21
He trabajado en secreto durante varios años para fabricar un mecanismo que reproduzca fielmente el que hay en el Exterior. Ahora me protege. Timon murió la semana pasada y Pela ha desaparecido durante los disturbios, y a pesar de que estoy aquí escondido, en este salón perdido, la Cárcel me busca.
—Mi señor —susurra—, os noto. Noto cómo reptáis por mi piel.
Diario de lord Calliston
La reina se levantó con enorme gracia.
En la palidez de porcelana de su rostro, sus extraños ojos destacaban, claros y fríos.
—Mi queridísima Claudia.
Claudia le dedicó una reverencia, sintió el susurro de un beso en cada mejilla, y en la fuerte presión de su abrazo notó los huesecillos de la mujer, la constitución delgada que había debajo del corsé de varillas y los faldones huecos y almidonados.
Nadie conocía la edad de la reina Sia. Al fin y al cabo, era una hechicera. Posiblemente fuera mayor que el Guardián, aunque a su lado, él se veía serio y taciturno, con la meticulosa barba plateada. Frágil o no, su juventud era convincente; apenas aparentaba tener unos años más que su hijo.
Se dio la vuelta e invitó a pasar a Claudia, dejando atrás a Caspar y su mirada huraña.
—Qué guapa estáis, dulce jovencita. Ese vestido es fantástico. ¡Y el pelo! Decidme, ¿es natural o teñido?
Claudia soltó un suspiro, pues empezaba a irritarse, pero no tuvo que contestar. Antes de que le diera tiempo, la reina ya había pasado a otro tema.
—… y espero que no penséis que soy demasiado atrevida.
—No —se limitó a decir Claudia en un segundo de silencio.
La reina sonrió.
—Excelente. Por aquí.
Era una puerta doble de madera que abrieron de par en par dos lacayos; pero en cuanto Claudia entró, las puertas se cerraron y aquella reducida estancia se desplazó en completo silencio hacia arriba.
—Sí, lo sé —murmuró la reina mientras la apretaba contra su cuerpo—. Incumple todas las normas del Protocolo. Pero sólo lo utilizo yo, así que ¿quién puede enterarse?
Las delicadas manos blancas se aferraban con tanta fuerza a su brazo que Claudia empezó a notar cómo se le clavaban las uñas. Se quedó sin aliento, como si la hubieran secuestrado. Incluso habían dejado atrás a su padre y a Caspar.
Cuando volvieron a abrirse las puertas, el pasillo que se extendía ante ella le pareció una ilusión: un sueño de objetos dorados y decenas de espejos; debía de ser tres veces más grande que el castillo en el que vivía Claudia. La reina la condujo por el pasillo sin soltarla de la mano, entre imponentes mapas pintados que mostraban todos los países del reino, adornados en las esquinas con fantasías de olas encrespadas, sirenas y monstruos marinos.
—Aquí está la biblioteca. Sé que os encantan los libros. Por desgracia, Caspar no es tan estudioso. Lo cierto es que ni siquiera estoy segura de que sepa leer… Ahora no vamos a entrar.
Mientras la reina la escoltaba para que pasara de largo, Claudia volvió la mirada. Entre un mapa y otro había jarrones de porcelana china en azul y blanco lo bastante altos para esconder a un hombre dentro, y los espejos se reflejaban los unos en los otros, formando tal confusión de rayos de sol que de repente Claudia dejó de distinguir dónde terminaba el pasillo, si es que tenía fin. Además, la pequeña figura blanca de la reina se multiplicaba en todas direcciones: delante y detrás de ella, y a ambos lados, como si el miedo que Claudia había sentido en el carruaje se hubiera concentrado en esos andares artificialmente jóvenes y briosos, en esa voz rotunda y llena de secretismo.
—Y ésta es vuestra suite. La de vuestro padre está en la puerta contigua.
Inmensa.
Una alfombra en la que se le hundieron los pies, una cama con tantos doseles de seda color azafrán que Claudia creyó que iba a engullirla.
De pronto soltó la mano de la reina y se dio la vuelta, consciente de la encerrona. Consciente de que la habían atrapado.
Sia se quedó callada. Dio por concluida la cháchara insulsa. Se miraron a los ojos.
Entonces, la reina sonrió.
—Estoy segura de que no hace falta que os lo advierta, Claudia. La hija de John Arlex tiene muy buenos modales; pero de todos modos, supongo que no está de más que os recuerde que muchos de los espejos poseen doble cara, y que los mecanismos de escucha desplegados por todo el palacio son de lo más eficaces. —Dio un paso para acercarse un poco más a la muchacha—. ¿Sabéis qué? Me han contado que se os ha despertado la curiosidad por la pérdida de nuestro querido Giles.
Claudia mantuvo la compostura y no cambió en absoluto de expresión, pero tenía las manos frías como el hielo. Bajó la mirada.
—Algunas veces pienso en él. Si las cosas hubieran sido distintas…
—Sí. Todos nos quedamos conmocionados por su muerte. Pero aunque la dinastía de los Havaarna haya terminado, el reino debe tener quien lo gobierne. Y no me cabe la menor duda, Claudia, de que vos lo haréis muy bien.
—¿Yo?
—Por supuesto. —La reina se dio la vuelta y se sentó con elegancia en una silla dorada—. Seguro que ya os habéis dado cuenta de que Caspar es incapaz de gobernar nada. ¡Si ni siquiera se gobierna a sí mismo! Venid a sentaros aquí conmigo, querida mía. Dejad que os dé un consejo.
La sorpresa la dejó petrificada. Claudia se sentó.
La reina se inclinó hacia delante y sus labios rojos sonrieron con malicia.
—Mirad, vuestra vida en palacio puede ser muy placentera. Caspar es un niño: dejad que tenga sus juguetes, sus caballos, sus palacios y chicas, y no os dará problemas. Me he asegurado personalmente de que no sepa absolutamente nada sobre política. ¡Se aburre con tanta facilidad! Nosotras dos podemos pasárnoslo muy bien juntas, Claudia. No os imagináis lo aburrido que es estar aquí sola rodeada de todos estos hombres.
Claudia se miró las manos. ¿Había algo de real en todo aquello? ¿Qué porcentaje formaba parte del juego?
—Yo pensaba…
—¿Que os odiaba? —La reina soltó una risita infantil—. ¡Os necesito, Claudia! Podemos gobernar juntas, ¡se os dará tan bien! Y vuestro padre esbozará esa sonrisa de seria satisfacción. Así que —dijo mientras daba unos golpecitos con las delicadas manos en las de Claudia—, se acabaron los pensamientos tristes sobre Giles. Ahora está en un lugar mejor, querida mía.
Lentamente, Claudia asintió y se puso de pie. La reina hizo lo mismo. La seda del vestido crujió.
—Sólo una cosa.
Con una mano ya en la puerta, Sia se volvió.
—¿Sí?
—Jared Sapiens, mi tutor. Yo…
—Ahora ya no necesitáis tutor. Yo puedo enseñaros todo lo que queráis.
—Deseo que se quede.
Lo dijo con rotundidad.
La reina le devolvió una mirada penetrante.
—Es joven para ser Sapient. No sé en qué estaría pensando vuestro padre cuando…
—Jared se queda.
Se aseguró de que sonara como una afirmación, no como una pregunta.
La reina cambió la expresión de sus labios encarnados. Su sonrisa se volvió gentil.
—Lo que vos digáis, dulce jovencita. Lo que queráis.
Jared colocó el escáner en el marco de la puerta, abrió la diminuta ventana y se sentó en la cama. La habitación era muy austera, como tal vez pensaban en la Corte que debía ser la celda de un Sapient, con el suelo de tablones de madera y las paredes forradas de oscuros paneles decorados con tréboles y rosas en tonos crudos.
Olía a junco y humedad, y apenas tenía muebles, pero Jared ya había extraído dos pequeños mecanismos de espionaje, y era posible que hubiera más. Aun así, tenía que arriesgarse.
Sacó la Llave y la sujetó entre las manos. Activó el canal de comunicación.
Nada salvo la oscuridad.
Volvió a tocarla, preocupado: la oscuridad adquirió la forma de un círculo amplio, que continuó siendo oscuro. Después, muy tenuemente, distinguió la silueta de una figura acurrucada en el centro del círculo.
—No puedo hablar —susurró Keiro—. Ahora no.
—Entonces escucha —contestó Jared también en un susurro—: Tal vez esto os ayude. Si pulsáis una combinación de dos, cuatro, tres y uno en el teclado crearéis un campo de vacío. Todos los sistemas de vigilancia os perderán la pista, por completo. Desapareceréis de sus escáneres. ¿Sabes a qué me refiero, muchacho?
—No soy tonto —el murmullo irritado de Keiro se oyó a duras penas.
—¿Habéis encontrado a Finn?
Nada. Habían cortado.
Jared entrelazó los dedos y soltó un juramento en voz baja en la lengua de los Sapienti. Por la ventana le llegaban las voces de la gente, cada vez más altas, y algunos violinistas en los jardines lejanos que rasgaban unas notas. Esa noche habría baile para dar la bienvenida a la prometida del heredero.
Y sin embargo, si el viejo Bartlett estaba en lo cierto, el verdadero heredero continuaba vivo, y Claudia estaba convencida de que era ese chico llamado Finn. Jared sacudió la cabeza mientras se aflojaba el cuello de la túnica con los dedos largos. Cuánto deseaba Claudia que así fuera. Jared tendría que silenciar sus propias dudas porque, sin esa esperanza, la joven no tendría nada a lo que aferrarse. Y al fin y al cabo, era posible, aunque no fuera más que posible, que su instinto no le fallara.
Fatigado, se recostó apoyando la espalda en el duro cabecero de la cama, sacó la bolsita con la medicación del bolsillo y preparó la dosis. Ahora tomaba tres granos más, pues hacía una semana que había aumentado la dosis, pero a pesar de todo, el dolor que habitaba en las profundidades de su cuerpo parecía crecer sin prisa pero sin pausa, como un ser vivo; algunas veces pensaba que la enfermedad se dedicaba a devorar el fármaco, que sólo conseguía alimentar su apetito.
Se puso la inyección y frunció el entrecejo. Qué ideas tan tormentosas y absurdas.
Sin embargo, cuando se tumbó y se quedó dormido, soñó fugazmente que un ojo, colorado como las galaxias, se había abierto en la pared y lo observaba.
Finn estaba desesperado; le mostró el anillo.
—Tómalo y déjanos marchar.
El Ojo se enfocó y lo escudriñó con mucha atención.
—¿Crees que este objeto tiene algún valor?
—Contiene una vida. Está atrapada dentro.
—Qué ironía. Pues todas vuestras vidas están atrapadas dentro de mí.
Finn temblaba. No le cabía duda de que, si Keiro lo estaba escuchando, tenía que actuar justo en ese momento. Si estaba allí, claro.
Gildas lo captó. Tuvo que hacerlo, porque de repente espetó a voz en grito:
—¡Tómalo! Deja que nos marchemos.
—¿Igual que tomé el Tributo de Sáfico? ¿Igual que acepté esto?
En la guarida abarrotada de la Bestia se abrió un destello de luz; vieron un diminuto y frágil hueso, muy incrustado en la roca.
Gildas murmuró una oración, anonadado.
—¡Qué pequeño es! —exclamó la Bestia mientras lo miraba—. Y aun así, cuánto dolor provocó. Déjame ver esa vida atrapada.
La Bestia acercó el Ojo. Finn agarró el anillo con todo el puño, pues el sudor lo había vuelto resbaladizo. Luego abrió la mano.
Al instante, el Ojo parpadeó. Se amplió, se contrajo, miró alrededor. De la garganta de la Bestia se deslizó un susurro oleoso, una pregunta curiosa y fascinada.
—¿Cómo lo habéis hecho? ¿Dónde estáis?
Una mano se cernió sobre la boca de Finn; mientras se sacudía, vio que era Attia, quien se llevó un dedo a los labios para advertirle. Detrás de ella estaba Keiro, con la Llave bien sujeta en una mano y un lanzallamas en la otra.
—¡Sois invisibles! —La Bestia sonaba perpleja—. ¡No es posible!
Una masa de tentáculos se desplegó desde su cuerpo, formaciones de diminutas arañas pegajosas como el hilo de sus telas tantearon en la oscuridad.
Finn se tambaleó hacia atrás.
Keiro arremetió con el lanzallamas.
—Si quieres atraparnos —dijo con voz tranquila—, aquí estamos.
Una llamarada de fuego surgió junto a Finn; la Bestia rugió de rabia. Al cabo de un instante, la caverna se convirtió en una explosión de aves aterradas que chillaban, y de abejas y murciélagos faltos de toda forma y todo orden; describieron curvas y aletearon y subieron en espiral hasta el techo de la caverna, para golpearse inútilmente contra la roca.
Keiro soltó un grito de satisfacción. Volvió a disparar fuego, una bocanada de llamas amarillas, y la Bestia se convirtió en una estruendosa cascada de fragmentos, de piel chamuscada y de roca desprendida. Su Ojo rojo había quedado reducido a una diminuta explosión de mosquitos que se dispersaron, presas del pánico.
Las llamas chisporrotearon, chocaron contra las paredes y rebotaron en ellas duplicando el repentino calor.
—¡Déjalo! —chilló Finn—. ¡Salgamos de aquí!
Pero el techo y el suelo habían empezado a inclinarse, y la grieta se estrechaba a su alrededor.
—Puede que no sea capaz de verte —reconoció la Cárcel con acritud en medio del estruendo—, pero estás aquí dentro, y te voy a agarrar muy fuerte, hijo mío.
Los obligó a apretarse unos contra otros, espalda contra espalda, ya que se puso a dar vueltas en espiral, las paredes de la cueva empezaron a desmoronarse y del techo se desplomaron varios fragmentos. Finn alargó la mano para agarrar a Attia en medio del caos.
—¡Mantente a mi lado!
—Finn. —La voz de Gildas sonó ahogada—. En la pared. Ahí arriba.
Al principio Finn no sabía a qué se refería; luego la vio: una fisura ascendente.
Al instante, Attia se liberó de la mano de Finn. Corrió y trepó; se aferró a las protuberancias de la roca y empezó a ascender por los tentáculos gelatinosos, escalando las propias escamas de la Bestia.
Finn empujó a Gildas para que la siguiera; el anciano se agarraba con torpeza pero con un vigor desesperado, mientras pedazos de piedra y gemas se desprendían y rodaban bajo sus manos.
Finn se dio la vuelta.
Keiro tenía el arma preparada.
—¡Vamos! ¡Nos está buscando!
Incarceron estaba cegado. Finn vio cómo se habían vuelto a formar algunas partes de la Bestia: una garra, la cola; vio cómo zarpeaba y daba coletazos en la oscuridad. Los notaba sobre su piel, percibía las vibraciones de sus movimientos. Finn quería preguntarle a Keiro cómo lo había logrado, pero ahora no tenía tiempo, así que se dio la vuelta y empezó a escalar detrás de Gildas.
La pared se transformaba a cada minuto, tomaba nueva forma y se mecía, inclinándose hasta quedar tan empinada que parecía que la Bestia estuviera irguiéndose, retorciéndose con el fin de expulsarlos de su espalda. Los obligó a subir a altos espacios cavernosos, hasta quedar colgando de sus escamas, y cuando Finn alzó la vista, distinguió unas grietas de luz en lo alto, agujeritos brillantes, y por un vertiginoso instante se sintió entre las estrellas, y entonces, una de ellas giró sobre él y vio que era un foco, que volvió plateadas sus manos y su cara mientras suspiraba, expuesto e indefenso.
Attia se dio la vuelta con el rostro desencajado.
—¡Más despacio! ¡Tenemos que quedarnos cerca de la Llave!
Le habían sacado mucha ventaja a Keiro, que trepaba con el lanzallamas apartado a un lado. En una de las ondulaciones de la abrupta guarida, Keiro se tropezó y un pie se le quedó colgando en el espacio. Tal vez la Bestia lo percibiera, porque siseó y el aire se cargó con unos pestilentes humos nuevos.
—¡Keiro! —Finn se volvió hacia él—. Tengo que bajar a buscarlo.
Attia aguzó la vista.
—No. Se las arreglará solo.
Keiro se aferró con uñas y dientes. Intentó recuperar la estabilidad. La Bestia se agitó. Entonces se echó a reír, con esa risotada siniestra que Finn recordaba tan bien.
—Así que poseéis algún artilugio para ocultaros. Os felicito. Pero no lo dudéis: tengo intención de descubrir qué es.
Cayó polvo; un chorro de luz.
—¡Espera! —le gritó Finn a Gildas; sin resuello, el anciano negó con la cabeza.
—Ya no puedo agarrarme más.
—¡Claro que puedes!
Finn miró a Attia con desesperación; ella se pasó el brazo de Gildas por encima de los hombros y dijo:
—Yo me quedo con él.
Mientras, Finn casi se dejó caer hasta donde estaba colgando Keiro; lo agarró con una mano y lo apretó fuerte.
—¡Es inútil! No hay salida.
—Tiene que haberla —suspiró Keiro—. ¿No tenemos una Llave?
Con esfuerzo, la sacudió y Finn la cogió con una mano; por un momento, la agarraron los dos. Luego, Finn dio un tirón y la apartó de su hermano. Apretó todos los botones, frotó el águila, la esfera, la corona. Nada. Mientras la Bestia daba sacudidas debajo de ellos, Finn movió la Llave, la maldijo, hasta que notó cómo su calor crecía de pronto en sus manos, se recalentaba con un gemido preocupante. Hizo malabarismos para cambiarla de una mano a otra; los dedos le ardían.
—¡Úsala! —chilló Keiro—. ¡Funde la roca!
Finn apretó la Llave contra el lateral de la cueva. Al instante empezó a murmurar e hizo un clic.
Incarceron gritó. Un aullido de angustia. Las rocas se desplomaron, Attia gritó desde arriba. Mientras Finn miraba, una enorme ranura blanca se abrió en la pared, igual que un desgarrón en la tela que componía el mundo.
El Guardián estaba con Claudia junto a la ventana, mirando hacia el jolgorio iluminado por antorchas que acontecía en la calle.
—Lo has hecho muy bien —dijo con seriedad—. La reina está encantada.
—Bien. —Claudia estaba tan cansada que le costaba pensar.
—A lo mejor mañana podemos…
Se detuvo.
Un pitido estridente y cargado de urgencia. Insistente y alto. Sobresaltada, Claudia miró a su alrededor.
—¿Qué es eso?
Su padre se quedó muy quieto. Luego, metió la mano en el bolsillo del chaleco y sacó el reloj, y tras pulsarlo con el pulgar, hizo saltar la tapa de oro. Claudia vio las preciosas agujas, la hora. Las once menos cuarto.
Sin embargo, no era un repique para indicar la hora. Era una alarma.
El Guardián se lo quedó mirando. Cuando levantó la vista, sus ojos grises denotaban frialdad.
—Tengo que irme. Buenas noches, Claudia. Que duermas bien.
Abrumada, Claudia observó cómo se dirigía a la puerta dando largas zancadas.
—¿Es… es la Cárcel? —preguntó.
El Guardián se dio la vuelta con la mirada severa.
—¿Por qué dices eso?
—La alarma… Nunca la había oído…
La miró a los ojos. Claudia se hizo un reproche. Después su padre contestó:
—Sí. Parece que hay un… incidente. No te preocupes. Me ocuparé personalmente de solucionarlo.
Las puertas se cerraron tras él.
Claudia se quedó un momento allí, petrificada. Miró fijamente las láminas de madera; a continuación, como si la quietud la hubiera propulsado a actuar, agarró un chal oscuro, se arropó con él y se abalanzó hacia la puerta, para abrirla a toda prisa.
Él ya había recorrido un buen trecho del pasillo dorado, pues caminaba rápido. En cuanto torció una esquina, Claudia corrió tras él, sin aliento, sigilosa gracias a las alfombras mullidas. Su imagen parpadeó en los tenues espejos.
Junto a un enorme jarrón de porcelana se meció una cortina; cuando se deslizó detrás de ella, Claudia se encontró en la parte superior de un tramo de escaleras de caracol mal iluminadas. Aguardó, con el corazón martilleando con fuerza, y observó la silueta negra del Guardián descendiendo la escalera; se dio cuenta de que corría, libraba los escalones con rapidez, agitado. Se apresuró a bajar detrás de él, dando vueltas y más vueltas, con una mano en la barandilla húmeda, hasta que las paredes doradas pasaron a ser de ladrillo, y luego se convirtieron en piedra. Los peldaños estaban erosionados por el desgaste, resbaladizos por el liquen verde.
Hacía frío y reinaba la oscuridad. Se le empañó el aliento. Tembló y se cubrió mejor con el chal.
Se dirigía a la Cárcel.
¡Se dirigía a Incarceron!
Difusa, muy por delante de ella, la alarma seguía pitando, alta y urgente, con un pánico implacable.
Estaban en las bodegas del palacio. Eran unas cámaras enormes, abovedadas, repletas de barriles y toneles, con alambres que salían de las paredes, recubiertos con sales blancas que habían emanado de los ladrillos. Si era cosa del Protocolo, resultaba bastante convincente.
Se escondió detrás de una pila de toneles y, muy quieta, asomó la cabeza para observar.
El Guardián había llegado a una puerta.
Era de bronce verde y estaba camuflada en la pared. Brillaba con los rastros dejados por la baba de los caracoles y estaba corroída por el tiempo. Unos enormes remaches la tachonaban. Unas cadenas oxidadas la cruzaban de lado a lado. El corazón le dio un brinco cuando Claudia vio el águila de Havaarna, sus alas extendidas casi desaparecidas bajo capas y capas de verdín.
Su padre echó un breve vistazo alrededor y ella agachó la cabeza, conteniendo la respiración. Luego él pulsó una rápida combinación de teclas en el globo terráqueo que sujetaba el águila; Claudia oyó un clic.
Las cadenas se deslizaron y se sacudieron antes de desplomarse, abiertas.
Bajo una llovizna de telas de araña y caracoles y polvo, la puerta se abrió con una sacudida.
Claudia se asomó de nuevo, pues se moría por ver qué había al otro lado, ver cómo era el Interior, pero no había más que oscuridad y un olor, una pestilencia acre y metálica, y tuvo que volver a esconderse rápidamente muy a su pesar porque él se dio la vuelta.
Cuando miró de nuevo, el Guardián se había ido y la puerta estaba cerrada.
Claudia se apoyó en los ladrillos mojados y respiró lentamente, emitiendo un silbido silencioso de aliento húmedo.
Por fin. Ya era hora.
La había encontrado.
La alarma les retumbó en los dientes, en los nervios, en los huesos. Finn pensó que le iba a dar otro ataque; aterrado, ascendió hacia la rendija y respiró el aire helado que soplaba a través de ella.
La Bestia había desaparecido. Mientras Keiro trepaba por encima de Finn y agarraba a Gildas, aquel ser se desvaneció; de pronto, todos se vieron inmersos en una cascada de fragmentos, y al momento se golpearon contra la pared, una cadena de cuerpos sujetados únicamente por el brazo de Finn.
El muchacho chilló con agonía:
—¡No podré aguantaros a todos!
—¡Ya lo creo que podrás! —jadeó Keiro.
El terror recorrió su cuerpo. A Keiro se le resbaló la mano y soltó un grito agónico.
No podía más. Le ardía la mano.
Una sombra cayó sobre él. Pensó que era la cabeza de la Bestia, o un águila tremenda, pero cuando se retorció lleno de desesperación y miró hacia arriba, vio que algo caía en picado por la ranura, volando con una potencia contenida. Era un barco de plata, un antiguo barco de vela, con las velas fabricadas con una amalgama de telarañas, con las cuerdas enredadas y colgando por la borda.
Se quedó flotando sobre sus cabezas y, muy despacio, una escotilla se abrió en la base. Por ella descendió una cesta, colgada de cuatro enormes cables, por encima de la cual se asomó una cara desde la cubierta del barco, una cara horrenda, como de gárgola, deformada por unas gafas de buceo y un extraño aparato para respirar.
—Entrad —ordenó—. Antes de que cambie de opinión.
Finn ignoraba cómo lo habían conseguido, pero el caso es que en cuestión de segundos Keiro había trepado hasta la cesta, que se bamboleaba con violencia, y Gildas se había aventurado tras él. Attia dio un salto después de pensarlo sólo un momento, y por último se montó Finn, que se dejó caer con la mente totalmente en blanco por el alivio. Cayó sin miedo y no notó que había aterrizado, hasta que el silencio de bienvenida se rompió por el grito que Keiro le propinó al oído.
—¡Me estás aplastando, Finn!
Como pudo, se incorporó. Attia estaba inclinada sobre él, preocupada.
—¿Estás bien?
—… Sí.
Era mentira, lo sabía, pero la adelantó de un salto y se asomó al borde de la cesta para mirar hacia abajo, mareado por el zarandeo y el viento gélido.
Estaban fuera de la Cueva, por encima de la llanura, a kilómetros del suelo y de la Ciudad. La Ciudadela parecía un juguete en medio de la llanura, y desde semejante altura vieron las marcas chamuscadas y las humaredas que la rodeaban, como si la tierra en sí fuese la piel de la Bestia que luchaba en el subsuelo, soltando bufidos de ira.
Las nubes pasaron rozándolos, unos vapores de un amarillo metálico, un arco iris.
Finn sintió que Gildas lo agarraba, la voz del anciano delirante por el júbilo, secuestrada por el viento.
—¡Mira hacia lo alto, muchacho! ¡Mira! ¡Todavía quedan Sapienti, y tienen poder!
Inclinó la cabeza. Y vio, mientras el barco de plata ascendía en espiral, una torre tan estrecha e imposiblemente alta que parecía una aguja puesta en equilibrio sobre una nube, con la cúspide iluminada por la luz. Notó cómo se le congelaba el aliento y se condensaba, crujía y se hacía añicos, con cada una de las aristas de hielo polarizada por la torre, cada uno de los cristales alineados como por acción de un imán. Tomó aire, que notó liviano, y agarró al anciano del brazo, temblando de frío y de miedo, sin atreverse a volver a mirar abajo, viendo únicamente el diminuto punto de aterrizaje de la cúspide de la aguja que crecía y crecía, el globo que giraba lentamente sobre su vértice.
Y aun con todo, a pesar de lo elevados que se hallaban, por encima de ellos, a lo largo de kilómetros y kilómetros, la noche de Incarceron seguía extendiéndose en el cielo helador.
Los golpes que aporreaban la puerta despertaron a Jared con un sudor frío provocado por el miedo.
Al principio no sabía de qué se trataba, pero luego la oyó susurrar:
—¡Jared! ¡Rápido! ¡Soy yo!
Se sentó en la cama y fue dando traspiés hasta la puerta. Despegó el escáner del marco y tanteó con la mano hasta encontrar el cerrojo. En cuanto lo hubo levantado, la puerta se abrió de par en par y casi le golpeó en la cara; al instante Claudia estaba dentro de su cuarto, sin resuello y cubierta de polvo, con un chal sucísimo sobre el vestido de seda.
—¿Qué ocurre? —jadeó el Sapient—. Claudia, ¿acaso se ha enterado? ¿Sabe que tenemos la Llave?
—No, no.
La muchacha se había quedado sin aliento; se desplomó en la cama y se hizo un ovillo, apretándose el costado.
—¿Entonces qué pasa?
Claudia levantó una mano para indicarle que esperara; al cabo de un momento, cuando pudo hablar de nuevo, miró hacia arriba y el Sapient vio que su rostro estaba iluminado por el triunfo.
Dio un paso atrás, con una cautela repentina.
—¿Qué habéis hecho, Claudia?
Su sonrisa era amarga.
—He conseguido lo que llevaba años ansiando. He encontrado la puerta de su secreto. La entrada de Incarceron.