18: No exactamente Scout Finch

Una docena de ellos llevaban pasamontañas, verdugos o bufandas; venían armados con palos de criquet, porras y bates de béisbol; estos últimos siempre resultaban un logro impresionante en un país en que nadie practicaba ese deporte.

Habían aporreado la puerta en vez de destrozarme los cristales, lo que me permitió deducir que no habían venido a matarme a mí.

—Es tu última oportunidad. Si quieres impedir la violencia, tendrás que venir con nosotros, Duffy, joder —dijo Bobby Cameron con sus erres inconfundibles.

—¿Por qué no te quitas esa cosa de la cara y hablamos como personas civilizadas? —le dije señalando el pañuelo que le tapaba la boca.

—Ven con nosotros, Duffy, o lo tendrás sobre tu conciencia —replicó Bobby.

Aquello me gustó: fuera lo que fuese que estuvieran a punto de hacer, era yo quien iba a tener la culpa.

—Muy bien. Espera un minuto —dije.

Le cerré la puerta en las narices, subí las escaleras, saqué el 38 de debajo de la almohada, me lo metí en la cintura de los vaqueros y lo tapé con la camiseta de los Ramones. Agarré una cazadora de cuero y salí al porche.

—Me encanta el atuendo, pero me parece que llegan un poco tarde a la temporada de esquí, caballeros —dije.

Ninguno se rio.

—Tenemos que trazar una raya en la puta arena —dijo alguien. Me sonó que era el señor Cullen, que había sido capataz de los astilleros Harland & Wolff y que ahora, como prácticamente todos los demás, estaba en el paro.

—¿No es ya bastante malo que los jodidos fenianos cada vez sean más, y ahora esto? ¡Un desastre de cojones! —dijo otro.

—Es una cuestión de puestos de trabajo —dijo Bobby.

—¿Pero qué os pasa, chicos? —pregunté.

—Queremos que vengas, Duffy, porque tú se lo puedes explicar bien, digamos. Esto no tiene por qué acabar en llanto —dijo Bobby.

—¿Qué es lo que no tiene que terminar en llanto? —le pregunté.

—Por aquí —dijo Bobby.

Cameron abrió la marcha y lo seguimos por Coronation Road. La calle estaba desierta. Despejada. Ni borrachos, ni transeúntes ni testigos. ¿Qué puñetas estaban haciendo?

En ese momento yo ya estaba sobrio. Y un poco asustado.

Dos de los hombres llevaban botellas de vodka con trapos asomando por el gollete.

—Aquí estamos —dijo Bobby.

Nos detuvimos en la última casa de Coronation Road, justo antes de Victoria Road. Se volvió hacia mí.

—Ahora entra ahí y diles que somos gente razonable. Que no queremos tonterías. A nadie tiene que pasarle nada. Les daremos media hora para que recojan sus cosas y se larguen. Pero si no se van, no me hago responsable de lo que les pueda pasar —dijo Bobby.

Yo seguía sin ninguna pista. No tenía ni idea de quién vivía en aquella casa. En realidad pensaba que estaba vacía. ¿Se trataría de un pederasta? ¿O qué?

Era la típica casa pareada municipal de ladrillos rojos, idéntica a la mía, excepto que yo me la había comprado cuando el Plan Oficial de Vivienda, el plan de casas en propiedad de la señora Thatcher, y la había arreglado un poco.

Abrí la verja y eché a andar por el sendero de entrada.

Los inquilinos anteriores habían tapado el jardín con cemento, pero el nuevo o nuevos ocupantes habían colocado una docena de rosales en tiestos pequeños sobre el hormigón desnudo.

Llamé a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó una voz desde dentro.

—Soy uno de sus vecinos —dije—. Sean Duffy, de más abajo de la calle.

—Espere un minuto.

Unos segundos después se abrió la puerta. Era la mujer africana. Llevaba vaqueros y una sudadera con capucha y sujetaba un bolso. Me miró y miró la turba que esperaba en la calle.

—¿Qué sucede? —preguntó temblorosa, aterrada.

—Esos hombres han venido para intimidarla y echarla de su casa —le dije.

—¿Qué he hecho? —preguntó. Tenía acento de África oriental, con estudios.

—No lo sé —dije—. Mejor se lo pregunto.

Me volví hacia los hombres que se arremolinaban en Coronation Road.

—Quiere saber qué ha hecho —dije.

—¡Tiene que marcharse y ya está! Carrick no es sitio para ella. ¡No hay trabajo para los de fuera! —gritó alguien.

—¡No queremos negratas en nuestra ciudad! —chilló otro. Billy Took, por el sonido de aquella voz aguda.

—¿Dónde te piensas que estás, Billy, en Alabama? —le dije.

—¡Este es nuestro país! —dijo algún otro.

—¡Nos están inundando, joder!

—¡Es una cabeza de puente!

—¡Nos roban los trabajos!

Empezó a llover. Eché la cabeza para atrás y dejé que me salpicara la cara un par de segundos. Me volví para mirar a la mujer.

—¿Cómo se llama, cariño? —le pregunté.

—Ambreena —dijo.

—¿Y a qué se dedica?

—Estudio en la universidad.

—¿Qué universidad?

—La Universidad del Ulster. Estudio administración de empresas.

—Muy bien. ¿Quién más hay en la casa? ¿Tiene algún hijo? ¿Marido?

—Un chico. Mi marido está en Uganda.

—¿Tiene parientes por aquí?

—Están todos en Uganda —miró al grupo—. ¿Qué tengo que hacer? ¿Tengo que irme?

—No. Vuelva a entrar. Cierre la puerta. Me libraré de estos rufianes, y si vuelve a tener algún problema, venga a verme. Soy policía. Vivo en el número 113.

Asintió.

Tenía los ojos rasgados y oscuros y muy bonitos. Ojos ya viejos que habían visto muchas cosas, aunque ella fuera muy joven. Quizás veintiuno.

Metió la mano en el bolso, buscó el monedero, sacó tres billetes de veinte libras y me los ofreció.

—Eso no es necesario. Ahora entre, cierre la puerta y si vuelve a tener problemas venga a verme. O llámeme. 62670. ¿De acuerdo?

—Sí.

—¿Tiene teléfono?

—Sí.

—Entre, entonces. Métase dentro.

Cerró la puerta.

Noté aquel olor en la calle mojada. Ese perfume tan familiar de gasolina y tabaco y bebida y miedo.

Se agitaron visillos, se encendieron luces, pero pasara lo que pasase nadie, absolutamente nadie, vería ni oiría nada, incluso aunque por accidente alguien matara a un poli. Que quede claro. Sobre todo si por accidente alguien matara a un poli.

Silencio, salvo un helicóptero del ejército, en algún punto lejano por encima del estuario a oscuras.

Miré a Bobby Cameron. Nuestros ojos se encontraron por encima del pañuelo.

—Hazte a un lado, madero —dijo alguien.

Las gotas de lluvia rebotaban en los charcos aceitosos.

Frágiles líneas de fósforo asomaron entre nubes cuando la luna apareció sobre los adosados de Victoria Road.

—Tienen que marcharse, Duffy —dijo Bobby sonriendo debajo de la máscara—. Ya lo hemos debatido.

—No es más que una mujer con su hijo.

—Una o mil. Eso no importa. Eso es el principio.

—¡Nos están quitando los trabajos! —gritó alguien.

Era Davey Dummigan, de la parte alta de la calle, con su inconfundible acento de Ards.

—Esta mujer no os quita el trabajo, Davey. La ICI[14] trasladó la fábrica al sureste de Asia porque allí no hay sindicatos y la mano de obra es barata. Y eso no tiene nada que ver con ella.

—No nos has escuchado, Duffy. Te hemos traído por cortesía. Estos se marchan esta noche de un modo o de otro —dijo alguien.

Me quedé mirando a aquellos hombres.

También ellos me miraron.

En la distancia podía oír sirenas y más sirenas.

Aquello era absurdo. Me llevé la mano a la cintura de los pantalones y saqué el 38.

¿Esto es lo que quieres, Bobby? ¿De verdad que quieres que nos vayamos todos juntos a los grandes abismos estelares? ¿Por ella? ¿Por empezar algo que puede tener terribles consecuencias?

—Vosotros no sois la ley, yo soy la puta ley, yo —rugí.

No les apunté con la pistola, pero dejé que todos vieran que la tenía en la mano.

Media docena de ellos se echaron atrás, con miedo de aquel poli justiciero de pelo disparado que ya se había cargado a cinco en aquella misma calle.

Bobby no se inmutó en absoluto.

—Yo puedo venir con una pistola más grande que esa —dijo, y algunos de los otros se rieron. De eso no tenía dudas, probablemente tuviera kaláshnikovs guardados en la caseta del jardín.

—Yo soy la ley, chicos valientes, y vosotros tendréis que pasar por encima de mi cadáver. Pero ¿por qué hacerlo? Esa mujer es el único adulto que hay en la casa. Es estudiante. Estudia administración de empresas. Estudia empresariales. Ha venido aquí para crear puestos de trabajo, no para robároslos.

Un murmullo se extendió entre los hombres.

—¿Qué has dicho que estudia? —preguntó Bobby.

—Administración de empresas en la Universidad del Ulster —dije.

—¿Y es feniana? —gritó uno.

—Ahí no hay fenianos, ahí todos son unos protestantes de cojones. Ahí meten a todos los putos curas en la olla —dijo otro, y hubo más risas.

—Bueno —Bobby, que no era tonto, aprovechó el momento—, mientras no intente cocinar a alguno de esta calle…, porque ya huele lo bastante mal cuando Rhonda Moore hace lasaña —dijo.

Más risas.

—Sé un chiste de misioneros, si queréis oírlo… —dijo Eddie Shaw.

—Adelante, Eddie —le dije, y me guardé el arma en la cintura.

—Un misionero de los presbiterianos libres, un tipo muy religioso, se va a África, contrae una enfermedad y se lo llevan volando a un hospital repleto de monjas. Le ponen una mascarilla en la boca y lo trasladan al pabellón de aislamiento. «Enfermera —farfulla por detrás de la mascarilla—, ¿tengo los testículos bien?». Toda azorada, la joven enfermera responde: «No lo sé, yo solo estoy aquí para lavarle la cara y las manos». La madre superiora pasa por allí y ve que el hombre se está angustiando, así que se acerca para averiguar cuál es el problema. «Enfermera, por favor —farfulla el hombre—, ¿tengo bien los testículos?». La madre superiora tira de las sábanas, le baja el pantalón del pijama, le aparta la picha, lo mira bien mirado, se lo enseña a otras dos enfermeras, le sube el pijama, vuelve a colocar las sábanas y anuncia: «¡Sus testículos están perfectamente, señor!». Entonces el misionero se quita la mascarilla y dice: «¡Lo que digo es si están bien los tests que me han hecho!».

Grandes carcajadas. Hasta Bobby Cameron se ríe. Y así, sin más, se acabó todo. La mayoría de los hombres se quitaron los pasamontañas y se volvieron a casa. Bobby me sonrió, y tuve la impresión de que aquello era lo que deseaba que pasara siempre. Impresionado, volví a casa, cogí una lata de cerveza Bass de la nevera y me dejé caer en el sofá delante de la tele. Bass tras Bass mientras Alex Higgins el Huracán destrozaba la mesa de billar. Una partida de linchamiento. ¿Qué vendría después?

Sonó el teléfono. Miré el reloj de la sala. 12:29. Tenía una norma muy estricta. No coger nunca el teléfono después de medianoche. Nunca eran buenas noticias. Jamás. Sonó trece veces y luego se paró y luego volvió a sonar.

—¡Mierda!

Me lancé hacia el vestíbulo.

—¿Qué pasa ahora, por el amor de Dios?

—Duffy, venga a verme al Carrick Marina, diez minutos —dijo el inspector jefe Brennan.

—¡Vamos, señor, son más de las doce! —dije.

—Déjese de lloriqueos y mueva el culo ahora mismo, ¡pronto![15]

Salí, fui al BMW, miré que no hubiera bombas debajo y bajé por Coronation Road hacia el puerto. Aparqué en el estacionamiento del puerto. Todo estaba oscuro excepto las luces de un barco carbonero polaco que soltaba gasóleo en el agua. Recorrí el muelle sur hasta llegar a la Marina, que consistía en dos docenas de yates y unos cuantos botes de pesca amarrados a un pontón de madera.

—¡Aquí, Duffy! —dijo el inspector Brennan.

Recorrí el pontón hasta llegar a un velero de treinta y dos pies de madera todo destartalado, probablemente de antes de la guerra. Dios, ¿ahora vivía allí?

—¡Venga aquí! —dijo Brennan.

Subí a bordo.

—¿Tengo que saludar al oficial de guardia o algo? —dije.

—¿Quiere una copa?

—Sí. —Me alargó un vaso de whisky.

—Venga abajo.

Nos sentamos ante la mesa de mapas. Olía mal. Ropa por todas partes. Un saco de dormir en una de las literas.

—La oferta sigue en pie, señor. Si anda buscando algún sitio donde quedarse una temporada, yo tengo dos habitaciones libres y…

Se le puso la cara roja. Apretó el puño.

—¿De qué cojones me está hablando?

—Si la señora Brennan y usted tienen alguna clase de…

—¡Le agradecería que no mencionara el nombre de mi esposa, si no le importa, inspector Duffy!

Asentí.

—Y para su información, estoy perfectamente. Todo es normal. Algunas veces prefiero dormir aquí. Salgo a pescar temprano. No sé a qué habladurías habrá estado prestando oídos en la comisaría, pero todas son puñeteras mentiras.

—Sí, señor.

—Un hombre tiene derecho a salir a pescar, ¿no?

—Sí, señor.

—O sea, quiero decir, que me da usted su puto permiso, ¿no?

—Sí, señor.

Vació el vaso de whisky de un trago. Se sirvió otro.

—A ver, Duffy, esta mañana fue usted a visitar a un hombre que se llama Harry McAlpine, ¿correcto?

—Me encontré con él, sí.

—¿Sir Harry McAlpine?

—Sí.

—Y fue a su casa sin orden judicial y llevó a cabo un registro, ¿correcto?

—No. Fui a verle a él. Y me invitó a entrar una de sus sirvientas. Lo esperé. Pero no apareció y me marché.

—Eso no es lo que me contaron —dijo Brennan.

—¿Ha habido algún tipo de queja?

—Sí. La ha habido. A Ian Paisley, diputado, eurodiputado. El jodido Ian Paisley.

—Mire, señor, yo lo único que hice…

—Ahórreme los detalles, Duffy. Nunca había oído hablar de ese coñazo de McAlpine, pero es evidente que está bien relacionado. Manténgase apartado de él, ¿de acuerdo?

—Sí, señor.

Cerró los ojos y pareció caer en un microsueño unos instantes.

—¿Señor?

—Si un hombre le sirve a usted un puñetero whisky, ¡se lo bebe, cojones! —dijo enfadado.

Me bebí el maldito matarratas.

—Muy bien, Duffy, puede marcharse.

—Sí, señor.

Suspiró y se frotó la cara.

—Es una cosa detrás de otra, ¿eh, Duffy? —dijo.

—Exactamente, señor. Así es.