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En otro tiempo, y con otras costumbres, se habrían burlado de una pareja en la que el padre alcanzara su plenitud por el hijo y la madre por el trabajo y la celebridad. Pero nosotros éramos así y nos sentíamos felices. ¿Acaso era yo menos hombre y ella menos mujer?
Sin embargo, mi felicidad era más perceptible que la de Clarence. Desde febrero, al ir al Museo cada mañana, llevaba a Béatrice a casa de la niñera que yo le había buscado, una vecina viuda y varias veces abuela. Vivía en un entresuelo, y en cuanto yo subía el primer escalón, mi hija me rodeaba el cuello con sus brazos, guirnalda morena, cuyo peso y cuyos olores me acompañaban todo el día.
Clarence hacía su oficio de madre con profesionalidad, con el cariño que se necesita para ello, pero sin efusiones suplementarias. Estaba convenido que la niña era un regalo de amor de ella hacía mí; me la había prometido y me la había regalado con todo su cuerpo, y mucho antes de lo que yo esperaba. Nunca me quejé, nunca intenté retenerla por mucho tiempo junto a la cuna. Su camino estaba en otra parte y ella lo seguía.
Desde que apareció su investigación, pocos periodistas, hombres o mujeres, eran más apreciados, más codiciados o mejor retribuidos. A ella, que soñaba con grandes reportajes, le proponían más de los que hubiera podido hacer. Ella elegía, y muy a menudo los rechazaba, por amor al trabajo pacientemente cincelado y también, la expresión es suya, «para preservar mi singularidad». Yo aprobaba su juiciosa coquetería, así como su decisión de seguir siendo «francotirador», concertando acuerdos puntuales con determinado periódico, luego con otro, incluido, sin rencor, aquel en el que había dado sus primeros pasos.
En resumen, yo era su único compromiso duradero. Duradero y libre de las crisis, de las conmociones y del matrimonio. Habíamos hablado de ello una sola vez, al principio de nuestro encuentro. Le dije que yo era un nostálgico de la época en que los acuerdos más serios se sellaban con un apretón de manos y duraban la vida entera, hasta mucho después de que cualquier papelucho amarilleara. Entre Clarence y yo hubo un apretón de manos, un poco particular, más elaborado, más envolvente, más prolongado; pero en mi mente, era ante todo un apretón de manos. Permaneceríamos juntos mientras durara nuestro amor; y por mil estratagemas de adolescentes lo haríamos durar.
Vivimos así, sin ser esposos, ni matrimonio, ni en concubinato… ¡Cuántos sustantivos horribles! Vivimos como amantes, colmados por la vida, salvo el paso del tiempo por los cuerpos, salvo, también, las turbulencias del mundo.
Otros que no fueran Clarence habrían creído que «habían llegado». Ese verbo la ofendía. «Debería estar reservado para las estaciones y los aeropuertos. Cuando me dicen que una persona ha llegado, me siento tentada de preguntar que adónde, y por qué medios, y con qué objetivo». ¿Era modestia? Era más bien, diría yo, esa mezcla de modestia y orgullo que tiene por nombre «decencia», ya que ella decía también: «Solo se felicitan por haber llegado aquellos que se saben incapaces de ir más lejos».
Clarence tenía el deber de seguir el rastro del asunto que había revelado su nombre y su talento; ahora era su causa, el combate de su vida, y el cariz que estaban tomando los acontecimientos la inquietaba. Cuando publicó su investigación sobre la «sustancia», mantuvo sin duda un tono neutro, con el fin de ser creíble. Pero su intención era clara: señalar con el dedo la codicia y el cinismo de algunos aprendices de brujo. En esa titánica manipulación de los seres, en esa manera de extraer de las poblaciones humanas lo peor que había en ellas para conducirlas hacia un mañana supuestamente mejor y por el atajo de una discriminación sistemática, ella veía, evidentemente, un desliz inaceptable y criminal. Confiaba en que bastaría con revelar los hechos para que el mundo entero se sintiera conmocionado por una cólera sana.
No fue así. He citado ampliamente el artículo de Pradent porque lo he conservado y porque tenía el mérito de ser claro, pero debo añadir que muchas otras personalidades de todas las opiniones reforzaron esa actitud.
Tardamos mucho, Clarence y yo, en darnos cuenta de la seducción real, profunda y a veces apasionada que ejercían unas ideas como las de Pradent sobre un amplio sector de la opinión pública. Teníamos la costumbre de ver en los países del Sur el origen de nuestras más graves preocupaciones; si podía existir una solución simple para arreglar sus problemas y a la vez los nuestros, ¡qué locura sería no utilizarla!
No se pueden juzgar estas cosas después de que hayan sucedido; hay que ponerse un poco en el espíritu de la época. Sin querer entretenerme hablando de la euforia de los últimos años del siglo pasado, quisiera subrayar el hecho de que el reencuentro entre las dos alas del mundo desarrollado, esa convergencia hacia unos valores, unas instituciones, un lenguaje y una forma de existencia similares habían puesto de relieve brutalmente el vertiginoso foso que dividía al mundo, esa «falla horizontal» responsable de tantas sacudidas. De un lado, toda la riqueza, todas las libertades, todas las esperanzas. Del otro, un laberinto de callejones sin salida: estancamiento, violencia, rabia y tormentas, contagio del caos, y la salvación mediante la huida masiva hacia el paraíso septentrional.
En los dos lados de la «falla» se podía percibir el aumento de las impaciencias. En esto también, fue Vallauris quien me hizo darme cuenta de esa realidad. No recuerdo ya los acontecimientos precisos que suscitaron el tema, ni lo que yo pude decir, pero se trataba, creo, del fanatismo religioso.
André me dijo: «Yo también, como tú, suelo ser impaciente, y exploto, y echo pestes, y vitupero. Pero inmediatamente después, entro en razón diciéndome: debemos soportar al mundo como él nos ha soportado.
»Occidente no siempre ha sido como tú lo has conocido, este área de paz, de justicia, cuidadosa con el derecho de los hombres, de las mujeres y de la naturaleza. Yo, que soy de una generación anterior a la tuya, pude conocer un Occidente muy distinto. Ya has visto que durante siglos surcamos la Tierra, edificamos imperios, derribamos civilizaciones, masacramos a los indios de América y luego transportamos barcos enteros de negros para que trabajaran en su lugar; guerreamos contra los chinos para forzarlos a comprar opio y, en fin, soplamos sobre el mundo como un tornado, un tornado con frecuencia benéfico, pero constantemente devastador.
»Y aquí, entre nosotros, ¿qué hemos hecho? Nos degollamos a más y mejor, nos machacamos a cañonazos con furor, nos asesinamos con gases asfixiantes, y todo ello hasta mediados del siglo XX. Luego, un día, ahítos, calmados, fatigados, algo envejecidos, nos sentamos en el sillón más cómodo gritando entre bastidores: “¡Y ahora, que todo el mundo se calme!”. Pues bien, no, ya lo ves, todo el mundo no se calma al mismo tiempo que nosotros. Por todas partes existen Alsacias-Lorenas, disputas de papistas y hugonotes, tan absurdas y tan sangrientas como lo fueron las nuestras; es necesario que termine esta locura.
»¡Seamos pacientes con el mundo!».
Pero esto lo decía André… La paciencia se haría cada vez más difícil de encontrar, por culpa de unos y otros; en los dos lados de la «falla» las voces más sabias se apagaban. Solo los hombres de otro tiempo, los Vallauris, los Liev, podían resistir durante mucho tiempo a la atracción de una solución milagrosa.
La opinión pública, evidentemente, se volcaba hacia el otro lado y con todo su peso. Los inventores de la «sustancia», antaño acorralados y reducidos al silencio, estaban a punto de presentarse como bienhechores de la humanidad entera. No se habían equivocado al respecto, puesto que un día, todos lo recordamos, salieron de la sombra como los miembros de la resistencia al día siguiente de la Liberación. Empezando por el doctor Foulbot que, a base de entrevistas exclusivas y verbosas, reivindicó «la invención del siglo» —en cierto sentido lo era— y su calidad de «salvador» incomprendido durante mucho tiempo, como todos los salvadores, perseguido por fuerzas oscuras y retrógradas y obligado al exilio.
Le estoy viendo aún por la televisión; su mirada, parapetada detrás de unas gruesas gafas negras, lanzaba flechas. ¿Por qué no había elaborado una sustancia que favoreciera el nacimiento de mujeres? «¡Había comenzado los trabajos cuando cortaron las subvenciones!». ¿Era verdad que había hecho una fortuna vendiendo su producto? «El dinero que haya podido ganar solo se emplea para financiar mis investigaciones. Ante todo soy un sabio». ¿No estaba preocupado por los comportamientos discriminatorios que resultan de su invención? «Es propio de todo medicamento ser saludable si se utiliza como se debe, y peligroso en el caso contrario. Un inventor debe suponer que la humanidad es adulta; ¡si no, muchas cosas deberían ser “desinventadas”! Pero la ciencia no funciona al revés y la humanidad no podrá ya nunca deshacerse de sus conocimientos ni de su poder. Es así, y los nostálgicos deberían conformarse».
Como un grave signo de los tiempos, poco después aparecieron en las farmacias de varios países del Norte ciertos medicamentos que contenían la «sustancia»; pero ahora no llevaban la etiqueta de cualquier fábrica improvisada, sino la de importantes sociedades farmacéuticas, deseosas de no dejar a otras un mercado tan prometedor. Con el fin de burlar la ley que reprimía la discriminación sexual, estos productos se presentaban como remedios contra la esterilidad masculina. Por eso, con la salvedad de que se vendieran con receta médica, la Food and Drug Administration autorizó su distribución en los Estados Unidos, y pronto fue imitada por la mayoría de las instituciones equivalentes.
Como cabía esperar, no faltaron plumas doctas que explicaran que los medicamentos que se vendían a los consumidores del Norte eran radicalmente diferentes de las «habas del escarabajo» y otros productos de la misma índole. No quisiera involucrarme en una discusión demasiado técnica; la biología humana no es mi campo y la farmacología aún menos; por otra parte, todo lo que yo podría relatar aquí está claramente expuesto en las obras de los especialistas. Por mi parte, solo me intereso por las conmociones que se seguirían, tal como las viví, y por todo lo que puede ayudar a comprender su génesis. Si me he entretenido con respecto a lo que se decía durante los primeros años de Béatrice es para explicar que la «sustancia» se aceptaba ya como una realidad trivial, para algunos providencial, para otros deplorable, pero ¿acaso no se convive con tantas otras realidades deplorables? El debate estaba cerrado, salvo para un puñado de testarudos, y la propia Clarence habría cansado a su público y habría perdido su credibilidad si hubiera vuelto sin cesar sobre una cuestión «superada».
En todo caso es lo que ella me explicó un día de enorme desaliento: «Hay que imaginarse a la opinión pública como un personaje voluminoso que está dormido. De cuando en cuando, se despierta sobresaltado y tú tienes que aprovechar la ocasión para susurrarle una idea, pero la más simple, la más concisa, porque enseguida se estira, se da la vuelta, bosteza y se dispone a dormirse de nuevo, y no podrás retenerlo ni despertarlo. Entonces, perversamente, te sientas a esperar que su cama se estremezca».