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Clarence tuvo que esperar aún largo tiempo, luchar y parlamentar antes de que su periódico se decidiera a enviarla a su primera gran misión en el extranjero, a la India, en este caso, de donde debía volver con un reportaje sobre las mujeres inmoladas en la hoguera. No solamente aquellas a las que una tradición cruel condenaba, antaño, a ser incineradas junto a su marido difunto, sino también esas, a menudo muy jóvenes, a las que su familia política rociaba con queroseno por sórdidos cálculos de herencia; una costumbre más reciente y, por desgracia, aún no desaparecida.

La investigación debía durar diez días, con una última etapa en Bombay, donde Clarence tomaría un vuelo nocturno, ya que su regreso a París estaba previsto a las seis de la mañana del viernes.

Sin embargo, la víspera, cuando yo ya la creía a punto de embarcarse, oí su voz al otro lado de una línea chirriante y ventosa, que me preguntaba, después de una apresurada fórmula de saludo, dónde estaban las «habas» que traje de El Cairo.

Dejando el auricular, fui a buscarlas al cajón donde se habían quedado, únicas supervivientes de la gran limpieza, rodeadas ahora de suave lencería, perfumada con el olor de Clarence.

—Necesito que me leas las instrucciones de empleo. El texto inglés.

¿Ya? ¿Inmediatamente? ¿Por teléfono de París a Bombay?

—Qué lejos estás, Clarence —dije yo por toda protesta.

—Esta noche, cuando cierres los ojos, imagina que estoy a tu lado y abrázame fuerte. Si estás solo, quiero decir.

—¡Prometido! Si estoy solo.

—¡Y si no lo estás, avísame, para que deje de jugar como una tonta a las esposas fieles!

Dos risas de entendimiento, un largo silencio cómplice y luego, sin transición, Clarence volvió a su preocupación inmediata.

—Si pudieras articular lo más claramente posible y en voz alta… Voy a grabarlo para escucharlo con calma.

Fue después de haberme hecho repetir las palabras más confusas cuando me anunció su decisión de prolongar un poco su estancia, pidiéndome que informara al periódico, lo que me apresuré a hacer al día siguiente a primera hora.

Muriel Vaast, su redactora jefe, pareció sorprendida e irritada. Clarence la había llamado antes para anunciarle que su investigación había terminado, que tenía un texto de seis páginas por lo menos y unas fotos nunca vistas.

—Y la víspera del cierre, telefonea que no llegará a tiempo. ¡No es muy profesional, reconózcalo!

—Supongo —balbuceé como el padre de un alumno culpable— que ha debido de conseguir en el último momento unos elementos nuevos, importantes.

—¡Eso espero, por su bien!

Yo también lo esperaba por su bien y me preocupaba la hostilidad que la acechaba a su regreso. Nunca me habían presentado a Muriel Vaast, solo la conocía por la descripción somera que de ella me había hecho Clarence, «una especie de capataz gordo, con faldas arrugadas», y debo decir que ese primer contacto telefónico no me había dejado una impresión de excesivo calor humano. Sabía que mi compañera no podía esperar de ella ni benevolencia ni amabilidad, pero quizá consiguiera forzar su estima si traía de Bombay alguna historia inédita.

No comprendí mi error hasta el miércoles por la noche, cuando, por primera vez desde que estábamos juntos, vi lágrimas en los ojos de Clarence.

Había llegado a París a primera hora de la tarde y fue en taxi directamente al periódico, donde se estaba celebrando el consejo de redacción.

Exuberante a pesar del cansancio del viaje, empujó la puerta riendo, saludó a la asamblea con las manos juntas y una reverencia exótica, se acercó ruidosamente un sillón y comenzó a sacar sus papeles… solo para oír este gruñido de hastío:

—¡Bueno, recapitulemos! Estás en Bombay con un texto y unas fotos que estamos esperando en París y para los que hemos reservado, a petición tuya, seis páginas enteras. De pronto, en el último momento, decides cambiar tus planes y los nuestros. Supongo que se habrá producido un acontecimiento excepcional. ¿Cuál? Estoy impaciente por saberlo.

Clarence, paralizada por este recibimiento, no deseaba ya justificarse. Miró largo rato a la redactora jefe, a sus colegas, al techo, a la puerta. Dudó. Puso una mano sobre sus papeles, como si se dispusiera a recogerlos. Dudó de nuevo… para resignarse, finalmente, a dar las explicaciones que se le exigían. A mi parecer fue un error; ya que, al venir a continuación de semejante preludio, todo lo que ella contara iba a resultar, forzosamente, fútil, anodino e irrisorio. Por otra parte, lo que ella tenía que decir no iba a revelar nada espectacular ni excepcional. Sin embargo, un auditorio bien dispuesto, imaginativo y algo cómplice habría adivinado, bajo las palabras titubeantes de mi compañera, los contornos esbozados del drama que se anunciaba.

¿Qué decía Clarence? Para ocupar sus últimas horas en Bombay, había decidido callejear a lo largo de Marine Drive, por la parte de Chowpatti, donde, atrapada en el barullo abigarrado de la muchedumbre, había chocado contra un puesto de patas abatibles sobre el que un vendedor muy joven exponía unos montones de cajas que los transeúntes le arrancaban de las manos y lo había volcado. Por curiosidad y un poco también por hacerse perdonar su torpeza, había comprado una, para descubrir que se trataba de una réplica casi exacta de la que yo había traído de El Cairo el año anterior, excepto que alrededor de la imagen del escarabajo se enrollaba una cobra. Fue entonces cuando me llamó, con el fin de comparar las instrucciones; salvo algunas ligeras adaptaciones, eran idénticas.

Sin duda, Clarence no habría prestado tanta atención a esta coincidencia si dos días antes, en el transcurso de su investigación, no hubiera conocido en un pueblo del Gujarat a una mujer viejísima de piel apergaminada que le había contado unas cosas sorprendentes. Tras haberse lamentado de la suerte de su nieta, inmolada pocas semanas después de su boda, la anciana había predicho que ese drama no se volvería a repetir en el futuro, puesto que en el pueblo y en todos sus alrededores, ya no nacían más que varones, como si las mujeres, advertidas de las desgracias que les esperaban, prefirieran no venir al mundo.

Al examinar las cajas, que llevaban escrito en grandes letras la pomposa indicación «family energy miracle», pero que con una elocuente abreviación el vendedor llamaba boy beans, Clarence se había acordado inmediatamente de la anciana y de su voz jadeante de pitonisa saliendo de una boca invertebrada. Intrigada, «inexplicablemente impresionada» —confesaría— y deseosa de efectuar una investigación complementaria, había decidido aplazar su viaje y, al día siguiente, había acudido a una gran maternidad de Bombay, con la esperanza de encontrar a algún ginecólogo que pudiera decirle, al menos, si su perplejidad estaba justificada.

El edificio estaba recién pintado y se hallaba situado en un soberbio parque impecablemente cuidado; nada que se pareciera de cerca o de lejos a los hospitales y dispensarios que había visto en el país hasta ese momento. Primero la recibieron como a una maharaní, pero en cuanto pronunció la palabra «periodista» y antes siquiera de que hubiera tenido tiempo de decir que había ido a investigar sobre el desequilibrio de los nacimientos, las sonrisas se desvanecieron; de pronto, ningún médico podía recibirla, ni aquel día, ni el lunes, ni las semanas siguientes. Solo una persona quiso hablar un momento con ella, un enfermero que lucía un enorme bigote, con el que tuvo la suerte de cruzarse al salir, cerca de la verja; este hombre no sintió ningún reparo en confiarle que «con toda seguridad, esta clínica está bendecida por el Cielo, puesto que aquí los recién nacidos son casi siempre varones».

En este punto del relato de Clarence, el consejo de redacción estaba dividido: un tercio tosía y dos tercios se reían. «Ya tenemos nuestra “primera plana” —lanzó un colega caritativo—. Confidencias exclusivas de un enfermero de Bombay: ¡No se ven más que colitas!».

—Si he comprendido bien —comentó la redactora jefe, frunciendo el ceño a pesar de todo en dirección a los que se reían sin moderación— todo partió de una comprobación: en El Cairo y en Bombay se venden las mismas cápsulas. Te advierto, por si hace falta, que en Macao, en Taipei y en tantas otras ciudades de Asia Oriental, hay cientos de fabricantes de bálsamos, de ungüentos, de emplastos, de elixires, todos con fama de milagrosos, a base de piedra lunar, de uñas de gorila, de caparazón de escarabajo, sin olvidar los cuernos de rinoceronte, que son objeto de tráficos sórdidos, jugosos y malolientes. Siempre ha habido millones de ignorantes dispuestos a creer en esas patrañas y a enriquecer a los charlatanes; espero que en lo que a ti concierne, Clarence, se trate de un error pasajero. Contamos contigo para tratar cuestiones que interesen a las mujeres, y Dios sabe que hay muchas, e importantes, y apasionantes, y patéticas. Pero si intentas endosarnos cuentos de viejas, es que no estamos en la misma onda.

Mi compañera habría podido defenderse, explicar que se equivocaban de medio a medio con respecto a sus preocupaciones… pero ¿para qué hacer comentarios en semejante atmósfera? La única ambición que le quedaba era no derrumbarse en público, de tal modo le pesaba ya, en aquel momento, en las piernas y en los hombros, el agotamiento del viaje. Supo resistir valientemente sin una mirada de súplica, pero ya no habló más. De todas formas, su garganta ya no le obedecía.

¿He escrito que había derramado lágrimas? Fue por la noche, en nuestra cama, entre mis brazos, y como para conjurar los deslumbramientos del mundo. Mucho más conmovido que ella por sus ahogados sollozos, creí oportuno murmurarle al oído con voz de macho protector:

—Esta noche, deja correr las lágrimas, pero mañana volverás a la lucha. Solo la propia amargura puede vencernos.

Luego añadí con una ingenua solemnidad dictada por mi gran emoción:

—Si hace falta, te ayudaré.

Encontró fuerzas para sonreír, se incorporó apoyándose en los codos para depositar en mis labios un beso enternecido y se dejó caer de nuevo.

—Aunque haya hablado empujado por la emoción, deberías tomar en serio mi ofrecimiento. Estoy convencido de que, en ciertos aspectos, tu profesión no está tan alejada de la mía.

—¡Vaya hombre! Me gustaría saber en qué puede parecerse un periodista a un entomólogo. Precisamente te elegí porque perteneces a un universo diferente al mío. Si consigues demostrarme lo contrario, te abandono.

Esta vez se había incorporado completamente en la cama y mis mejillas podían verificar que sus lágrimas se estaban secando.

—Estoy convencido —exageré adrede— de que, poco más o menos, ejercemos la misma profesión. Yo paso la mayor parte del tiempo observando los insectos, describiéndolos y enumerando sus nombres; pero lo más emocionante de mi disciplina es el estudio de la metamorfosis. De la larva al insecto, pasando por la ninfa. En el lenguaje corriente, la palabra larva ha adquirido resonancias viscosas. Sin embargo, según el origen griego, larva significa simplemente máscara, ya que la larva no es más que un disfraz; un día, el insecto se quita su disfraz para mostrar su verdadera imagen, y precisamente, como quizá ya lo sepas, el nombre científico del insecto que ha alcanzado su forma definitiva es «imago».

»De la larva al insecto, de la oruga fea y rastrera a la soberbia mariposa que hace alarde de sus colores, tenemos la impresión de pasar de una realidad a otra; sin embargo, en la oruga está ya todo lo que formará la belleza de la mariposa. Mi profesión me permite leer en la larva la imagen de la mariposa, o del escarabajo, o de la migala. Miro el presente y veo la imagen del futuro. ¿No es maravilloso?

»¿Y dónde reside la pasión del periodista? ¿Solo en la observación de las mariposas humanas, de las migalas humanas, de sus cacerías y de sus amores? No. Tu profesión se hace sublime, inigualable, cuando te permite leer en el presente la imagen del futuro, ya que todo el futuro se encuentra en el presente, pero enmascarado, codificado, en un orden disperso. ¿No tengo razón cuando digo que somos casi colegas?

Si mi argumentación no consiguió convencer a Clarence, tuvo al menos el mérito de hacerle sonreír.

Al cabo de algunos segundos se adormeció, con el rostro oculto y apoyado en mi hombro, dejándome víctima de un insomnio de antología, quiero decir de esos en los que las ideas se atropellan y se entrechocan, en los que los misterios más opacos parecen atravesados por breves relámpagos, como una gruta envuelta en la tormenta.

No llegaré hasta pretender que aquella noche lo comprendí todo. Diré, más modestamente, a riesgo de parecer confuso, que escuchando el sueño de mi compañera, respirando su húmedo calor, contemplando con ternura los últimos surcos de lágrimas sobre sus mejillas, comprendí bruscamente que existía algo que había que comprender. Probablemente, algo esencial.

Por eso, decidí abrirme a un ser en quien tenía la más absoluta confianza desde hacía mucho tiempo.