27
Al día siguiente intenté contactar con el número de teléfono del anuncio de Santos sin conseguirlo. El buzón de voz saltaba una y otra vez. Finalmente, tras varios intentos y a diferentes horas, dejé un mensaje con mi número, mis datos personales y el motivo por el que necesitaba ponerme en contacto con él. Mi mensaje recibió respuesta horas más tarde, ya entrado el atardecer.
—Sí, sí, la oferta aún sigue en pie —respondió una voz femenina, atenuada por el sonido de la lluvia que parecía estar cayendo con fuerza—. He recibido varias demandas pero todas eran de hombres y quiero una mujer para este trabajo. Por ese motivo la oferta sigue en vigor. Usted es la primera mujer que se interesa.
—¿Puedo hablar con Santos? —le pregunté.
—Soy su esposa. Él ahora no puede atenderla. Pero… ¿cómo sabe el nombre de mi marido? En el anuncio no está puesto. Dígame, ¿quién es usted? —dijo sin disimular su desconfianza.
Me sorprendió su pregunta y el tono suspicaz de su voz al hacerla. Instintivamente miré el recorte del periódico. Aquella fue la primera vez que me percaté de que en el anuncio no ponía el nombre de él. No había ningún dato personal, solo la descripción del trabajo a realizar y el número de teléfono.
—No lo sabía, me lo ha dicho usted hace un momento —improvisé. Aquella mentira fue lo primero que se me ocurrió para salir del aprieto en el que inconscientemente me había metido.
Hubo unos segundos de silencio que se me hicieron eternos, en los que permanecí con los dedos cruzados, recriminándome lo torpe que había sido.
—Lo siento, debe disculparme, estoy un poco saturada…
Antes de marcharme hablé con Ezequiel sobre mi decisión. Tras su intranquilidad, le facilité la dirección y los datos que necesitaba saber para localizarme en cualquier momento y le di mi palabra de que le tendría informado. Quería, necesitaba encontrar a Santos. Me daba igual si me reconocía o no. Lo único que pretendía era, de darse la situación de que fuese él y que estuviese aún en el mismo estado, ayudarle. Intentar traerle de vuelta. Por otro lado había decidido no depender de Ezequiel y aquel trabajo me permitiría hacerlo, al menos durante un tiempo. Vacié los armarios y embalé mis pertenecías en cajas dispuestas para una futura mudanza. Estaba convencida de que a mi regreso buscaría un piso, un apartamento sin más pretensiones que habitarlo, vivirlo como no había hecho con aquella casa.
Me llevé solo lo necesario: mi ordenador, mi agenda, unas cuantas prendas de ropa, la aldaba y la cartera de Torcuato. Cuando me dieron el alta médica y regresé a casa pensé en hacérsela llegar a su familia. Sabía que tenía un hermano, pero Ezequiel había estado en contacto con él para solucionar los temas del seguro de accidentes y me dijo que había vuelto a marcharse a Italia, donde residía.
—¿No le hablaste de la cartera? —le pregunté entonces con extrañeza.
—No. En ella no había documentación que demostrase que era de él y me la entregaron a mí. Estaba en tu coche, aunque lo condujese él. La guardé porque no estaba seguro de que lo fuera. Cuando te la entregué, comprobé que mis conjeturas eran ciertas. Pertenecía a Torcuato. Si quieres te doy la dirección de su hermano y se la haces llegar. Eso ya es cosa tuya…
De él solo me quedaba aquella cartera repleta de apuntes y bocetos; un puñado de láminas en blanco y negro, y sus historias y poemas. Era como un caracol, siempre llevaba la casa a cuestas, porque su casa, su alma, todo él, eran sus trabajos. El resto, como solía decir, solo eran parte del atrezo de la vida.
Salí al amanecer. Cogí un tren de largo recorrido que me llevó hasta una pequeña ciudad. En ella tomé un taxi que me dejó en una estación de cercanías y allí tomé un tren viejo y destartalado que me conduciría a mi destino final; al pueblo donde residía Santos.
El viaje fue lento y tan ajetreado que dejó mi espalda maltrecha. Esperaba que el resto de los acompañantes de aquel vagón ancestral, viejo y descuidado en su mantenimiento, fueran tan silenciosos como los que me acompañaron durante aquel viaje que hice estando en coma, pero no fue así. Las mochilas se amontonaban en el suelo del vagón y en los altillos. La mayoría eran montañeros, jóvenes con sus parejas que iban a escalar y que no paraban de hablar, reír y besarse apasionadamente. Solo una mujer de mediana edad parecía estar en la misma sintonía que yo, pero ella no hablaba. Leía con avidez en un dispositivo electrónico ajena a todo lo que sucedía alrededor. Ajena y distante. Me levanté varias veces para estirar las piernas y la espalda. Saqué un refresco de la máquina expendedora instalada en uno de los vagones. Pretendí con ello atenuar el calor insoportable que hacía dentro de aquel tren que parecía haberse escapado de otro siglo, pero no lo conseguí. Pasadas las dos primeras horas de viaje el paisaje comenzó a cambiar. Pasó de un marrón seco y árido a un verde vivo. El viento comenzó a correr renovando el olor del aire y bajando la temperatura del interior del vagón. Los campos se tiñeron de violeta y las plantas de lavanda, agitadas por el viento, simularon los vaivenes que el viento produce en el agua de los embalses. Olía a campo y vida. El zumbido de las abejas y el canto de los pájaros iban y venían con una cadencia tan irregular y anárquica como maravillosa. Miré hacia las montañas y percibí una gran mancha roja que se asemejaba a una pincelada impresionista. «Tiene que ser el bosque de arces», pensé. En los pies de la ladera estaba el pueblo. Pequeño, con un puñado de casitas bajas y blancas, de un blanco que parecía recién encalado. Todas ellas con los tejados de pizarra negra, inclinados para evitar la acumulación de una nieve que allí nunca se daba, porque, extrañamente, siempre llovía. Dos lágrimas silenciosas se deslizaron por mis mejillas al comprobar que aquel era el mismo pueblo que yo había recorrido estando en coma.
El apeadero también era el mismo, pero, aquel día, en aquella estación, no solo me bajé yo. El tren iba completó y todo el mundo se apeó. El andén se llenó de excursionistas; de matrimonios que iban a pasar unos días en el balneario de aquel pueblo minúsculo, de gente que viajaba sola, que visitaba aquel lugar buscando la soledad, otro tipo de soledad. El tren volvió a llenarse con la gente que esperaba para regresar. Aquella era la última estación, pensé sentada en uno de los bancos, esperando a que me recogiesen. Mientras lo hacía, miré los cables del tendido eléctrico que colgaban de los postes de madera. Pensé que, aquellos postes, bien podían haber sido gigantes para el caballero de la Mancha si éste no hubiera tenido molinos. Claro que, la belleza de los molinos de la Mancha, no tenía parangón, y menos literario, con aquellos postes de madera reseca, con aquellos restos de árboles asesinados. Sonreí llevada por lo surrealistas que eran, en aquellos momentos, mis cavilaciones. Y fue entonces, mirando los cables, recorriéndolos, cuando vi la cinta americana malva rodeando uno de ellos. Solo fue un segundo, apenas un instante, porque las garras de un águila dorada la desprendió y se la llevó. Ensimismada, seguí los quiebros que la cinta malva, clavada en las uñas de la rapaz, hacía en el aire, hasta que escuché su voz.
—Perdón, tú debes ser Fabiola, ¿me equivoco? Creo que esta hoja es tuya. Se te ha caído de la agenda, y esté papel también —dijo dándome mi hoja de arce y una nota en la que Ezequiel me había apuntado las pautas de la medicación—. Soy Reyes, la mujer de Santos.
—Fabiola, encantada —le respondí—. Muchas gracias —dije cogiendo la hoja y el papel. Me levanté y nos dimos dos besos en las mejillas.
—Tengo el coche en el aparcamiento —lo señaló—. Tu hoja de arce es preciosa. ¿Es de verdad?, me refiero a que no parece natural, tiene un color y un tacto aterciopelado.
—Sí, es natural. No sé, debe haber sufrido alguna transformación extraña en su secado porque a medida que fue perdiendo el agua que contenía cogió más cuerpo y su textura cambió. Tal vez fue porque estuvo nueve meses dentro de mi agenda —sonreí y levanté el dietario. Lo abrí y coloqué la hoja dentro de nuevo.
—¡Nueve meses! —Exclamó sorprendida—. Es mucho tiempo. Debería haberse quebrado, hacerse más frágil y más oscuro su color, sin embargo parece que fuese de fieltro. ¡Qué raro! —volvió a exclamar—. Aquí tenemos muchos arces —señaló el bosque y comenzó a caminar hacia el aparcamiento.
»En esta zona la telefonía móvil da muchos fallos. Olvidé decírtelo. Si necesitas hacer alguna llamada urgente, tendremos que volver a la estación. Es el sitio más adecuado para llamar, el repetidor está más cerca de aquí. Nuestra casa no está en el pueblo exactamente, se ubica unos kilómetros más allá —señaló el coche—. Este es mi utilitario. No es nada del otro mundo, pero me lleva y me trae como una vieja mula por estos caminos pecuarios. Si necesitas bajar al pueblo o a la estación, puedes utilizarlo.
Era el coche de Santos, aquel Seat 1500 blanco con los asientos de eskay rojo. Sobre el salpicadero estaba la carátula de un disco de Luis Eduardo Aute que ella, tras abrir la puerta, retiró e introdujo en la guantera que permanecía abierta.