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Hace un momento, hablé de los automóviles y del parecido que les encontraba con los insectos; debería haber comenzado por decir lo mismo a propósito de los seres humanos. No se trata en modo alguno de esos supuestos parecidos morales que las fábulas han popularizado y que nos hacen comparar a tal o a cual persona con una hormiga, una cigarra, una abeja, una mosca o una mantis religiosa. Solo estoy hablando de parecido físico.

En efecto, tengo la manía de poner la etiqueta de un insecto a toda persona que conozco cuyo aspecto me lo recuerde. Por eso —y esta es la razón de esta digresión algo frívola— el amigo de André me recordó inmediatamente a un caballito del diablo con las antenas desmesuradamente aplastadas… No me da ninguna vergüenza escribirlo, puesto que algunos años más tarde se lo dije y se rio, pidiéndome que le mostrara el bicho sosia. En esa ocasión, le había explicado que sufría de una incapacidad enfermiza para reconocer a las personas; que ya me había sucedido cruzarme en la calle con un colega, al que veía todos los días en el Museo, y de pronto no reconocer su cara porque estaba fuera de su ambiente habitual, sin delantal blanco y acompañado de su mujer y de sus hijos; y que con mis estudiantes, mi memoria era tan selectiva que se convertía en chistosa: era capaz de recordar, diez años más tarde, detalles de una conversación que hubiera mantenido con alguno de ellos y las opiniones que él hubiese emitido, sin equivocarme en absoluto con el nombre de la persona en cuestión; pero habría podido encontrarme a ese mismo estudiante en la calle, una hora después, sin reconocerle. Como si, a mis ojos, las personas tuvieran rasgos intelectuales y morales perfectamente identificables, mientras que sus rasgos físicos permanecieran indistintos.

Después de haberme hecho, de este modo, un número incalculable de enemigos, decidí un día recurrir a un método mnemotécnico de mi cosecha. Observé que nunca me equivocaba en cuanto a los rasgos específicos de los coleópteros, hasta el punto de distinguir, a la primera ojeada, matices ínfimos que otros solo veían en el microscopio, y esto con miles de especies; observé igualmente que todo ser humano tiene rasgos que permiten relacionarlo a una especie determinada de insectos. Había encontrado, pues, la solución: desde ese momento, le di a cada individuo una especie de nombre codificado para uso personal… No hay obligación de creerme bajo palabra, pero es así como consigo reconocer a mi farmacéutica si me cruzo con ella en la panadería.

Pero volviendo al amigo de André, no he dicho todavía que se llamaba Emmanuel Liev. En aquella época era casi desconocido. Aún recuerdo sus primeras palabras al recibirme.

—Me hubiera gustado enseñarle los árboles que envejecen en mi compañía, pero nuestra especie es friolera, sobre todo la variedad Vallauris. ¡Hombre, André! Ya te estoy viendo hibernar en un sillón de noviembre a marzo. Pero quizá no debería hablarte así delante de tu joven amigo. Discúlpeme, señor, conocí a André cuando él tenía doce años y yo catorce; le llamaba «pequeño» para hacerle rabiar y siempre he conservado ese privilegio.

¿No es natural que me sintiera adolescente entre mis dos amigos mayores? Pero fue mi mirada hacia André la que debió de parecer extraña. Estaba allí, arrobado, mudo, encogido, acurrucado, como empequeñecido, y al mirarle, descubrí de pronto al niño, al «pequeño» del que hablaba su amigo; le descubrí como si jamás hubiese podido sospechar que André pudiera haber sido un niño, e incluso un bebé en pañales, ya que siempre le había visto en su sillón como en un pedestal, una especie de esfinge intemporal. Algunas palmaditas campechanas habían bastado para que bajo el caparazón de adulto apareciera de nuevo el niño.

Solo después de que hubiéramos entrado, de que se quitara el abrigo y se dejara caer en el sillón más amplio, se disiparía la visión y volvería la imagen familiar.

Emmanuel Liev olvidó también sus chiquilladas ginebrinas y su mímica risueña se calmó, convirtiéndose en una sonrisa reflexiva. Dos arrugas de sabiduría se formaron entre sus cejas. Al comenzar a hablar, se dirigió sobre todo a Vallauris, aunque paseara cortésmente su mirada de uno a otro.

—Desde ayer, he estado dando vueltas en la cabeza a todos los hechos que has reunido y creo que tus preocupaciones se unen a algunas de mis más antiguas inquietudes. Intuimos el mismo mal, aunque no hagamos necesariamente la misma lectura de los síntomas.

»Tomemos esas famosas “clínicas de varones” denunciadas por los médicos de la India; el asunto es grave y ya antiguo, puesto que se remonta a los años ochenta. Estamos en presencia de un dilema moral para los médicos, los padres y también para las autoridades, puesto que semejante práctica, por muy abyecta que sea, es con frecuencia totalmente legal. Se detecta que es una niña y la mujer toma la píldora abortiva. Ni la madre ni el médico confesarán que eso es pura discriminación sexual; pretenderán, por el contrario, que se está defendiendo el derecho a elegir de la mujer. Dilema moral, pues, pero sin gran incidencia, hasta aquí, sobre las cifras de población. Detectar suficientemente pronto y con certeza el sexo del feto es hoy posible, pero el método sigue siendo costoso. No se ha generalizado más que en los países ricos; en los otros, solo concierne aún a una estrecha franja de la población urbana, la franja más acomodada y más instruida. Se puede suponer que de esas mujeres, ya se trate, una vez más, de la masa de los países ricos o de la elite de los países pobres, la gran mayoría quiere conocer el sexo del hijo por legítima curiosidad, simplemente por saberlo, para anunciar, eventualmente, al padre “será una niña”, o “un varón”, o “trillizos”. ¿Pero cuántas estarán tan empeñadas en tener un hijo de un sexo y no del otro como para llegar hasta el aborto, aunque este sea fácil, legal, y aunque no fuera contrario a sus convicciones? Muy pocas, creo yo. Desde el punto de vista moral, el dilema es el mismo, pero si se habla de cifras de población, dudo que eso sea ya significativo. Sé que no tengo pruebas en la mano y lanzo a la ligera palabras como “mayoría”, “muchas” o “muy pocas”… Sin embargo, tengo la íntima convicción, como dicen los jueces, de que el peligro está en otra parte.

Empujando un carrito de cristal, apareció una señora mayor, elegante y aún tan grácil que uno no podía imaginarse que lo hubiera sido más en su juventud: Irene Liev. André le besó la mano y luego, riéndose, las dos mejillas.

—Les he servido unos platos. He pensado que así no se darán cuenta de la frugalidad del menú. También he traído vino.

Se sentó al lado de Emmanuel, que dejó su plato y su vaso sin probarlos.

—Vamos a empezar tú y yo —siguió diciendo ella—. Este viejo no sabe beber ni respirar cuando está hablando.

El «viejo» le cogió la muñeca con una mano callosa y enternecida.

—Decía que el peligro está en otra parte. Durante algún tiempo, creí que residía en otro hecho que te ha intrigado, André. ¿Qué puede haber más trivial que una epidemia de sarampión en África? Pocas víctimas, pocas secuelas, ningún eco en los medios de comunicación, pero para algunos científicos ¡qué huracán! En efecto, se comprobó que las mujeres afectadas por la epidemia no daban a luz prácticamente más que varones. Se buscaron otras observaciones, en diversos países y para toda clase de epidemias, y se pudo comprender algo mejor el fenómeno. No estoy suficientemente capacitado para explicarlo detalladamente, pero la idea fundamental es que una mujer, en el momento de combatir la enfermedad, desarrolla unos anticuerpos que atacan al feto que está gestando, como si le confundieran con un virus. Lo rechazan en cuanto está formado, y, selectivamente, algunos, como en el caso de ese sarampión africano, se encarnizan con las hembras, otros con los varones. Una mujer podría, pues, en teoría, estar inmunizada contra las niñas y no tener más que chicos, o a la inversa. Las investigaciones prosiguieron y parece que, en un momento dado, a un equipo se le ocurrió fabricar una vacuna. Sí, una vacuna, una inyección, una escarificación, quizá incluso un comprimido. Para estar seguro de tener un varón, uno se «vacuna» contra las niñas y ningún feto femenino puede ya desarrollarse.

»Pero permitidme que vuelva un momento sobre esas “clínicas de varones”. Os dije que el peligro que suponen está aminorado por el hecho de que utilizan una técnica costosa, y también porque las personas decepcionadas por el sexo que se les anuncia, dudan, generalmente, si llegar hasta la interrupción del embarazo. Pero si esa vacuna se fabricara, se propagara y se generalizara, la detección ya no sería necesaria y no se tendría la impresión de abortar. Sería como una contracepción selectiva. En algunos países, en algunos ambientes, no se rompería gravemente el equilibrio de los sexos; pero en el conjunto del planeta, sería un cataclismo. No me atrevo siquiera a imaginar las consecuencias.

Se calló y permaneció unos instantes pensativo. Luego, bebió un primer sorbo de vino antes de recuperar una apariencia de sonrisa.

—Por suerte, la investigación se estancó. Un colega me explicó que por insuperables dificultades técnicas. Quizá algún día se allanen, para nuestra gran desgracia; pero en fin, tengo casi la certeza de que la vacuna no ha sido fabricada y no está cerca de serlo. Desde hace un año, estoy tranquilo sobre ese punto, solo que tengo otros motivos de angustia.

Miró el fondo de su vaso como si quisiera leer en él el porvenir.

—La idea de esa vacuna antiniñas era ya monstruosa, pero una idea aún más monstruosa ha germinado en algunos cerebros.

»Todo partió de un experimento aparentemente inofensivo sobre los bovinos. Hace ya varios años, se descubrió que en las inseminaciones artificiales en laboratorio era posible actuar sobre el esperma de los toros, para favorecer, a elección, los nacimientos de machos o de hembras; un método perfectamente aplicable, por otra parte, a otras especies, entre ellas la nuestra. Luego surgió la pregunta sobre si no habría un medio de intervenir directamente en el animal inoculándole una sustancia que modificara su progenie. Las investigaciones progresaron relativamente deprisa y se consiguió una sustancia que aumentaba la potencia de los toros y su fertilidad, que “dopaba” de alguna manera a los espermatozoides responsables de los nacimientos de machos, hasta el punto de hacer extremadamente improbable todo nacimiento de hembras.

»El resultado era lo contrario de lo que se deseaba, puesto que la idea original era más bien ayudar a los criadores de ganado a obtener un mayor número de vacas, más rentables a causa de los productos lácteos y de la reproducción. Por lo tanto, la mayoría de los investigadores juzgaron que había que arrinconar el descubrimiento en alguna alacena, tanto más cuanto que los animales tratados se volvían peligrosamente agresivos. Pero algunos listos se dijeron que se podría sacar rendimiento de él, sobre todo en la tauromaquia, e incluso adaptar la sustancia a otras especies de animales de pelea, como los perros o los gallos.

»¿Y por qué no, un día, a los hombres? No solamente para fabricar monstruos del ring, sino (como con la “vacuna”) para satisfacer, en cientos de millones de familias, ese deseo ancestral, esa “obligación” de tener un hijo.

»En esta fase, y antes de que el proyecto se llevara demasiado lejos, alguien intervino. Dicen que algunos biólogos se sintieron turbados, que alertaron a sabios famosos, a académicos, a obispos, a hombres políticos, y todo esto lo cuento como un rumor porque no sé más que fragmentos, no conozco los nombres, ni siquiera el país donde estaba situado el laboratorio, aunque sobre esto tengo mi idea. Pero poco importa. Lo esencial es que se tomó una decisión y se aplicó a la chita callando. El proyecto se interrumpió, los fondos se destinaron a otra cosa y el equipo fue dispersado.

»Desde entonces, cada vez que oigo hablar de esas cuestiones de natalidad selectiva, aguzo el oído, ya que los conocimientos existen, los compradores potenciales son innumerables y el afán de lucro ciega a muchos de nuestros congéneres. ¿Cómo no inquietarse?

—Oyéndole, el asunto parece ineluctable.

Emmanuel Liev aprovechó mi observación llena de pavor para beber ruidosamente otro sorbo de tinto. Luego, movió la cabeza.

—Mi amigo André le dirá como yo que todas las monstruosidades son posibles, pero ninguna es inevitable si se está alerta. Para responder más directamente a su observación, es verdad que, desde el punto de vista estrictamente técnico, esa maldita sustancia podría sin duda fabricarse hoy, y quizá incluso desde mediados de los años noventa. Estoy convencido de que un día estará realmente disponible. Lo importante es saber cuándo. Lo importante es saber si aparecerá en un momento en que los hombres y las mujeres estén maduros para utilizarla de manera responsable. ¿Quién soy yo, os preguntaréis, para tratar a mis semejantes como a menores de edad? Os responderé que soy un viejo zorro de setenta y tres años y que a lo largo de la vida he tenido ocasión de observar cómo la humanidad utiliza los medios más modernos al servicio de causas trasnochadas. Nos servimos de armas del año 2000 para arreglar conflictos que se remontan al año 1000. Descubrimos una enorme energía en el átomo y con ella hacemos champiñones exterminadores. Y si esa «sustancia» fuera fabricada, ¿no sería el fruto de largos trabajos y de técnicas de vanguardia? ¿Y para qué serviría? Para eliminar en los cinco continentes a millones y millones de niñas, porque una tradición estúpida, nacida en la era del garrote, exige que la familia se perpetúe por los hijos. Una vez más, el instrumento moderno al servicio de una causa caduca.

»Sí, ya lo sé, las mentalidades evolucionan a semejanza de las técnicas; se arrastran y se siguen unas a otras, pero no siempre avanzan al mismo ritmo. A veces, cuando existe un peligro, hay que intentar que la marcha de las técnicas o su proliferación vaya más despacio. En 1945, en cuanto la bomba atómica se hizo operativa, la utilizaron con la más absoluta inconsciencia; produjo cientos de miles de víctimas sin modificar el desenlace de la guerra, todo lo más acortó algunos meses la batalla en el Pacífico. Si hubiera estado disponible en 1943, Hitler la habría utilizado contra Londres y luego contra Moscú, Nueva York y Washington; el curso de la Historia se habría modificado y nuestras familias, mi querido André, ni siquiera habrían encontrado refugio en Suiza. No estoy enunciando aquí ninguna nueva verdad, solo quiero insistir sobre el factor tiempo. Desearía que la bomba no se hubiera fabricado, o si acaso, dentro de doscientos años, pero me alegro de que no apareciera dos años antes. Aprecio igualmente que siga siendo una tecnología pesada, costosa, y si hay proliferación que sea lo más lenta posible. Lo mismo sucede con esa maldita sustancia. Si no se difunde hasta dentro de treinta años, me atrevo a esperar que la humanidad sepa no abusar de ella, pero ¿hoy? ¡Ya veis el mundo en que vivimos!

Confieso que en aquella época adivinaba solo muy vagamente a qué podía hacer alusión; lancé una furtiva mirada a André, que movía la cabeza con aire abrumado, y luego miré hacía Irene Liev, quien preguntó:

—¿No deberían haber intervenido antes para cortar por lo sano una investigación que, evidentemente, tendía hacia ese resultado desastroso?

—Esas son las cosas que se dicen después; en ese momento ningún científico desea que las autoridades, cualesquiera que sean, vayan a husmear en sus probetas. Nuestro joven amigo te lo confirmará. Y además, no es la propia investigación la que es objeto de debate. No se quitan las cuatro ruedas a un coche para evitar que derrape. ¿No es más simple cambiar la manera de conducir?

»Dejadme que os ponga un ejemplo sacado de mi disciplina. Entre mis colegas, hay un hombre que ha dedicado veinte años de su carrera a crear una variedad de manzanas más pesadas, cada vez más pesadas, pero sin sabor y con menor valor nutritivo que las que solemos consumir, y cuyo único mérito es hacer ganar más dinero a los cultivadores menos escrupulosos. Tengo otra colega, una veneciana, que al cabo de treinta años de ensayos ha conseguido doblar el volumen de cierta variedad de arroz, concentrando a la vez su valor vitamínico; de tal manera que, hoy, cerca de doscientos millones de seres humanos han mejorado su alimentación gracias a ella.

»Estos dos investigadores han estudiado en los mismos libros y han utilizado los mismos descubrimientos fundamentales, las mismas técnicas, solo que no han hecho el mismo uso de ellos.