32: En el mundo de la luz

Silencio. El silencio de los ratones en las tumbas. El silencio del no ser. La nada cantándose.

Pasa el tiempo. Ceniza.

La mano de la muerte. Más cálida de lo que me esperaba. Acogedora.

Lluvia en el rostro. Luz de estrellas. El dolor que me devuelve a la conciencia.

Un sonámbulo que se pone de pie.

Yo.

Relativamente indemne.

Dos brazos. Dos piernas.

Un pitido en los oídos.

Tipo con suerte.

Sean Duffy el Afortunado, así deberían llamarme.

¿La casa?

No hay casa.

La casa está arrasada.

—¡Emma! ¡Emma!

La veo.

Debe de haber sido una piedra grande de la pared.

Debe de haber sido fulminante.

Beso su cara destrozada. Su sangre en mis labios.

Me alejo de los escombros.

Los Land Rover se acercan por el valle.

Las sirenas están ya muy cerca.

Una melodía.

Se oye una especie de glissando en dos pianos: en el primero, un chopiniano obstinato descendente, mientras que en el segundo suena un seis en uno más conservador.

Y allí está Harry, despatarrado en el corral. Le falta un brazo. Amputado por uno de los paneles laterales del Bentley.

Me inclino sobre él.

—¿En qué estaba pensando, McAlpine? —le pregunto.

—No estaba pensando —dice soltando una risita—. Me olvidé del depósito de combustible de la calefacción central.

—Emma ha muerto —dije.

—¿Por qué no la mandó marcharse, Duffy, so imbécil?

—No quiso irse.

—Tendría que haberla obligado.

—Cuéntemelo todo, Harry. Mató usted a su hermano y llamó dando una contraseña antigua del IRA.

—Lo sabe, ¿eh?

—Disparó tres veces contra la puerta del garaje de Dougherty después de matarlo. Quería cargarle el mochuelo a ella, ¿verdad?, por si no nos tragábamos su historia del IRA.

—¡Dios, cómo son los polis! —Se ríe—. A la hora de suponer, siempre se pasan de rosca. Fallé el tiro. Fallé el tiro y nada más, joder. Era la primera vez que disparaba con una pistola.

—Oh.

—¿Tiene un cigarrillo, Duffy?

Me arrodillo junto a él.

—Y todo esto, ¿todo esto para qué, Harry? —le pregunto.

Me hace un guiño, sonríe.

—Millones, mi querido amigo. Millones y millones —dice.

Sé que podría salvarlo. Hacerle un torniquete. Con la junta de goma de la puerta del Bentley. Así tendría una oportunidad de pelear.

Me pongo de pie y echo a andar hacia las luces intermitentes.