1. Cárcel

 

Amanecía en la pequeña población del norte, y la mañana ya se presentaba calurosa.

Esa noche no había dormido y ahora esperaba sentada en mi desvencijado catre, a que el sol marcara el final de mi condena.
Abrazaba contra mi pecho la mochila con las pertenencias que llevaba el día de mi detención, que me fueron devueltas solamente el día anterior, para que pudiera estar preparada para marcharme en cuanto amaneciera.

Veinte años y un dia, en ese agujero perdido y hoy por fin sería puesta en libertad.

La celda que disponía de seis camas literas, dos en cada pared, estaba casi vacía, desde hacía meses solo dormíamos en ella, Amelia y yo. Pero la puerta seguía cerrada y yo esperaba.

Amelia tampoco dormía, me miraba con la expresión triste de quien se siente abandonada. Ella estaba en prisión por robo a mano armada, y cumple condena desde hacía más de tres años. Solo le quedaba un año y podría pedir su liberación por buena conducta. Pero, aunque sabe que siempre seré su amiga, me confesó durante la interminable charla de la noche anterior, que tenía miedo de que no volviera a visitarla. “Lo entenderé” me dijo, “ Después de tantos años encerrada, yo no me acercaría a la carcel ni loca…”

Yo le prometí visitarla muy amenudo, pero necesitaría un par de semanas lejos de la carcel antes de atreverme a volver. En cuanto estuviera instalada y pensara que haría con mi vida, los guardias le darían mi número de teléfono y podría llamarme siempre que se lo permitieran.

La luz del alba se asomó entre los barrotes de la alta ventana vidriada, y los ruidos de la carcel comenzaron a subir de tono. Guardias entrando y saliendo, carritos con comida hacia la cocina y charlas animadas del personal de la prisión. Lejanas risas nos llegaban a través de las puertas que separaban el sector de las celdas del área común y comedor de las reclusas. El desayuno estaba en marcha. Pero a mi no me llamaban.

Unos pasos resonaron de repente en el pasillo, acercandose. Sabía quien era desde el primer sonido. Pero no me moví. Permanecí sentada abrazada a mi mochila de niño y sin entender mis sentimientos. La celda que por tanto tiempo me había separado del mundo, esa prisión que me aislaba de todo lo que amé en la vida, ese sepulcro en vida; era todo lo que me quedaba. Y no era capáz de asimilar que debería dejarlo.

Amelia me miraba triste, y entendiendo mis sentimientos, habló como una hermana mayor, con amor pero con crudeza.

-         ¡Claudia! ¡Ni se te ocurra decirme que ahora no te quieres marchar! ‘Vamos arriba!

La miré desconsolada, y una lágrima resbaló por mi mejilla, brillando como una pequeña joya en la delicada luz que esa mañana se colaba por la ventana alta e inaccesible. Esa misma luz que ahora me quitaría lo único que me quedaba.

Amelia bajo del catre y revolvió entre sus cosas hasta encontrar lo que buscaba.
Era una pintora excelente, y había dedicado los últimos dos años a pintar todo lo que pudo. Paisajes, personas amadas que la habían olvidado y sobre todo caballos, que eran los motivos mas recurrentes. Alcanzado una enorme belleza cuando los combinaba todos, creando maravillosos efectos de luz y movimiento en los pequeños lienzos de veinte por veinte centímetros; que eran el único tamaño que le permitían pintar, y que estaban limitados a dos por mes. Asi que cada pintura gozaba de extrema atención al detalle y exquisito desarrollo argumental.  Una colección de casi cuarenta miniaturas al oleo, digna de la más exigente galería. Y sostuvo entre sus manos las diez que había elegido, mientras miraba desconsolada a su amiga, la única que entendió su pecado. La amiga que la dejaría sola y abandonada a su suerte, pero a la que no podía mas que agradecer toda la dedicación que desinteresada le brindó en esos primeros meses terribles de encarcelamiento.

-         Claudia, vos sabés que no tengo nada, menos aquí dentro, pero me gustaría que te llevaras estos cuadritos.  Sabés todo lo que significó tu amistad al principio y que no hubiera empezado a pintar si no me hubieras empujado. No sé si volveré a verte, pero me gustaría que guardes estos cuadros hasta que tengas tu casa y que me recuerdes

Yo estaba sin palabras, pero mi fuerza interior volvió de repente y me puse en pié.

-         Amelia escuchame bien, nos veremos muy pronto y en cuanto salgas te vendrás a vivir conmigo, yo se porqué hiciste lo que hiciste, y sé en que persona te has convertido desde entonces. Soy tu amiga y lo seguiré siendo siempre.

Tomé los diez finos lienzillos, pegados a cartulinas gruesas y los metí en mi mochila. No ocupaban mucho, aunque hicieron que la mochila engordara.  Y sin decir una palabra abracé a la única persona a la que confiaría mi vida y de la que debía separarme por un tiempo.

-         Me llevo tus cuadros” le dije en voz baja “ pero voy a intentar venderlos, tenés un gran talento Amelia, y voy a intentar que todo el mundo lo vea.

Sonrió incrédula y me abrazó de nuevo

-         Estás loca Claudia, pero haz lo que quieras… prométeme que vendrás a visitarme alguna vez.

-         Te lo prometo

La guardia carcel ya estaba en la puerta de la celda y esperó a que Amelia se sentara de nuevo en el catre para hablar.

-         Claudia Enriquez, recoge todas tus cosas y vamos a la oficina del director.

Automaticamente, debido a la costumbre de obedecer, forjada en tantos años de trato con las guardias, recogí mi exiguo equipaje y salí con paso temeroso por la puerta abierta ahora y franqueada por la guardia carcel que no me quitó el ojo de encima.

La última mirada hacia atrás solo me mostró la cara sonriente de Amelia y su mano al agitarse por un momento.

Mi condena había terminado y llegaba el momento de mi revancha.

 

Sólo cuando amanezca
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