
V
Conan avanzó a tientas por el oscuro y silencioso túnel, temiendo caer de un momento a otro en alguna fosa invisible, hasta que finalmente sus pies volvieron a tropezar con unas escaleras. Subió los peldaños hasta llegar a una puerta, en la cual, palpando en la penumbra, encontró un pestillo. Entró en una habitación oscura de enormes proporciones. Una larga fila de fantásticas columnas bordeaba las paredes sosteniendo un techo de aspecto translúcido y oscuro al mismo tiempo, que parecía un cielo de medianoche y a la vez daba la impresión de una altura tremenda. Las luces que lograban filtrarse desde el exterior sufrían curiosas alteraciones.
Conan avanzó por la habitación con suelo de color verde, en la que había una luz crepuscular. La habitación era circular y en uno de sus lados había una gigantesca puerta de bronce. Frente a esta, sobre una tarima adosada a la pared y a la cual se subía por un tramo de escalones, había un trono de cobre, y cuando Conan vio lo que había en el, retrocedió rápidamente, levantando su cimitarra.
Luego, al ver que aquella cosa no se movía, fue acercándose poco a poco y luego subió por los escalones de cristal para observar aquello de cerca. Se trataba de una gigantesca serpiente, tallada en un material parecido al jade. Las escamas de animal parecían de verdad y los iridiscentes colores del reptil estaban reproducidos con absoluta fidelidad. La enorme cabeza en forma de cuña estaba medio sumergida entre los pliegues de su largo cuerpo, por lo que no se le veían los ojos ni las mandíbulas. Conan se dio cuenta inmediatamente de lo que era. Aquella serpiente representaba uno de esos siniestros monstruos de las marismas que habían asolado en el pasado las costas meridionales del mar de Vilayet. Pero, al igual que el leopardo dorado, eran animales extinguidos hacía cientos de años. Conan había visto toscas imágenes en miniatura de tales serpientes en los templos de los yuetshi y había oído que se hacía una descripción de ellas en el Libro de Skelos, basada en fuentes prehistóricas.
El cimmerio admiró el cuerpo lleno de escamas, grueso como uno de sus muslos y muy largo. A continuación se inclinó y extendió una mano para tocar a la cosa. Su corazón casi dejó de latir. Un helado escalofrío le congeló la sangre en las venas y le erizó el cabello. Bajo su mano no había una suave superficie de cristal, metal o piedra, sino una cosa viva. Conan sintió frío repentinamente, al comprobar que la cosa latía bajo sus dedos.
Retiró la mano asqueado. Asió la empuñadura de la cimitarra con mano temblorosa, sofocado por el horror, la repulsión y el miedo. Luego retrocedió y bajó los escalones de cristal con sumo cuidado, mirando con una mezcla de fascinación y horror a la cosa monstruosa que ocupaba el trono de cobre. Pero el repugnante animal no se movió.
Llegó hasta la puerta de bronce y trató de abrirla, con el corazón en la mano, sudando de espanto y horror ante la perspectiva de verse encerrado allí con aquel monstruo, pero la puerta cedió con facilidad. El cimmerio salió y cerró la puerta.
Se encontró en un amplio salón de paredes altas cubiertas de tapices, envuelta en la misma penumbra que la otra habitación. No veía casi nada. Conan se sintió desasosegado e inquieto imaginando serpientes en todos los rincones. La puerta que se hallaba en el otro extremo de la habitación parecía estar a miles de millas de distancia. Cerca de él colgaba un grueso tapiz que parecía ocultar una abertura. Lo levantó con cuidado y vio una estrecha escalera que conducía al piso de arriba.
Mientras pensaba qué hacer, oyó que de la habitación que acababa de abandonar provenía el mismo ruido de pasos que había oído en el exterior del panel. ¿Lo habrían seguido a través del túnel? Subió apresuradamente la escalera, dejando caer tras de sí un grueso tapiz.
Conan salió a un largo y sinuoso corredor y entró por la primera puerta que encontró. Con aquella aparentemente inútil exploración, el cimmerio perseguía dos fines: huir del edificio y de sus misterios y hallar a la muchacha nemedia que, según creía, se encontraba prisionera en algún lugar de ese palacio, templo o lo que fuese. Suponía que se trataba del enorme edificio con cúpula que se alzaba en el centro de la ciudad, y era probable que allí habitara el gobernador de esta, ante cuya presencia habrían llevado a la prisionera.
Se encontró en otra habitación y ya estaba a punto de volver sobre sus pasos cuando oyó una voz detrás de una de las paredes. En aquel muro no había ninguna puerta, pero al apoyarse pudo oír con absoluta claridad. Conan volvió a sentir un escalofrío. Alguien estaba hablando en lengua nemedia, pero la voz no era humana. En ella había una espantosa resonancia, como una campana repicando a medianoche.
—No había vida en el Abismo excepto la que había en mí —decía la extraña voz—. No había luz, ni movimiento, ni se oía ningún sonido. Solamente el ímpetu que había más acá y más allá de la vida impulsó mi viaje de ascensión, ciego, insensato, inexorable. Subí a través de siglos y siglos y de los inmutables estratos de la oscuridad…
Embrujado por aquella voz extraordinaria, Conan permaneció inmóvil, olvidándose de todo hasta que su hipnótico poder produjo un extraño cambio y la percepción y el sonido crearon la ilusión de la vista. Conan ya no oía la voz, sino unas lejanas y rítmicas ondas de sonido. Transportado más allá de su tiempo y de su propia individualidad, estaba viendo la transmutación del ser llamado Khosatral Khel, que surgía de la Noche y del Abismo de los tiempos pretéritos para revestirse de la sustancia del mundo material.
Pero la carne humana era demasiado frágil, excesivamente débil como para soportar la terrible esencia que era Khosatral Khel. Por ello tenía la forma y el aspecto de un hombre, pero su carne no era carne, ni el hueso era hueso, ni la sangre, sangre. Se convirtió en una blasfemia contra la naturaleza, porque era la causa de que una sustancia básica que jamás había conocido el latido y la emoción de la vida viviera, pensara y actuara.
Había errado por el mundo como un dios, porque no existía arma terrenal capaz de hacerle daño y porque, para él, un siglo era como una hora. En su vagar llegó hasta un pueblo primitivo que habitaba en la isla de Dagonia y se alegró de poder dar a esta raza una cultura y una civilización y, con su ayuda, aquellas gentes construyeron la ciudad de Dagón, donde habitaron y lo adoraron. Sus servidores eran seres extraños y horribles, procedentes de los más oscuros rincones del planeta. Su casa de Dagón estaba conectada con las demás casas por medio de túneles, a través de los cuales sus sacerdotes de cabezas afeitadas transportaban víctimas para el sacrificio.
Pero después de mucho tiempo, un pueblo feroz y brutal apareció en las costas. Se trataba de los yuetshi, que, después de una terrible batalla, fueron derrotados y esclavizados, y durante casi una generación todos sus miembros murieron en los altares de Khosatral.
Su magia los mantenía unidos. Entonces su sacerdote, un hombre extraño y enjuto, de una raza desconocida, se fue al desierto, y cuando regresó traía consigo un cuchillo que no estaba hecho de una sustancia terrenal. Estaba forjado con un meteoro que había atravesado el cielo como una flecha de fuego y cayó en un remoto valle. Los esclavos se rebelaron. Sus cimitarras degollaron a los hombres de Dagón como si fueran corderos y la magia de Khosatral no pudo hacer nada contra aquel cuchillo sobrenatural. Mientras en las calles tenía lugar la terrible masacre que las inundaba de sangre, el acto más terrible del drama se desarrollaba en la misteriosa cúpula, detrás de la habitación del trono de cobre y paredes moteadas como la piel de una serpiente.
El sacerdote yuetshi salió solo de aquella cúpula. No había matado a su enemigo porque deseaba mantener la amenaza de la derrota sobre las cabezas de sus súbditos rebeldes. Había dejado a Khosatral tendido sobre la tarima dorada con el cuchillo místico sobre el pecho, para que su hechizo lo mantuviera sin sentido, inmóvil e inanimado hasta el día del juicio final.
Pero pasó algún tiempo, pasaron los años y los siglos, y el sacerdote murió; se derrumbaron las torres de la desierta Dagón, las leyendas desaparecieron y los vuetshi se fueron extinguiendo a causa de las plagas, las hambrunas y las guerras, hasta quedar reducidos a grupos dispersos que vivían precariamente a lo largo de la costa.
Solo la misteriosa cúpula resistió el paso del tiempo, hasta que un formidable trueno providencial y la curiosidad de un pescador levantaron el cuchillo mágico y se rompió el hechizo. Khosatral Khel se levantó y vivió y fue poderoso una vez más. Se sintió feliz de poder reconstruir la ciudad tal como había sido antes de su caída. Por medio de la magia nigromántica levantó las torres del polvo milenario y las gentes, que también habían sido reducidas al polvo, volvieron a la vida.
Pero quienes han conocido la muerte están vivos solo en parte. En los más oscuros rincones de sus mentes y de sus espíritus sigue agazapada la muerte. Por la noche, la gente de Dagón actuaba y amaba, odiaba y se divertía, recordando la caída de Dagón y su propia muerte como un vago sueño. Las personas se movían en medio de una bruma encantada, teniendo consciencia de su extraña existencia, pero sin preguntar las razones de ello. Con la llegada del día se sumían una vez más en un profundo sueño para volver a despertar con la llegada de la noche, pariente cercana de la muerte.
Todo ello desfiló como una terrible visión por la mente de Conan, escondido junto a la pared cubierta de tapices. Su razón se tambaleaba. Toda su seguridad y su cordura se desvanecieron, dejando atrás un universo sombrío. A través de la voz de sonido metálico y encantador, que era como un triunfo sobre las leyes de un planeta cuerdo, un sonido absolutamente humano sujetó la mente de Conan en aquel vuelo a través de esferas y universos de locura. Eran los histéricos sollozos de una mujer.
El cimmerio se puso instintivamente en pie de un salto.