XVII
Cuando me hube cansado de Sevilla, regresé a Cádiz. Tan pronto como Cádiz empezó a resultarme cansado, regresé a Sevilla. Y cuando el escándalo por la aparición de un nuevo torero resultaba demasiado para mí, regresaba a Cádiz. El invierno transcurrió mientras yo repetía mis viajes. Fue aquel un invierno leve como el más leve de los de Nueva Orleáns, y a propósito de Nueva Orleáns, la hubiera cambiado por una peseta sin el menor remordimiento de conciencia. Hay en el mundo un sinnúmero de lugares tan soleados como ése. ¿Por qué entonces elegir entre todos únicamente a Nueva Orleáns?
Llevaba los bolsillos tan vacíos como cuando llegara a la frontera y todavía nadie me había exigido la presentación de documentos, o había tratado de investigar cómo y de qué vivía. Los policías tenían otras cosas en que pensar. ¿Por qué habían de preocuparse por un extranjero pobre? Cuando no podía pagar por una cama, me tendía en el sitio en que mis huesos hallaban acomodo, y la mañana me sorprendía durmiendo pacíficamente. El guardián del rumbo pasaba frente a mí cientos de veces, no solo respetando, sino velando mi sueño. En esta tierra, la pobreza y la falta de hogar no son, como en mi país, consideradas en calidad de crimen y castigadas con cárcel. Allá cualquier ladrón hábil es un ciudadano respetable, cuyas propiedades se hallan bien protegidas por la policía.
En una ocasión dormía yo sobre un banco y un policía me despertó, disculpándose de haberlo hecho, para advertirme que un aguacero se avecinaba y que era preferible que yo me dirigiera hacia un corral que me señalaba a lo lejos, en donde podría resguardarme y dormir sobre la paja.
Tenía hambre, entré en una panadería y dije al dependiente que no tenía dinero; pero que sí tenía gran necesidad de comer algo. A nadie se le ocurrió decirme la acostumbrada tontería: «¿Por qué no trabaja? Es usted un hombre fuerte y saludable.» Sin duda consideraban lo inadecuado de la pregunta, pues no tenían empleo que ofrecerme. Sabían que el trabajo andaba muy escaso; pero estaban conscientes de que un hombre debe comer para vivir.
De aquel puerto partían muchos barcos. Algunos días hasta media docena al mismo tiempo. Había entre ellos algunos que necesitaban uno o dos marineros, pero ello no me preocupaba porque había otros muchos hombres que necesitaban el trabajo y no sería yo quien se lo robara. Además, la primavera había llegado y la vida era hermosa. El sol era dorado y ardiente. Y aquel país era encantador. Las gentes se mostraban amistosas, siempre sonriendo y cantando. En la calle, en los jardines, en la playa había música. Aquellas gentes que cantaban y tocaban y hacían el amor, vestían harapos; pero sonreían, eran cordiales y encantadoras. Todos hacían lo que les placía, vestían como querían, nadie molestaba a los demás y mandaban al diablo las conveniencias…
Una vez, hallándome en Barcelona, pasé frente a un edificio pesado y siniestro, del cual partían gritos horribles.
– ¿Qué ocurre ahí? -pregunté a un hombre que pasaba.
– Es la prisión militar -dijo.
– ¿Pero por qué gritan en esa forma lastimosa las gentes que se hallan dentro?
– ¿Gentes? No son gentes, son comunistas.
No veo la razón de que griten por el hecho de ser comunistas.
– Es que los sargentos los golpean y los torturan. ¿Ve usted?
– ¿Por qué los golpean?
– ¿No le dije ya que son comunistas?
– Esa no es razón para que los golpeen, en Rusia hay muchos.
– Aquí no los queremos. Por eso los golpean hasta que mueren. Los golpean con látigos hasta matarlos. Luego, por la noche, los sacan y los entierran en secreto.
– Entonces deben ser criminales.
– No, ellos nada han robado. Alguno mató a un ministro; pero ese fue muerto hace ya mucho tiempo. Estos son golpeados y torturados nada más porque son comunistas.
– Pues amigo, le repito que no comprendo por qué son muertos en esa forma espantosa.
– Ya le dije que son comunistas. Ellos desean cambiar el orden del mundo. Desean esclavizar a todo el mundo para que nadie haga lo que le plazca. Quieren que el Estado lo haga todo, lo arregle todo, de tal manera que acabemos siendo esclavos del Estado. Nosotros no queremos eso, nosotros queremos trabajar cuándo y dónde nos dé la gana, y si preferimos no trabajar y pasar hambre, entonces no trabajamos y pasamos hambre. Nuestro deseo es ser libres, siempre libres. Si nos morirnos de hambre ese es solo asunto nuestro. Los comunistas quieren intervenir en todo, meterse en nuestra vida privada, en nuestro trabajo, en nuestro matrimonio. Dicen que el gobierno ordenará todas las cosas y nos evitará preocupaciones. Por esa razón esos comunistas son golpeados hasta morir, y bien que lo merecen.
Una nube negra y espesa parecía cubrir el cielo de la soleada España; pero pronto la nube desapareció. ¿Por qué había de condenar a España por lo que acababa de oír? No deseaba formular juicio alguno. Cada edad y cada país tortura a sus cristianos. Aquella que fue torturada ayer, es la iglesia más poderosa ahora, y será la religión decadente de mañana. Lo lamentable, lo verdaderamente deplorable, es que los torturados ayer, torturan ahora. Los comunistas rusos no son menos déspotas que los fascistas italianos o que los magnates de la industria textil en América. Los irlandeses que llegaron solamente hace cinco años a los Estados Unidos y que se nacionalizaron ayer, son los más ardientes defensores de las mentes estrechas que veneran el país de Dios, y que tratan de amurallar a los Estados Unidos para dificultar la vida de todo aquel que no exigió hace cien años a sus padres el requisito de ser nativo ciento por ciento. ¿Quién tiene la culpa de que un judío nazca judío? ¿Le brindó alguien la oportunidad de solicitar su nacimiento en China? ¿Pidieron los negros a los ingleses o a los puritanos que les ayudaran a nacer en el único país en el que vale la pena vivir? Toda vez que el gran George no fue indio, debe haber descendido de alguno de esos tan maldecidos inmigrantes que el diablo se lleve.
Así pues, ¿por qué sentirme extranjero en España,
donde brilla el mismo sol que alumbra en Wisconsin y donde la luna es la misma que mi amor debe ver en Nueva Orleáns, cuando piense en mí, si es que me recuerda? El Tuscaloosa debe hallarse de regreso. Pero ya pensaré en ello más tarde. Primero gocemos de España, que está más cerca de nosotros.
No existe razón alguna para que corra yo en pos de un empleo, necesitaré pararme frente a algún patrón como si fuera un pordiosero con la cachucha entre las manos, en la misma actitud que asumiría si le pidiera licencia para lustrarle los zapatos con una escupitina. En realidad, generalmente es menos humillante pedir un bocado que solicitar trabajo. Un capitán no podrá navegar sin la ayuda de los marineros, ni un ingeniero, por hábil que sea, podrá construir una locomotora sin la ayuda de los trabajadores. Sin embargo, los trabajadores tienen que descubrirse para rogar que les den trabajo, en la misma actitud que un perro que sabe va a ser golpeado.
Pensando en todas esas humillaciones me era más fácil pedir las sobras en los hoteles y restaurantes. Los cocineros no me trataban en la forma degradante en que los patronos suelen hacerlo.
Y después de todo, ¿para qué afanarse buscando trabajo cuando el sol es claro y dorado y el cielo azul, maravillosamente azul y matizado con resplandores de oro pálido? ¿Para qué merodear por las puertas de las fábricas, cuando la gente se muestra tan cortés y cordial hasta conmigo? Mientras no robe o mate, seré considerado como un ciudadano respetable como el que más, y estoy seguro de que ningún policía se acercará a mí para registrarme y ver si encuentra alguna fórmula perdida para la fabricación de vasos de vidrio irrompibles.
Un día llegó hasta mí olor a pescado fresco, pero cuando me aproximé a pedir las sobras, las gentes me pidieron una disculpa por no haber dejado algo.
Después llegué a la conclusión de que lo mejor para comer pescado frito era pescarlo y freírlo. Estaba acostumbrado a pedir comida; pero no me parecía correcto pedir una caña y anzuelos para pescar.
Esperé en el muelle hasta que llegó un barco de pasajeros y me aposté en la aduana. Alguien me entregó una maleta y me dijo que lo siguiera hasta su hotel. Cuando llegamos me dio tres pesetas y las gracias. Fui a una ferretería y compré una caña y dos anzuelos. Todo ello me costó cerca de una peseta. Solo por trabar conocimiento, dije al ferretero que era marino extraviado, en espera de un buque que me tomara a bordo. Él envolvió las mercancías y cuando le entregué la peseta me dijo: «Ya está pagado, marinero; gracias por la compra, buena suerte en la pesca y adiós.»
¿Cómo iba yo a dejar un país como aquél? ¿Cómo iba a dejar a aquella gente? ¿Y cómo iba yo a estropear todo aquello buscando trabajo y afanándome? No, no, por nada en el mundo.
El pueblo español sabe más acerca del valor de la vida y del destino de la raza humana, que cualquier profesor de filosofía de la universidad de Ohio.