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Fue en El Cairo donde comenzó todo, durante una laboriosa semana de febrero, hace cuarenta y cuatro años; incluso anoté el día y la hora. Pero de qué sirve jugar con las fechas…, basta con decir que el año de los tres ceros estaba cercano. ¿He escrito «comenzó»? Comenzó para mí, quería decir; los historiadores remontan la génesis del drama mucho más atrás en el tiempo, pero yo me sitúo aquí desde el estricto punto de vista del testigo: a mis ojos, el problema surgió cuando me enfrenté a él por primera vez.
Esta forma de entrar en materia puede hacer creer que pertenezco a la raza de los grandes viajeros: una cita a la orilla del Nilo, una escapada al Amazonas o al Brahmaputra… Todo lo contrario. He pasado la mayor parte de mi vida en mi mesa de trabajo y he viajado, sobre todo, de mi jardín a mi laboratorio, lo que, por otra parte, no me produce el menor pesar; cada vez que me pegaba al ocular del microscopio me parecía estar embarcándome y cuando de verdad tenía que tomar el avión lo hacía, casi siempre, para observar desde más cerca a un insecto.
Aquel viaje a Egipto tenía relación con el escarabajo, pero el enfoque no era el acostumbrado. Por lo general, cuando participaba en algún seminario, solo se trataba de agricultura o de epidemias. Los invitados de honor eran la filoxera o la Propillia japonica, el anofeles o la mosca tsé-tsé, en unas fastidiosas variaciones sobre un tema viejo como la prehistoria: «Nuestros enemigos los bichos». El encuentro de El Cairo prometía ser diferente. La invitación hablaba de, cito textualmente, «apreciar el lugar que correspondía al escarabajo en la civilización del Egipto antiguo: arte, religión, mitología, leyendas».
Supongo que no le enseñaré nada a nadie recordando que, en la época faraónica, se veneraba al escarabajo como una divinidad. En particular la especie conocida, precisamente, con el nombre de «escarabajo sagrado», Scarabeus sacer, pero más generalmente todas las variedades de este animoso insecto. Se le creía dotado de virtudes mágicas y depositario de los grandes misterios de la vida. A lo largo de mis años de estudio, cada profesor me lo había repetido a su manera, y en cuanto hube conseguido mi propio laboratorio en el Museo de Historia Natural, mis alumnos tuvieron derecho, ellos también, a la cantinela anual, ditirámbica y apasionada, sobre el escarabajo. ¿Pueden imaginarse lo que representa para un especialista en coleópteros saber que Ramsés II pudo prosternarse ante uno de esos bichitos devoradores de bosta? El culto al escarabajo se propagó, incluso, mucho más allá de las fronteras de Egipto, hasta Grecia, Fenicia y Mesopotamia; los legionarios romanos tomaron la costumbre de grabar una silueta de escarabajo en la empuñadura de sus espadas y los etruscos cincelaban delicadas joyas de amatista con su efigie.
Lo repito, para mi disciplina el escarabajo es una gloria, un título de nobleza. Iba a decir, un venerable antepasado; y, naturalmente, leí algo referente a él e hice algunas investigaciones, ya que no podía tratarlo de la misma manera que a las cucarachas del desván; no todos los insectos han nacido en la misma bosta.
Sin embargo, por muy amplias que hubieran podido ser mis investigaciones, pronto me sentí fuera de lugar en el seminario de El Cairo. De los veinticinco participantes llegados de ocho países, yo era el único incapaz de leer los jeroglíficos, incapaz de enumerar a los Tutmés o a los Amenofis, el único que ignoraba, por añadidura, el copto sahídico y el copto subajmímico —que a nadie se le ocurra preguntarme lo que es, ya que jamás he vuelto a oír esas palabras desde entonces, aunque creo haberlas transcrito correctamente.
Como si se hubieran aliado para humillarme, todos los conferenciantes habían salpicado sus intervenciones con expresiones faraónicas en apariencia muy divertidas y que, evidentemente, a ninguno se le ocurría traducir; eso no se hace en su ambiente, ya que sería una inconveniencia poner así en duda la erudición de los oyentes.
Cuando llegó mi turno, me las arreglé para decir, medio en broma, que sin ser egiptólogo ni arqueólogo, sin conocer ningún dialecto copto, no era exactamente un ignorante, dado que mi especialidad abarcaba las trescientas sesenta mil especies de coleópteros censados hasta entonces, un tercio de todas las criaturas animadas, poca cosa. Pido disculpas por la fanfarronada que es algo que va totalmente en contra de mis costumbres, pero aquel día tuve la necesidad vital de practicarla para liberarme de una asfixiante sensación de analfabetismo.
Una vez hecha esta precisión y después de verificar furtivamente su efecto en las caras de mis oyentes, ya podía abordar mi tema, a saber, una descripción de las costumbres alimentarias y reproductoras del escarabajo, para ayudar a comprender lo que, en su comportamiento, había podido parecer tan sugestivo, tan misterioso, tan rico en enseñanzas a los faraones y a sus súbditos.
No necesito hacer hincapié en ello: los antiguos egipcios, incluso cuatro mil años antes que nosotros, no eran un pueblo primitivo. Habían construido ya la Gran Pirámide, y si se habían inclinado con embeleso ante un insecto ocupado en amasar bosta de búfalo, debemos considerar con respeto su admiración.
¿Qué hacía el escarabajo?, o más bien, ¿qué hace, puesto que el culto del que fue objeto no ha modificado en nada su comportamiento?
Con sus patas delanteras, arranca un trozo de bosta que hace rodar delante de él para comprimirlo y redondearlo. Previamente, ha cavado un agujero en el suelo y, cuando ha terminado de confeccionar su bolita, la empuja para meterla dentro; o incluso, primera maravilla, en vez de conducirla derecha hacia el agujero, la lleva en dirección contraria hasta la cima de un pequeño montículo de arena, y allí la suelta para que vaya rodando a meterse directamente en él.
Te hace pensar en Sísifo; y, de hecho, a una de las variedades más conocidas de escarabajos se la llama sisyphus. Pero los egipcios vieron en ello otro mito, otra alegoría, ya que el escarabajo, una vez que ha encajado bien su bolita en el agujero, le da la forma de una pera para estar seguro de que no se moverá más, y luego, aova en la punta y de ese huevo saldrá una larva. Esta, al nacer, encontrará en la bolita su alimento y vivirá allí, en autarcía, hasta su madurez, es decir, hasta que un nuevo escarabajo, abandonando su «concha», repita los mismos gestos…
Esa bolita que rueda, se dijeron los egipcios, simboliza el movimiento del sol en el firmamento, y esos escarabajos que rompen sus ataúdes de bosta simbolizan la resurrección después de la muerte. ¿No son las pirámides unas gigantescas peras de bosta estilizadas? ¿No esperaban que el difunto, como el escarabajo, saldría de ellas un día, revigorizado, para reanudar su labor?
Si mi intervención había dejado insatisfechos a los oyentes, la siguiente, obra de un brillante egiptólogo danés, el profesor Christensen, la apoyó y la enriqueció.
Después de agradecerme cortésmente los detalles zoológicos que había aportado, se extendió mucho más sobre el aspecto simbólico. Partiendo del supuesto papel del escarabajo como mensajero de la resurrección —explicó—, se le habían atribuido, tanto en la religión establecida como en las creencias populares, toda clase de virtudes. Se le había erigido en símbolo de inmortalidad, por lo tanto, de vitalidad, de salud y de fecundidad. Se habían hecho escarabajos de piedra para colocarlos en los sarcófagos, así como escarabajos de arcilla endurecida que servían de sellos.
—Un sello —señaló el conferenciante— se pone al final de un documento para certificar su origen y garantizar su inviolabilidad y su perennidad. Los escarabajos, símbolos de eternidad, eran idóneos para ese uso; y si los faraones pudieran volver a la vida, comprobarían que sus valiosos archivos, acumulados en papiros durante milenios, se habían convertido en polvo, pero que los sellos de arcilla endurecida habían sobrevivido. A su manera, el insecto sagrado ha cumplido su promesa de inmortalidad.
Se han encontrado miles de esos escarabajos de los que los egiptólogos han sacado multitud de informaciones. El danés, que parecía haber escudriñado cada objeto en cada museo del mundo desde Chicago a Tashkent, había hecho para nosotros una relación de todas las firmas —faraones, tesoreros o sacerdotes de Osiris— así como de las fórmulas de votos que las acompañaban. Una de ellas se repetía sin cesar como un encantamiento: «¡Que tu nombre perdure y que te nazca un hijo!».
Con el fin de distraer a su auditorio, al que esta repetición habría terminado por cansar, Christensen se sacó de pronto del bolsillo una cajita de cartón que sostuvo entre el pulgar y el índice para blandirla ante nuestros ojos. Al aparecer como conclusión de una intervención en la que se había hablado constantemente de oro, de esmeraldas, de la talla de piedras preciosas y de incrustaciones, este objeto de factura reciente y burda tenía algo que molestaba. Ese era precisamente el efecto que buscaba el danés.
—Esto lo compré ayer por la tarde en la Gran Plaza de El Cairo, en Maydan al-Tahir. Vean, son unas cápsulas aplastadas en forma de gruesas habas, llamadas precisamente «habas del escarabajo». Dentro hay un polvo que, según el folleto, aumentará la potencia viril del hombre que lo tome, quien, además, será recompensado por su fogosidad con el nacimiento de un hijo.
Mientras hablaba, el egiptólogo había roto una de las habas y había derramado el polvo sobre el texto de su conferencia.
—Como pueden ver, a los ojos de algunos de nuestros contemporáneos, el escarabajo está adornado con las mismas virtudes mágicas que antaño. Por otra parte, el fabricante no es un ignorante, puesto que aquí hay una imagen de un escarabajo muy bien reproducida, tengo que decirlo, así como la traducción al árabe y al inglés de la fórmula ancestral que ya conocen ustedes de memoria: «¡Que tu nombre perdure y que te nazca un hijo!».
Carcajada unánime que Christensen, hábil comediante, apagó con un dedo autoritario y una ceja levantada, como si se dispusiera a hacer una comunicación científica importante:
—Debo informarles que las susodichas habas me han costado cien dólares. No creo que este sea su precio habitual, pero yo había sacado el billete y el chiquillo que vendía estos objetos me lo arrancó de las manos con una sonrisa de ángel, antes de salir corriendo. ¡Un gasto que el contable de la Universidad de Aarhus jamás querrá reembolsarme!
Aquella misma tarde fui a Maydan al-Tahir, decidido a no volver sin haber adquirido como recuerdo «mi» ejemplar de «habas del escarabajo», y decidido también a no dejarme timar. En el momento de salir de mi habitación, tuve la precaución de sacar de mi cartera un billete de diez dólares que me metí en el bolsillo antes de abrocharme cuidadosamente la chaqueta.
Así preparado podía partir al asalto de la Gran Plaza, una inmensidad no desprovista de alma, maraña de pasarelas aéreas que se supone deberían reducir el hervidero humano, pero que, por el contrario, lo amplifican, añadiéndole una tercera dimensión. En esa gigantesca aglomeración de soldados ociosos y de dependientes ajetreados, en esa jungla de curiosos, de ladrones, de mendigos, de traficantes de todas las ciencias, busqué a mi vendedor de cápsulas, o más bien, con mi actitud embobada, intenté parecer lo más turista posible con el fin de atraerlo.
Al cabo de pocos minutos, fui descubierto por dos jóvenes vendedores. El más bajo me puso, de entrada, una caja en la mano; agité mi billete de diez dólares, decidido a fingir la más sincera irritación si se le ocurría reclamar más. Para mi sorpresa, se metió la mano en el bolsillo para darme la vuelta. Le di a entender que podía quedarse el cambio, pero él insistió en devolverme lo que me debía hasta el último «céntimo». ¿Por qué desanimar tan loable disposición? Me resigné, pues, a esperar, en medio de un ensordecedor bullicio, a que reuniera dificultosamente en la palma de la mano la suma que debía devolver. No eran más que unas monedas muy ligeras, pero lo que cuenta es el gesto ¿no? Le di las gracias con un golpecito en el hombro y me volví al hotel, buscando con los ojos al amigo danés.
Le encontré en el bar, sentado ante una cerveza de su país. Enseñándole con orgullo mi adquisición, le informé del precio exacto que había pagado. Me felicitó por mi habilidad, quejándose de su gran ingenuidad cuando estaba de viaje, y al ir a pagar las consumiciones, le rogué con condescendencia que me dejara hacerlo a mí:
—Ya ha pagado usted suficiente para todo el día.
Me desabroché la chaqueta y… allí no había nada. Mi cartera había desaparecido.
Sin duda habría omitido contar este episodio irrisorio y poco glorioso si no hubiera influido en los acontecimientos que le sucedieron.
En efecto, lo que Christensen contó de esas cápsulas me había divertido tanto que me prometí referir la anécdota a mis alumnos y a mis colegas a mi regreso a París. Se podrá decir que, como broma, era típicamente académica, y estoy de acuerdo; pero lo importante no era eso, sino que «las habas del escarabajo» habrían dado la vuelta al Museo en pocas horas, y en el grupo de guasones habría habido alguno, al menos, que habría examinado el asunto más detenidamente. Quizá eso habría permitido elucidar a tiempo el misterio y prevenir el drama…
En lugar de eso, en el mismo instante en que llegué a mi casa, me apresuré a tirar el maldito objeto en el batiburrillo de un cajón lleno de cosas inservibles, deseando no volver a ver jamás esa prueba material de mi necedad.
Diez días después, ya no pensaba más en ello. El dinero ganado o perdido nunca me ha causado alegrías o irritaciones duraderas. Pero en aquel momento, estaba fuera de mí. Había previsto comprar unos libros antiguos en un librero que me habían recomendado, en la calle Qasr-el-Nilo; igualmente, había visto en el hall del hotel una deslumbrante reproducción del escarabajo sobre papiro a la antigua, que habría enmarcado a mi regreso. Privado de toda forma de pago, tuve que renunciar a esas adquisiciones, y el último día del viaje, que nos lo habían dejado libre, tuve que pasarlo en mi habitación del hotel, leyendo y releyendo los documentos del seminario.
Las «habas del escarabajo» permanecieron, pues, encerradas en aquel cajón y en lo que respecta a mi mente, en una sombría mazmorra. Por desgracia, solo saldrían mucho más tarde.
En el intervalo, se produjo la llegada —por poco digo el acontecimiento— de Clarence.