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Se había necesitado, pues, esa gigantesca farsa y además ese pánico con las dimensiones de un continente, para que el egoísmo sagrado sufriera una conmoción y la idea de salvamento se extendiera al fin a toda la tierra de los hombres.
La «Red de los Sensatos», en una declaración que quisimos que fuera de gran resonancia y solemnidad, pidió la organización, en ese mismo año, de una cumbre mundial sobre los problemas de población. La idea estaba madura y la aceptación fue inmediata y ferviente. Numerosos jefes de Estado o de Gobierno anunciaron que encabezarían ellos mismos las delegaciones de sus países.
La sede de las Naciones Unidas en Nueva York se reveló inmediatamente como el marco ideal para dar al acontecimiento la resonancia requerida. Se decidió invitar, junto a los Estados, a ciertas organizaciones «activas en el campo de la solidaridad humanitaria», así como a un pequeño número de personalidades «cuyos conocimientos y sabiduría podrían ser provechosos para los participantes».
Estas palabras parecían estar hechas a medida para que en medio de esa asamblea, debería decir más bien, por encima, planearan la figura y la voz de Emmanuel Liev.
Una vez más, pero la última, estuvo admirable. Con su aspecto frágil y esa cabeza soñada por un divino caricaturista, subió a la tribuna con el paso de un campesino trepando a un montón de piedras y paseó sobre cientos de reyes, de presidentes, de ministros y otras excelencias una mirada de pájaro posado en las alturas, sin indiferencia, pero sin deferencia. Yo casi esperaba que dijera «hijos míos», y habría podido hacerlo; a los ochenta y ocho años tenía edad para ser el padre de todos. Pero eligió presentarse así:
—¿Se me reprochará que no empiece con las fórmulas acostumbradas? No las conozco y es demasiado tarde para que las aprenda. Por eso, me contentaré con dirigirme a ustedes por ese título del que todos deberíamos sentirnos honrados: ¡hombres de buena voluntad!
Emmanuel habló nueve minutos, sin notas, pero sin vacilaciones, ante un auditorio silencioso hasta el recogimiento. Su intervención se escuchaba en directo en casi todos los países del mundo. Hoy, con el paso del tiempo, me parece un modelo de lucidez, sin que por ello estuviera exenta de esperanza.
—Somos numerosos en esta tierra —dijo—. Algunos dirán que demasiado numerosos. Yo no lo creo así. Tampoco creo que haya que multiplicarse hasta el infinito; incluso encuentro lamentable esa «revancha de las cunas» con la que algunas poblaciones sometidas intentan sacudirse el yugo de las minorías dominantes. Numerosos, sí, y sin duda nos hemos multiplicado demasiado deprisa. Y, sin embargo, si los ocho mil millones de nuestros semejantes se ahogaran en el Mediterráneo, ¿saben ustedes cuánto se elevaría el nivel del agua? ¡Una décima de milímetro! Sí, hermanos míos, mis benjamines, nosotros, todos los hombres y mujeres de los seis continentes, solo somos una fina capa, una ínfima capa de carne y de consciencia sobre la faz del mundo.
»¿Algunos hablan de aglomeración? Si la tierra está abarrotada, es de nuestras codicias, de nuestros egoísmos, de nuestras exclusiones, de nuestros supuestos “espacios vitales”, “zonas de influencia” o de “seguridad” y también de nuestras fútiles independencias. A lo largo del siglo pasado, nuestro planeta se dividió entre un Sur que recrimina y un Norte que exaspera. Algunos se han resignado a ver en ello una trivial realidad cultural o estratégica. El odio no permanece indefinidamente como una trivial realidad. Un día, con cualquier pretexto, se desencadena, y se descubre que nada, desde hace cien años, mil años, dos mil años, nada se ha olvidado, ninguna bofetada, ningún temor. Tratándose del odio, la memoria traspasa el tiempo y se alimenta de todo, incluso a veces del amor. A través de la Historia, pocas doctrinas han sabido desarraigar el odio, la mayoría se han contentado con desviarlo de un objeto a otro. Hacia el impío, el extranjero, el apóstata, el amo, el esclavo, el padre… Por supuesto el odio no se llama odio más que cuando lo vemos en los demás; el que está en nosotros lleva mil nombres diferentes.
»El odio ha tomado hoy la forma de una sustancia perniciosa, fruto de investigaciones legítimas, fruto de esas mismas investigaciones genéticas que nos permiten combatir las malformaciones o los tumores, fruto de esas mismas manipulaciones genéticas que nos permiten mejorar y multiplicar nuestros recursos alimenticios. Pero fruto perverso, que ha revelado en cada uno de nosotros sus peores instintos.
»Desde hace milenios, miles de millones de humanos se han lamentado por el nacimiento de una hembra y se han alegrado por el nacimiento de un varón. Y de pronto, algún tentador ha ido a decirles: aquí está, vuestra esperanza puede convertirse en realidad. Desde hace milenios, hay pueblos, etnias, razas, tribus que sueñan con aniquilar a aquellos que cometen el imperdonable error de ser diferentes. Y resulta que un tentador les dice: aquí está, podéis diezmarlos a la chita callando.
»Suelo pensar (me perdonarán, estoy seguro, estas elucubraciones de viejo) que el Paraíso terrenal mencionado en las Escrituras no es un mito de los tiempos pasados, sino una profecía, una visión de futuro. Desde hacía algunas décadas, el hombre parecía en vías de edificar ese Paraíso. Nunca hasta entonces había podido dominar hasta ese punto la materia, la vida, la energía de la naturaleza, y se prometía vencer a la enfermedad; un día, vencería quizá al envejecimiento, a la muerte. Mis palabras no son las de un impío; si la ciencia hace que desaparezca el Dios del Cómo es para hacer que aparezca mejor el Dios del Por Qué, que no desaparecerá jamás. Le creo capaz de dar al hombre todos los poderes, incluso el de dominar la vida y la muerte, que, después de todo, no son más que fenómenos naturales. Sí, creo a Dios capaz de asociarnos, a nosotros, sus criaturas, a su creación. Cuando manipulo los genes de un peral, tengo la profunda convicción de que Dios me ha dado la capacidad y el derecho de hacerlo. Pero hay frutos prohibidos. No el sexo o el conocimiento, como ingenuamente pensaron nuestros antepasados; los frutos prohibidos son más complejos, más difíciles de circunscribir, y será nuestra sensatez más que nuestras creencias la que nos los señalará.
»Aunque peine ya canas, aunque supuestamente sea sabio y sensato, confieso no saber con precisión dónde se sitúan los límites que no se deben cruzar. Sin duda un poco del lado del átomo, y también en ciertas manipulaciones de nuestro cerebro y de nuestros genes. Lo que me es posible detectar, si puedo decirlo así, de forma más segura, son los momentos en que la humanidad se arriesga mortalmente a sí misma, arriesga su integridad, su identidad, su supervivencia. Son los momentos en que la ciencia más noble se pone al servicio de los objetivos más viles.
»Se han producido acontecimientos inquietantes; no son nada en relación con lo que se prepara. Hablo sopesando cuidadosamente cada palabra: algunos infortunios no podrán ya evitarse. Seamos conscientes de ello y tratemos de escapar de lo peor.
»Por todo el mundo hay miles de ciudades, millones de pueblos en los que el número de mujeres no ha cesado de disminuir; para algunos, el fenómeno dura desde hace veinte años. No tengo la intención de hablarles de todas aquellas a las que una despreciable discriminación ha impedido venir al mundo. Esa ya no es la cuestión. Voy a confiarles mis angustias en términos crudos, pero es en esos términos crudos como el problema va a plantearse: pienso en esas hordas de hombres que van a andar errantes durante años a la busca de compañeras inexistentes; pienso en esas muchedumbres llenas de rabia que van a formarse, y a crecer, y a desatarse, enloquecidas por la frustración, no solamente sexual, sino también por no tener ninguna posibilidad de llevar una vida normal, de construir una familia, un hogar, un futuro. ¿Pueden solamente imaginar las reservas de rencor y de violencia que habrá en esos seres, a los que nada podrá satisfacer ni calmar? ¿Qué instituciones resistirán? ¿Qué leyes? ¿Qué orden? ¿Qué valores?
»Sí, ya hay, un poco por todas partes, explosiones de violencia. Pero todavía no es la violencia de los furiosos. Es la violencia de unos seres inquietos que aún no han experimentado en ellos mismos la frustración; que han tenido una familia y han sentido alegría al tener hijos, herederos. Protestan y se agitan porque se preocupan por el futuro de sus comunidades, pero su preocupación permanece contenida, puesto que no viven el drama en su propia carne, puesto que se rebelan sin certidumbres contra un mal que la humanidad no había conocido jamás y que, por lo tanto, permanece aún vago, hipotético. Mañana vendrán las generaciones del cataclismo, las generaciones de hombres sin mujeres, generaciones amputadas de todo porvenir, generaciones del rencor indomable.
»He tenido en mis manos un informe confidencial sobre una gran ciudad del Cercano Oriente. En ella están censados hoy, por debajo de los diecisiete años, un millón y medio de varones y menos de trescientas mil muchachas. No me atrevo siquiera a imaginar lo que serán las calles de esa ciudad dentro de un año, de dos años, de diez años, de veinte años… Por más lejos que mire, solo veo violencia, demencia y caos.
»Por unos cálculos mezquinos, cínicos, por el maldito encuentro de unas tradiciones vetustas y de una ciencia pervertida, el planeta que es nuestra patria, la humanidad que es nuestra nación van a atravesar la zona de turbulencias más peligrosa de la Historia, y sin siquiera la excusa del destino o de un azote de Dios.
»¿Podemos aún impedirlo? Podemos solamente intentar atenuar sus efectos. Si se pusieran en práctica todos los medios, si todas las naciones del Norte y del Sur, olvidando sus rencores, haciendo caso omiso de sus diferencias, movilizándose como lo harían para una guerra; si, en los meses venideros, comenzáramos a equilibrar de nuevo los nacimientos, si nos deshiciéramos de prejuicios destructivos, si canalizáramos todas las energías frustradas hacia alguna obra titánica, grandiosa, creadora, fecunda, humanitaria; si consiguiéramos, sin exceso de violencia, mantener algo de coherencia y de orden en los intercambios entre los continentes, entonces, quizá no se hunda este navío que nos lleva. La tormenta lo sacudirá y causará daños, pero quizá podamos evitar el naufragio.
El orador dio un paso como para bajar de la tribuna, pero luego se volvió con aire pensativo, confuso, vacilante, para repetir esta única palabra: «Quizá».
Cuando bajó los escalones, la reacción fue inesperada, inaudita, sin ningún precedente, que yo sepa, en la historia de la Organización. Los delegados, aterrados durante algunos instantes, comenzaron a levantarse, uno tras otro, pero sin ovación, sin aplausos. Homenaje silencioso, homenaje abrumado. Y solo después de que Liev hubiera vuelto a su sitio, después de que se hubo sentado y hecho sentar a sus vecinos más cercanos, los asistentes se dejaron caer en sus asientos, súbitamente incómodos, súbitamente bamboleantes.
Emmanuel cerró los ojos un largo rato como para sustraerse a la atención del mundo. Su vecino de la izquierda era un miembro americano de la Red, el profesor Jim Cristobal; su vecina de la derecha no era otra que Clarence. Cuando, mal que bien, se reanudó la sesión, mi compañera se inclinó hacia «el Viejo» y le susurró al oído:
—¡Es la gloria!
—En efecto, la gloria. La impotencia y la gloria.