salpicado de polvo. Finn se abalanzó sobre él, furioso.
—¿Qué ha pasado? ¡Casi me muero de miedo! ¿Por qué habéis tardado tanto?
Keiro sonrió.
—Tranquilízate. A Aklo le ha costado un poco poner en marcha el gas. Pero has sabido entretenerlos muy bien. —Entonces miró a la mujer—. ¿Por qué la has salvado?
Finn se encogió de hombros, todavía alterado.
—Es un rehén.
Keiro levantó una ceja.
—Qué ganas de complicarte.
Movió la cabeza en dirección al hombre que sujetaba el arma; el hombre retiró el dedo del gatillo. La Maestra tenía la cara blanca como el papel.
—¿Es que no vas a recompensarme por haber arriesgado mi vida ahí fuera?
Finn hablaba con tono firme. Keiro no se inmutó, pero lo escudriñó con atención. Durante un instante, se miraron a los ojos. Entonces su hermano de sangre dijo con frialdad:
—Si ella es lo que quieres…
—Sí, ella es lo que quiero.
Keiro volvió a mirar a la mujer y se encogió de hombros.
—Sobre gustos no hay nada escrito.
Asintió con la cabeza y el otro hombre bajó el arma. Entonces le dio una palmada en el hombro a Finn, de modo que una nube de polvo salió despedida de su ropa.
—Bien hecho, hermano —le dijo.