22

 

 

Al ver a Margaret tendida en aquella cama, inmóvil e indefensa, supe que mi estancia en aquel hospital se debía a algo más importante que mi recuperación: debía traer a Margaret con los suyos. Tenía que recuperarme y mientras lo hacía centralizar todas mis fuerzas en conseguir que ella despertase del coma. No creía en las casualidades y el que Margaret hubiera estado en la UCI, en la cama contigua a la mía, y luego a unos metros de mi habitación, no era una coincidencia, estaba segura de ello. Daba igual si lo que había vivido mientras permanecí en coma era del todo real o no, pensé. En aquellos momentos dejé de hacerme preguntas, de cuestionar mi estancia en aquel pueblo y me centré en ayudar a mi amiga, porque ella era mi Margaret y me necesitaba.

Visité a Margaret noche tras noche. Esperaba a que Ezequiel se marchase, a que las visitas dejaran el hospital y los pasillos fueran devorados por el silencio y la oscuridad. Conseguí el permiso del equipo médico para hacerlo. Su marido así lo sugirió y ellos no pusieron objeción alguna a que la visitara durante algunos minutos todas las noches. Cualquier intento por hacer que despertara sería bienvenido, le dijeron.

Y así, noche tras noche, me sentaba a su lado. Besaba su frente. Cogía su mano derecha entre las mías y le relataba cómo había crecido su hija. Le describía el color cobrizo que tenían sus rizos, lo mucho que la quería su marido y cómo él añoraba volver a escuchar su voz. Noche tras noche, antes de regresar a mi habitación, le recitaba su poema, el poema de Rafael Alberti, De los álamos y los sauces. Y, durante todas ellas, esperé un gesto, una mueca, un movimiento leve que me indicara que ella aún estaba ahí, que no se había marchado para siempre. Que no había dejado de recordar. Pero no hallé una sola muestra física de que Margaret me estuviera escuchando, de que pudiera oír mi voz. A pesar ello, no perdí la esperanza. Seguía confiando, creyendo que ella, en algún momento, abriría sus ojos de ámbar y, mirándome fijamente, me preguntaría, qué hacía yo allí.

Su pequeña siguió yendo en mi busca cada vez que iba al hospital. Sus visitas se convirtieron en un rito que permitía a su padre estar un tiempo a solas con su mujer, llorar su ausencia, sin que la niña presenciara su tristeza y su desesperanza. Continué contándole a la pequeña Margaret como al atardecer, en el pueblo, el horizonte se teñía de malva. Le hablé de los pájaros que invadían los alfeizares al amanecer, del colorido de su plumaje, de sus trinos acompasados y melancólicos. De los cientos de mariposas de alas luminosas y llenas de color que poblaban el bosque de arces. Le relaté como al alba, con los primeros rayos del sol, levantaban el vuelo formando celajes multicolores que se asemejaban a la paleta llena de restos de óleo de un pintor. Le describí las variedades de hongos que recordaba había visto en el jardín de Santos e inventé una historia para cada uno de ellos. Le dije que los arces estaban allí, sobre las montañas, para proteger la magia del lugar y que cada uno de ellos tenía su propia ánima. Y le enseñé mi hoja:

—Debes cogerla con cuidado —le dije abriendo mi agenda por la página en la que estaba.

Sus ojos se llenaron de luz. Quieta, sin mover ni un solo músculo, la miró durante unos segundos, con los ojos como platos.

—Tiene el color del pelo de mi mamá —dijo rozándola con cuidado con su dedo corazón—. ¿Crees que puede ser mágica? Si es de algún árbol de ese bosque será mágica, tendrá su ánima, ¿verdad?

—Si tú crees que es mágica, estoy segura de que lo será. La magia a los objetos se la damos nosotros. ¿Te han contado el cuento de Peter Pan? –Le pregunté acariciando su carita llena de pecas.

—Creo en la magia, ¡la magia existe! —gritó.

—Eres preciosa—le dije besando su frente—. Sabes, cuando estaba recién caída del árbol era aún más roja, más brillante, parecía de terciopelo. Ahora su color está un poco más apagado, por eso se parece al de tu madre, ¡tan bonito! —dije emocionada.

—A mi mamá le gustan más los sauces, pero a mí me gustan más los arces. Esta hoja es tan preciosa. ¿Crees que a mi mamá le molestará que me guste más tu hoja mágica que sus sauces?

—No, por supuesto que no —dejé la agenda abierta sobre la cama y la abracé emocionada, intentado controlar mis lágrimas—. Cuando se despierte iremos juntas a un bosque de arces y estoy segura que le gustarán tanto como a ti y a mí.

—Fabiola, si la hoja es mágica, en ese bosque de arces debe haber hadas. Como en el cuento de Peter Pan, ¿viste alguna?

—No, pero eso no quiere decir que no estén ahí. Ya sabes que las hadas son muy escurridizas. No les gusta que nadie las vea, que nadie sepa que existen porque corren el riesgo de perder su magia por ello. Pero estoy segura de que están allí.

—Te imaginas que esta hoja hace que mi mamá se despierte. Si es mágica, tiene que hacerlo. ¿Me dejas que se la enseñe? Tendré mucho cuidado con ella y te la traeré enseguida. ¿Podrías venir tú conmigo? Sé que te vas a ir pronto. Mi papá me lo ha dicho. Me gustaría que mi mamá te conociera. Quiero que vengas conmigo, es tu hoja y lo mismo si la llevo yo sola pierde su magia —me dijo convencida.

Me giré mirando hacia el gran ventanal y agaché la cabeza para que no me viese llorar. Limpié mis lágrimas con mis muñecas e inspiré profundamente.

—Creo que tú eres mágica Margaret —separé un rizo que caía por su frente y tapaba levemente uno de sus ojitos. Se encogió de hombros como si no entendiese lo que la estaba diciendo—. La magia solo funciona con las personas que creen en ella. El cariño que sientes por tu madre es pura magia y puede conseguir cualquier cosa, cielo. Llévate la hoja, enséñasela a mamá junto a tu padre. Dile lo mucho que deseas que despierte. Con eso bastará. Si no despierta hoy lo hará muy pronto—. Cogí la hoja, abrí su manita y la deposité en la palma—. ¡Ve! Anda, ¡corre!, papá te está esperando —señalé la entrada de la habitación.

Apoyado en el quicio de la puerta estaba su padre. Nos escuchaba emocionado. Me sonrió y extendió su mano para que la niña se agarrase a ella. La pequeña caminó hacía él con la manita derecha abierta. Sobre la palma llevaba mi hoja. Con los dedos de su mano izquierda la sujetaba por uno de sus picos. Lo hacía con cuidado, como si mi hoja de arce fuese algo tan frágil como valioso, como si la magia fuera a escaparse de ella si la soltaba o la dejaba caer.

Permanecí con los ojos cerrados unos minutos. Recordé a Margaret, su sonrisa, la cadencia de su voz, que tanta tranquilidad me aportaba, y la imaginé diciéndole a su hija que ya conocía aquella hoja de arce. Me sacó de mi ensimismamiento el ruido de los pasos que, apresurados, iban y venían de forma inusual, que recorrían el pasillo de arriba abajo y de abajo arriba. Me levanté de la cama inquieta y me dispuse a ver qué sucedía. Cuando me asomé al corredor vi que la habitación de Margaret estaba recibiendo visitas del equipo médico. Intranquila y asustada me puse la bata dispuesta a averiguar qué sucedía, pero no me dio tiempo a cruzar el umbral de mi puerta. Margaret corría eufórica hacia mi habitación gritando:

—Fabiola, Fabiola —repetía emocionada, con la hoja de arce sujeta entre sus dos manos—, ¡es mágica!, ¡es mágica! Mi mamá ha abierto los ojos, está despierta. Lo sabía, tu hoja de arce es mágica…