31
Reyes regresó al mediodía. Cuando lo hizo yo estaba en mi cuarto, aún con rastros de haber trasnochado, pero ya inmersa en la novela. Prefería escribir allí en vez de en el despacho de Santos.
—Veo que has conocido a Lucas —dijo sonriente, apoyada en el quicio de la puerta.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté sorprendida.
—Bueno, es el único que cultiva tulipanes aquí —respondió señalando el jarrón que yo había puesto con ellos encima de mi escritorio—. No sé cómo consigue que sus bulbos prosperen durante todo el año. Debes de gustarle bastante, porque no le regala sus tulipanes a cualquiera —y, mirándome divertida, me guiñó su ojo derecho.
—¿Qué tal ha ido todo?
—Por el momento sigue estable, sin muestras de cambio, pero tampoco de empeoramiento. Eso, para mí, es tranquilizador. Para el equipo médico no lo es. De eso quería hablar contigo. He pensado en variar nuestras reuniones. Si no te importa, me gustaría ir durante toda la semana al hospital, permanecer allí seis días en vez de cuatro. Tal vez, si voy todos los días, si siente que estoy allí, pueda conseguir que su estado mejore. Los médicos me han dicho que siempre es beneficioso, pero siguen sin darme esperanzas. Estoy segura de que no creen que su recuperación sea posible. No sé, Fabiola, he notado cierto desánimo. Quiero intentarlo todo. Si quieres marcharte, lo entenderé. Me gustaría que te quedases. Sé que es pedir mucho, pero te lo agradecería infinito y te doy mi palabra de que si Santos no se recupera… ¡Dios quiera no sea así!, seguiremos con el trabajo.
—Se va a recuperar. Regresará contigo. Lo hará. No tengo la menor duda sobre ello. En cuanto a tu idea de ir más días al hospital, me parece muy acertada. Cuanto más tiempo estés con él, será mejor. Opino cómo tú, debe sentir que estás ahí.
»No te preocupes, no tengo nada mejor que hacer. Cuidaré de la casa y escribiré. Aunque no lo creas tengo ya mucho material. Me has hablado tanto de él, tantísimo. También lo ha hecho Lucas. Le adora. No se atreve a visitarle porque dice que no tiene fuerzas para verle y no poder hablar con él.
»Olvidé comentarte —dije cambiando el tema de conversación para que ella no se entristeciera aún más de lo que estaba—, coloqué la taracea en su hueco —señalé el bargueño—, al hacerlo encontré estos marca páginas.
Estaban hechos con hojas de arce, rojas, de un rojo aterciopelado.
—Los hacía Santos —me respondió cogiendo los marca páginas—. Subía al bosque casi a diario. Elegía las hojas más bonitas. Las más rojas y las sometía a un proceso de secado manual muy específico que les daban un aspecto y textura como si estuvieran hechas de terciopelo, igual al que tiene la tuya. Es difícil conseguir esa textura porque la técnica se la enseñaron los indígenas de la zona. Por eso, cuando vi la tuya, me pareció extraño y te pregunté por su proceso de secado. Estos marca páginas están en el bargueño porque yo los saqué de su estudio.
»Comenzó a secar las hojas y a hacer los marca páginas después de encontrar la documentación sobre la indígena. Habló con los nativos y, poco a poco, consiguió adentrarse en su comunidad. Fue como si le adoptasen. Como si le hubieran estado esperando desde siempre. Él mismo lo comentaba, me decía que se sentía parte de la tribu. Los indígenas le mostraron varias iconografías de Kanda en madera. En todas ellas, la indígena, tenía una hoja de arce roja dibujada en su frente. Desde aquel momento se obsesionó con el significado que le habían dicho los nativos tenía la hoja. Representa la fuerza, el arraigo y la protección.
»Fue plastificándolas una a una. Tenía la idea de que, cuando se recuperase del todo, cuando le hicieran ese trasplante de médula que nunca llegó, iba a comercializarlos para donar lo que recaudase para la investigación del cáncer. Creía firmemente en la indígena y en todo lo que la rodeaba. Yo le entendía, también me agarré durante mucho tiempo a cualquier atisbo de esperanza, aunque este fuese Kafkiano. Sin embargo, cuando entró en coma, me enfadé con todo; con el mundo, con la medicina, con sus hojas de arce y con la indígena. Quité su foto del despacho. La guardé en un cajón, pero cuando lo hice Santos empeoró y, asustada, la devolví a su lugar. Donde está ahora.
—¿Y los marca páginas?
—Enfurecida los lancé al jardín el mismo día que quité el cuadro del despacho. Los tiré hacia el campo. El viento que hacía aquella noche los levantó en aire. Se los llevó. Desaparecieron durante unos minutos y volvieron a caer a mis pies como si fueran un bumerán. Me pareció que se perdieron en el cielo, que fueron y volvieron desde muy lejos. Fue una sensación extraña, mucho. Asustada me arrodillé y, llorando, pensando que a Santos aquello le hubiese hecho mucho daño, preguntándome quién era yo para hacer lo que había hecho, los recogí. Se habían manchado de barro por lo que fui limpiándolos uno a uno con el extremo del delantero de mi chaqueta. Al hacerlo comprobé que faltaban las hojas de dos de ellos. No estaban. El plástico estaba intacto, pero las hojas no estaban en el interior —los buscó y me los dio.
Escuchándola recordé el baile de las hojas de arce aquella noche en el restaurante. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al comprobar que, efectivamente, Reyes tenía razón, era imposible que las hojas se hubieran desprendido del plastificado.
—Es posible que no tuvieran las hojas dentro, que fuese un fallo de Santos —dije con la voz entrecortada.
—No lo sé. No me paré a pensarlo. Los volví a colocar todos juntos y los subí al bargueño. Llevan ahí unos nueve meses. Creo que el mismo tiempo que tu hoja dentro de tu agenda.
—¿Qué quieres decir? —le pregunté intranquila.
—Pues que desde que has llegado, todo se me hace diferente. Quizás pienses que estoy loca, que me agarro a cualquier cosa. Y si lo haces tienes razón Fabiola. Verás, el que tu grupo sanguíneo sea 0 Rh nulo y que esa hoja tuya sea tan igual a las que Santos secaba y plastificaba, me parece algo más que una coincidencia. Comienzo a creer que esa indígena está haciendo de las suyas, que Santos tenía razón. Mi esperanza ha vuelto. Esto no es una coincidencia, es algo más, algo que se me escapa, que me hace sentir que mi marido está más cerca de recuperarse.
—Cómo voy a pensar que estás loca, ni se me ha pasado por la cabeza. Es cierto que las hojas son muy parecidas a la mía, pero la mía no puede ser una de las de Santos —mentí. En aquellos momentos yo pensaba lo mismo que ella. Hubiera jurado que mi hoja pertenecía a uno de los dos marca páginas que estaban vacíos.
Pero no podía decírselo. No me creería. Nadie lo haría.