10: Buenos progresos
Ahora el caso volaba. Habíamos avanzado un montón y al mirarme al espejo para afeitarme con la eléctrica vi a un hombre que en lo profesional al menos estaba contento, aunque no exactamente feliz en los demás aspectos de la vida. La verdad era que la reunión de esa mañana con el jefe no me preocupaba nada. Me lo quitaría de encima durante unos días y estaba decidido a demostrarle que su fe en lo de dejarme suelto tenía justificación.
Terminé de afeitarme, encendí el hervidor y salí. Los estorninos habían atacado la leche: unos mierdecillas muy listos, habían descubierto que las botellas de cierre dorado contenían nata pura y las de tapón plateado leche corriente. Su inteligencia era una mercancía rara por aquellos barrios. Cogí una de tapa dorada, hice café y tostadas, y cuando estaba a punto de ir a buscar el coche, sonó el teléfono. Era Carol, que me dijo que el inspector jefe quería verme en el club de la policía de Kilroot y no en la comisaría.
—Por mí muy bien —mentí.
Comprobé los bajos del BMW por si había bombas, no vi nada y enfilé Coronation Road abajo.
Me pararon en un control del ejército a la salida de Eden Village. Dos Land Rover y media docena de soldaditos acojonados del regimiento de paracaidistas. Todos sabíamos que a los paracas los estaban sacando de Irlanda del Norte para ser la punta de lanza de la invasión de las Malvinas. Era un buen cambio. La mayoría de los católicos que conocía seguían odiando al regimiento paracaidista por la matanza del Domingo Sangriento en Derry. Yo también seguía odiándolos por aquello, por irracional y conflictivo que sonara eso.
El fin de semana posterior al Domingo Sangriento fue uno de los puntos de inflexión de mi vida, porque estuve casi a punto de unirme al PIRA[10], pero me encontré con que Dermot McCann, un antiguo compañero de escuela e intendente del IRA en la ciudad, me rechazó y me dijo que debía seguir en la universidad porque «el movimiento necesita gente que piense».
Desde luego, al enrolarme en la policía había traicionado a Dermot y al movimiento.
No sé cómo se puede medir adecuadamente el honor, pero cuando veías desfilar por las calles del Ulster al regimiento paracaidista y sabías que se trataba de tus hermanos de armas, la verdad es que no sentaba bien…
Enseñé a los soldados la identificación y un sargento grandote con un bigote todavía más grande me señaló con un gesto que cruzara el control. Un control más me dejó ante el club de la policía.
Aparqué el BMW y bajé las escaleras.
Encontré a Brennan en el bar y me propuso una partida de snooker, a cinco libras la partida, mientras le pasaba el parte.
Salió Brennan de mano y primero metió la rosa con un golpe a dos bandas de pura chiripa y luego una roja. Justo en ese momento las luces del techo parpadearon y el barman se agachó como si esperase algún tipo de problema. Era civil. Ninguno de los maderos movió ni un músculo.
La bola blanca rodó por el tapete verde y se paró perfectamente alineada con otra roja.
—¡Ajá! —dijo Brennan triunfante, metió la mano en el bolsillo y puso otras cinco en la mesa.
—¿Quiere incrementar la apuesta? —preguntó con sonrisa malévola.
—Hay modos de moverse antes de jugar como un chulo de billar, jefe. Empezar por exhibir tus proezas no suele ser buena idea.
—Pues no ha visto ni la mitad de mis proezas, tronco —y se rio de nuevo.
Su alegría sonaba hueca en aquel sitio en que la atmósfera era francamente sombría. Y no sombría a causa de los ataques recientes a puestos de policía ni porque se hubiera conocido la confirmación de que varios batallones de soldados del Ejército británico estaban siendo transferidos del Ulster a la fuerza de intervención en las islas Malvinas; no, la atmósfera de allí dentro era sombría porque siempre había sido puñeteramente sombría. El Club de la Policía no era sino un búnker sin ventanas, con gruesas paredes de hormigón a prueba de bombas, suelo de hormigón, un bar funcional, un par de mesas de billar y una diana para dardos. Hasta recibir la señal de televisión costaba con tanto blindaje a prueba de bombas, de modo que la única razón para ir allí era beber alcohol bien subvencionado con tus camaradas.
Hasta donde podía ver, yo era el único madero allí dentro que no fuera un alcohólico de edad madura con depresión crónica. Pero verás qué rápido pasan cinco años más… si seguía vivo…
Plano cortado al jefe: desaliñado, sin afeitar, y con el mismo traje desastrado desde hacía una semana. Estaba claro que chez Brennan había problemas, y aunque si él quería no dudaría en acogerlo, si se lo volvía a insinuar me sacaría las tripas. Presumiblemente, aquel lugar se había convertido para él en una especie de hogar fuera del hogar, y me pregunté si se alojaría allí también.
Metió otra roja en el agujero y apuntó a la azul.
—Entonces, ¿qué han descubierto, Duffy? —preguntó.
—¿Sobre el caso?
—No, sobre el significado de esta puñetera vida.
—Como le dije, señor, hemos hecho excelentes progresos.
—Cuénteme.
—Bueno, inspector jefe, hemos averiguado lo de la participación de Bill O’Rourke en la guerra. Operación Torch en el norte de África: un arranque fácil contra los franceses de Vichy aunque después lo pasaron mal con los panzers de Rommel. Más tarde Normandía, y allí le hirieron al tomar un búnker. Por eso le dieron la Estrella de Plata y el Corazón Púrpura. Ganó un segundo Corazón Púrpura en el bosque de Hürtgen.
—¡Bien por él!
—Ascendió de soldado de primera a sargento primero de su compañía en solo dos años. Un tipo impresionante.
—Eso parece —dijo Brennan metiendo la negra y enfilando otra roja—. Siga.
—Después de la guerra estudió ingeniería química en la Universidad de Massachusetts y después se pasó a contabilidad. En el 49 entra en el IRS, donde trabajó ya el resto de su vida, al parecer.
—¿Antecedentes penales?
—El FBI nos pasó por fax un informe muy escueto. Parece que O’Rourke no tiene antecedentes delictivos de ningún tipo y nunca fue investigado por ningún servicio del Estado. Un equipo del FBI fue a visitar su casa de Newburyport y no encontró ningún indicio delictivo.
—¿Mandó usted al FBI a registrar la casa de ese tío?
—No, le pregunté al cónsul si podría ir la policía local, pero el FBI se metió en el asunto no sé cómo. La verdad es que tanto al detective McCrabban como a mí nos entusiasmó bastante, pero al final la cosa se quedó en chasco porque los federales no encontraron nada.
—No estará intentando complicarnos las cosas, ¿verdad, Duffy? —dijo Brennan mirándome furioso.
—No, inspector jefe, y en cualquier caso, como le digo, fue un fiasco. Los del FBI no encontraron nada sospechoso entre los objetos personales del señor O’Rourke ni tampoco al comprobar su pasado. Una multa por exceso de velocidad de los años sesenta.
—Un ciudadano modelo.
—En efecto, aunque supongo que habrá tenido algún pecadillo que no esté reflejado en los archivos.
—¿Qué más? —dijo Brennan metiendo la roja y machacando la amarilla con un golpe de pura suerte.
—Los chicos y yo hemos pateado un poco la calle y hemos empezado a reconstruir los últimos movimientos de la víctima. Parece ser que hizo dos viajes a Irlanda. En el primero no hubo novedades. Llegó a Belfast en tren desde Dublín el 26 de octubre del año pasado, se quedó una semana y se volvió a marchar. Estuvo las siete noches alojado en el Hotel Europa de Belfast y luego se marchó. Su familia paterna era de Omagh y probablemente fuera al condado de Tyrone para investigar sus raíces, pero si lo hizo nadie se acuerda de él. Llamé a los bibliotecarios, organizaciones de historia local, esa clase de sitios. Les visitan muchos norteamericanos y no guardan registro. En cualquier caso, no dejó huella.
—¿Y qué me dice del segundo viaje?
—Ahí es donde la historia se pone interesante, señor. Okey, de modo que se vuelve a América. Les cuenta a sus compadres que Irlanda del Norte es un sitio maravilloso y que piensa volver. Y esto era el año pasado, señor, justo después de las huelgas de hambre…
Miré a Brennan, que dejó de apuntar a la bola blanca y asintió. Los dos sabíamos cómo estaba Irlanda del Norte el año pasado. Todavía peor que ahora, y ahora estaba mal.
—Así que es evidente que ese O’Rourke es un viejo tonto iluso o un pedazo de mentiroso —dijo Brennan.
—Los americanos suelen ponerse sentimentales cuando hablan de la Vieja Tierra, señor.
—Desde luego. Siga usted, Duffy.
—La segunda vez llega a Belfast el 18 de noviembre, y vuelve a quedarse en el Europa cinco días. Al parecer cenó casi todas las noches en los restaurantes del hotel y dejaba un quince por ciento de propina. No armó follones, parecía disfrutar de la vida de turista, no preguntó a los botones ni por putas ni por sustancias. Pagó la factura con una tarjeta de American Express. Según parece, no hubo ningún problema con la transacción.
—Eso cuadra perfectamente —dijo Brennan, y metió la azul.
—Hay bastante gente en el Europa que se acuerda de él porque era muy amable y educado. Una de las camareras de piso dijo que era, comillas, un verdadero encanto y un poquitín zalamero, cierra comillas, pero tampoco ahí hubo ni sombra de mal comportamiento.
—¿Fue entonces cuando desapareció?
—No. No exactamente. Reapareció otra vez en el hotel Londonderry Arms de Carnlough el 24 de noviembre. También fuimos hasta allí y hablamos con el personal, y volvimos a encontrarnos con el ciudadano modelo Bill que no despertaba animadversión alguna y daba buenas propinas.
—Esto es buen material, Duffy, siga.
—Bueno, ahora es cuando la cosa se complica, inspector jefe. Después de eso desapareció durante dos días y luego pagó con la tarjeta de crédito una factura muy abultada en un hotelito de Dunmurry llamado Dunmurry Country Inn.
—¿Cuánto es muy abultada?
—Setecientos billetes.
—¡Dios mío!
—El agente McCrabban fue a ver ayer al propietario del Dunmurry Country Inn y le negaron la entrada. El establecimiento es propiedad de un tal Richard Coulter y él o uno de sus empleados pidió al detective McCrabban que le mostrase la orden de registro, y por eso he venido a verle, inspector jefe.
Brennan metió una roja y una negra. Ya iba setenta puntos por delante y me resultaría matemáticamente imposible ganar la partida.
—De modo que quiere que llame a algún juez amigo y le consiga una orden de registro general para el Dunmurry Country Inn.
—Ya nos hemos ocupado de eso, jefe. Tenemos algunas otras dificultades. Vamos a andar pateando por todo el huerto de la RUC de Dunmurry y no quisiera levantar muchas olas.
Brennan se paró en mitad del golpe y enderezó la espalda. Había pillado el mensaje.
—Coulter está protegido, ¿es eso?
—En cierta manera, señor.
—¿Cómo es eso?
—Procede de una familia prominente de Ballymena. Tiene dinero. Explota varios pequeños hoteles y hostales. También es muy conocido por sus obras de caridad. Ha fundado un refugio para mujeres maltratadas y niños fugados.
—Una tapadera clásica.
—Exacto, inspector jefe.
—¿Es intocable?
—Estoy seguro de que paga a la gente que hay que pagar. No es ningún pájaro de poca monta y no creo que fuera Coulter el que presentó esa reclamación claramente fraudulenta a American Express, pero sí que lo hizo alguien que trabaja para él y Coulter no quiere que hurguemos demasiado en el asunto. El fraude es un asunto serio, inspector jefe. Un asesinato es un asesinato, pero defraudar a una compañía de tarjetas de crédito puede que atraiga la atención hasta de Scotland Yard.
—¿Y qué es ese Coulter, un terrorista? ¿Un paramilitar?
—No, en absoluto. Pero es un conocido socio de Cyril Lundy, que seguro que sabe usted que es el comandante de la brigada Rathcoole de la UDA[11]. Coulter tiene más de negociante turbio que de gánster o de alguien involucrado activamente en conflictos sectarios.
—Pero no es alguien con el que quiera usted andar jodiendo. No con el expediente que tiene, ¿eh, Duffy?
—Exacto, señor.
Brennan suspiró, dio un bandazo hacia mí y me puso la manaza en el hombro.
—Me alegro de haber tenido esta pequeña charla. ¿Para cuándo es su orden de registro?
—Para esta mañana.
—Para esta mañana, ¿eh?
—Sí, señor.
—Muy bien, arreglaré las cosas con la policía de Dunmurry.
—Confiaba en que dijera eso.
—Pero mi ayuda tiene un precio.
—¿Un precio?
—Quiero ir con ustedes. Quiero ir y además estaré al mando, si le parece a usted bien. Es curioso lo aburrido que puede estar uno incluso en medio de esta llamada guerra civil.
—No estoy muy seguro de que sea buena idea. Creo que podré manejar el asunto por mi cuenta.
—Le he dicho que iré con usted, Duffy, y que dirigiré yo la operación si le parece bien —reiteró con un trasfondo malhumorado.
—Me parece perfectamente bien, inspector jefe.