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El verano de brumas y tormentas que precedió al decimoquinto cumpleaños de Béatrice y a mi regreso al laboratorio, lo pasé en los Aravis, en los Alpes de la Alta Saboya, donde mi familia posee desde hace cuatro generaciones unas tierras de montaña, un pajar para el ganado, una gruta en la ladera y una cabaña de pastor, todo ello abandonado y sin carretera para llegar hasta allí. Ya en tiempos de mis padres, la propiedad no se habitaba por preferir otros lugares de veraneo más amenos, y en toda mi infancia solo había pasado allí una tarde; estábamos por los alrededores y mi padre había querido verificar que el terreno «estaba aún allí» y el pajar en pie, nada más, por lo que no creía haber guardado de todo ello el menor recuerdo.

¿Por qué súbito impulso había erigido yo en patria perdida aquel pedazo de tierra fría? ¿Qué voz me susurró una noche que sería allí, entre todos los lugares, donde me dejaría crecer la barba, que sería allí, en los Aravis, entre el pajar y los peñascos, donde buscaría retiro y paz cuando llegara la hora?

Ni Clarence ni Béatrice me acompañaron, ya que una y otra, pero cada una por su lado, preferían las dulces perezas de la playa a mis incomodidades montañesas; es verdad que tenía que dormir en una cama improvisada hasta que unos obreros, contratados apresuradamente, transformaran el pajar en una apariencia de casa y el camino de burros en una carretera casi transitable. Solo les pedí que me hicieran la obra gruesa, decidido a dedicarme yo mismo, a lo largo de los años, a los arreglos interiores.

Simplemente, ya no soportaba mis manos demasiado urbanas y mi cara demasiado lampiña. Algunos, e incluso los más íntimos, debieron de pensar entonces que estaba atravesando una de esas crisis a las que los confesores modernos han añadido un rosario de nombres griegos; si se les creyera, cada edad de la vida, cada ventura del alma es un síntoma que exige remedios, cuidados y susurros. Cuando nos conocimos, Clarence decía que yo era genéticamente anticuado y anacrónico. No se equivocaba. Siento nostalgia por esa época que solo he vivido por los libros y en la que un hombre podía aún hablar de añoranza o de ahogo sin que le buscaran las cosquillas.

Por supuesto, aquel verano eché mucho de menos a mi hija y a mi mujer; pero más echaba de menos la hierba de los senderos, y el olor animal de la tierra, y la soledad, y la paz de las cumbres; al salir el sol, cuando los paisajes no son más que un pastel inmóvil, miraba de frente al Mont-Blanc; lo miraba de nuevo por la noche, preferentemente cuando no había luna, cuando su nieve solo debe su blancura a su eternidad.

Durante la límpida noche de los Aravis, todos los ruidos son insectos en busca de amores, y yo me complacía en distinguirlos como otros nombran a las estrellas.

Dormía poco y sin deseo.

Aquel verano en los Aravis, mi único lazo cotidiano con la agitación lejana del mundo era un ronco, tosco y vetusto aparato de radio que encendía por la mañana temprano, mientras, sentado ante un queso fresco mezclado con arándanos y untado de miel, esperaba la hora de los obreros.

Fue en esa postura como me enteré, a finales de julio, del drama de Naiputo. Los dramas son a la Historia lo que las palabras son al pensamiento: nunca se sabe si la forman o si se limitan a reflejarla. Por haber sido, una vez por casualidad, un testigo ocular y zarandeado, yo sabía que había habido mil pequeños estallidos de cólera y que todos anunciaban a su manera la tragedia; pero, por desgracia, existe un umbral de ruido ambiental por debajo del cual los ruidos no se oyen, los muertos no se cuentan. Si hablo con amargura es porque sigo convencido de que durante mucho tiempo fue posible curar el mal, pero mientras lo fue, lo descuidaron. Y una vez más, cedo a la senil e irritante tentación de sermonear a mis contemporáneos, cuando me había prometido atenerme a los hechos…

Vuelvo a ellos: el veintisiete de julio por la tarde, estallaron los disturbios en el barrio de Motodi, habitado por la etnia del mismo nombre; se profirieron unas acusaciones que ya eran rutinarias y rituales: «Esterilización», «discriminación», «castración», «genocidio» —solo pongo las comillas para subrayar mis reservas con respecto a esas formulaciones sin matices, pero no son más que las reservas de un espectador a cubierto; en Naiputo, cada palabra retumbaba como un golpetazo.

Lo que yo había podido observar de la ira pueblerina a orillas del Nataval era aún tímido e ingenuo, y su blanco solo era la fachada agujereada de un dispensario rural. ¿Cómo podía aclararme lo que estaba pasando en Naiputo mi breve e irrisoria experiencia? ¿Acaso una picadura de abeja en un dedo fisgón puede dar una idea exacta de la furia de una colmena violada?

Se dice que la revuelta surgió desde mil callejuelas a la vez y convergió hacia el centro de la capital, saqueando todo e incendiando a su paso casas, galerías comerciales, bancos y embajadas.

En los alrededores del palacio presidencial, unos soldados aterrados ametrallaron al azar; los sediciosos cayeron a cientos, pero otros afluyeron por las calles laterales, saltaron el muro y consiguieron romper la pequeña verja llamada «la entrada de los jardineros». Los encolerizados motodis entraron por ella. Armados con palos, cuchillos y algunas pistolas o carabinas, pronto invadieron el palacio y cada una de sus salas; el Jefe del Estado, que daba una recepción, fue masacrado, así como su familia, sus allegados y la mayoría de sus invitados. Antes del alba, la Radiotelevisión oficial y el Centro de Comunicaciones Internacionales, recientemente inaugurado, así como la mayoría de los edificios públicos habían sido saqueados e incendiados.

En cuanto se difundieron estas noticias, el ejército se desintegró y cada oficial, suboficial o soldado se marchó precipitadamente al territorio de su etnia, el único donde podía sentirse seguro. Naiputo es un laberinto de guetos altivos y en ellos las matanzas prosiguieron sin tregua, hasta alcanzar poco a poco a todas las provincias.

Lo que conmocionó al mundo exterior fue que miles de turistas de todas las nacionalidades estaban desperdigados por todo el país; varios cientos, decían, se habían reunido en un gran hotel del centro. ¿Cómo socorrerlos? Las autoridades del país ya no existían, por decirlo así, las fuerzas del orden estaban divididas en bandos rivales, o, según la cruel expresión de un comentarista de la época, «habían vuelto a sus elementos primitivos». Los aeropuertos estaba cerrados, las comunicaciones con el resto del mundo totalmente interrumpidas y, con toda probabilidad, las embajadas extranjeras habían sido asaltadas.

Las cancillerías guardaban un silencio fúnebre. Las capitales se ponían de acuerdo sobre la actitud que se debía adoptar.

¿Intervenir? ¿Pero en qué puntos de aquella inmensa hoguera? ¿Y con qué medios? ¿Y contra quién?

¿Lanzar advertencias? ¿Pero qué responsables estaban aún en su puesto o con vida para tenerlas en cuenta?

¿Esperar y observar? Pero cada hora perdida podía significar la muerte de cientos de extranjeros…

Por supuesto, cada país pensaba primero en sus súbditos. No es una crítica, me limito a comprobar que tanto en el Norte como en el Sur nos preocupamos primero por la suerte de nuestra propia etnia, es así y no tiraré a nadie la primera piedra. Por otra parte, yo mismo, al escuchar esas noticias, ¿qué fue lo primero que hice? Me apresuré a llamar a Clarence a casa de sus padres en Sète, para asegurarme de que la periodista de mi mujer no abrigaba el proyecto insensato de ir a observar de cerca esa matanza.