30
Ver el retrato de la indígena y comprobar que era Jacinta supuso para mí una prueba más de que mi experiencia durante el coma había sido real. Jacinta existía, pero no como nosotros. Ella pertenecía a otro lugar. Era diferente al resto, siempre lo había sido, pensé recordando la información que me había dado Reyes sobre ella. En aquel momento comprendí por qué sabía tanto sobre aquel lugar, por qué llevaba tanto tiempo allí, por qué iba y venía en busca de los nuevos habitantes. Aquel pueblo, en el que estuve durante el coma, era el mismo que en el que me encontraba en esos momentos, con Reyes. Era su tierra, su lugar de origen. Jacinta siempre había estado en él, jamás lo había desatendido. Los nativos no estaban equivocados, su chamana nunca lo abandonó. Seguía allí; en cada árbol, en cada puesta de sol, en la lluvia al atardecer, en las auroras boreales que teñían su cielo de malva, escuchando las plegarias de los suyos, protegiéndoles del mal.
Recordé que desapareció cuando Santos y yo comenzamos a entendernos, a intimar. Se fue cuando yo dejé de lado mi necesidad de escapar de aquel lugar y me centré en ayudarle. En realidad, me dije, Jacinta me guió hasta él porque Santos se lo había pedido. Le pidió un donante compatible; que le ayudara a seguir viviendo. Estaba segura de ello. Todo era producto de aquel batir de alas del que ella me habló. La teoría del caos que esta vez había jugado con certeza y buenaventura con nosotros. Fue en esos momentos de cavilaciones cuando pensé que, tal vez, si Santos no hubiese pedido ayuda a la chamana, a Kanda, con tanta fe, yo también habría muerto en aquel accidente, con Torcuato.
Reyes enmudeció tras mis palabras.
—¿Estás bien? —le pregunté acercándome a ella.
—¡Dios mío! –exclamó—. No puedo creerlo. Esto es un milagro.
—Esperemos que así sea, Reyes. Si somos compatibles, seré la donante de tu marido. Y creo que así va a ser. Algo en mi interior me dice que estoy aquí por ese motivo, que he llegado a este pueblo minúsculo, alejado del resto del mundo, por y para ello. No hay otra explicación.
—¡Gracias a Dios que se me ocurrió poner ese anuncio! De no haberlo hecho, ahora no estarías aquí. Me parece algo tan maravilloso y al tiempo tan excepcional. No sé qué hacer, ni qué pensar. Santos tiene que despertar, tiene que hacerlo. Le pido a Dios que despierte y que tú seas compatible —dijo llorando emocionada.
—Kanda lo traerá. Estoy segura de ello —dije rozando con mis dedos el dibujo, recordando cuando Jacinta me aseguró que Santos iba a regresar…
Reyes se desplazó al día siguiente al hospital con una gran noticia para el equipo médico y yo me quedé en aquella gran casa sola de nuevo. Lo primero que hice fue colocar la taracea roja con forma de hoja de arce en su lugar; en la superficie del pequeño cajón del bargueño que había sobre el escritorio de mi cuarto. Solo hizo falta ejercer una presión mínima sobre la madera para que la piedra entrase en el hueco. Aquel hecho me dio una tranquilidad extraña, fue como si hubiese colocado la última pieza de un puzle imaginario, como si Santos hubiera presenciado cómo la piedra volvía a su lugar de origen. Como si al colocarla hubiera activado un resorte tan imaginario como importante y mágico.
Durante aquellos cuatro días dediqué las mañanas a escribir. Fui rememorando todo lo que Santos me había ido contando mientras estuve en coma. Volví sobre sus palabras y rehíce gran parte de aquel texto que le dejé sobre el sofá. Aquello formaría parte de lo que Reyes me contara, pensé entusiasmada. Sería una novela preciosa. A Santos le iba a emocionar.
Dediqué las tardes a recorrer el pueblo. A perderme en sus pequeñas calles o pasear por la avenida central que lo dividía en dos. Había pocos comercios: un colmado que se abastecía de víveres una vez a la semana, una frutería, una botica que no disponía de todos los productos farmacéuticos, solo los de primer orden, pero que hacía pedidos de los medicamentos necesarios a la ciudad. Dos tiendas de regalos. Un hostal diminuto que estaba completo con meses de antelación. Un restaurante especializado en comida casera y un pequeño bar con una terraza exterior cubierta por un techo de madera que la protegía de la lluvia al atardecer. Todo era y estaba tal y como lo recordaba.
—Es un poco tarde para sentarse fuera. En breve comenzará a llover y si no me equivoco es usted foránea —dijo posicionado frente a mí—. Si no está acostumbrada a las tormentas y el aire que levantan, estará más cómoda dentro del local —y señaló el cielo encapotado.
—No soy forastera, exactamente no. Conozco el clima de este lugar y me gusta bastante. Sobre todo la lluvia al atardecer —le respondí sonriendo.
—Pues entonces todo está bien —dijo sacando una libretita del bolsillo trasero de su pantalón vaquero—. Dígame, ¿qué le pongo?...
Era alto y delgado, de ojos oscuros y mirada profunda. Tenía los dedos largos y finos. La piel dorada por el sol. Llevaba el pelo recogido en una coleta. Era el dueño de aquel bar que, por las noches, se convertía en el único lugar de reunión con música en directo. Sobre todo Jazz. Lo visité los cuatro días que Reyes se ausentó. Iba todas las tardes y, sentada en la terraza, repasaba lo escrito por la mañana. Hasta que el cielo comenzaba a encapotarse. Entonces, cuando los relámpagos surgían y los truenos retumbaban sobre las montañas, apagaba el ordenador portátil y contemplaba como los colores iban tomando tonos diferentes y el paisaje se transformaba por completo. Escuchaba el sonido de la lluvia sobre el tejadillo de madera y contemplaba los pequeños aguazales que se formaban en la calle. Él solía observarme desde la barra. Me miraba de soslayo. Fijaba su atención en el teclear de mis dedos e incluso me pareció que más de una vez se sonrió cuando yo golpeaba el espaciador molesta porque éste se atascaba. No me incomodaba que lo hiciese, me agradaba saberle ahí, tras aquella barra de madera; pendiente de mí. Me gustaba su mirada profunda, sus rasgos, sus gestos varoniles y aquella breve sonrisa que nos dedicábamos cuando nuestras miradas se cruzaban. La de él más abierta y decidida, llena de cierto deseo que atisbé enseguida, la mía más insegura y desconfiada.
—Invita la casa —dijo aquella tarde, la cuarta que yo había visitado el local. Y, sin dejar de mirar la pantalla de mi ordenador, colocó una jarra de cerveza sobre la mesa junto a una ración de salmón marinado—. Esta noche tenemos Jazz en directo. Podrías quedarte a cenar y luego a la actuación…, escritora —concluyó volviendo a sonreírme.
—¿Es una proposición de cita? —le dije bajando la pantalla del ordenador para evitar que siguiera leyendo el texto.
—Sí. Por supuesto que lo es. Te estoy invitando a cenar y luego a escuchar un buen Jazz junto a una copa y este cielo maravilloso que se llena de estrellas en cuanto las nubes se van.
—Me temo que no puedo quedarme. Vivo cerca del lago y la vuelta, cuando oscurece, no es muy segura. Aún no conozco bien el camino de regreso y mi coche no es el más apropiado para volver a esas horas sin apenas luz.
—¿Eres la biógrafa de Santos, verdad? La que quería contratar Reyes. Son amigos míos. No faltaban una sola noche cuando teníamos Jazz en directo. Santos ama el Jazz, bueno, el Jazz, a Aute, a Silvio Rodríguez… —hizo una pausa y cambió de expresión—. Le echo en falta tantísimo. Solíamos cantar juntos cuando el local se vaciaba —y señaló la guitarra que había sobre el pequeño escenario interior—. Él tocaba y yo cantaba. La canción con la que siempre terminábamos era ¿Qué hago ahora?, de Silvio. Espero que salga pronto del hospital. ¡Tiene que recuperarse! —Dijo en un tono lleno de rabia e impotencia.
—Puedes estar seguro de ello —le respondí.
—Bueno, qué me dices, ¿te quedas a cenar? Te llevaré yo. Puedes dejar el coche de Santos estacionado aquí, o lo llevas y yo iré detrás de ti. Aunque también puedes quedarte. Estamos abiertos hasta el amanecer, como en la película…, pero sin vampiros —dijo sonriendo.
«¿Por qué no?», me pregunté. Y, casi al amanecer, cuando el local se vació y nos quedamos solos en él, cantó la canción de Silvio para mí:
¿Donde pongo lo
hallado?
en las calles, los libros,
la noche, los rostros
en que te he buscado.
¿Donde pongo lo
hallado?
en la tierra, en tu
nombre,
en la Biblia, en el día
que al fin te he encontrado…