8

 

 

Abrí la puerta sollozando y desorientada.

—Pero hija, ¿qué le pasa?—preguntó Jacinta.

Me agarró por los hombros y, mientras caminábamos hacia la cama, retiró el pelo empapado que cubría mi frente. Yo no hablaba, permanecía con la mirada descarriada entre las prendas de ropa y el ordenador.

—No sé por qué está todo aquí —dije señalando el piso—. ¿Qué sucede? ¿Qué me está sucediendo? —le cuestioné.

—A veces hacemos cosas que no tienen explicación —respondió ella encogiéndose de hombros y miró el suelo sin hacer el más mínimo gesto de asombro—. No se preocupe por el desorden. Ojalá todo tuviera una solución tan fácil. Le ayudaré a recoger.

—Huele a limón. ¿No lo nota? Es el olor de la colonia de Ezequiel. Hace uno momento me pareció escuchar su voz, incluso sentí como cogía mis manos, pero él no está aquí, ¡no puede estar aquí! —exclamé visiblemente asustada.

—No debí dejarla sola. Al menos no debí hacerlo hasta que se hubiera dormido. Nos habríamos evitado todo esto; su estado de ánimo, su miedo y, por supuesto, el desorden que ha organizado con toda su ropa.

»Sí, huele a limón, a Limoncello —dijo señalando la botella de licor que estaba encima de la mesilla de noche—. Veo que se la terminó. Lo más probable es que el olor no desaparezca de su glándula pituitaria por un tiempo—. Al menos, veo que no le ha cogido asco ya que le recuerda a la colonia que usa su marido, y no a su exceso.

La miré y esbocé un gesto de sorpresa porque no entendía lo que me estaba diciendo. Ella se encogió de hombros, como si hubiera leído mis pensamientos y, no entendiéndolos del todo, me preguntase: ¿qué?

—¿Cómo sabe usted que Ezequiel es mi marido? —le pregunté.

Me levanté de la cama y me puse frente a ella. Con gesto inquisitorio la miré a los ojos esperando una respuesta.

No se alteró. No mostró gesto alguno de desasosiego ante mis palabras y mi actitud. Se inclinó y comenzó a recoger la ropa del suelo con la cabeza gacha, sin mirarme, como si nada fuera con ella, como si no hubiese escuchado mi pregunta. Me pareció que intentaba ocultar su rostro por si en él se dibujaba algún gesto que la pudiera poner en un aprieto frente a mí. Era evidente que pretendía esquivar mi mirada a toda costa.

—Usted me habló de él anoche —dijo sin levantar la cabeza, continuando con su tarea—. Si no fuese así, ¿cómo lo iba a saber? La subí casi en brazos. Aún me duelen las lumbares —explicó poniendo sus manos en la espalda, a la altura de los riñones—. Tuve que acompañarla hasta el dormitorio. Estaba francamente ebria. No quería tener que darle detalles de lo que pasó. Consideré que era mejor evitárselos…, para no avergonzarla. Me equivoqué. Yo he actuado de buena fe y usted desconfía de mí. Me molesta que lo haga. Me incomoda mucho. Soy una persona honesta y discreta. ¡Muy discreta! —levantó la cabeza y me miró desafiante, apretando los dientes y los labios; levemente enojada. Fue entonces cuando aprecié el color de sus ojos, aquel el iris malva tan infrecuente, tan bello e inquietante.

—Discúlpeme —dije bajito, aún sumergida en las dudas y la desconfianza, pero sopesando la posibilidad de que me estuviera diciendo la verdad.

—No ha pasado suficiente tiempo conmigo, no me conoce y eso, en cierto modo, disculpa su reacción. Mi error fue dejarla sola en las condiciones en las que estaba, pero creí que no eran tan extremas.

»Entiendo que encontrar a su marido con otra mujer es algo muy doloroso y traumático. Pero, ya le dije anoche, que a pesar de ello, tienen ustedes que hablar. Usted también estaba con otro hombre sin que él lo supiera. La sinceridad es muy valiosa Fabiola, no lo olvide. La mentira puede cambiarnos la vida, embarrarla hasta extremos que a veces no imaginamos.

No recordaba haber tenido ninguna conversación sobre Ezequiel con Jacinta, tampoco haber hablado con ella la noche anterior, ni tan siquiera que ella hubiera tenido que ayudarme a subir hasta la habitación. Sin embargo, la mujer tenía tantos datos, hablaba de todo con tanta seguridad que las dudas comenzaron a asaltarme. Miré la botella que permanecía sobre la mesilla, el vaso en el suelo y pensé que lo más probable es que todo hubiera sucedido tal y como Jacinta afirmaba. Después de todo, y para mi vergüenza, aquella no era la primera vez que me ocurría, por ese motivo no solía beber y cuando lo hacía siempre era con absoluta moderación. Tal vez, la noche anterior, dadas las circunstancias, pensé, no fue así y me excedí.

—¡Lo siento! —dije—. Juraría que subí sola, que nadie me acompañó. No recuerdo haber tenido la ropa en el armario y aseguraría que no la traje conmigo cuando llegué aquí ayer, que la olvidé en mi casa. Igual que el ordenador. No sé qué es lo que me está pasando. Desde que tomé el tren tengo la sensación de que todo lo que me sucede es parte de un sueño que no puedo controlar. Tal vez tenga usted razón y sea consecuencia del estrés. Me marché demasiado rápido, sin tan siquiera despedirme. Me dejé llevar por el miedo y la rabia, por la maldita ira.

—No le dé mayor importancia. Todos perdemos el control en algún momento. Cuando me contó lo sucedido en el restaurante, pensé que el destino, por algún motivo especial y único, les condujo al mismo lugar. Las coincidencias no existen, todo tiene un porqué. Que se encostrasen aquella noche y de la forma en que lo hicieron, fue algo excepcional; extraordinario. El vuelo de las hojas de arce, tal y como me lo relató, me pareció parte de un hechizo —hizo una pausa y, sonriente, me miró fijamente a los ojos—. Debió ser my hermoso ver las hojas de arce flotando en el aire, ¿verdad?

No respondí.

»Si a todo lo que le sucedió, le unimos el cansancio del viaje y la velada con Santos, tenemos los ingredientes perfectos para desorientar a cualquiera. Imagino que anoche charló con usted como si se conociesen desde siempre y después se ausentó como si jamás hubiera estado ahí, como si usted no estuviera acompañándolo. No se ofenda, suele hacerlo. Su hora de retirada al anochecer no varía jamás. Es como un reloj. Lleva a sus espaldas demasiado cansancio, años de lucha y soledad. También, como todos, pecados por expiar. Y eso, sus tropiezos, son los que hacen que su relación con los demás sea exigua y un tanto anárquica.

»Su permanecía aquí le vendrá bien, créame. Dispondrá de tiempo para recapacitar sobre su vida. Este lugar es muy especial, un regalo de los dioses. Es usted afortunada —dijo enfatizando el adjetivo—. La vida aquí, quitando ese polvo morado, es un privilegio.

 Me levanté de la cama. Me puse una camiseta de algodón y acercándome al ventanal descorrí las cortinas. Necesitaba salir de la habitación, respirar un aire limpio de recuerdos, sin aquel olor a limón que no me dejaba pensar con claridad. Ella no dijo nada, se agachó y siguió recogiendo la ropa del suelo.

Abrí el ventanal y salí al balcón. Con mis brazos apoyados en la barandilla contemplé el gran arce que coronaba el jardín. Sus hojas rojas, de un rojo brillante y aterciopelado, se dejaban mecer por el viento. Cerré los ojos para sentir el aire húmedo en mi cara, en mi piel. Inspiré con fuerza e intenté relajarme, recuperar la calma y la cordura que parecía haber ido perdiendo desde que llegué a la casa de Santos. Permanecí así, quieta y en silencio, unos minutos, hasta que escuché la voz de mi madre llamándome bajito, casi en un susurro. Sobresaltada, abrí los ojos. Ella estaba junto al gran arce, frente a mí. Sonrió. Se llevó su mano a los labios y me lanzó un beso. Su gesto se me antojó triste, como si quisiera llegar hasta mí y algo se lo impidiera. Intenté hablar, llamarla, pero no pude articular palabra. Sin embargo, ella pareció escucharme. Puso su dedo índice en los labios y me indicó con el gesto que guardara silencio. Después señaló la ventana de la habitación y a Jacinta. Y bajito, muy bajito, casi en un siseo apenas perceptible, pero que yo escuché, dijo: «Calla, pececillo. Ella no puede saber que estoy aquí

—¡Fabiola! —Gritó Jacinta cogiéndome por la cintura—. A puntito ha estado de descolgarse por la barandilla. ¡Qué susto me dio!

El ruido fue seco. Como el golpe. El lomo se abrió por la mitad y las hojas se desperdigaron por el suelo del jardín. Algunas volaron, otras, aún sujetas por el hilo que las unía a las tapas de cartoné, parecían quejarse por los envites del viento que las zarandeaba de un lado a otro, provocando un sonido áspero y constante.

»Aún no se encuentra usted bien, debe descansar. Voy a por su agenda. Parece que se haya hecho trizas —dijo mirando por el balcón. Después se agachó. Recogió la hoja de arce del suelo, que se había deslizado de la agenda antes de que esta cayera, y me la llevó a la cama.

»Esta debe ser la hoja del restaurante, la que tenía usted en su dietario, ¿verdad? Su color no es muy usual. Es un rojo extraño. Sí, es muy extraño, casi mágico. ¿No le parece?

No contesté.