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No recuerdo que Clarence haya conocido nunca a André Vallauris. Era mi amigo más íntimo, pero con una amistad que no habría podido adaptarse a ninguna intrusión, aunque fuera por parte de las mujeres que amábamos.

Nuestra amistad se remontaba a la noche de mi infancia, puesto que él era ya amigo de mi padre y, de alguna manera, mi padrino. Digo «de alguna manera» porque no se trataba de bautismo, sino de padrinazgo en la vida, un cometido que cumplía con una mezcla singular de afecto y de solemnidad.

Solíamos vernos dos veces al año, el último domingo de octubre con ocasión de mi cumpleaños, que es el treinta y uno, y el primer domingo de marzo, para celebrar el suyo, puesto que había nacido en realidad un veintinueve de febrero, patria burlona de algunos seres singulares. No había necesidad de llamarse, volverse a llamar o confirmar; en cuanto a anular o modificar la hora o lugar… El día señalado yo llegaba a su casa a las cuatro de la tarde; él se las había arreglado para estar solo en el amplio piso de paredes revestidas de madera y de pasillos sin fin. Yo le seguía. La tetera estaba ya en la mesa y nuestras tazas humeaban con una infusión de bergamota junto a nuestros sillones gemelos.

En el momento de sentarme, yo colocaba, más cerca de su taza que de la mía, una caja de buñuelos de viento comprados en su pastelería preferida; él desataba el cordel diciendo invariablemente: «¡No tenías que haberlo hecho!». Pero, por supuesto, había que hacerlo, era nuestra costumbre, el carburante de nuestras charlas. Por otra parte, no podía resistirse a comerlos, salvo cuando solo quedaba uno. Entonces me lo ofrecía, yo lo rechazaba y estoy seguro de que él se lo zampaba en cuanto yo me marchaba.

Nadie se sorprenderá si añado que André era gordo. La palabra exacta sería «obeso». Alto, barbudo y obeso. A mis ojos y en mi pluma, ese término no es, de entrada, peyorativo. Hay obesos y obesos. André era un obeso feliz, uno de esos hombres que parecen haber prosperado en torno a una silueta vulgar por una especie de expansión armoniosa, y que en esa envoltura, y quizá para desmentirla, cultivan más que otros el refinamiento del espíritu y de los sentidos.

Pero ahora me avergüenza un poco haber querido describir a André Vallauris por una digresión sobre los buñuelos de viento en lugar de hacerlo mediante los regalos que él me ofrecía a cambio.

En efecto, recuerdo que al final de mi primera visita se había dirigido hacia la biblioteca, en la otra punta del salón. Todos los volúmenes estaban encuadernados a la antigua y, de lejos, se parecían. Retiró uno y me lo dio. Los viajes de Gulliver. Podía quedármelo. Yo tenía nueve años y ya no sé si me di cuenta, en mi visita siguiente, de que el lugar del libro había permanecido vacío. Solo que, a lo largo de los años, la biblioteca estaba plagada de huecos, hasta el punto de parecer desdentada. Ni una sola vez hemos hablado de ello, pero he terminado por comprender que esos huecos se quedarían allí; que desde ese momento eran para él tan sagrados como los libros; y que en esos volúmenes de sombra cortados en el cuero rojizo estaba todo el amor silencioso de los hombres y también sus orgullosas indagaciones.

En vida de mi padre, vi a André en otras ocasiones, pero entonces nuestras relaciones no diferían en nada de las de los otros invitados, nada que pudiera recordar, ni siquiera por alusión, a «nuestra» conversación. Este singular era de rigor; a menudo, de una temporada a otra, André me recibía con un «¿Dónde nos habíamos quedado?» teñido de un imperceptible desafío, o también con un «Te decía, pues». Era un juego, todo con él era juego; pero un juego que se prolonga la vida entera y que no está purificado por la risa, ¿no cesa acaso de ser un juego? Yo podía contar con él para mantener hasta el infinito esa estimulante ambigüedad.

¿De qué trataba nuestra conversación? A menudo de los libros que me había regalado. Así, a propósito de Gulliver, evocamos durante largo tiempo la sangrienta disputa que enfrentaba a los liliputienses sobre la manera de romper los huevos, si por el extremo ancho o por el estrecho; habíamos intentado enumerar los conflictos que, en el mundo que conocíamos, se podían comparar con las disputas entre punta-anchas y punta-estrechas. A merced de los libros, los temas eran tan diferentes como pueden serlo Don Quijote de Un mundo feliz o de la Divina comedia. Pero no solo se hablaba de libros; a mí me quedaba todo por descubrir y André poseía ese arte antiguo de los maestros pedagogos que te dan la ilusión de que lo que en ese instante acaban de enseñarte ha estado siempre dentro de ti.

Los últimos años hablábamos, sobre todo, de las mujeres, del tiempo, es decir, de la edad de los seres, y de las ideas. Hablábamos también de mi profesión, que le intrigaba, y más a menudo aún, de la suya.

De niño, soñaba con ser inventor; su padre quería que fuera abogado y él le había obedecido, pero para volver, por un astuto quiebro, a su pasión primera: en efecto, se había dedicado al derecho de las nuevas técnicas, una disciplina que, por otra parte, él había contribuido a crear. De las tarjetas magnéticas a la fecundación en laboratorio, de la lluvia radiactiva a las estaciones espaciales, mil realidades nuevas habían provocado litigios que ningún texto de ley había previsto; «piratería», «plagio», «propiedad», «ruido ambiental», no tenían ya su sentido habitual; e incluso palabras como «vida» y «muerte» debían definirse de nuevo. Para André Vallauris cada caso era un pretexto para llevar a cabo interminables investigaciones que, con frecuencia, proseguían mucho tiempo después del proceso y que no siempre eran científicas o jurídicas; según él, en el fondo de sus casos existían a veces unos dilemas de conciencia mucho más graves que en los procesos criminales.

Me hablaba de todos estos aspectos de su actividad y, en algunas ocasiones, sondeaba mis sentimientos y creo que los tenía en cuenta. Ni que decir tiene que, por mi parte, concedía un gran valor a las opiniones que él emitía. Sin embargo, cuando evocaba ante él algún problema que me preocupaba, no siempre era para pedir consejo. Tenía otro motivo que, en aquella época, habría sido incapaz de discernir, pero que hoy me parece evidente y claro: creo que a lo largo de nuestra amistad he «depositado» ideas en los oídos de André, como se descarga uno de un peso o como se deja caer una semilla en una tierra familiar. En su mente nada se perdía, todo prosperaba, y cuando me cruzaba de nuevo con mi idea, esta había echado raíces y ramas; con frecuencia también, se había depurado hasta ser irreconocible.

La casualidad de las fechas hizo que acudiera a casa de mi amigo el domingo siguiente al regreso de Clarence; ya le había hablado de nuestra relación y le comenté nuestro deseo de tener un hijo; luego, me extendí largamente sobre el viaje de mi compañera a la India, sus investigaciones, sus decepciones en el periódico, todo ello con muchos detalles y cierta vehemencia.

André me escuchó con su atención acostumbrada. Permaneció pensativo algunos instantes que me parecieron largos; luego, preguntó con un tono muy serio:

—Y si fuera un varón, ¿no has previsto otro nombre que no sea Béatrice?

Sin duda alguna, era la pregunta que menos me esperaba. Pero eso formaba parte de nuestro juego de no mostrarnos sorprendidos por nada.

—No —respondí yo en el mismo tono—, no pienso en ningún otro nombre.

Levantó su taza y bebió un sorbo de té antes de lanzarse a otra discusión totalmente diferente. El paréntesis estaba cerrado.

Eso era al menos lo que tuve la ingenuidad de creer…

Había pasado un mes e incluso algunos días más, cuando recibí una carta con la letra de Vallauris.

«He querido enviarte esto». «Esto» era la fotocopia de una página de una enciclopedia en inglés, en la que un párrafo aparecía rodeado de un trazo oval con un rotulador marrón. En él se leía: «En los años setenta, después de una epidemia de sarampión en algunos pueblos de Senegal, se observó un brusco desequilibrio: solo nacía una mujer por cada diez varones; el mismo extraño fenómeno se observó más tarde en otras regiones del mundo».

Alargué la carta a Clarence que estaba abriendo su correo a mi lado. Debían de ser las nueve y llevábamos sentados un largo rato a la mesa del desayuno, delante del ventanal que da al Jardín Botánico. Para nosotros era la mejor hora del día y no la habríamos cambiado por ningún mañana.

—Lee estas cuantas líneas. Quizá sea la explicación de lo que pasó en el pueblo de la anciana, en el Gujarat.

Ella tomó la carta y la recorrió con los ojos.

—Quizá.

Habría pronunciado ese «quizá» con la misma voz que si, por ejemplo, yo hubiera expresado la opinión de que, esa mañana, la miel era mejor que la que solía comprar. Sí, la misma cortés indiferencia, salvo que se levantó antes de lo previsto.

—Voy a ducharme yo primero.

Sonreí al verla marchar. Me hacía pensar en una mujer a quien se le hubiera recordado una antigua relación de la que no renegaba, pero que no deseaba en modo alguno reanudar.

Era poco menos así como yo interpretaba su actitud, y cuando André me mandó una segunda carta diez días después, evité hablar de ella a Clarence. Por otra parte, los envíos iban a multiplicarse, lo que no me sorprendió. Aunque Vallauris podía pasar años sin escribirme ni llamarme, contentándose con nuestros rituales encuentros semestrales, ya había sucedido que en respuesta a alguna preocupación que yo le había comentado, me ametrallara así con páginas fotocopiadas, sin apenas alguna anotación. Aunque he de precisar que las pocas veces que lo había hecho, no fue con semejante celo. ¡Una verdadera cascada! Había recibido ya diez cartas en tres meses cuando decidí enseñarle otra a Clarence.

Era un suelto del Times of India, repetido en un periódico londinense del domingo, que informaba sobre un grupo de médicos indios que había denunciado «una odiosa práctica que se propaga, que todo el mundo conoce, pero que nadie piensa en atajar… Miles de mujeres embarazadas, informadas con mucha anticipación del sexo del hijo que va a nacer, piden el aborto si es una niña. Algunas clínicas llegan a vanagloriarse de no entregar más que varones».

Esta vez, Clarence manifestó el interés que yo esperaba; pero su comentario…

—Así que me había equivocado.

—¿Cómo? ¿Equivocado?

¡La habría agarrado por los hombros y zarandeado!

—Estaba convencida de que todo lo que había observado en la India estaba provocado por las «habas del escarabajo». Está comprobado que en el Gujarat fue, sin duda, una epidemia de sarampión y en la maternidad de Bombay, abortos abusivos.

—¡Al diablo el escarabajo! Lo que yo veo en todo lo que he leído es que tú volviste de ese viaje con una cantidad de informaciones e intuiciones que tus colegas no tomaron en serio, y que se han comprobado todas. Estamos en presencia de fenómenos alarmantes que merecen una investigación seria, en la India como en otros muchos países. ¿No es esto mil veces más importante que nuestras historias de «habas»?

—No estamos hablando de lo mismo. Yo hubiera querido…

Su voz se apagó, como cansada. Iba a aprovechar su silencio para sermonearla otra vez, cuando mi mirada se cruzó con la suya y me callé. Había en sus ojos una gravedad —peor, una angustia— que yo nunca había visto antes en ellos. Tomándole la mano entre las mías y llevándomela dulcemente a los labios con un gesto que solía hacer, me disponía a preguntarle, con muchos miramientos, qué era lo que la afectaba hasta ese punto, cuando ella se rehízo y sonrió forzadamente, como si no hubiera tenido otra angustia que la de encontrar las palabras adecuadas.

—Lo que me gustaba de las «habas del escarabajo» era que me permitían desconcertar hábilmente a todos los misóginos. Pero por nada del mundo quisiera perderme en el eterno debate sobre el aborto.

»Ya ves, en cuanto pronuncias ciertas palabras es como si echaras una gota de limón en un vaso de leche caliente. Inmediatamente se forma un cuajarón y el suero se separa. Dices “aborto” y la gente se irrita, y afloran de nuevo los reflejos, los tropismos. Por más que alegues matices, nadie te escucha y tienes que elegir rápidamente tu lado en la barricada. Unos te encasillan con los “santurrones”; otros, con los “destripadores”. Sin embargo, en mi corazón, los “santurrones” no valen más que los fabricantes de ángeles; ¿no fueron ellos los que inventaron el pecado original, que dice que la mujer es la causa de todos los males, y que sin su codicia y sin su estupidez la humanidad estaría aún en el paraíso? ¿No inventaron que la mujer nació de la costilla del hombre y que Dios, que en buena lógica habría debido ser para todas las criaturas padre y madre a la vez, es solamente padre?

»Desde hace milenios se elogia sin cesar al macho, la humanidad entera ha deseado que solo nacieran varones. Y hoy, milagro, el deseo puede hacerse realidad. Por fin se puede arrojar a las mujeres con el agua sucia. ¿Quién se rebela? Los santurrones. Mientras que entre los partidarios de la igualdad de sexos algunos prefieren mirar hacia otra parte…

»¡Y tú querrías que me precipitara en ese debate de locos!