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De todas las sangrientas conmociones que afectaron a los países del Sur a lo largo de las décadas precedentes, ¿qué fue lo que hizo del drama de Naiputo ese acontecimiento clave, ese hito, ese «Sarajevo del nuevo siglo» como lo calificó un historiador de hoy?
Se comprende fácilmente que el derrumbamiento súbito e inesperado de toda autoridad, la explosión de la violencia y la hostilidad abierta con respecto al Norte y a todo lo que lo representa o lo simboliza era algo que desarmaba y desorientaba, tanto al público como a los responsables. Pero más grave era el hecho de que todos los ingredientes del drama existían, sin excepción, y con el mismo potencial de horror, de imprevisible demencia, en diez, veinte, cien Naiputos por todo el mundo.
Por todas partes, la llamada «esterilización» había hecho sus estragos; por todas partes, se había podido observar la primicia de grandes desenfrenos; y, evidentemente, por todas partes crecía el mismo rencor contra el Norte y sus «secuaces» del interior, con unas acusaciones que un observador imparcial no habría juzgado convincentes; pero no se convence a la masa, se la enardece. Había una rabia legítima y una apariencia de pruebas, eso bastaba. Y eso bastó.
Sería injusto no añadir que unos individuos como Foulbot y sus émulos no hicieron más que exasperar una situación que era ya, y desde hacía mucho tiempo, irremediablemente comprometida; ellos no habían inventado la pobreza, ni la corrupción, ni la arbitrariedad, ni las innumerables segregaciones; no habían cavado con sus manos esa «falla horizontal» entre Norte y Sur; en sus cerebros de aprendices de brujo, buscaban quizá el remedio a esos males; pero su invención fue la mecha que le faltaba al barril.
Al citar la comparación con Sarajevo, soy consciente de haber caído de nuevo en una costumbre de pensamiento común y falaz. El que se propone contar una guerra se ve obligado a fechar la iniciación de las hostilidades y a señalar con el dedo algún acto irreparable. Pero a mí, que giro más bien en la órbita de mi ciencia que en la de la Historia, tales concatenaciones no me ayudan a comprender. Tengo tendencia a pensar que las conmociones graves tienen una larga existencia soterrada. Así sucede con los cataclismos y lo mismo con las enfermedades solapadas. Y así sucede con las guerras.
Sí, por qué negarlo, pienso una vez más en las larvas de los insectos. Es el universo que he frecuentado y el único donde tengo mis puntos de referencia, mis escasas certidumbres: los monstruos de hoy nacieron anteayer, pero ¿cuántos saben ver la imagen bajo la máscara? En la atroz realidad del siglo de mi vejez, nada era impensable, imprevisible e inevitable hace cincuenta o noventa años; sin embargo, no se pensó nada, no se previó nada, no se evitó nada.
Pero ¿de qué sirve remontar la cadena de las causalidades? ¿De qué sirve oponerse a las lógicas aparentes? Más vale enumerar las peripecias.
Después de tres días de incertidumbre, llegó la confirmación de los más atroces rumores: sí, la matanza proseguía, tanto en Naiputo como en todo el país, y tanto con cañones como con arma blanca; sí, cientos de extranjeros habían muerto, diplomáticos, turistas, expatriados, hombres de negocios; y no, nada indicaba que el orden se restablecería pronto. «Los culpables serán castigados», se declaraba en Washington, en Londres, en Berlín, en Moscú, en París y en otras partes; si es que los culpables tenían un rostro y un nombre.
Se llegaba a añorar el tiempo en que el Norte era doble, y en que para atacar a una de las potencias se recurría al padrinazgo de la otra, y a sus armas, y a su jerga.
Ya que, más que los detalles de las matanzas, más incluso que las imágenes y los testimonios que, poco a poco, rezumaban hacia el exterior, lo que confirió al drama de Naiputo su carácter monstruoso que iba a permanecer en nuestras memorias, fue esa impresión que daba el mundo entero de estar sin fuerza y sin puntos de referencia, como si la Historia se hubiera puesto de pronto a chapurrear una lengua indescifrable, una lengua resucitada de otro tiempo o venida de otro planeta.
Hoy me explico un poco mejor el fenómeno. Cuando una población cree que su supervivencia está amenazada, se asiste a veces a un derrumbamiento súbito de todos los códigos sociales que de ordinario rigen su comportamiento. ¡Cuántas comunidades, cuántas tribus se sentían entonces en vías de extinción! ¿Qué diques podían contener su demencia?
Naiputo no fue más que una etapa en un largo camino hacia el calvario. Apenas se había restablecido allí una apariencia de orden y se había aislado a cada etnia en su territorio, estallaron otros dramas en otros países, siguiendo el mismo modelo sangriento. Los historiadores hablan ahora del «síndrome de Naiputo»; en aquella época se hablaba de «contagio». Esta última palabra es impropia. Cuando los huevos de un mismo escorpión se rompen uno tras otro, no se puede hablar de contagio en el sentido estricto. Pero hubo, y de eso no cabe la menor duda, un fenómeno de mimetismo que Gulliver habría señalado seguramente si hubiera vivido en nuestra época: cuando en mil millones de pantallas se ve a un punta-ancha estrangulando a un punta-estrecha, todos los punta-estrechas de la Tierra se sienten amenazados y muchos punta-anchas se descubren un alma asesina.
¿Acaso no conocen los especialistas el mimetismo de los pirómanos que los medios de comunicación acrecientan? La imagen de esas turbas pidiendo la muerte de los «esterilizadores» no podía quedar sin eco en las poblaciones afectadas por el mismo mal.
Después de Naiputo, ¿a quién le tocaría? Las mentes lúcidas o pesimistas olfateaban un poco por todas partes «síntomas», «indicios», «primicias», «signos precursores». Si se les creyera, pocos países se salvarían.
Durante un tiempo, ese drama me alejó de Clarence. Teníamos la misma visión de los peligros, pero ella extraía de ellos nuevas razones para luchar, mientras que yo tenía prisa, más que nunca, por reanudar la vida de laboratorio. Cuando la palabra tenía un sentido, dije algunas. Cuando la sensatez tenía un papel para mí, subí al escenario. Pero ya estábamos viviendo el tiempo de la demencia y yo me sentía en él solo como un intruso, una antigualla, una reliquia, un anacronismo. ¿De qué sirve mentirse a sí mismo? ¿Por qué aparentar oposición al desencadenamiento de los odios cuando los más grandes mostraban su impotencia?
Yo tenía el discurso de mi temperamento y Clarence el suyo. Yo la admiraba, ella no me reprochaba nada, discutíamos sin desabrimiento. Pero nuestros caminos se separaban.
Se le había metido en la cabeza crear, en las regiones más turbulentas, unos «comités de Sensatos» afiliados a la Red, que, con su influencia sobre la opinión pública y los dirigentes y con el respeto que inspirarían a todos, serían otros tantos «diques» para contener el aumento de la violencia. Esta tarea de dimensiones universales obligaba a Clarence a recorrer sin cesar los continentes. París era, en el mejor de los casos, una escala frecuente.
Por mi parte, y durante ese mismo periodo, tuve que efectuar un desplazamiento de una naturaleza totalmente diferente, que debe de parecer irrisorio a los ojos del lector de hoy, pero que exigía de mí un constante esfuerzo de adaptación.
Cuando confirmé al director del Museo mi firme decisión de reintegrarme a la «casa» me repitió que yo seguía siendo bienvenido, pero añadiendo, sin que pareciera una condición, que a él le convendría, así como a mis colegas, que se pudiera realizar una ligera reorganización: en lugar de ocuparme, como siempre lo había hecho hasta entonces, de los coleópteros, quizá consintiera yo en dirigir, durante un año o dos, a un grupo de investigación sobre los lepidópteros.
«¿Las mariposas?». Mi primera reacción fue de sorpresa y de cierto desprecio. No soy más insensible que cualquier otro a la belleza de esas criaturas, a la elegancia de su forma de volar; hasta pueden llegar a ser realmente suntuosas en ciertos campos de luz. Solo que yo siempre había preferido estudiar unas bellezas menos patentes sin la ayuda de un microscopio.
«Sí, las mariposas» —repitió el director—, y en su boca, igual que en la mía, esa denominación común sonaba como una palabra de argot, acompañándose obligatoriamente de una tosecilla desdeñosa. «Se lo sugiero porque hay una plaza vacante, pero no quiero insistir; sé que personas más jóvenes que usted y que yo dudarían de apartarse así de sus temas preferidos». No insistió, pero sin insistir, me ponía discretamente ante el desafío de lanzarme a un nuevo campo de investigación a una edad tan avanzada. «No ignoro que a los treinta años usted era ya una autoridad en los coleópteros, y que lo sigue siendo a pesar de estos años de alejamiento. No tiene más que decir una palabra y le confiaré de nuevo ese sector». La persona que se había hecho cargo de él durante mi ausencia se apartaría de buen grado —precisó con el tono menos convincente del mundo.
Había comprendido. «¡Adelante con las mariposas!». No quería que mi regreso trastornara las posiciones adquiridas. Y además, el desafío me estimulaba. Me sentía perfectamente capaz de explorar nuevas vías y tenía prisa por demostrarlo.
No exageremos —me dirán—, yo no iba a cambiar de profesión, ni siquiera de disciplina. Seguiría en el campo de los insectos. Pero entre un escarabajo y un astianax hay más o menos tanto parecido como entre un águila y un chimpancé. Verdad es que en mi carrera de entomología yo había estudiado todos los órdenes y los subórdenes, tanto los lepidópteros como los dípteros, los megalópteros o los apócritos. Pero no fue más que una visión de conjunto, y de eso hace ya muchos lustros. Y además, como he tenido ya la ocasión de señalar, ¡con mis trescientas sesenta mil especies de coleópteros tenía con qué ocupar mis días! Que no quede por eso —me dije—, me reciclaré, aunque tenga que sumergirme de nuevo en todos los viejos clásicos desde Linneo.
Fue así como al azar de las lecturas conocí a las uranias. Sin duda las habían mencionado delante de mí en algún curso, ya que el nombre no me era desconocido, pero no sabía nada de su apariencia ni de sus costumbres.
Grande como la mano de un niño, con estrías de color verde metalescente, negro brillante, y a veces también rojo anaranjado, y con la parte posterior ribeteada de blanco, la urania puede observarse en diversas regiones del globo, del Pacífico a Madagascar y de la India a la Amazonia. La especie que me llamó particularmente la atención es la que se conoce con la denominación de Urania ripheus y que puede encontrarse principalmente en la América tropical.
Los sabios que se han interesado por ella han podido observar un fenómeno sorprendente y espectacular: ciertos días del año, estas uranias se reúnen por decenas de miles en un lugar donde la selva llega hasta el océano, y luego echan a volar recto hacia adelante atravesando cientos de millas marinas, hasta que, al no encontrar ninguna isla en la que posarse, caen de agotamiento y se ahogan.
Algunas hembras ponen sus huevos en la selva antes de la migración, lo que asegura la supervivencia de la especie, pero la mayoría de ellas vuelan aún preñadas, arrastrando a su progenie a su suicidio colectivo.
El vuelo de las uranias me cautivó desde el instante en que tuve ante mis ojos el informe de las primeras observaciones. Me preguntaba si ese viaje hacia la nada se debería a una «avería» del instinto de supervivencia, a una alteración genética o a un trágico «error de transmisión» en las señales codificadas que parecen regir esas migraciones; las hipótesis podían multiplicarse.
Instante bendito en la existencia de un investigador aquel en que descubre que está dominado por una nueva pasión. En esa etapa de mi itinerario, yo lo necesitaba. Estaba ya tan obsesionado por mi tema que no me costó ningún esfuerzo convencer a la quincena de estudiantes cuyos trabajos dirigía que dedicaran una parte de su tiempo a las uranias. Sin intención de engañarlos, los seduje con la eventualidad de una expedición a Costa Rica. Pero no conseguí obtener los fondos necesarios para una verdadera misión de estudio. Si hubiera superado esa dificultad, me pregunto cómo habría podido alejarme de París —es decir, de Béatrice— durante los meses que semejante investigación habría exigido, cuando Clarence estaba ausente con tanta frecuencia.
Todavía lamento no haber hecho ese viaje, pero, con el paso de los años, me consuelo diciéndome que la observación sobre el terreno habría sido instructiva, pero fastidiosa, y que sin duda, no habría añadido nada a los hechos que ya se conocían; era perfectamente concebible y totalmente legítimo para mi equipo estudiar los trabajos de observación efectuados por otros, para asimilarlos e intentar interpretarlos.
Pudimos formular algunas hipótesis que fueron objeto de una monografía. Debido a las circunstancias, no tuve ocasión de publicarla y aún se encuentra en mis cajones. En ella expreso la opinión de que el comportamiento de las uranias no es el resultado de una pérdida del instinto de conservación, sino por el contrario, de la supervivencia de un reflejo ancestral que sigue conduciendo a esos animalillos hacia un lugar donde antaño se reproducían, quizá una isla que ha desaparecido; así, su suicidio aparente sería un acto involuntario causado por una mala adaptación del instinto de supervivencia a unas nuevas realidades; estas ideas sedujeron a mis estudiantes, pero algunos colegas se mostraron escépticos en cuanto a la formulación.
Las uranias ocuparon lo esencial de los dos primeros años de mi reencontrada carrera científica. El tiempo que me quedaba lo dedicaba a los Aravis, adonde Béatrice me acompañaba a veces, participando en los trabajos. La casa tomaba forma y alma, aunque con una comodidad más bien rudimentaria; mi única concesión a los aparatos modernos fue ese cómodo dispositivo que permite encender la calefacción a distancia, con el fin de evitar el desagrado de entrar en una amplia habitación helada. No pasaban dos semanas sin que yo apareciera por allí y ni siquiera las carreteras nevadas conseguían disuadirme.
Clarence no había ido nunca, pero teníamos el proyecto de pasar allí un mes de verano los tres juntos; un mes tranquilo, hogareño, sedentario y reparador. Estas palabras despertaban en mi compañera un dulce deseo que se esforzaba en acallar. A veces, en la oscuridad de nuestra habitación, me confesaba cierto cansancio, pero había elegido ser un engranaje y no se sentía con el derecho de detenerse, ni siquiera para una pausa. No habría querido a ningún precio que sus debilidades obstaculizaran su lucha.
A pesar de todo, yo había conseguido arrancarle la promesa de ese mes de paz, aduciendo principalmente que muy pronto nuestra hija no aceptaría ya pasar las vacaciones con sus «viejos», y que su madre tenía el deber de permanecer más a menudo junto a ella, para hablarle, para escucharla. A pesar de mi respeto por el compromiso de Clarence, así como por el uso de su tiempo, estaba decidido a ejercer todas las presiones necesarias para obligarla a cumplir su promesa.
Por desgracia, no tuve necesidad de utilizar mi influencia ni mi dudoso poder de persuasión. Una mano desconocida iba a decidir por nosotros con la más implacable eficacia.