6
—Si busca a Santos está abajo, en su despacho, embalando parte de sus pertenencias—dijo Jacinta al verme entrar en la cocina.
—¿Embalando?—pregunté sorprendida—. No pensará marcharse y dejarme con el montón de folios que me ha entregado. No creo que me sirvan para mucho.
—No se preocupe, el pobre no puede marcharse hasta que no concluya su biografía. Si tenemos suerte, será usted quién le ayude a conseguirlo. Cuando la vi bajarse del coche tuve la sensación de que nos habíamos visto en otra ocasión —hizo una pausa, me miró y se encogió de hombros. Su gesto me pareció la respuesta a un comentario que yo no hice—. Aunque usted no lo crea y piense que soy una anciana un poco desorientada, no es así. No suelo equivocarme en mis percepciones —dijo en un tono tajante y seguro. Después me miró fijamente, como si me recorriese por dentro, incluso me pareció sentir como se adentraba en mí—. Tal vez nos conozcamos desde siempre y no lo recuerde. La memoria es más frágil y selectiva de lo que pensamos.
»Parece repuesta del viaje, tiene muy buen aspecto, ¿me equivoco? —preguntó cambiando el tema de conversación.
—Sí, sí, he podido descansar un rato, no lo suficiente, pero me encuentro mejor—mentí.
Estaba más aturdida que a mi llegada. La lectura de las palabras de Torcuato me intranquilizó. Al leerlas, sentí su angustia y pensé que si él había sentido aquella sensación de ahogo, aquel encarcelamiento, tarde o temprano, a mí podría sucederme lo mismo. Ambos nos parecíamos demasiado.
—Me alegra escuchar eso. Ya verá como poco a poco se siente como en su casa. Si acepta un consejo, le sugiero que se tome unos días de asueto antes de empezar con el trabajo.
—No tengo inconveniente en comenzarlo hoy mismo si así lo quiere Santos. Además, cuanto antes termine más pronto podré regresar. No pensé que este lugar estuviera tan alejado, tan aislado. He dejado asuntos sin cerrar y como no hay manera de comunicarse ando un poco angustiada porque no lo había previsto.
—Pues la angustia y las prisas no son buenas compañeras de viaje. Tómeselo con calma. Aquí todo es fácil y sencillo. El tiempo trascurre más despacio. Disfrute de ello. No todos tienen esta oportunidad.
»La tercera puerta del pasillo es la del despacho de Santos. En media hora estará la cena. No tarden o se les quedará fría…
Santos estaba sentado en el suelo de madera, rodeado de discos y cajas de cartón marrón con vinilos. Algunas de las cajas estaban llenas, pero permanecían abiertas; como si su disposición o contenido aún no fuera el definitivo. Le observé en silencio durante unos minutos. Él pareció no percatarse de mi presencia. Apoyada en el quicio de la puerta seguí el movimiento pausado de sus manos, el ademán que hacía al ir colocando los discos de vinilo por orden alfabético. Los ubicaba despacio, con mimo y precisión. Estiraba la funda de plástico tranparente que protegía las fundas de los discos y después los depositaba entre cada una de las separatas de colores marcadas con las letras del abecedario.
Mirándole recordé a Ezequiel, mi marido, y nuestra primera crisis conyugal, cuando me sugirió darnos un tiempo. «Qué absurdo», pensé en aquel momento, mientras le escuchaba. «Cuando quieres y te quieran lo que más añoras es tiempo para estar juntos», me dije mirándole inquisitoria y, en cierto modo, molesta. Mientras me hablaba, cabizbajo y rehuyendo mi mirada, no pensé en que hacía tiempo que el tiempo nos había separado. Que en aquellos momentos el amor que sentíamos el uno por el otro había comenzado a deslizarse por un precipicio en el que finalmente desapareció.
La vida había pasado por nosotros sin que apenas pasásemos uno por el otro. Los años se habían precipitado. Los días habían sido tan veloces como un destello de luz; como el rastro luminoso de una estrella fugaz. Como aquel gesto que creíste ver y nadie más que tú presenció. Como la niñez pérdida entre los colores vivos de la plastilina o el olor de los cuadernos y los libros por estrenar. La magia fue yéndose poco a poco y de puntillas, sin hacer ruido; del mismo modo en que llegó. Su marcha dejó los días sin luz ni color. Nuestra vida en común quedó exigua. Pingaba como las prendas que encojen de forma desigual; haciendo que nos torciésemos, que inclinásemos nuestras emociones, nuestros sentimientos, que nos sintiésemos incómodos uno junto al otro. Hacía tiempo que los dos, a pesar de vivir juntos, nos habíamos marchado uno del otro. Aunque nos mintiésemos, aunque lo negásemos, nos habíamos convertido en simples compañeros de piso, en amigos. Nada más.
—¿Le gusta el Jazz? —preguntó Santos sacándome de mi ensimismamiento.
Mis ojos estaban fijos en la carátula de uno de los LP de Miles Davis, Kind of Blue. En la foto de él tocando la trompeta. Aquel LP del año 59 cambió la historia del Jazz y la mía, cambió mi vida. La primera vez que Torcuato y yo nos besamos sonaba Sowhat.
—Sí. Mucho. La culpa de ello la tiene un buen amigo. Él fue quien me dio a conocer a Miles Davis —dije con la voz entrecortada, añorando aquel momento.
Volví a mirar la carátula del disco y rememoré aquella noche, el sonido de la trompeta de Miles Davis dentro del coche. Sus labios sobre los míos. Sus dedos deslizándose por mi nuca. Aquella sensación contradictoria y al tiempo maravillosa que me produjo sentir sus manos recorriendo mis muslos. El pensamiento turbador de que quizás estuviera cometiendo un error, un error que me hacía sentir demasiado bien, que había conseguido revivir mi deseo, mis ganas.
—Qué curioso, Torcuato tenía predilección por este LP—lo levantó, me lo enseñó, y se dirigió con él al tocadiscos—. Voy a ponerle la canción que más le gustaba. Me contó que sonaba en un momento muy especial, cuando besó por primera vez a la mujer de su vida. Pero ya sabe, la vida es una imperfección en si misma. Ella está casada. Así es el amor de caprichoso y malvado—insertó el vinilo en el plato, levantó el brazo de éste y depositó la aguja en su superficie—. Tal vez abandonó el trabajo por ello —hizo una pausa, miró al suelo y movió su cabeza levemente de izquierda a derecha, como si estuviera repasando sus palabras y se arrepintiera de no haber reflexionado antes sobre ese punto—. Es probable. Quizá nada tuvo que ver que este sitio sea un lugar tan aislado. Quizá no soportó estar tanto tiempo sin verla, ¿no cree?