15
Sáfico salió cabalgando del Bosque Enmarañado y vio la Fortaleza de Bronce. Personas procedentes de todos los rincones entraban en tropel a través de sus muros.
—¡Entrad! —le instaban—. ¡Deprisa! ¡Antes de que nos ataque!
Miró a su alrededor. El mundo era de metal y el cielo era de metal. Las personas eran hormigas en las llanuras de la Cárcel.
—¿Acaso habéis olvidado —les preguntó— que ya estáis dentro?
Pero siguieron corriendo y dijeron que había perdido el juicio.
Leyenda de Sáfico
La tormenta había azotado durante toda la noche antes de amainar de forma tan abrupta que Finn se había despertado de sopetón a causa del silencio. La quietud resultaba inquietante después del vendaval, pero por lo menos significaba que al fin iban a poder desplazarse, antes de que la Cárcel cambiara de opinión. Keiro había reptado hasta la salida del refugio y una vez fuera se había desperezado, soltando un gruñido al notar un calambre. Al cabo de un momento, había recuperado la voz, inusitadamente baja:
—Mirad.
Cuando Finn se había incorporado, había visto que el bosque estaba desnudo. Todas y cada una de las hojas, todas y cada una de las delgadas ramitas metálicas de los arbustos estaban amontonadas en remolinos inmensos.
En lugar de hojas ahora los árboles tenían flores. Capullos de cobre, dorados y carmesí, resplandecían colina arriba y valle abajo, hasta donde se perdía la vista.
Detrás de él, Attia se había echado a reír.
—Es precioso.
Él se había dado la vuelta, sorprendido, pues en su opinión aquello no era más que un obstáculo.
—¿Ah sí?
—Claro. Pero tú… ya debes de estar acostumbrado a los colores. Como vienes del Exterior…
—¿Me crees?
Ella había asentido con parsimonia.
—Sí. Noto que eres diferente. No encajas aquí. Y ese nombre que pronunciaste en sueños, esa tal Claudia. ¿Te acuerdas de ella?
Eso era lo que les había contado. Entonces había asentido y después había levantado la mirada.
—Escúchame, Attia. Necesito que me ayudes. Es que… algunas veces necesito estar solo. La Llave… favorece las visiones. Por eso hay veces en las que tengo que apartarme de Keiro y Gildas. ¿Me comprendes?
Ella había dicho que sí muy seria, con los ojos brillantes y fijos en él.
—Ya te lo dije, soy tu sirvienta. Sólo tienes que decirme cuándo, Finn.
A Finn le había dado vergüenza. La muchacha lo había mirado a la cara, pero no había dicho nada más.
Desde ese episodio, habían avanzado a toda prisa por un paisaje de color rubí, entre plantaciones de árboles que se perdían colina abajo, mientras el terreno del bosque, fragmentado y a la vez cosido por ríos de agua, dibujaba extraños lechos aislados, surcados por grietas. Unos insectos que Finn no había imaginado jamás reptaban por los grandes montones de hojas que bloqueaban el paso; tardaron horas en encontrar caminos alternativos mediante los que bordear esos montículos. Y en lo alto, entre las ramas desnudas, los grajos iban saltando y graznando en bandadas, siguiendo a los viajeros con una vivaracha curiosidad, hasta que Gildas los maldijo y los amenazó con un puño. Entonces, en silencio, se alejaron volando.
Keiro asintió:
—Vaya, resulta que al final los Sapienti sí saben hacer magia.
Sin aliento, el anciano lo miró a la cara.
—Ojalá funcionara contigo.
Keiro sonrió a Finn con ironía.
Finn se permitió esbozar una sonrisa. En cierto modo se sentía aliviado, y mientras caminaba como podía detrás de Gildas por los senderos del bosque, empezó a experimentar algo que debía de parecerse a la felicidad. Había comenzado la Huida. Los Comitatus quedaban lejos ya; toda esa vida de luchas brutales, de asesinatos y mentiras y miedo había terminado. Las cosas serían distintas a partir de ahora. Sáfico les mostraría el rumbo hacia la salida.
Cuando pisó una maraña de raíces, le entraron ganas de echarse a reír a mandíbula batiente, pero en lugar de eso se llevó la mano al interior de la camisa y tocó la Llave.
Apartó la mano de inmediato.
Estaba caliente.
Miró a Keiro, que iba a la cabeza. Entonces se dio la vuelta. Attia estaba donde siempre. A sus pies.
Irritado, se detuvo.
—No me gusta tener esclavos.
Ella también se detuvo.
—Lo que tú digas.
Sus ojos lo penetraron con esa mirada herida.
Entonces él dijo:
—Allí hay un arroyo, lo oigo. Diles a los demás que voy a beber un trago de agua.
Sin esperar la respuesta, se alejó de la senda dando zancadas y se adentró entre unas zarzas de platino; después se acuclilló entre los matorrales. Unas matas de alambre maleable se levantaban a su alrededor, juncos huecos por los que los micro Escarabajos subían y bajaban muy atareados.
Sacó a toda prisa la Llave.
Sabía que corría un riesgo. Keiro podía acercarse. Pero notó su elevado calor entre los dedos y también vio las habituales lucecillas azules en las profundidades del cristal.
—¿Claudia? —susurró muy nervioso—. ¿Me oyes?
—¡Finn! ¡Menos mal!
La muchacha gritó tanto que Finn tragó saliva; miró a su alrededor.
—¡Más bajo! Y date prisa, por favor. Va a venir a buscarme.
—¿Quién? —Parecía fascinada.
—Keiro.
—¿Y quién es?
—Mi hermano de sangre.
—Muy bien. Ahora escúchame. Hay una plaquita en la base de la Llave. Es invisible, pero la superficie está ligeramente levantada. ¿La has encontrado?
Palpó con los dedos y dejó manchas de mugre en la Llave.
—No —contestó azorado.
—¡Busca bien! ¿Crees que tiene un artefacto distinto?
La pregunta no iba dirigida a Finn. La otra voz le contestó, la que Finn recordaba como Jared.
—Estoy casi seguro de que son idénticas. Finn, utiliza las yemas de los dedos. Busca entre las aristas, en las caras inferiores, ¡junto a las aristas!
¡Quién se habían creído que era! Siguió toqueteando hasta que le dolieron las manos.
—¡Finn!
El murmullo de Keiro sonó pegado a su espalda. Finn dio un respingo y escondió la Llave antes de exclamar:
—¡Por el amor de dios! ¿Es que no puedo beber agua en paz?
La mano de su hermano volvió a engolfarlo entre los arbustos.
—Agáchate y cierra el pico. Tenemos visita.
Claudia se sentó sobre los talones y maldijo llena de frustración.
—¡Se ha ido! ¿Por qué se ha ido?
Jared se acercó a la ventana y echó un vistazo al caos absoluto que reinaba en el patio de armas.
—Mejor así. Porque el Guardián está subiendo la escalera.
—¿Habéis oído cómo hablaba? Volvía a sonar… aterrado.
—Sé cómo se siente. —Jared sacó una especie de minúsculo libro electrónico del bolsillo de la capa de montar a caballo y se lo arrojó a las manos—. Aquí tenéis el borrador del testamento del anciano sirviente. Leedlo mientras viajamos.
Varios portazos. Voces en el exterior. La de su padre. La de Caspar.
—Borradlo inmediatamente después, Claudia. Tengo una copia.
—Deberíamos hacer algo. Con el cuerpo.
—No estuvimos allí, ¿os acordáis?
Apenas hubo terminado de decir esas palabras, la puerta se abrió de sopetón. Claudia camufló lentamente el librito debajo del vestido.
—Querida mía.
Su padre entró y se quedó de pie frente a ella. Claudia también se levantó para saludarlo. Vestía su habitual levita negra, un ostentoso pañuelo en el cuello que parecía de seda y sus botas de la piel más fina. Sin embargo, hoy llevaba una flor blanca en el ojal de la solapa, como para destacar la ocasión, y eso era tan poco propio de él que Claudia se quedó mirando la flor muy sorprendida.
—¿Estás lista? —le preguntó.
Ella asintió con la cabeza. Se había puesto un vestido de viaje en azul oscuro y una casaca, con un bolsillo especial cosido en el forro para guardar la Llave.
—Una mañana importante para la Casa de Arlex, Claudia. El principio de una nueva vida para ti, para todos nosotros.
Llevaba el pelo surcado de mechones canosos y recogido en la coronilla, muy tirante; sus ojos se habían oscurecido por la satisfacción. Se subió los guantes antes de darle la mano a su hija, como si supiera que sus dedos viscosos le resultaban desagradables. Claudia lo miró sin sonreír, pues lo único que tenía en mente era el anciano muerto entre la paja, con los ojos abiertos.
Sonrió e hizo una reverencia.
—Estoy lista, señor.
Él asintió.
—Siempre supe que lo estarías. Siempre supe que no me decepcionarías.
«¿Como hizo mi madre?», se preguntó con amargura Claudia. Sin embargo, no dijo nada, y su padre dirigió a Jared un fugaz movimiento de cabeza antes de conducir a la muchacha hacia la puerta. Entraron en el gran salón, recorrieron la estancia alfombrada de lavanda, entre las filas de sirvientes fascinados: el Guardián de Incarceron y su orgullosa hija, directa al matrimonio que la convertiría en reina. Y en cuanto Ralph hizo una señal, todo el servicio vitoreó y aplaudió, y les lanzó dulces lirios a los pies; los criados tocaron unas campanillas de plata en honor de la boda que nunca presenciarían.
Jared caminaba tras ellos, con un fajo de libros bajo un brazo. Estrechó la mano a varios sirvientes y las criadas se entristecieron al verlo; se acercaban y le obsequiaban con paquetitos de dulces, le prometían que cuidarían mucho de su torre, que no tocarían ninguno de sus valiosos instrumentos, que darían de comer al zorrillo y a los pájaros.
Cuando Claudia tomó asiento en el carruaje y miró hacia atrás, sintió un nudo de aflicción en la garganta. Todos echarían de menos a Jared, sus buenos modales, su belleza frágil, sus ganas de curar a los niños que tosían y de aconsejar a los hijos descarriados. Ninguno de ellos parecía lamentar que «ella» se marchara.
Aunque ¿quién tenía la culpa? Claudia también había seguido el juego. Era la señorita, la hija del Guardián.
Fría como el hielo. Dura como el clavo.
Alzó la cabeza y sonrió hacia Alys.
—Cuatro días de viaje. Tengo intención de recorrer a caballo por lo menos la mitad del trayecto.
La doncella arrugó la frente.
—Dudo que el conde quiera. Y lo más probable es que desee que os sentéis en su carruaje algún que otro rato.
—Bueno, aún no estoy casada con él. Cuando lo esté, no tardará en percatarse de que lo importante es lo que yo desee.
Si la consideraban dura, sería dura. Y sin embargo, mientras ensillaban a los caballos, congregaban a los escoltas y los carruajes se dirigían a la torre de entrada del castillo, Claudia sintió deseos de quedarse allí, en la casa en la que había vivido desde su nacimiento, así que se inclinó y asomó la cabeza por la ventanilla y saludó con la mano y gritó sus nombres, con los ojos anegados en lágrimas repentinas:
—¡Ralph! ¡Job! ¡Mary-Ellen!
Ellos le devolvieron el saludo, una tormenta de pañuelos y palomas blancas que alzaron el vuelo desde los tejados, y de abejas en el panal que zumbaron mientras su carruaje avanzaba crujiendo por el puente levadizo de madera. En las oscuras aguas verdes del foso vio la mansión reflejada, y detrás de ella, en una larga procesión, los carruajes y carros y jinetes y perros y halconeros de su séquito, de la familia del Guardián de Incarceron, en el día en que los planes de su padre empezaban a materializarse.
Abrumada, se reclinó en el asiento de piel del carruaje y se apartó el pelo de los ojos.
Bueno, tal vez.
Eran hombres, pero ¿cómo era posible?
Por lo menos medían dos metros y medio. Caminaban con una extraña cojera lateral, dando zancadas como las garzas, ajenos a los ingentes montones de hojas afiladas, que crujían sin cesar a sus pies.
Finn notó la zarpa de Keiro, que le apretaba con tanta fuerza el brazo que le hizo daño. Entonces su hermano le susurró al oído una sola palabra, como un jadeo:
—Zancos.
Por supuesto. Mientras uno de los desconocidos pasaba junto a ellos, lo vio de cerca: unos aparatos ortopédicos metálicos que les llegaban hasta la rodilla. Aquellos hombres caminaban con soltura sobre plataformas, dando zancadas largas. Y también vio que aprovechaban su altura privilegiada para acceder a ciertos puntos de los árboles, a pequeños nudos de los troncos, y al instante, los árboles que tocaban se plagaban de frutos semi orgánicos que los hombres recolectaban.
Volvió la cabeza y buscó a Gildas con la mirada, pero fuera donde fuese que se habían escondido el Sapient y la chica, eran invisibles a sus ojos.
Observó la fila de hombres que iban resiguiendo los árboles. Conforme se desplazaban colina abajo, parecían ir encogiendo, y Finn se fijó en que, de pronto, el hombre que cerraba el desfile resplandeció, como si atravesara un punto en el que cambiase el aire.
Al cabo de un rato, sólo quedaban a la vista las cabezas y los hombros. Y más tarde, desaparecieron por completo.
Keiro esperó un momento prolongado antes de incorporarse. Silbó en voz baja y un montículo de hojas se sacudió junto a ellos. La mano plateada de Gildas surgió de entre las hojas. Dijo:
—¿Se han ido?
—Ya están lejos.
Keiro observó cómo Attia salía a toda prisa y después se dio la vuelta. Miró fugazmente a su hermano de sangre y preguntó también en voz baja:
—¿Finn?
Estaba ocurriendo. La contemplación de ese brillo en el ambiente lo había provocado. Empezó a picarle la piel, llena de cortes; la boca se le quedó seca, la lengua de trapo. Finn se pasó la mano por la boca.
—No —murmuró.
—Agárralo —espetó Gildas.
Desde algún punto distante, Keiro dijo:
—Espera.
Y entonces Finn empezó a andar. A andar directo hacia ese lugar, al hueco entre dos grandes ramas de cobre en el que el aire se había movido como si el polvo cayera por una columna de luz precisamente allí, como si una fractura del Tiempo se abriera en aquel punto. Y cuando llegó al sitio se detuvo, estiró ambos brazos ante él, como si estuviera ciego. Era un ojo de cerradura que salía del mundo.
A través del ojo soplaba una ráfaga de aire.
Unos aguijones de dolor le pincharon por dentro. Luchó contra ellos, palpó, tocó los bordes del ojo de la cerradura, acercó la cara, se introdujo en el haz de luz, miró a través de él.
Vio un resplandor de color. Era tan brillante que le hizo llorar, y exhaló un suspiro. Dentro se movían unas siluetas, un mundo verde, un cielo tan azul como en sus sueños, y una gran criatura de color negro y ámbar voló con un zumbido hacia él.
Soltó un grito y retrocedió, notó cómo Keiro le agarraba de los dos brazos por detrás.
—Sigue mirando, hermano. ¿Qué ves? ¿Qué es, Finn?
Se derrumbó. Todas las fuerzas abandonaron sus piernas y se desplomó en medio de las hojas caídas. Attia apartó a Keiro de un manotazo. Rápidamente vertió agua en un vaso y se la acercó a Finn; a ciegas, tomó el vaso y apuró el agua, después cerró los ojos y enterró la cabeza entre las manos, mareado y confuso. Tuvo arcadas. Y luego vomitó.
Por encima de su cabeza atronaban unas voces. Cuando empezó a reconocerlas, se dio cuenta de que una de ellas pertenecía a Attia.
—¡… tratarlo así! ¡No veis que está mareado!
Keiro rio con socarronería.
—Se recuperará. Es un visionario. Ve cosas. Cosas que tenemos que saber.
—¿Es que él no os importa nada?
Finn alzó la cabeza como pudo. La chica estaba amenazando a Keiro, con las manos apretadas en dos puños a ambos lados del cuerpo. Sus ojos habían perdido el aire herido; ahora centelleaban con furia.
Keiro seguía sonriendo de forma burlona.
—Es mi hermano. Por supuesto que me importa.
—Lo único que te importa eres tú mismo. —Entonces se dirigió a Gildas—: Y a ti también, Maestro. Tú…
Se detuvo. Era evidente que Gildas no la escuchaba. Había apoyado un brazo en un árbol metálico, con la mirada perdida al frente.
—Venid aquí —ordenó en voz baja.
Keiro extendió una mano y Finn la tomó. Se levantó con dificultad. Se acercaron al Sapient y se colocaron detrás de él. Miraron hacia delante y vieron lo mismo que él veía.
El bosque terminaba allí. Ante ellos, un camino estrecho conducía a una Ciudad. Se erigía detrás de las murallas en un paisaje feroz de llanuras despejadas. Las casas estaban apiñadas, construidas con retazos de metal, torres y almenas fabricadas con una extraña madera oscura, entrelazada con hojas de latón y cobre.
Por todo el camino que llevaba a la Ciudad, en largos ríos de estruendosas risas y gritos y cantos, andando y en carros, con niños en brazos y rebaños de ovejas a sus pies, cientos y cientos de personas avanzaban en tropel.
Con las piernas encogidas sobre el asiento del carruaje, Claudia leyó el librito electrónico mientras Alys dormía. El carruaje iba dando botes; en el exterior, los bosques verdes y los campos del feudo del Guardián hacían traquetear al vehículo en una nube de polvo y moscas.
Me llamo Gregor Bartlett. Éste es mi testamento. Rezo porque quienes lo encuentren lo mantengan a salvo, y cuando llegue el momento adecuado, lo utilicen, porque se ha cometido una gran injusticia y yo soy el único que todavía está vivo para contarla.
Trabajé en palacio desde mi adolescencia. Empecé como mozo de cuadra y postillón, después pasé a ser sirviente doméstico. Me gané la confianza, llegué a ser importante. Fui el ayuda de cámara del difunto Rey, y recuerdo a su primera esposa, la frágil y hermosa mujer de Allende los Mares con quien se casó cuando ambos eran jóvenes. Cuando nació su primer hijo, Giles, me encomendaron sus cuidados. Yo era el responsable de las amas de cría, y fui quien contrató a las niñeras para el príncipe. Él era el Heredero; no había que escatimar en comodidades. Conforme el chico crecía, mi afecto también creció hasta que lo amé como si fuera mío. Era un niño feliz. Aun cuando su madre murió y el Rey volvió a casarse, continuó viviendo en su propia ala del palacio, rodeado de sus preciosos juguetes y mascotas, con sus propios criados. Yo no tengo hijos. El muchacho dio sentido a mi vida. Deben creerme.
Poco a poco percibí un cambio. Conforme el niño crecía, su padre disminuyó la frecuencia de sus visitas. Ya había nacido un segundo hijo, el conde Caspar, un niño llorón y caprichoso que malcriaban todas las mujeres de la Corte. Y además había una nueva Reina.
Sia era una mujer extraña y distante. Dicen que el Rey alzó la mirada un día desde el carruaje mientras iba por un sendero del bosque y allí la vio, en la intersección de dos caminos. Dicen que mientras pasaba por delante de ella, vio sus ojos (eran unos ojos extraños, con los iris pálidos) y desde ese momento no pudo dejar de pensar en la mujer. Volvió a enviar a sus mensajeros al cruce, pero allí no había nadie. Pidió que registraran las aldeas y feudos cercanos, puso anuncios, ofreció recompensas a sus caballeros, pero nadie logró encontrarla. Y entonces, semanas después, mientras paseaba por los jardines de palacio, levantó la vista y allí estaba ella, sentada junto a la fuente.
Nadie conoce su estirpe, ni de dónde proviene. Creo que es una hechicera. Lo que quedó patente en cuanto nació su hijo era que odiaba a Giles. Nunca lo manifestaba delante del Rey o de su Corte; ante ellos procuraba honrar al Heredero. Pero yo lo veía.
A los siete años, apalabraron su matrimonio con la hija del Guardián de Incarceron. Una niñita arrogante, pero que a él parecía gustarle…
Claudia sonrió. Observó a Alys y luego asomó la cabeza por la ventanilla. El carruaje de su padre iba detrás; debía de compartirlo con Evian. Se saltó unos párrafos y continuó leyendo.
… la alegría de su fiesta de cumpleaños, una noche, mientras remábamos por el lago, bajo las estrellas, me contó lo feliz que era. Nunca olvidaré sus palabras.
La muerte de su padre lo afectó muchísimo. Se volvió solitario. Dejó de asistir a los bailes y juegos. Estudiaba mucho. Me pregunto si había empezado a temer a la Reina. Nunca lo reconoció. Ahora saltaré al desenlace. La víspera del accidente a caballo, recibí un mensaje en el que me informaban de que mi hermana, que vivía en Casa[2], estaba enferma. Pedí permiso a Giles para ir a verla; mi querido muchacho estaba preocupadísimo, e insistió en que las cocineras me preparasen un paquete de delicias para mi hermana. También se aseguró de que hubiera un carruaje listo para mí. Salió a despedirme y me saludó desde la escalinata del patio exterior. Fue la última vez que lo vi.
Cuando llegué, mi hermana estaba sana como una manzana. Ignoraba por completo quién podía haberme mandado el recado.
Me dio un vuelco el corazón. Pensé en la Reina. Quería regresar al instante, pero el cochero, quien seguramente era un acólito de la Reina, se negó, alegando que los animales estaban cansados. Ya no acostumbro a montar a caballo, pero ensillé un corcel de la posada y volví al galope, tan rápido como pude, sin detenerme en toda la noche. No intentaré plasmar aquí la agonía y la preocupación que sentí. Subí la colina y vi el millar de pináculos del castillo, y vi que en todos y cada uno de ellos ondeaba una bandera negra.
Recuerdo poca cosa a partir de ese momento.
Habían colocado su cuerpo en un féretro en la gran cámara de la Capilla Ardiente, y una vez que estuvo acicalado, pedí que me dejaran aproximarme a él. La Reina ordenó que un hombre me escoltara. Se trataba del secretario del Guardián, un hombre alto y silencioso llamado Medlicote…
Claudia se sorprendió tanto que silbó. Alys roncó y se dio la vuelta.
… subí la escalinata igual que un animal malherido. Mi muchacho estaba allí, y lo habían puesto muy guapo. Me incliné para besarle el rostro con los ojos empañados por las lágrimas.
Y entonces me detuve.
Ay, se habían esmerado mucho, quedaba fantástico. Quien fuera que fuese el chico, tenía la edad y el tono de piel adecuados, y la varita mágica para retocar facciones había sido utilizada con mucha destreza. Pero yo me di cuenta, sí, me di cuenta.
No era Giles.
Creo que me eché a reír. Una carcajada de alegría. Rezo para que nadie se diera cuenta, para que nadie lo supiera. Sollocé, me retiré, fingí ser el criado acongojado, el anciano destrozado. Pero a pesar de todo, adiviné el secreto que la Reina, y tal vez el Guardián, habría preferido que nadie conociera.
Que Giles está vivo.
Y ¿dónde puede hallarse salvo en Incarceron?
Alys gruñó, bostezó y abrió los ojos.
—¿Ya estamos cerca de la posada? —preguntó adormilada.
Claudia miraba fijamente el librito, con los ojos como platos. Dirigió la vista hacia su doncella y la contempló como si nunca la hubiera visto antes. Entonces volvió a bajar la cabeza y leyó la última frase otra vez.
Y otra vez.