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Después de lo que acabo de escribir, ¿me atreveré a añadir que los infortunios del mundo me han conducido, poco más o menos, allí donde deseaba llegar?

Me explico. Antes, Clarence concebía su jubilación como una interminable vuelta al mundo. Para recuperarse de su frenesí viajero, pensaba que no necesitaba una existencia sedentaria, sino otra forma de partir hacia los mismos países, más lentamente, sin reloj ni cuaderno de notas, sin ninguna obligación, ni siquiera la obligación de gozar, solo una serie de serenos vagabundeos.

Los acontecimientos vinieron a malograr sus sueños de Oriente y a destruir su imagen de los trópicos; la evasión le fue prohibida, un poco por su estado, pero sobre todo por el estado del planeta.

En el tiempo en que sus proyectos tenían aún sentido, Clarence me hablaba de ellos cuando llegaba la noche, después de un día agotador. Yo la dejaba volar; en esos momentos, la cogía suavemente por la cintura como si estuviéramos dando un paseo inmóvil; apartando la cabeza, observaba su rostro resplandeciente y la besaba en los cabellos apenas plateados y en los morenos hombros desnudos; por nada del mundo hubiera querido limitar su campo de visión.

Y, por supuesto, no la contradecía. Sin embargo, yo tenía otro concepto de nuestra jubilación; la suya era ociosa y nómada, la mía, estudiosa y sedentaria —un microscopio en un pajar saboyano—, pero no habría impuesto ese claustro a mi compañera. Primero la habría seguido por los caminos, y luego, con el paso de los años, ella me habría seguido hasta mi choza. El destino ha querido que omitamos una etapa, la suya.

Mis sueños habitaban desde hacía años en los alrededores de los Alpes; los de Clarence fueron a reunirse con ellos. Ahora aspirábamos ambos a vivir en esa especie de observatorio encaramado en el techo de Europa; quizá, alejándonos así, podríamos preservar nuestra lucidez, última dignidad de los seres que envejecen.

Fue en el año treinta del siglo de Béatrice cuando trasladé a los Aravis mi biblioteca, mis instrumentos, mi colección de insectos y mi ropa de invierno. El lugar de veraneo se había convertido así en residencia definitiva para todas las temporadas que me quedaran.

La ciudad se me había hecho insoportable. La gente, con ojeras grises y mirada gris, caminaba rozando las paredes; imagino que sucedería lo mismo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las noches eran frías y no había carbón. Pero hoy no hay guerra ni hace frío. Hay hastío. El sabor de la derrota sin la excitación guerrera. El invierno en las tripas y ningún fuego que pueda suavizarlo.

No reconocía ya a la gente ni las calles, y a veces me sobresaltaba al escuchar mis propios pensamientos. El miedo ayuda a alumbrar monstruos.

Mi propio miedo era doble. Como ciudadano, miraba fijamente con desconfianza cualquier rostro, cualquier grupo; si hubiera podido reducir a cenizas con un gesto a todos los transeúntes cuyo rostro me inquietaba… Una noche de invierno, vi en la esquina de mi calle a una pandilla de jóvenes que habían encendido en la acera una especie de fogata que crepitaba; en otro tiempo, aquello me habría divertido y les habría soltado una humorada amistosa; en lugar de eso, di un rodeo para evitarlos y, antes de entrar en mi casa, les lancé desde lejos una mirada rebosante de odio.

Fue al encontrarme en mi hogar, después de haber atrancado con siete llaves la puerta blindada, cuando me abandoné al otro miedo, al miedo a mí mismo, a lo que había hecho de mí la ciudad oscurecida, miedo y vergüenza de la mirada con la que envolvía ya a mis semejantes y al mundo.

Era necesario y urgente que me alejara, que reencontrara la serenidad en el alejamiento. Cuando estuviera fuera del alcance de los hombres, quizá aprendiera de nuevo a amarlos.

Los últimos tiempos, solo me retenía ya en París la presencia de Béatrice, de Morsi y de Florian. Si debía huir, tenía que ser en compañía de todos los míos.

Por lo general, tengo tendencia a dejar que las personas, hasta las más cercanas a mí, sigan sus inclinaciones, ya que el respeto por los demás, incluso por sus errores, siempre había sido para mí una religión. Esta vez, sin embargo, decidí transgredirla y me volví insistente, poniendo en juego todas las fibras del amor y del miedo para arrancar a mi hija una decisión. Morsi sufría también el acoso de sus propios padres, que le proponían, así como a Béatrice, un empleo en Ginebra; en ese caso, estarían a menos de una hora de los Aravis. Para gran alivio mío, terminaron por ceder. Y solamente cuando estuvieron todos cerca de mí, recuperé el deseo de vivir y pude empezar algún trabajo.

No tenía aún el proyecto de escribir este libro testimonial. El tiempo que no dedicaba a mi familia, lo pasaba preferentemente junto a mi microscopio y mi colección de coleópteros. Si descubría a veces en mis carpetas alguna carta de André Vallauris o algún artículo recortado o copiado, los guardaba en un cajón sin pararme a leerlos.

¿En qué momento me vino la idea de convertirme de improviso en cronista? Quizá, tontamente, el día en que encontré una vieja y gruesa agenda aún en blanco, que databa del año en que nació Béatrice, y que permaneció algunas semanas sobre mi mesa, sin que yo me resolviera a tirarla ni a guardarla. Luego, un día, me puse a hojearla con una pluma en la mano, y me encontré emborronando las primeras líneas.

Pronto, sin confiárselo a nadie, ni siquiera a Clarence —quizá no estuviera seguro, hasta estos últimos días, de poder llevar a buen término una obra tan ajena a mis trabajos de entomólogo—, tomé la costumbre de encerrarme a escribir durante largas horas, página tras página, al ritmo de mis recuerdos, dejándome guiar para enlazar mis capítulos por la simple concatenación de las letras de mi alfabeto, de la A a la Z…

Ahora estoy cerca del punto final y, poco a poco, me siento liberado de una carga tan imperiosa como nunca pude sospechar. ¿Se publicará algún día este texto? ¿Habrá alguien a quien le interese? ¿Y dentro de cuántos años? No es asunto mío —me dan ganas de decir—. Cualquiera que sea su destino, mi cometido ha terminado. Cuando se lanza una botella al mar se desea, por supuesto, que alguien la recoja, pero no se la acompaña a nado.

Y además, en este instante, y no me avergüenza decirlo, mi única preocupación es sustraer a mi tribu de las turbulencias del mundo, preservarla tanto como sea posible de la violencia y del abatimiento, y reservar para la alegría de vivir un espacio en mi minúsculo reino, en los Aravis.

Innumerables jornadas de laboriosos ratos de ocio han hecho de mi guarida saboyana un lugar muy habitable; a mis ojos, se ha convertido en un Ararat —ya saben, esa montaña de Armenia donde se supone que fondeó el arca de Noé; el miedo va creciendo en el mundo como el agua del Diluvio y el espectáculo puede parecer grandioso para los que están en tierra firme.

¡Grandioso! ¡Qué cínica debe parecer esta palabra! Sin embargo, toda tragedia es grandiosa, todo apocalipsis es grandioso… Pero es verdad que yo esperaba para el siglo de mi vejez otras fascinaciones, otras exaltaciones.

¡Cuántas veces me he preguntado cómo habíamos llegado a esto! En las páginas anteriores he relatado, uno tras otro, acontecimientos, impresiones, apariencias de causas. Cuando me dispongo a abandonar la escena, sin prisa pero sin pena, sigo sintiéndome incapaz de decir si, en un momento dado, podría haberse desviado el curso del destino para guiarlo en un sentido más conforme con los sueños de los hombres. Por más que releo mi testimonio y tantos otros textos de estos últimos años, mi perplejidad no se disipa, y a veces llega a ser obsesiva. ¿Era inevitable todo lo que ha pasado? Me parece que no, y no puedo dejar de creer que existían otros caminos…

Pienso a menudo en esos futuros que murieron, e incluso a veces, dejándome llevar por mis sueños durante mis paseos cotidianos por los senderos de mi montaña, retrocedo sesenta años, mucho antes del comienzo del siglo de Béatrice, y trato de imaginar los caminos que habría podido seguir la irritante especie a la que pertenezco.

Reconstruyo entonces, en el espacio de un paseo, un mundo diferente. Un mundo en el que la libertad y la prosperidad se habrían esparcido progresivamente como las ondas en la superficie del agua. Un mundo en el que la medicina, después de haber vencido a todas las enfermedades y aniquilado todas las epidemias, no tendría otro desafío que hacer retroceder indefinidamente a la vejez y a la muerte. Un mundo del que la ignorancia y la violencia habrían sido desterradas. Un mundo liberado de las últimas zonas de oscuridad. Sí, una humanidad reconciliada, generosa y conquistadora, con los ojos clavados en las estrellas, en la eternidad.

A esa especie, yo habría estado orgulloso de pertenecer.

Un día cercano, no volveré de mi paseo. Lo sé, lo espero y no lo temo. Partiré por algún sendero familiar. Mis pensamientos brincarán indomables. De pronto, agotado por mis argumentaciones, ebrio, exaltado, mi corazón se desbocará y yo buscaré el apoyo de algún roble amigo.

Allí, en ese estado, mezcla de torpor y de última serenidad, tendré en el espacio de un instante la más preciada ilusión: el mundo, tal como lo he conocido, me parecerá una vulgar pesadilla, y será el mundo de mis sueños el que adopte un aspecto de realidad. Empezaré a creer en él de nuevo, un poco más a cada instante. Y será a él al que mi mirada envuelva por última vez. Una sonrisa de niño irá a iluminar mi barba color de montaña. Y, en paz, cerraré los ojos.