28
Sentí el alma de Santos dentro del automóvil. Imaginé sus dedos golpeando el volante y sonreí al recordar mi desconfianza cuando me recogió y cómo en aquellos momentos le añoraba.
Reyes tomó el desvío y entró en el camino de tierra. Instintivamente me giré y miré hacia atrás. Esperaba ver el polvo morado levantarse tras las ruedas del coche, pero no fue así. Aquel camino solo tenía en común con el del pueblo los fresnos que sombreaban todo el recorrido.
—Si te gusta contemplar el cielo sin contaminación lumínica, este es el sitio perfecto para ello. Crecí en la ciudad, rodeada de luces y, cuando miraba el cielo, apenas veía cuatro o cinco estrellas. Al llegar aquí el cielo que contemplé me sobrecogió. Fue todo un espectáculo. Nadie debería morir sin haber visto el cielo en una noche sin luz.
—Hace años que tampoco lo veo sin contaminación lumínica.
—No sé si sabes que aquí tenemos auroras boreales.
—No —respondí, sorprendida—. Jamás he visto una.
—No lo sé con seguridad, pero creo que el color lo determina la composición química de nuestra atmósfera y los rayos del sol. Aquí suelen ser de color malva. Un malva intenso, casi morado que termina en un verde billar. Es un espectáculo grandioso. Algunos años, a finales del verano, y durante el invierno, entrado el atardecer, el cielo comienza a tomar un tono violeta. Es increíble la de cosas que no vemos, que creemos que no existen. Las auroras boreales son una de ellas. Se producen a cualquier hora, pero solo las vemos cuando la luz del sol se oculta…
Al escucharla no pude evitar comparar la visión de las auroras boreales con los cielos malvas del pueblo mientras estuve en coma. Pensé en la posibilidad de haber vivido en una realidad paralela durante aquellos nueve meses. Cada una de las realidades, la del pueblo y la que estaba viviendo en aquellos momentos junto a Reyes, estaba formada con partes de la otra. Las dos podían existir al tiempo, aunque no las viese o las sintiera, como sucedía con las auroras boreales durante las horas de sol. O como la luz de una estrella lejana que ha dejado de existir hace millones de años y seguimos viendo brillar en el cielo, como si aún estuviera en su plenitud, pensé.
Recorrimos unos pocos kilómetros hasta llegar a un gran lago. Junto a él había una casa de madera. Su forma y los materiales con los que había sido construida, así como los peces que había tendidos en rejillas para su secado, cubiertos por una tela fina que protegía el pescado de los insectos, me evocaron a las cabañas de los tramperos canadienses. La situación de la casa, el tipo de construcción y los materiales que había fuera de ella, me hicieron recordar la misteriosa desaparición de todos los habitantes del pueblo Anjikuni del lago, en 1930. Y yo, que antes no creía en aquellas historias, que las consideraba leyendas urbanas, irónicamente, pensé, había vivido una que podía emparentarse de cerca con aquel tipo de fenómeno paranormal. Mi vivencia durante el coma no tenía una explicación dentro de la lógica, me dije sin quitar la vista del matrimonio que salió de la casa sonriente al encuentro de Reyes. Observé, incrédula, sus vestimentas. Todo en ellos aparentaba pertenecer a una época lejana.
—Tardaré unos minutos. Recojo el pescado seco que les encargué ayer y nos vamos. Es para una ensalada, que espero te guste.
»Si quieres puedes bajar. Te los presentaré —dijo al ver que yo no perdía de vista a la pareja—. Son un matrimonio encantador. Ella está embarazada de tres meses. Les costó conseguir el embarazo. La forma de vida que llevaba en la ciudad, su trabajo, le provocó varios abortos. Vendieron su casa y con lo que les quedó tras pagar la hipoteca y las liquidaciones de sus empresas, compraron el terreno y se establecieron aquí. Aunque no lo creas, son dos grandes profesionales. Muy valorados en su sector. Dejaron atrás una vida llena de lujos. Claro que…, depende de lo que entendamos por lujo, porque vivir en este sitio sí que es un verdadero lujo…
La casa de Reyes, como esperaba, era igual a la que Santos habitaba en el pueblo. La entrada, el gran arce, incluso el porche y los muebles del jardín eran los mismos. Aquello no me extrañó. Sabía, antes de llegar, que así sería. Incluso, por unos momentos, mientras Reyes estacionaba el coche, miré hacia la puerta de entrada esperando ver a Jacinta salir del interior de la casa. Aquello, de haber sucedido, no me habría desconcertado.
—Te he preparado la habitación superior. Es la mejor de todas. Da al jardín y desde ella puedes ver el bosque de arces y, casi al completo, la cordillera que nos rodea. Tiene forma de herradura. Por eso, por su forma, dicen que nos da suerte y nos protege. En esta zona existen muchas leyendas. Afirman que es un enclave especial. Incluso se habla de un cementerio indígena en el que las tumbas siempre han estado vacías. Se ha inspeccionado varias veces todo el terreno en donde se supone que estaba ubicado, pero no se ha encontrado ni un solo rastro orgánico que evidencie su existencia. Aún y así, muchos lugareños afirman haber visto las tumbas de los indígenas. La leyenda cuenta que antes de que llegaran los primeros colonos a la zona, un chamán efectuó un rito para que los cuerpos desaparecieran con el fin de que jamás fueran violentados por los invasores. Como ves, estás en el lugar ideal para un escritor. Claro, si estas historias pertenecen a tu género literario y te gustan.
—Ahora sí, antes no me interesaban. No creía en ellas.
—Antes sí, y ahora no, ¿te ha sucedido algo que te ha hecho cambiar de opinión sobre ello? —me preguntó abriendo el maletero del coche para sacar mi equipaje.
—Digamos que sí —le respondí pensando en la sensación tan cálida que me producía haber vuelto a la casa de Santos.
»Aquel es el balcón de mi habitación, ¿verdad? —le pregunté señalándolo e intentando con ello cambiar el tema de conversación.
—Sí, ése es. Pero.., ¿cómo lo has sabido?
—Bueno, digamos que me lo has puesto muy fácil con tu descripción de las vistas —le respondí sonriendo y agarré el asa del trolley.
Pasamos junto al gran arce y, al hacerlo, ella se agachó. Cogió algo del suelo y dijo:
—Llevo buscando esta taracea un montón de tiempo. Se cayó del bargueño que tengo sobre el escritorio. Rodó por el balcón hasta el jardín. La busqué por todas partes sin conseguir saber dónde había ido a parar. Has tenido que venir tú para que aparezca —me miró sonriente, pero con una expresión interrogante en sus ojos—. Es del bargueño que está sobre el escritorio de la que será tu habitación…