N
Hoy, para mucha gente, el nombre de Don Gershwin no evoca ya nada; solo el de Amy Random permanece en el recuerdo. Joven esposa de un granjero de Illinois, había querido que su primer hijo fuera el varón que su marido deseaba. Necia, pero inocentemente, con el único ingenuo deseo de ver a Harry abrazarla muy fuerte y luego llevar orgullosamente a su hijo, había conseguido de su farmacéutico ciertas «cápsulas», cuyo polvo había vertido insistentemente sobre la espuma de las cervezas que servía a su marido. Como consecuencia, la pareja había tenido una felicísima vida sexual; Harry «junior» había nacido el invierno siguiente, y, un año más tarde, los gemelos Ted y Fred. El padre se sentía colmado, pero ahora deseaba fervientemente tener una hija.
Siempre tan solícita, Amy fue a ver a su farmacéutico para pedirle el tratamiento adecuado. Por desgracia —dijo él desolado— el producto «inverso» no existe, todavía no. ¿Debía entonces ella contar solo con el azar? Por desgracia —repitió el farmacéutico— con la virilidad que su marido había adquirido —son sus propias palabras— tendría que esperar muchos años para tener alguna probabilidad de dar a luz una hija.
Los científicos sospechaban, evidentemente, el carácter casi irreversible de la «sustancia», sobre todo cuando se administraba en fuertes dosis; pero nadie se había tomado la molestia de advertírselo a Amy ni a los otros millones de usuarios.
Furiosa, desesperada, corroída por la culpabilidad, se atrevió a superar su miedo para revelárselo todo a Harry. Durante algunos días, él la llamó con todos los nombres de bruja que existen, amenazó con molerla a palos y con expulsarla de la granja. Pero el hombre no era violento y Amy —una pelirroja algo regordeta, con la nariz plagada de pecas y unos ojos constantemente asombrados— sabía cómo enternecerle. Pronto acudieron ambos, cogidos de la mano, a ver a su abogado, el cual, comprendiendo que era más competente en los litigios entre bancos y granjeros que en las disputas médicas, les aconsejó que se dirigieran a la firma Gershwin and Gershwin, de Chicago.
El matrimonio pedía la horca para el farmacéutico, pero Don Gershwin les convenció de que denunciaran directamente a los fabricantes.
El caso Amy Random iba a ser, de alguna manera, el proceso de la «sustancia», un hito en la actitud de la opinión pública y de los responsables.
El escollo habría sido volver a poner sobre el tapete la ya antigua, y a menudo violenta, disputa entre pro-life y pro-choice; Don Gershwin supo evitarlo. Hábilmente, consiguió atraer a su terreno tanto a los adversarios del aborto como a los más ardientes defensores de los derechos de la mujer; con estos últimos, esgrimió que el producto vendido a su cliente era un odioso instrumento de discriminación, puesto que concedía únicamente a los varones el derecho a nacer. En esto le apoyaron tanto las Iglesias como los círculos científicos y médicos, en el seno de los cuales los métodos del doctor Foulbot y de sus émulos norteamericanos se miraban con desconfianza y desprecio.
Además, el abogado supo ganar para su causa a la opinión pública, demostrando que los fabricantes habían abusado de la confianza de los usuarios, puesto que habían ocultado el carácter prácticamente irreversible del tratamiento; creo que fue en el transcurso del proceso y del amplio debate que lo rodeó, cuando fue utilizado por primera vez el término bárbaro de «ginesterilización», e incluso, más lapidariamente pero, debo reconocerlo, bastante impropiamente, el de «esterilización» a secas, para caracterizar los efectos de la «sustancia».
Durante casi dos años, toda América se ocupó del caso Amy Random, que terminó con la condena al industrial responsable a pagar dos millones de dólares al matrimonio perjudicado. No era una suma enorme en relación con las indemnizaciones obtenidas en otros litigios llamados «médicos»; pero cuando se sabe que ese mismo año iban a entablarse varios cientos de miles de procesos similares, por el mismo motivo y con las mismas probabilidades de obtener satisfacción, se comprende la amplitud del desastre para los fabricantes: todos los que se habían dedicado a ese tráfico quebraron; algunos terminaron en prisión; otros prefirieron exiliarse.
Más allá de los aspectos judiciales y financieros, el caso Random iba a tener, en el conjunto de los países del Norte, el efecto de una saludable revelación. Hasta el quinto año de Béatrice —¿se me reprochará que feche así los acontecimientos del nacimiento de mi hija? Tengo mis razones, que mis lectores indulgentes no dejarán de descubrir; y además, de todas maneras, Béatrice nació casi con el siglo y los historiadores puntillosos solo tendrán que hacer un reajuste ínfimo—, decía, pues, que hasta el año cinco después de Béatrice, los países del Norte habían asistido como espectadores a la propagación del mal. Espectadores tan pronto complacientes, tan pronto desconfiados, y la mayoría de las veces indiferentes. Ese era el abanico común de las actitudes cuando se trataba de «allí». Y desde luego, la «sustancia» era, a los ojos de todos, «una cosa de allí». O hablando crudamente, como muchos hablaban en aquella época, un problema de subdesarrollados.
El Norte había resuelto sus problemas de población —¿no es verdad?— y había alcanzado el idóneo crecimiento cero, sin excedentes ni sobrantes; por otra parte, los sondeos demostraban que las parejas no tenían ninguna preferencia entre varones y hembras. No había que temer ninguna alteración. Se podía debatir a placer ese asunto como tantos otros; todo quedaría en el ámbito de las ideas, nada en el de la materia. No estoy ironizando, o apenas. Intento reproducir lo que pensaba la gente en aquella época. No mi círculo más íntimo. Ni Liev. Ni Clarence. Pero era la opinión general.
Verdad es que en el mundo industrializado, la «sustancia» fue desconocida, o casi, durante mucho tiempo. Cuando algunos oyeron hablar de ella, la asociaron con alguna receta de charlatanes. Fue el informe de las Naciones Unidas y el debate que siguió, el año del nacimiento de Béatrice, lo que, paradójicamente, dio un principio de credibilidad científica al procedimiento del doctor Foulbot. ¡Así que era el fruto de largas investigaciones en laboratorio! ¡Así que su eficacia estaba demostrada!
Cuando en las farmacias de París, de Londres, de Berlín o de Chicago, se pusieron a la venta los medicamentos que contenían la «sustancia», no hubo que hacer cola para conseguirlos. Pero las existencias se agotaron tranquilamente, y tras nuevos abastecimientos, volvieron a agotarse. ¿Quiénes eran los clientes? En Europa, no faltaron apresuradas encuestas para pregonar que los compradores eran, esencialmente, turcos y norteafricanos; en Estados Unidos, hispanos. No era verdaderamente el Norte, se tranquilizaba la gente, sino solamente aquellos que lo habían elegido como domicilio, trayendo en sus equipajes las «mentalidades tropicales».
Durante mucho tiempo, se negó a admitir que esa muchedumbre de tez morena se había mezclado, cada día un poco más, con hombres y mujeres del país. Por supuesto, solo con «marginados», «miserables», gente «sin clasificar e inclasificable», o, por remitirme a un estudio muy docto publicado entonces, «los últimos poseedores de mentalidades arcaicas»; y cuando se evocó por primera vez el caso Amy Random, cierta prensa no tuvo reparo en tacharla de «granjera analfabeta» y de «ama de casa robotizada, a la que la publicidad haría tragar su propia escoba».
He dicho «cierta prensa»; si hubiera sido Clarence la que hubiese escrito estas líneas, se habría mostrado menos tierna con sus colegas. En aquella época, mi compañera tenía la sensación de que el conjunto de los órganos de información no hacían más que transmitir de mil formas diferentes el mismo mensaje engañoso, a saber, que el Norte no tenía nada que temer, que aquí la incidencia de la «sustancia» era «desdeñable», «poco significativa», «muy limitada», «reducida», «residual», «controlable»… Durante algún tiempo, mi compañera se divirtió coleccionando todas esas expresiones que, evidentemente, querían decir lo mismo; creo que había enumerado veinticuatro o veintisiete cuando ese juego dejó de parecerle divertido.
—Nos imaginamos que con tantos periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión vamos a oír una infinidad de opiniones diferentes. Luego descubrimos que es lo contrario: la potencia de esos altavoces no hace más que amplificar la opinión dominante del momento, hasta el punto de hacer inaudible cualquier otro parecer.
Me encogí de hombros.
—Tus colegas no hacen más que reflejar…
—¡Exactamente eso! Los medios de comunicación reflejan lo que dice la gente, la gente refleja lo que dicen los medios de comunicación. ¿No se cansarán nunca de ese embrutecedor juego de espejos?
Sin levantarse siquiera, acentuó sus palabras con un gesto de futbolista despechado.
—¡Ah, lo que hace falta es un buen puntapié!
Debo decir que en esos días se había publicado un sondeo de los más «tranquilizadores» que había despertado su indignación. Efectuado por una revista de Francfort en cinco lander alemanes, revelaba que de cien parejas deseosas de tener un hijo, dieciséis preferían un varón, dieciséis deseaban más bien una niña, mientras que al sesenta y ocho por ciento le resultaba indiferente el sexo.
«¡Maravilloso equilibrio! ¡Qué escrupulosa simetría! —comentó Clarence en un artículo que tuvo en esa época una singular resonancia—. ¡Qué elocuente demostración del retroceso de la misoginia! Por otra parte, estos resultados corresponden a lo que ya sabemos sobre el estado de ánimo con respecto a la materia en el conjunto de Europa del Norte.
»El problema —añadía— es que la existencia de la maldita “sustancia” vuelve perniciosas todas las cosas. Desde que se ha difundido, desde que está disponible en cada ciudad y pueblo, desde que unos personajes eminentes confieren a ese método legitimidad y respetabilidad, las cifras ya no tienen en absoluto el mismo significado.
»El cálculo que implica esta nueva realidad es, por desgracia, muy fácil de hacer. De las sesenta y ocho parejas indiferentes al sexo de su futuro hijo, deberían nacer, según la probabilidad demográfica normal, treinta y cinco varones y treinta y tres hembras; entre los dieciséis que desean una niña debería haber un reparto equivalente, o sea, para redondear, ocho y ocho; por el contrario, en las dieciséis parejas que quieren un varón podría haber muy bien dieciséis nacimientos masculinos. Hagamos la cuenta: de cien recién nacidos, cincuenta y nueve varones contra cuarenta y una hembras».
Mi compañera no había efectuado ninguna investigación particular, sino que se había contentado con fijar en las cifras esa mirada que yo tan bien conocía, mezcla de sentido común y sexto sentido. Sin embargo, su pronóstico se verificaría con una asombrosa precisión; en efecto, se estima que en el momento de mayor difusión de la «sustancia» la «falta de nacimientos» en Alemania fue de una niña por cada ocho, quizá incluso, de una por cada siete. Tratándose de un país en el que la escasa fecundidad e incluso la disminución regular de la población autóctona eran ya motivos de angustia, ese fenómeno iba a ser cada día un poco más traumático y hasta obsesivo.
¿Necesito insistir? En la época del sondeo, la Europa septentrional se contaba entre las regiones menos «machistas» del planeta; a las niñas que nacían se las recibía con tanta alegría como a los varones. Sin embargo, incluso allí, los estragos del azote podían ser considerables.
Ahora es más fácil comprender la angustia que se apoderó de los responsables y de la opinión pública cuando se divulgaron algunas estadísticas de natalidad que concernían a la Europa mediterránea y oriental.
No quisiera hacer pesados estos recuerdos con unas cifras que sería fácil encontrar en los manuales; a aquellos que les interesen estos datos, les recomiendo la lectura del folleto publicado en el año siete por las autoridades europeas de Bruselas con este título semipoético, semiapocalíptico, pero que produjo su efecto: «… y todo se despobló».
Felizmente, no está todo despoblado, pero ¡qué fuerte tributo estamos pagando aún!