19
Permanecí en aquella habitación de hospital varios meses más. Rodeada de una añoranza desgarradora y extraña que no quise compartir con nadie. Tuve que aprender a sostenerme antes de andar sin ayuda. Coger el peso y la musculatura que había perdido durante los nueve meses que permanecí en coma tras el accidente. Mis recuerdos volvieron poco a poco, pero no del todo, había partes que se habían borrado en mi mente, como si el golpe que sufrí hubiera triturado aquellos instantes previos al choque. Sin embargo, el recuerdo de aquel lugar, de Jacinta, Margaret y Santos, permanecía vivo y recurrente. Era tan claro y fuerte que esperaba, ansiaba, que su visita se produjera en cualquier momento. Sus nombres fueron las primeras palabras que pronuncié cuando conseguí hablar sin dificultad:
—¿Sabe si han venido a verme Jacinta, Margaret y Santos? No consigo recordar si lo han hecho —le pregunté a la enfermera.
—Es posible que lo hayan hecho. No puedo asegurárselo —me sonrió—.Su marido vendrá enseguida, él lo sabrá. De todas formas debe tener en cuenta que las visitas, por prescripción facultativa, deben ser limitadas hasta que se encuentre mejor.
—¿Puede ayudarme a incorporarme?, quiero ver el bosque de arces —le dije al ver que no podía sentarme en la cama, que aún no tenía fuerza suficiente para moverme sola.
—Subiré los estores pero, mucho me temo, que no verá los arces. Estamos en pleno centro de la ciudad. Eso sí, podrá contemplar la avenida porque el ventanal cubre casi toda la pared. ¡Es un lujo! Moveré la cama para situarla lo más de frente posible a la calle.
»Su doctor la visitará en unas horas, le alegrará verla haciendo ya preguntas —dijo subiendo la parte superior de la cama e incorporándome en ella. Después la giró situándola frente al gran ventanal que cubría toda la pared hasta el suelo—. Es usted muy fuerte, Fabiola, mucho. Su recuperación ha sido extraordinaria.
»No creo que su marido tarde mucho en regresar—. Subió los estores de vinilo y me sonrió señalando el exterior—. Ve, ya le dije, estas vistas son privilegiadas. Mientras vuelve su esposo puede ir repasando su agenda. Le vendrá bien para recuperar recuerdos de forma gradual. El doctor cree que su dietario pudiera ser un instrumento muy válido para ello —lo dejó sobre la cama, junto a mis manos—. Este es el timbre. —Me acercó un pulsador que colgó de la barandilla lateral para que no se cayese—. Apriete el botón si precisa algo. Mi turno termina al mediodía, o sea que me tendrá toda la mañana con usted. Llámeme para lo que necesite, para cualquier cosa. —Estiró la colcha de la cama, comprobó el gotero, me dedicó una sonrisa y salió de la habitación.
Miré hacia la calle. Era verano. Frente al hospital, en la otra acera, dos torres de apartamentos se alzaban casi juntas, a pocos metros una de la otra. A su lado varios edificios en los que sus bajos estaban copados por restaurantes con terrazas abarrotadas de clientes, un pequeño colmado y una farmacia. La carretera, que dividía la calle en dos aceras, estaba atascada por la retención que producía un semáforo de cruce. Me sobrecogió ver tantas personas caminando por la acera en todas direcciones, su evidente prisa y la indiferencia con la que se cruzaban, como si no se vieran. Me impresionó el bullicio que no podía escuchar pero que imaginaba. En las aceras había árboles, como en el jardín que rodeaba el hospital, pero no eran arces, sin embargo, también tenían sus hojas rojas, aunque su rojo era granate y apagado, casi sucio. Eran Prunos, ciruelos mentirosos, los llamaba Torcuato porque decía que sus frutos parecían comestibles sin serlo. Busqué el cielo, pero solo puede hallar un pedacito de él. Parecía atrapado entre los dos grandes edificios. Era gris, gris y sucio, como las hojas de los ciruelos mentirosos. «He regresado», pensé. Dos lágrimas solitarias y llenas de nostalgia recorrieron mis mejillas cuando pensé en ellos, en Margaret y Santos.
Un relámpago iluminó aquel cielo de finales de agosto. Seguido de él un gran trueno que dio paso a una lluvia tan repentina como rabiosa. Los goterones caían rectos y con fuerza, sin que nada desviase su trayectoria. La imagen de la calle desapareció por unos instantes tras la cortina de agua, hasta que el viento comenzó a soplar deshaciendo aquella opacidad acuosa. La gente corría. Se refugiaba en los portales, bajo los toldos de los bares o abría sus paraguas. Otros, los menos, dejaban que la lluvia les empapase. Los paraguas fueron cubriendo las aceras, protegiendo a los viandantes de la imprevista tromba de agua. Casi todos eran de tonos oscuros, negros, azul marino, marrones… Todos excepto uno. Aquel era grande y rojo, de un rojo aterciopelado, como las hojas del bosque de arces. La mujer que lo portaba transitaba despacio por la acera. Era bajita y delgada. Su cuerpecillo parecía una pavesa a punto de ser arrastrada por el viento. Aparentaba ser tan poca cosa bajo aquel gran paraguas, que si no fuese por él habría pasado desapercibida entre el tumulto, pensé. Al llegar a la altura de la ventana de mi habitación se detuvo. Levantó el paraguas y miró hacia el hospital. A pesar de estar a muchos metros de distancia, alejada, tuve la sensación de que me estaba viendo; de que me miraba. Giró su cabeza hacia la avenida y levantó su mano derecha en un gesto claro de despedida. Volvió su vista hacia mi ventana y me sonrió, al menos eso me pareció a mí, que me estaba sonriendo. Un taxi se detuvo a su lado. Cerró el paraguas y, sin volver a mirar hacia la acera del hospital, entró en él. El vehículo se alejó con la luz que indicaba su disponibilidad apagada. La lluvia siguió cayendo con fuerza, rabiosa. Pareciera como si las nubes llorarán la pena que yo sentía en aquellos momentos.
Mi agenda permanecía sobre la cama, perfecta, sin un solo rasguño, sin una sola hoja descolgada de su lomo. Sin rastro alguno del porrazo que sufrió cuando se me cayó por el balcón al ver la figura de mi madre al lado del gran arce del jardín. La abrí buscando mi letra, mis apuntes, la confirmación de que era mi dietario y no otro el que me había entregado la enfermera. En su primera página estaba la hoja de arce que aquella noche cayó sobre mi copa en el restaurante.
Con la hoja entre mis manos volví la mirada hacia la calle. Ezequiel se apeaba de un vehículo que había aparcado en doble fila, frente al hospital. Lo conducía una mujer, la misma que lo acompañaba aquella noche en el restaurante. La besó en los labios, se bajó y cubriendo su cabeza con un periódico para protegerse de la lluvia que aun seguía cayendo, cruzó la calle en dirección al hospital.
—Ya no hueles a limón —le dije cuando besó mi frente—, ¿has cambiado de colonia?
—Estoy tan feliz, Fabiola, tantísimo —dijo tomando mis manos y sentándose en un lateral de la cama—. He luchado tanto para volver a tenerte aquí. Todos lo hemos hecho —puntualizó mirándome a los ojos.
—¿Sigues con ella? —Le pregunté—. Si es así, me alegro por ti, de verdad que me alegro mucho. Te quiero tantísimo Ezequiel, tanto. Todo este tiempo he pensado en ello, en nosotros, en nuestra vida en común, y me he dado cuenta de lo mucho que ambos nos hemos equivocado.
—Yo también a ti Fabiola. Lo sabes, ¿verdad? —asentí con un movimiento leve de mi cabeza. Sollozando de emoción—. No llores, por favor. No debes estar triste. Tenemos demasiados motivos para no entristecer.
»Ahora, lo único importante es tu recuperación. Tu absoluta recuperación —respondió y apoyó su cabeza en la mía—. Todo lo demás puede y debe esperar. Tendremos tiempo de hablar sobre nuestra situación. Eso, ahora, no es importante. Has permanecido en coma nueve meses. Te perdiste la Navidad, con lo poco que te gusta —sonrió intentando provocar en mí una sonrisa—. Eché en falta tus protestas viéndome colocar los adornos. ¿Sabes?, no tuve fuerzas ni ganas para bajarlos de la boardilla. Creyeron que no te recuperarías, pero yo sabía que sí. Tenía la corazonada de que agosto te devolvería, te haría regresar. Siempre fue tu mes.
»Sufristeis un accidente, un accidente muy grave. Fue un milagro que sobrevivieras, igual que el que hayas despertado. Eso es lo único importante ahora, que estés aquí, que te encuentres bien y te recuperes del todo. Le doy gracias a Dios por ello todos los días.
—¿Sufristeis? ¿Por qué hablas en plural? No recuerdo nada. Solo que me marché sin avisarte a escribir la biografía de Santos.
—No sé quién es Santos. Supongo que te refieres a la oferta del trabajo. No pudiste aceptarla. El accidente sucedió cuando salíais del restaurante. ¿Recuerdas el restaurante y las hojas de arce?
–Sí –respondí cabizbaja y confusa.
–Fue esa misma noche, cuando regresabais a casa. Un camión se saltó un stop y os embistió por un lateral.
—¿Y Torcuato? —Le pregunté con la voz entrecortada—, ¿dónde está Torcuato?
Su expresión adquirió un rictus funesto. Inclinó la cabeza, bajó los párpados y cogiendo mis manos entre las suyas, evitando mirarme a los ojos, dijo:
—Él soportó el mayor impacto. Permaneció en coma inducido unos días. Le despertaron porque las lesiones eran irreversibles y falleció una semana después. ¡Lo siento!, lo siento muchísimo.