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En el concierto de autosatisfacción que ensordecía a todos los países del Norte hubo, sin embargo, algunas voces que se elevaron, desde aquella época, para formular la única y verdadera pregunta: ¿cuáles serían, en los años venideros, las secuelas del grave desequilibrio de los nacimientos que acababa de producirse? Se les escuchó con la misma atención que lo haría un ahogado, salvado in extremis, a aquel que le pusiera en guardia contra las corrientes de aire sobre sus ropas empapadas.
Y si a ese superviviente se le dijera que en el otro extremo de la playa se estaba ahogando un desconocido, ¿se levantaría de un salto para ir a socorrerlo? No, permanecería allí, tendido, inmóvil, agotado, incrédulo, rumiando sus momentos de miedo, de pánico, y luego, de salvación. Así es como me explico el fracaso inicial de la campaña lanzada por la Red en el año trece, con el lema: «El Norte está salvado, salvemos al Sur».
Aún hoy, apenas consigo creer lo que pude leer u oír. Los mismos viejos argumentos, los de Pradent, salían a la luz tal como antes, como si los acontecimientos no hubieran hecho más que justificarlos. El Norte estaba amenazado de despoblación, decían, y se ha necesitado una operación de salvamento: tratándose del Sur, por el contrario, todos saben que está superpoblado y un descenso de la fecundidad no sería para él una alteración, sino al revés, un equilibrio saludable. Además, ahora que «nuestros países» habían sufrido una disminución de su población, era tanto más saludable que «allí» sufrieran otra al menos equivalente. Para llegar a ese resultado, todos los medios eran buenos…
¡Yo que creía que los viejos demonios estaban enterrados! Al oír esos argumentos, me acordaba de una discusión que tuve con André. Yo tenía entonces doce o trece años y él me había preguntado, sin venir a cuento: «¿Crees en los fantasmas?». «¡No!» —había protestado yo, molesto de que hubiera podido creerme influenciable con respecto a semejantes tonterías—. «Pues haces mal. No estoy hablando de esos cadáveres con garras que deambulan de noche por los alrededores de los cementerios. Hablo de las ideas fantasmas, con tantas garras e igualmente sanguinolentas; te las encontrarás en todas las edades de tu vida y no podrás matarlas porque están ya muertas». Alegoría o no, mi cerebro de adolescente estuvo obsesionado durante mucho tiempo por esas ideas fantasmas; hasta el día de hoy sigo viéndolas y las persigo por todas partes con vehemencia, pero sin ilusiones.
Me encontraba yo más o menos en ese estado de ánimo cuando estalló el triste caso llamado «del Vitsiya» o «del arca celeste». Un acontecimiento tan trágico como bufo, cuya sola evocación me avergüenza, como debería avergonzar a todos mis contemporáneos. ¡Pero qué se le va a hacer! ¡El mundo había llegado a esos extremos!
Ya he tenido ocasión de decir que numerosos gobiernos habían decidido facilitar las adopciones de niñas en el extranjero, con el fin de cubrir el déficit de nacimientos, y que la Red de los Sensatos había protestado inútilmente. Nuestra opinión era que, ciertamente, la adopción tiene un cometido de compensación afectiva, pero que en ningún caso debe convertirse en un procedimiento de compensación demográfica; que representa un compromiso humano maravilloso, a condición de que sea estrictamente individual; que no debería ser objeto de ningún trato comercial, ni proporcionar ventajas pecuniarias. Tratándose de la infancia, una nadería separa lo sublime de lo sórdido, lo generoso de lo ruin…
Pero tanto las autoridades como la opinión pública, escarmentadas por el temor a la despoblación, no querían agobiarse con semejantes matices. Se reflexionaba en términos de índices, de déficit, de equilibrios globales, y todo el mundo estaba dispuesto a ver en la transferencia masiva de niñas del Sur hacia el Norte una acción legítima e, incluso, saludable.
Animado por la legislación tanto como por el sentimiento popular, un «televangelista» americano de origen ucraniano, cuyo verdadero nombre no recuerdo ahora, pero que se hacía llamar comúnmente «Vitsiya» —que creo que significa «padre» en un dialecto ucraniano—, decidió emprender una amplia operación destinada a transportar al Norte diez mil recién nacidos, casi todos niñas, procedentes del Brasil, de Filipinas, de Egipto y de otros varios países del Sur. Con gran acompañamiento de publicidad, organizó un verdadero puente aéreo, al que bautizó pomposamente con el nombre de «arca celeste».
Solo los que vivieron aquellos días en directo, o en «espectáculo real», como a algunos les gustaba decir en aquel tiempo, podrán comprender todo el significado de lo que ocurrió.
Varias cadenas de televisión habían comprendido que la operación del Vitsiya era una verdadera ganga para los medios de comunicación, capaz de apasionar y de conmover en el más alto grado a un público particularmente sensible a todo lo que tuviera relación con los problemas de población; y que incluso se trataba quizá de un gran acontecimiento histórico que sería imperdonable «perderse».
Por lo tanto, durante cuarenta y ocho horas, todo un fin de semana, cientos de millones de familias permanecieron pegadas a sus aparatos de televisión, viendo y volviendo a ver las imágenes de la operación, mezcladas con entrevistas al héroe del día, un gigante de barba tornasolada y de cejas rubias y enmarañadas.
El Vitsiya no era un vulgar iluminado sediento de escándalo, como hoy se complacen en describirle. Y la argumentación que desarrollaba no era insensata. Veamos —decía— el caso de una niña que acaba de nacer en un pueblo sudanés. Su esperanza de vida, teniendo en cuenta la mortalidad infantil y los riesgos que implican sus futuros alumbramientos, está en torno a los cuarenta años; en Europa, esa misma niña viviría ochenta años. ¿Quién puede decidir fríamente privarla de la mitad de su vida? Una pregunta: ¿no tendríamos más bien que ayudar a esa niña allí donde está, para permitirle vivir mejor en el seno de su propia comunidad? Respuesta del Vitsiya: «Eso es exactamente lo que se nos repite desde hace medio siglo. Pero no se ha hecho nada. Si no deseo ver cómo esa niña muere a los seis meses a causa de una epidemia, o se queda impedida, o expira en el momento de dar a luz a su primer hijo, no puedo esperar a que todos los problemas del planeta se resuelvan. No se trata de estudiar el destino de un ser indeterminado, de una muestra desdeñable tratada por un ordenador tecnócrata. Se trata de ir hasta el país miserable, conocer a una niña, mirarla a los ojos y preguntarse: ¿voy a salvar a esta niña o a dejar que reviente? Es tan sencillo como eso. Cuando sé que miles y miles de familias de los países ricos esperan a esa niña dispuestas a acogerla, a darle su amor, a asegurarle la instrucción que le permitirá valerse por sí misma como un ser humano completo, a darle la oportunidad de vivir dignamente una larga vida feliz, ¿tengo derecho a dudar?». Pero en fin —le preguntó un periodista—, ¿qué intenta usted hacer?, ¿transportar al Norte a todos los niños del Sur? «A todos no podré, desgraciadamente —replicó el predicador con un rictus de tranquila provocación—, pero si consiguiera salvar a diez mil niños, mi propia vida no habría sido inútil».
En todas esas palabras, nada me parecía reprensible o deshonesto. Y si los motivos de la operación no siempre eran tan nobles como él pretendía, aún hoy, a pesar de todo lo que ha pasado, sigo sin estar convencido de que el hombre haya sido un canalla. Hubo, y de eso no cabe la menor duda, un error monstruoso del que él fue responsable; pero con la perspectiva del tiempo, el Vitsiya se revela como el ruidoso pregonero de una podredumbre a la que él no contribuyó.
Me parece que si pecó fue, sobre todo, por la desmesura de su proyecto y por las increíbles torpezas derivadas de esa desmesura. Así, queriendo efectuar una operación gigantesca que pudiera llegar a la imaginación del público y atraer a los medios de comunicación, había juzgado inútil buscar por adelantado familias que acogieran a todos los niños, persuadido de que aquellas serían innumerables. Por lo tanto, había hecho venir en aviones gigantes a París, a Londres, a Berlín, a Francfort, y si mi memoria no me traiciona, también a Copenhague y a Amsterdam, un primer lote de dos mil bebés, para «darles salida» —son las primeras palabras que me vienen a la mente— y había confiado en el alboroto de los medios de comunicación para atraer a los interesados.
Con el fin de disipar los temores de los potenciales padres adoptivos, había sometido a los niños a exámenes médicos muy minuciosos, y había seleccionado solo a los más sanos. Y para que nadie tuviera la menor duda al respecto, había hecho imprimir unos carteles en los que aparecía con un bebé en el brazo izquierdo mientras que en la mano derecha enarbolaba un certificado médico debidamente firmado. Para esa ocasión, se había puesto un delantal de hospital, sin duda para parecer muy higiénico, pero el cuadro recordaba de manera lamentable a una publicidad que un supermercado había difundido algunas semanas antes para alabar su departamento de salchichas.
Esa imagen produjo la primera reacción negativa, a la que iban a suceder muchas otras. Las cadenas de televisión que cubrían el acontecimiento ininterrumpidamente registraron un índice de audiencia sin precedentes, pero el Vitsiya, que aparecía en antena cada hora, acosado a preguntas y agotado por el viaje, fue dejando escapar poco a poco frases desafortunadas e, incluso, francamente desastrosas. De este modo, reconoció que los niños que sufrían la menor dolencia o presentaban la menor anomalía habían sido descartados. «Así que —le hicieron notar— en lugar de ocuparse usted de aquellos cuyo estado necesitaría más cuidados y atenciones, ha elegido a los más sanos, más fáciles de colocar». Sus explicaciones no fueron convincentes.
En respuesta a otra pregunta, se le oyó precisar que había decidido clasificar a los niños en seis categorías, según el matiz del color, «para facilitar a los padres la elección más conveniente a su armonía familiar»; y aunque permanecía fiel al principio de una misma «contribución financiera» por cada niño adoptado, consentiría en hacer una rebaja a aquellos que aceptaran adoptar un niño que perteneciera a una raza diferente a la suya. Aquello olía a «precio de compra» y a niños «rebajados», y no fui yo el único en encontrarlo nauseabundo.
Las emisoras comenzaron a recibir llamadas de espectadores indignados, incluso amenazadores. Luego estalló un primer incidente cuando el predicador, al alabar las numerosas ventajas del traslado de niños al Norte, tuvo la desafortunada idea de decir que se había ocupado de buscar un gran número de bebés nacidos en medios islámicos, principalmente en Egipto, en Turquía, en Somalia y en Sudán, «para hacerles escapar, sobre todo a las niñas, al destino desolador que hubiera sido el suyo en su medio de origen, y permitirles integrarse en un ambiente religioso y cultural mucho mejor». Diversas asociaciones islámicas publicaron comunicados de protesta y pronto, tanto en Francia como en los Países Bajos, en Bélgica, en Inglaterra y en Alemania, comenzaron a formarse grupos, aparentemente espontáneos, en diferentes barrios de gran población de inmigrantes.
En la noche del sábado al domingo, cuando la operación del «arca celeste» había comenzado hacía casi veinticuatro horas y se esperaba la llegada de una nueva oleada de aviones de gran capacidad, estallaron los desórdenes. Por su amplitud, recordaban a los de Watts y otros barrios negros de ciudades americanas en los años sesenta del siglo pasado; pero esta vez, su teatro fue principalmente Europa. Sin duda los barrios negros de América estaban ya desde hacía mucho tiempo corroídos por su violencia intestina. Fue una de las explicaciones que se dieron entonces… Lo cierto es que los únicos incidentes que se registraron en Estados Unidos tuvieron lugar en los barrios hispanos y nunca alcanzaron la amplitud y el furor que se pudo observar en el Viejo Continente.
Ni que decir tiene que las tensiones se habían acumulado desde hacía décadas, que la desconfianza entre los «nacionales» y las comunidades de inmigrantes era un hecho consumado con el que todo el mundo había aprendido a vivir. Pero, a excepción de algunas llamaradas circunscritas y pasajeras, la violencia había permanecido como una amenaza hipotética. Al producirse después del gran pánico de la despoblación, el asunto del «arca celeste» provocó su desencadenamiento. Durante cerca de una semana, el furor fue aumentando, extendiéndose a varias decenas de ciudades europeas y degenerando en revueltas, ciertamente incontroladas, pero no concertadas, y que, curiosamente, se conformaban a una especie de modelo común de actuación: saqueos y destrucciones, más que hechos sangrientos; además, se atacaba invariablemente a los mismos objetivos, a saber, todo lo que simbolizaba al Estado —señales de tráfico, coches de policía, cabinas telefónicas, autobuses, edificios oficiales—, o la riqueza —tiendas, bancos, coches lujosos—, así como el sistema médico.
Hubo relativamente pocos muertos, unos sesenta en total en el conjunto de países, pero no se contaron menos de ocho mil heridos y, por supuesto, daños por valor de miles de millones. Las ciudades del continente se paralizaron durante toda una semana como por una huelga general, las calles permanecían oscuras y vacías, y a menudo cubiertas de ruinas…
Y hasta mucho después de que hubiera transcurrido la semana, la desconfianza persistió, como si una sustancia tóxica se hubiera mezclado para largo tiempo con el aire que todos respiraban.