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Clarence se había marchado a una gira por África. En el último momento, y guardándose muy bien de advertírmelo, había decidido de pronto hacer escala en Naiputo. Verdad es que desde hacía meses no se había informado de ninguna matanza, pero la situación allí seguía siendo incierta, inestable, «volátil».
Mi compañera quería tomar contacto otra vez con el país y dar un nuevo impulso a una delegación de la Red de los Sensatos que se había formado allí y no conseguía hacerse escuchar; al mismo tiempo, esperaba volver a ver a algunas personas que había conocido en sus viajes anteriores, en particular a Nancy Uhuru, la propietaria de la «Mansion», con quien había trabado amistad durante nuestra estancia doce años atrás.
Al llegar al aeropuerto, donde reinaba una apariencia de orden, pero sin más afluencia que la de los mendigos, le extrañó tener que explicar a un jovencísimo taxista dónde estaba Uhuru Mansion. En ese momento, debería haber desconfiado, y más aún cuando el hombre la advirtió que la carretera apenas era ya frecuentada.
Con todo, el coche no estaría a más de dos minutos de su destino cuando fue interceptado por dos hombres de uniforme; obligaron al chófer a detenerse junto a una irrisoria barricada —una rama gruesa, un tonel reventado, algunas piedras amontonadas y, sobre todo, unas metralletas que les apuntaban—. Se trataba, sin duda, de una de las bandas de soldados convertidos en saqueadores que asolaban el país. La prensa extranjera decía que ya no actuaban en los alrededores de la capital; evidentemente, no era así.
Clarence recibió la orden de apearse. Por una casualidad, el taxista pertenecía a la misma etnia que los bandoleros, que le dejaron su coche, contentándose con «confiscar» el equipaje de su pasajera. Cuando esta protestó, alzando la voz amenazadora y llegando incluso a arrancar a uno de los agresores el bolso donde llevaba su pasaporte, el dinero, las llaves y sus documentos, recibió en la nuca un culatazo que la hizo caer al suelo, inconsciente.
El taxista la arrastró hasta el coche, y a fuerza de pacientes discusiones, obtuvo la autorización de proseguir su camino.
Afortunadamente, Nancy Uhuru estaba allí, siempre tan acogedora y sonriente a pesar de la ruina de su «Mansion», adonde, por supuesto, ningún cliente se había aventurado desde hacía mucho tiempo. Mandó que llevaran a Clarence a un hospital regido por la Cruz Roja, donde le diagnosticaron un grave traumatismo craneal.
Cuando se produjo el accidente, Nancy estaba demasiado preocupada por la suerte de la víctima y por los cuidados que le estaban dispensando como para intentar conectar conmigo; además, ya no sabía dónde localizarme y a Clarence no le habían dejado ningún documento que pudiera indicar unas señas.
Por lo tanto, durante cinco días, seguí viviendo mi rutina cotidiana, sin el menor presentimiento, sin la menor preocupación, tanto más cuanto que mi compañera solía estar mucho tiempo sin dar señales de vida.
Fue de Ginebra, de la sede de la Cruz Roja, de donde recibí un mensaje en mi contestador, dejándome solamente un número de teléfono y pidiéndome que llamara urgentemente.
¿Cuál fue el peor momento de todos? No fue aquel en que me enteré del ataque del que Clarence había sido víctima y de la gravedad de su estado. No, todo eso ya me lo temía desde que recibí la llamada, y mis labios farfullaban solamente, como una febril letanía: «¡Con tal de que esté viva!». El peor momento tampoco fue aquel en que la vi, tendida, aún inconsciente, «envuelta en vendajes» como una momia y rodeada de sonoros y luminosos instrumentos. No, el peor momento fue aquel en que, después de marcar el número de Ginebra, después de esperar cuatro llamadas, oí que alguien descolgaba y tuve que articular las sílabas de mi nombre esperando el veredicto.
—Tengo que comunicarle una grave noticia, pero la persona implicada está viva, en estado estacionario. Es usted el compañero de Clarence…
Viva. Viva. Eso era todo lo que le pedía al cielo.
La voz me informó en pocas palabras de lo que le había ocurrido y de los cuidados que se le habían dispensado hasta el momento. Se pensaba en repatriarla en un plazo de setenta y dos horas.
—Si el plazo hubiera sido más largo, le habríamos propuesto que se reuniera con ella.
Era evidente que el hombre que me hablaba estaba acostumbrado a tratar con los familiares de las personas accidentadas; tenía un tono de voz grave que no pretendía en modo alguno tranquilizar infundadamente y que, por eso mismo, resultaba reconfortante. Se adelantaba a las preguntas que yo habría podido formular y las eludía, consiguiendo finalmente calmar mi impaciencia lo más posible, para que no fuera a estorbar y a crear problemas a los equipos de socorro.
—Le sugiero que espere hasta que estemos ya en el hospital.
Tres días más tarde, me encontraba instalado, con los codos sobre los muslos y la cabeza entre las manos, en una silla de plástico a la cabecera de mi compañera inerte. A mi lado estaba Béatrice, silenciosa, con el ceño fruncido y la mirada fija, como si estuviera aprendiendo lo que significa la gravedad.
Los primeros días, me quedaba allí, sentándome y levantándome, nervioso, sin poderme concentrar, desgranando las imágenes del pasado. Luego empecé a ir con un libro; algunas veces, cuando estaba solo con Clarence, intentaba hablarle en voz alta, dirigiéndome a ella, tranquilizándola sobre su estado; yo había leído que los enfermos, incluso en estado comatoso, podían oír y comprender lo que se decía a su alrededor, y que aunque no lo recordaran al recobrar el conocimiento, podían sentirse reconfortados. Hablé de esto al neurólogo que la trataba y este no intentó desengañarme totalmente. «Sin duda, cuando el coma no es profundo…». Pero en sus ojos maliciosos yo leía: «Si eso no ayuda al enfermo, puede ayudar a sus familiares».
Es cierto que Béatrice y yo éramos, en aquellos días, mucho más vulnerables que Clarence. Recordé entonces una frase que mi compañera había pronunciado en el transcurso de uno de nuestros primeros encuentros. Acababa de decirle que cuando se ama a alguien lo que más se desea es dejar este mundo antes que él. Ella había contestado con voz frívola: «¡Morir es un gesto egoísta!». ¿Era menos egoísta caer en el estado en que ella se encontraba en esos momentos? Habría podido pasar de la inconsciencia del coma a la inconsciencia de la muerte sin una mirada para aquel que la amaba, y que no recuperaría, una vez que ella se hubiera ido, el mismo deseo de vivir; ese abandono me parecía bastante insolente.
Ya ven que no todos mis pensamientos de entonces eran de ternura hacia Clarence. Le guardaba a ella más rencor por haberse expuesto así que al desconocido que la había golpeado. A mis ojos, este último no tenía ni existencia ni responsabilidad, formaba parte de esos seres extraviados, cada día más numerosos y que se seguirían multiplicando, tan víctimas como verdugos, monstruos nacidos del caos que perpetuaban. Pero Clarence, ¿qué excusa podía tener?
Mis ojos la miraban con reproche y, al instante siguiente, de nuevo con ternura, prometiéndole que si me hacía el regalo de sobrevivir, no volvería a alejarme de ella y paliaría todas sus imperfecciones.
Su accidente había sobrevenido a mediados de marzo, el catorce exactamente, pero fue solamente el dos de junio por la tarde cuando sus labios se movieron de nuevo. No dijo aún nada comprensible, pero era ya una resurrección. Verdad es que los médicos me habían tranquilizado enseguida en cuanto a lo esencial: el cerebro no parecía dañado; bastaba con esperar, ya que seguramente ella se movería de nuevo, volvería a hablar, se repondría. Pero para mí, todo eso eran solo cuentos; más que las palabras de los médicos yo esperaba las de Clarence.
Ese mismo dos de junio —fecha bendita para siempre— ella abrió los ojos y pude ver que entre esos vendajes habitaba aún la inteligencia que me había seducido.
Desde ese momento, pude observar de hora en hora su renacimiento; yo le hablaba durante largos ratos y ella parecía escuchar sin fatiga y a veces sonreía, aprobaba, dudaba; hablaba poco y lentamente, pero al cabo de algunos días lo hacía lo suficientemente claro como para sentirme muy tranquilizado con respecto a sus facultades intelectuales.
Clarence iba a arrastrar durante mucho tiempo aún las secuelas de aquella agresión; todos los años venideros serían para ambos una paciente reeducación, una lenta recuperación, pero habíamos terminado por considerar aquel infortunio como una suerte: «Mientras que otros declinan con la edad —me decía Clarence—, yo vuelvo a encontrar a los cincuenta años un privilegio de los niños, como es progresar paso a paso, aprender de nuevo los gestos y las alegrías».
Y lo decía con un rostro tan lozano, tan resplandeciente, que terminó por convencerme de que todo ser necesita una buena caída antes de abordar la otra vertiente de la vida. Los individuos, las sociedades humanas y también la especie. Quizá sea ese el precio del segundo soplo de vida.