6
Nos pasamos la siguiente semana más o menos conociéndonos el uno al otro. Me reuní con distintos miembros de su equipo, pasé mucho tiempo dejándome ver en las oficinas, pero, sobre todo, me relacioné con su familia como si fuésemos una gran unidad, cosa que fue extrañamente maravillosa. Si Maddy y Wes hubiesen estado allí, habría sido como estar en casa. Max me llevó a todos los restaurantes gourmet gratuitos. Me costaría mucho decidir cuál era mi favorito, pues en todos ellos la comida era deliciosa.
Cierto día, después de comer, Max me mostró la otra mitad del campus. El lado en el que no habíamos pasado mucho tiempo. Allí estaban la mayoría de las entidades corporativas aburridas: los departamentos de recursos humanos, legal, relaciones públicas y marketing. De haber tenido un podómetro, estoy convencida de que habría marcado diez mil pasos o más a lo largo del día. Al final, volvimos a su camioneta y nos dirigimos a su rancho.
Al bajar del vehículo me sorprendió ver a otro gigantón con una niña de entre uno y dos años cogida por el trasero a la altura de la cadera. Al mismo tiempo, tenía agarrada por la cintura a una rubia escultural. Tenía el pelo de rubio dorado y le caía sobre la espalda formando una cortina lisa. Vestía una falda de tubo, una blusa de seda azul cielo y un par de chanclas. Dejando a un lado el calzado, iba más conjuntada que la mayoría de las personas que conocía. Parecía como si hubiese decidido ponerse eso a toda prisa en lugar de colocarse un par de tacones probablemente carísimos.
Mientras subíamos los escalones del porche, oí el final de la frase que estaba diciendo la mujer.
—… en agradecimiento, nos encantaría que vinieras a cenar pronto.
—Vaya, mira lo que ha cazado el gato —dijo Max de broma, dándose unas palmadas en los muslos mientras sonreía a la pareja que estaba en el porche.
El hombre se volvió y su sonrisa se intensificó. Yo me detuve y me quedé mirando al pedazo de bombón que tenía delante. Tenía una constitución de vikingo, el pelo castaño claro, la mandíbula perfectamente esculpida, los dientes superblancos y la cantidad justa de barba para hacer tartamudear a una mujer. Las mangas de su polo ajustado se ceñían a sus enormes bíceps, que tenían un diámetro mayor que el de mis muslos, y eso que yo no era ningún palo. Sus ojos verde azulados brillaban mientras observaba mi figura mucho más deprisa de lo que solían hacerlo los hombres en general. No es que me considere una modelo ni nada por el estilo, pero siempre he llamado la atención de los hombres, y, todo sea dicho, tengo un buen par de tetas.
Este macizorro me observaba como si estuviera evaluándome. Me entraron ganas de llorar, incluso me tembló ligeramente el labio, hasta que la rubia se volvió. Y entonces lo vi. Sus ojos eran de un azul tan increíble que me recordaban al agua de las playas hawaianas de la costa de Oahu. Y esos ojos formaban parte de un rostro perfectamente pálido, con unos labios carnosos pintados de rojo, unos pómulos marcados y una pequeña naricilla. Era una de las mujeres más elegantes y hermosas que había visto en mi vida. Además, tenía una figura delgada pero femenina, y entonces entendí por qué el macizorro sólo tenía ojos para la rubia. Cada pocos minutos, la miraba como si estuviera a punto de darle un bocado. Ahí había ansia voraz, era palpable. Conocía esa sensación porque así era como me miraba Wes, como si nunca fuese a saciarse. Y, por la pequeña sonrisa que ella le ofrecía en respuesta, saltaba a la vista que agradecía esa atención.
El hombre tenía a la altura de la cadera a la niñita más adorable del mundo. Después de Isabel, claro. La pequeña y yo nos habíamos hecho amigas muy deprisa. Cuando me desperté esa mañana, estaba tumbada a mi lado, jugando con mi pelo con su manita. «¿Por qué tienes el pelo negro?», me preguntó.
Yo me reí, me froté los ojos para quitarme las legañas y le dije que era porque mi madre tenía el pelo negro. Cuando unió los puntos, su boca formó una enorme «O». «Y mi papi tiene el pelo amarillo, ¡por eso yo tengo el pelo amarillo!»
Me eché a reír con ella y le dije lo lista que era, y después dejé que jugara con todas mis cosas mientras yo me preparaba para reunirme con Max en su despacho.
—Hank y Aspen Jensen —dijo Max señalando al tío bueno de los vaqueros ajustados y después a su esposa, aquella mujer de belleza divina—. Y su hija, Hannah. —Le hizo cosquillas a la niña en la barriguita y ella chilló de risa—. Ésta es mi hermana, Mia Saunders —anunció Max de nuevo con más orgullo del que la situación merecía.
Alargué la mano y estreché las de ellos, y me alegré al ver que Hank no me la estrangulaba. Me encantaba cuando un hombre estrechaba la mano con firmeza pero ajustando la fuerza a la envergadura de la otra persona.
—Encantada de conoceros. Da la casualidad de que ya conocéis a mi pareja, Weston Channing —comenté.
Los ojos de Aspen se iluminaron. Y cuando digo que se iluminaron quiero decir que salió el sol, los pájaros cantaron y las mariposas revolotearon a nuestro alrededor. Era tremendamente bella. Si no hubiera parecido tan agradable, supongo que me habría sentado con Gin y habría despotricado sobre lo injusto que era que zorras como ella tuviesen a todos los tíos buenos a sus pies.
—¡Adoro a Wes! —exclamó llevándose las dos manos al pecho.
Su marido gruñó a su lado, y fue un gruñido posesivo a lo «Yo, Tarzán; tú, Jane».
—¿Qué quiere decir eso de que adoras a otro hombre, ángel mío? —dijo en un tono serio en extremo, pero ella hizo un gesto de desdén con una mano para quitarle importancia.
—No sabía que estuviera saliendo con alguien. Es muy majo, y muy guapo.
Tras ese comentario, la inmensa mano de Hank agarró a Aspen de la cintura y la estrechó de nuevo contra su pecho.
—¿Ahora estás insinuando que te ponen otros hombres, cariño?
Aspen puso los ojos en blanco y le dio unas palmaditas sobre la mano que tenía en su vientre.
—Nunca he salido con él ni nos hemos besado ni hemos tenido nada más que una cena de negocios y ese rato que bailé con él a solas… en nuestra boda, así que relájate, grandullón —dijo enfatizando la palabra boda.
Él deslizó la mano hasta sus costillas, peligrosamente cerca de su pecho, y ella sofocó un grito cuando él le dio unos cuantos besos con la boca abierta en el cuello, sin importarle lo más mínimo mostrar afecto en público, o, mejor dicho, posesión. Ella puso los ojos en blanco de nuevo y sonrió.
—Cavernícola —le espetó con la respiración agitada. Le dio un pequeño golpe con la cadera y lo apartó—. Anda, vete un rato con Max y las niñas para que las chicas podamos ponernos al día.
Hank apretó los dientes antes de asentir, pero, cuando ella empezaba a volverse, él la agarró del cuello, la acercó de nuevo y pegó su boca contra la de ella. Aspen dio un chillido, pero después gimió en su boca y se derritió en el sitio, completamente abducida por su marido. Aquello hizo que añorase a Wes con una intensidad dolorosa. Era como si, conforme pasaban los días, la distancia entre nosotros aumentara. No sabía si era por el hecho de que nuestro enamoramiento fuese tan reciente o por la necesidad de estar conectada a alguien que me conociera de forma íntima, alguien que supiera quién era yo y que me amara de todos modos, lo que hacía que la distancia me pareciera un mundo, aunque en realidad sólo nos separaban un par de estados y un corto viaje en avión.
Cyndi nos guio por la casa hasta el porche trasero, donde había un ventilador que movía el aire suavemente, un par de cómodas sillas de mimbre de asiento ancho y una jarra de cristal que contenía un líquido rosa.
—Limonada con vodka y granadina —dijo sonriendo.
Rodeé sus hombros con el brazo y la estreché.
—Tú y yo vamos a llevarnos muy bien. —Sonreí.
Su respuesta fue extraña. En lugar de reírse, murmuró:
—Eso espero. —Se apartó y se dispuso a servirnos dos vasos grandes de la afrutada bebida alcohólica.
Había otra jarra que tenía dibujada una cara triste. La señalé e imité el gesto, pintado con rotulador lavable.
—Ésa es para mí. —Se frotó el vientre abultado—. No podré beber durante otros dos meses más —dijo haciendo pucheros.
Joder, a la mujer aún le quedaban dos meses de embarazo por delante y ya estaba enorme. Aunque la verdad es que yo no sabía mucho de esas cosas como para evaluar si estaba grande o no una mujer en su séptimo mes.
Le di unas palmaditas en la espalda antes de sentarme.
—Vaya.
Ella se encogió de hombros.
—Merecerá la pena cuando por fin esté aquí.
Incapaz de rechazar una bebida gratis, bebí un sorbo y dejé que el frío vodka con sabor a limonada inundase mis papilas gustativas. Además de estar delicioso, ayudó a que me invadiera una sensación de calma que borró mi extraño estado de ánimo del día e instiló en mí un aire más relajado.
Las tres nos sentamos y estuvimos hablando sobre nimiedades al principio: el tiempo y las últimas tendencias de moda, de las cuales yo no sabía nada de nada. Aspen admitió que tenía un asistente personal que le escogía todo lo que llevaba, y que se pondría mala si la viera llevando unas chanclas. Al parecer, las odiaba profundamente. No me quedé con el nombre, ya que el licor seguía templándome el estómago y soltándome la lengua.
—Mi hermana London también está embarazada. ¡De gemelos! —exclamó Aspen con un regocijo que reflejaba la tremenda ilusión que le hacía ser tía.
Al oír la palabra hermana, me levanté para coger mi bolso y saqué el móvil.
Cyndi entornó los ojos con preocupación.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Sacudí la cabeza.
—No, nada. Es sólo que, al mencionar Aspen a su hermana, me he acordado de que tengo que llamar a Maddy. Debería haberlo hecho hace varios días.
—¿Quién es Maddy? —preguntó con una mano en la barriga.
Desde que se había sentado, no paraba de frotarse diferentes partes. No me atrevía a preguntarle por qué lo hacía; me daba palo que se sintiera incómoda. Las preñadas son una especie extraña. Imaginé que seguramente yo también estaría en su misma situación algún día, si Wes quería niños. Ésa era otra cosa más que mi chico y yo tendríamos que hablar en el futuro. Pero me hacía sentir bien tener todas esas discusiones proyectadas. Nunca había sido así con ninguno de mis novios anteriores, y eso que los había idealizado por completo. Menuda idiota. Ahora tenía un nuevo camino por delante, y estaba plagado de puestas de sol, de surf y de arrumacos en las colinas de Malibú con mi tío bueno personal.
Me eché a reír con esa risa tonta que sólo conseguía provocarme un par de vasos repletos de limonada con vodka y respondí:
—Pues mi hermana.
Cyndi palideció y se llevó la mano a la boca. Al instante, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Mierda. ¿Qué había dicho?
—¿Tienes una hermana por parte de madre? —graznó, y yo asentí—. Max no me había dicho nada. —Se atragantó con un medio sollozo.
¿Qué le pasaba a esa gente? Era como si al mencionar la palabra hermana hubiese apretado el botón para desencadenar una crisis emocional.
Dejé que el teléfono sonara, pero respondí mientras esperaba.
—Claro, porque él no lo sabía hasta que se lo conté la semana pasada.
Se puso de pie tan deprisa que se tambaleó. Aspen la sujetó poniéndole una mano en el brazo y la otra en la barriga.
—¿Estás bien?
—Tengo que hablar con Max. Dios, esto explica por qué ha estado tan raro.
Miré a mi alrededor sin saber qué coño pasaba.
—Si tú lo dices… —repuse sin estar segura de por qué el ambiente estaba tan tenso de repente.
Desde mi punto de vista, todo había ido bien.
—¿Sí? —respondió Maddy al otro lado de la línea—. ¿Mia, eres tú?
Ay, ahí estaba mi luz.
—Hola, pequeñaja —respondí, y me volví para mirar el paisaje.
Las colinas ondeaban en distintos tonos de verde, salpicadas aquí y allá de flores naranja. En la distancia, veía la parte trasera de un granero rojo. A mi derecha, el contorno de otro granero, sólo que éste era de un pálido amarillo, a juego con la casa. Tenía una enorme «C» pintada en la parte delantera, encima de las puertas, y había unos cuantos caballos pastando cerca del edificio, a un par de campos de fútbol de distancia de donde yo me encontraba. En la lejanía vi también otros animales que no logré distinguir. Me dije que debería ir a echar un vistazo al granero y a todos los animales. Nunca antes había estado en una granja. Tal vez Max podría enseñarme a montar a caballo. Dos cosas que podría tachar de mi lista de cosas que hacer antes de morir: granjas y montar a caballo.
—¿Dónde estás, hermanita? —preguntó Maddy.
—En Dallas, Texas, en una granja. —Una granja, un rancho, una hacienda. Resoplé mientras intentaba, sin éxito, dar con la palabra que quería. El alcohol dificultaba a veces un poco las cosas.
—¡Qué fuerte! ¡Qué guay! ¿Hay animales?
Asentí, aunque ella no podía verlo.
—Sí. Y caballos. Voy a ver si Max me lleva a cabalgar.
—Jo, qué suerte tienes. Matt y yo acabamos de terminar una intensa jornada de matriculación para las clases de otoño. —Su tono cambió, y percibí una tristeza tan sutil que apenas se dejaba ver entre la felicidad que siempre exudaba.
Al volverme caí en la cuenta de que no estaba sola. Cyndi y Aspen estaban allí, mirándome. Sobre todo Cyndi, como si estuviera analizando cada una de mis palabras. Aspen, por otro lado, me miraba, sonreía y bebía más limonada. Si seguía bebiendo así, Hank se encontraría con que su rubia estaba bien achispada esa noche.
Que Maddy estuviera matriculándose en las clases de otoño significaba que estaba pasando el rato sin hacer gran cosa. Antes, los días libres entre semestre y semestre los pasábamos juntas. Pero ahora, conmigo trabajando, no podía darme ese lujo.
—Siento no poder ir a Las Vegas a estar estos días contigo —dije. Me dejé caer sobre la silla y me masajeé las sienes con la mano para intentar liberarme del estrés que se estaba apoderando lentamente de mí mientras pensaba en lo mucho que echaba de menos a mi niña.
Maddy se sorbió la nariz y supe que estaba llorando.
—No pasa nada. Ahora tengo a Matt…, supongo.
—¿Supones? ¿Qué ha cambiado? —pregunté.
De repente, estaba sobria otra vez, y mi lado maternal salió a la superficie de inmediato.
—Nada. Todo va bien. Muy bien, de hecho. Mia, ha empezado a hablar sobre adelantar la boda.
El miedo, la angustia y una tremenda dosis de ira me golpearon como si una bola de demolición hubiese impactado contra mi cara. Me sentía como el Coyote, que perseguía al cabrón del Correcaminos sin llegar a alcanzarlo nunca, pero que siempre acababa herido de alguna manera violenta.
—Maddy, no puedes casarte con él tan pronto… —dije tragándome el enorme nudo que tenía en la garganta e intentando que me saliera la voz de la razón en lugar de la de la hermana autoritaria.
La oí sorber de nuevo, sólo que esta vez eran los hipidos breves y rápidos que solían acompañar a los lagrimones. Me había pasado suficientes años secándole esas lágrimas y consolándola como para saber perfectamente cuándo se enfrentaba a algo que la superaba. Maldije al cabrón de nuestro padre una vez más para mis adentros. De no ser por él, ahora estaría allí, ayudándola con eso tan importante que la estaba agobiando.
—No lo sé, Mia. Quiero estar con él, pero es demasiado pronto. —Sacudí la cabeza mientras escuchaba sus palabras—. Somos muy jóvenes, y acabamos de empezar a vivir juntos.
Intentando ponerme en los zapatos de hermana y no de mamá osa, le formulé la pregunta del millón de dólares:
—¿Eres feliz?
—Dios mío, Mia, soy tan feliz… Todo es perfecto. Vivir juntos estos dos últimos meses ha sido un sueño. Encajamos perfectamente; ¿sabes lo que quiero decir?
—Sí.
Yo sentía lo mismo con Wes, pero no me parecía el momento más adecuado para anunciarle mi cambio de vida justo cuando ella lo estaba pasando mal con algo más gordo.
Cyndi se acercó con ojos de preocupación. Me puso una mano sobre la rodilla y yo se la cubrí con la mía. Necesitaba esa solidaridad femenina mientras pasaba por eso con Maddy, y esperaba con todas mis fuerzas poder convencerla de que debía esperar, disfrutar de su juventud y del amor, y no apresurarse a tomar una decisión tan importante.
Mads suspiró.
—Tengo la sensación de que pretende acelerarlo todo y, aunque sé que quiero casarme con él y que es el hombre de mi vida, yo prefiero tomarme las cosas con más calma.
Asentí con rapidez y me coloqué el pelo detrás de la oreja.
—Y ¿se lo has dicho?
Oí un lamento a través de la línea y, de repente, un ruido, como si se hubiese dejado caer sobre una superficie blanda, como la cama, con el teléfono pegado a la oreja como solía hacerlo cuando era una adolescente y vivía en casa con papá y conmigo.
—Sí, pero entonces se puso muy triste y pensó que en realidad no estoy enamorada de él porque no quiero casarme ya. Matt quería que fuésemos a la Franja y que nos casásemos solos en una de esas capillas rápidas. Dijo que lo mantendríamos en secreto y que ya celebraríamos una boda a lo grande cuando nos graduásemos, como habíamos planeado.
«No, no, no, no…» Me presioné las sienes con tanta fuerza que creo que me dejé marcas. Haciendo un tremendo esfuerzo, inspiré hondo varias veces antes de contestar.
—Y ¿tú qué le dijiste?
Maddy hizo una larga pausa.
—Le dije que no podía casarme si tú no estabas allí — respondió finalmente—. Que te rompería el corazón, y que preferiría caminar sobre brasas encendidas antes que hacerte daño. Te quiero, Mia. Jamás haría algo así. Te lo prometí.
Suspiré y me tiré de los pelos a la altura de la coronilla con tanta fuerza que el dolor me proporcionó algo de lucidez.
—Yo también te quiero, pero no puedes basar tus decisiones en cómo reaccionaría yo. Si eso es lo que tú quieres hacer, aunque me entristecería perdérmelo, yo te apoyaría.
El sollozo que se oyó al otro lado de la línea me partió el alma. Quería estar allí con ella, abrazarla y ayudarla en ese momento tan confuso.
—No, no es sólo eso. Yo quiero que estés ahí. Y punto. Y si Matt no lo entiende, pues que le den por culo.
—¿«Que le den por culo»? —dije entre risas—. ¿«Que le den por culo»? ¡Maddy, no me puedo creer que hayas dicho eso! —Mi hermanita, siempre tan correcta y formal, acababa de decir un taco. Uno que nunca había usado en mi presencia.
Se echó a reír.
—Se me ha escapado.
—Da igual, ha sido gracioso. Y, cielo, no te preocupes. Matt y tú resolveréis esto. Parte de estar en una relación de verdad, de las que duran toda la vida, es superar los buenos, los malos y los peores momentos juntos. Ésta es sólo una de esas veces en las que vais a tener que estar de acuerdo en que no estáis de acuerdo. Dile lo que sientes. Explícale que quieres esperar, que quieres pasar más tiempo estando prometida y centrarte en tus estudios. El resto ya llegará. Si te quiere, cariño, y sé que es así, lo entenderá. Acabará entrando en razón. No dejes que te obligue a hacer algo para lo que no estás preparada, ¿de acuerdo?
Otro suspiro y, entonces, un sonido de fondo. Maddy sofocó un grito y de repente se oyeron unas interferencias en la línea.
—Nena, lo siento. Lo siento mucho. No debería haber intentado obligarte a que te casaras conmigo ahora. Pero es que te quiero muchísimo. Perdóname. Perdóname. No me dejes… —oí que le suplicaba Matt al otro lado.
Entonces, Maddy susurró:
—Tengo que dejarte, Mia —con la voz ahogada una vez más.
—Ve con tu hombre, hermanita. Te quiero —dije, y me sequé una lágrima errante que había descendido por mi mejilla.
—Yo a ti más —repuso, y colgó.
Bloqueé la pantalla del teléfono, me crucé de brazos y dejé que las lágrimas fluyeran. De repente, un par de brazos grandes me rodearon y me estrecharon.
—La echo mucho de menos —dije contra aquel pecho duro como una piedra sobre el que me encontraba por segunda vez en el día.
Max me abrazó con fuerza, y entonces noté otra mano, más pequeña y femenina, que me frotaba la espalda arriba y abajo. Supuse que era Cyndi.
—Traigamos a tu chica a Texas —dijo Max contra mi pelo mientras me besaba la sien como imaginaba que un hermano se la besaría a una hermana de verdad. Pero yo no era su hermana, y ese pensamiento hizo que las lágrimas me cayeran con más fuerza.
Inhalando su esencia masculina y de cuero, pegué las manos en su pecho. Joder, era duro como el acero.
—No puedo hacerlo. Tú necesitas que me centre en el negocio, y, además, ya has sido demasiado amable conmigo.
Sacudió la cabeza, y su mujer imitó el gesto.
—No. Nos encantaría que viniera si puede escaparse unos días.
Técnicamente, estaba de vacaciones, me informó con cortesía mi subconsciente. Entonces me acordé de Matt.
—Da igual, de todos modos, no vendría. Acaba de irse a vivir con su prometido, y dudo que a él le parezca bien que venga a Texas para estar con un extraño.
Max frunció el ceño, y su mujer miró a todas partes intentando encontrar algo en lo que centrarse.
—Yo no soy ningún extraño para ti. Además, les diremos a los dos que vengan. Tenemos mucho espacio. Cuantos más seamos, mejor —dijo Max.
Me aparté de él. Necesitaba espacio. Sus brazos y su afable naturaleza me nublaban la razón.
—¿Qué? No. No puedes hacer eso —repliqué—. Ni siquiera los conoces. Además, ¿por qué ibas a querer tener a mi hermana y a su novio aquí? No tiene ningún sentido.
—¿Eso te haría feliz? Has dicho que la echas de menos.
Sacudí la cabeza en un intento de obtener de ese modo algo de claridad mental, pero no sucedió. Cada vez lo veía todo más nublado y me parecía más confuso.
—Sí, pero no hemos hecho este viaje por mí, sino por ti y para salvar tus activos.
Fue entonces cuando el Max afable, dulce y sensato cambió. Entornó los ojos hasta que sólo fueron dos rendijas, apretó los labios con tanta fuerza que formaron una línea fina y tensó la mandíbula de tal manera que parecía estar a punto de estallarle.
—Mis activos no significan nada sin el amor de mi familia. De modo que haremos venir a tu hermana y a su compañero. Fin de la historia. Cyndi, cariño, ¿te encargas tú de eso? —dijo, aunque su petición no daba pie a discusión.
—Sí, cielo. Mia y yo nos encargaremos mañana. Vamos, tranquilízate. Ve a fumarte un puro y a tomarte un whisky con Hank. Yo hablaré con Mia —respondió como si yo no estuviera presente.
Joder, hablaba como si no estuviera ni en el mismo puto continente.
El estrés de todo el día, el haber pasado tiempo de calidad con Max, el haber bebido la limonada rosa, el hablar con Maddy sobre aquella decisión que podría cambiarle la vida y, ahora, que Max me estuviera imponiendo sus decisiones me estaba pasando factura. Me sentía agotada. Necesitaba meterme en la cama y dormir por lo menos diez horas seguidas.
Sin mediar palabra, me largué a mi habitación.
Cyndi gritó mi nombre y me alcanzó en la escalera.
—¡¿Mia?!
—Mañana. Ahora necesito un poco de espacio y dormir. ¿Puedes proporcionarme eso, o necesitas que tu marido te ordene que me dejes en paz? —le espeté.
Ella sofocó un grito y su rostro reflejó el daño que le habían producido mis palabras. Lamiéndose los labios, asintió, dio media vuelta y desapareció.
Apesadumbrada, subí la escalera. Ya me disculparía con ella al día siguiente. No merecía que pagase mi ira con ella, pero es que desde que había llegado a Dallas nada tenía el más mínimo sentido. Entre la constante necesidad de Max de decir que era su hermana y sus crisis emocionales y las de Maddy, estaba exhausta. Ahora, mi cliente, el hombre que me había contratado para hacer un trabajo, quería que trajese a mi hermana y a su prometido a pasar unos días con nosotros en Texas. ¿Quién coño hacía algo así?
Si lo pensaba con detenimiento, la mayoría de los hombres que me habían contratado habrían hecho lo mismo si me hubieran visto desmoronarme. No debería haberlo hecho, no debería haber tenido esa conversación con Maddy delante de nadie. Pero es que, mientras hablaba con ella, parecía tan angustiada que me había olvidado de la realidad, y lo único que me importaba era asegurarme de que ella estaba bien.
La felicidad de mi hermana era lo único que me había importado siempre. Y ahora era como si tuviera a toda esa gente a mi alrededor a los que de verdad les importaba lo que yo pensara y necesitara. Aún estaba empezando a acostumbrarme a que Wes me prestara esa clase de atención, por no hablar de una horda de nuevas personas a las que ahora consideraba amigos.
Amigos.
Y ésa era la cuestión. ¿Era así como respondía un amigo? Pongamos por ejemplo a Ginelle. Esa loca removería cielo y tierra para asegurarse de que yo estuviera a salvo y feliz. Haría lo que estuviera en su mano por mí. ¿Era esa situación igual? ¿Max y Cyndi sólo intentaban ser mis amigos? Supongo que sí. Joder, no lo sabía. No llevábamos mucho tiempo siendo lo que se diría amigos. ¿Había algo estipulado acerca de cuánto tiempo tenías que ser amigo de alguien antes de que empezasen a ofrecerte billetes de avión caros y estancias semanales para los miembros de tu familia? ¿Cuánto era? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Una década?
Me froté los ojos, me dejé caer boca abajo sobre la cama y me acurruqué. ¿Por qué les importaba tanto una persona que no formaba parte de su familia? Abrumada y emocionalmente agotada, decidí que no había nada que pudiera hacer al respecto esa noche. Tenía que dormir. Al día siguiente ya me enfrentaría a aquellos Cunningham demasiado generosos y me disculparía con Cyndi por haber sido tan borde y grosera con ella. Todo se vería más claro a la luz del día.