La pradera de las cacerías eternas
No conoció a su padre y cuando tenía cinco años su madre comenzó a vivir con otro hombre. A los dieciséis, harto de las palizas del padrastro, se fue de Lisboa a Elvas colgado de un autobús, cruzó la frontera a salto de mata, llegó a París y después de unos días
(o semanas o meses)
de hambre y frío y miseria, después de un tiempo trabajando de albañil en la construcción, después de pedir limosna y llamar a puertas erradas en busca de empleo, se ofreció a la Legión Extranjera: dieciocho años en África, el puesto de sargento jefe y una jubilación de cuatrocientos mil escudos, pagados en francos, a consecuencia de una operación en la cabeza por causa de un estallido de mortero que lo dejó con epilepsia y la vida destrozada.
Lo conocí después de esto en el Hospital Miguel Bombarda, donde quería y no quería tratarse de la soledad, de los ataques, de la rabia contra el mundo, del vino que no paraba de beber y le arruinaba el hígado y los nervios. Domingo sí domingo no la policía lo llevaba esposado a urgencias, con la cara hinchada después de escenas de violencia en los bares del barrio Intendente en los que rompía todo porque no entendían sus desgracias. Y nos hicimos amigos. De vez en cuando me abre la puerta de la consulta con un paquete de almendras
(y quien dice almendras dice caramelos o bombones)
en la puntita de sus dedos enormes, sienta su cuerpo frente a mí, me ofrece cigarrillos, advierte frunciendo el ceño
—No quiero ninguna medicina, quiero estar un rato contigo
se levanta al cabo de unos minutos, me lanza una mirada opaca, decide a regañadientes
—Contigo me lo paso bien
y desaparece rezongando por el pasillo. En una ocasión, no recuerdo por qué, levantó el brazo para golpearme, avancé el mentón
—Si yo no vuelvo a hablarte, ¿quién te hablará?
pensó una eternidad observándome, sacó el encendedor de gasolina del bolsillo, lo posó con fuerza en la mesa, informó
—Éste es un regalo para ti, so cabrón
sacó un cigarrillo del paquete y pidió con una voz de niño
—¿No me das lumbre, amigo?
y palabra que me fastidió no podernos abrazar o algo por el estilo, yo qué sé, pero claro que entre hombres ni soñarlo.
La semana pasada venía eufórico. Antes incluso del paquete de almendras comentó
—Qué gran fiesta que hice ayer
llevaba traje completo, corbata, una sonrisita de victoria
—Qué gran fiesta que hice ayer, compañero.
Fue la primera vez en tantos años en que lo vi reír, una risa gigantesca, maliciosa, extraña
—Qué gran fiesta que hice ayer. Sólo en Brandoa encendí diez cohetes para celebrar.
Fumamos a medias el cigarrillo de costumbre y él, revisando la cartera
—Para celebrar esta hermosura.
Esta hermosura: el resultado de un análisis del Instituto Ricardo Jorge. Seropositivo. Dobló el papel con un cuidado lento, lo guardó en la chaqueta, mostró un manojo de notas
—Hoy voy a Moscavide y me cepillo a todas las mujeres que pueda. Una fiesta es una fiesta, amigo. Será así mientras me aguanten las piernas.
Al mirar por la ventana reparé en que llovía. El Hospital Miguel Bombarda queda en un sitio triste, viejo, sucio. Hasta la lluvia es sucia. Y el color de las paredes. Y las personas. Y los muebles. Reparé en que llovía y sólo dejé de reparar en que llovía cuando él tosió
—¿Puedo hacerle una pregunta?
encendí la luz porque con la lluvia el despacho había oscurecido. Había oscurecido tanto que casi no lograba verlo. El interruptor quedaba en el otro rincón, detrás de él, sólo nuca y espalda en la silla demasiado pequeña para su cuerpo.
—En el fondo yo no era un mal tipo, ¿no, doctor?