6
—¡Otra vez! —bramó María—. ¡No! Parad la música. —Levantó la mano y la música cesó.
Yo permanecía en un rincón, esperando que me tocara a mí. Llevaba todo el día trabajando en la misma escena. Básicamente, sólo tenía que andar en plan sexi, menear las caderas a un lado y a otro, inclinarme hacia adelante y levantarme arqueando la espalda y sacudiendo las tetas. En cierto momento, Anton me seguía por detrás con sus propios movimientos y el resto del cuerpo de baile. Algunos de los pasos que había aprendido tenían que ver con lo que él tenía que hacer y con su cuerpo. La verdad, no era nada comparado con lo que María les estaba haciendo aprender a los demás bailarines, y yo ya estaba para el arrastre. Había sido un día muy largo. Necesitaba ducharme, comer e irme a la cama. Además, mi cumpleaños era al día siguiente, y Anton me había dado todo el día libre. Significaba que iba a ver a Wes.
Estaba nerviosa y contenta a partes iguales de pensar en mi surfista tranquilo que hacía cine. Tenía tantas ganas de verlo que me dolían hasta los dientes. Aunque tampoco me apetecía que me partiera el corazón cuando le dijera que estaba lista para que nuestra relación fuera exclusiva. Que fuera hombre de una mujer. Su mujer. Con suerte.
Para eso, tenía que darle puerta a Gina DeLuca. Se acabó el sexo sin compromiso con la actriz más deseada del país. Sólo de pensar en ella, el monstruo de ojos verdes asomó su fea cabeza. Si íbamos a seguir, teníamos que comprometernos. «Joder. Comprometernos…» Era una palabra que no había dicho en mucho tiempo en referencia al sexo opuesto. Más que nada porque, cada vez que la decía, me jodían de un modo u otro.
—Mia, preciosa, ven aquí. —María señaló un punto en el suelo donde había marcada una «X» negra. Era donde tenía que pararme y restregarme contra Anton en el vídeo.
La coreógrafa se aseguró de que supiera exactamente cuántos pasos tenía que dar, dónde debía colocar cada una de mis extremidades y dónde y cómo estarían situados los demás bailarines. Entre ella y Heather, tenían a todos los bailarines babeando por mí, revoloteando a mi alrededor mientras andaba, me sentaba y me apoyaba contra la pared. Tenía que aprenderme muchas partes, pero me las sabía casi todas. María era una coreógrafa comprensiva con una paciencia infinita. Cada vez que me equivocaba, los bailarines ponían mala cara porque sabían que les tocaba repetirlo otra vez. Sin embargo, María no tenía ningún problema en repasarles las rutinas de nuevo, insistiendo en que las perfeccionaran.
María me colocó en posición e interpretó el papel de Anton.
—Repasad lo vuestro —dijo lanzándoles a los bailarines una mirada cortante—. No lo hago porque Mia necesite ayuda. Vais todos fatal. Me da igual que estéis cansados. Me importa un bledo que tengáis agujetas o que os duelan los pies. ¿Queréis salir en el videoclip de hip-hop más rompedor? —Sus ojos azules eran glaciales, y los fulminaron a todos—. Pues eso se paga. Hay que ganárselo. ¡Moved el culo! —repitió con un marcado acento español, como solía hacer cuando iba en serio—. Mia, desde el principio.
Volví al rincón de la sala y respiré hondo. Cerré los ojos y me concentré en lo que quería conseguir. Era mi primer videoclip. Mi cara iba a salir en la tele, en internet, en los móviles del mundo entero. «Puedes hacerlo, Mia —me dije—. Clávalo por María, por los bailarines, por Anton… A la mierda todos… ¡Voy a hacerlo de diez por mí!»
La música empezó a sonar, bajaron las luces y yo meneé hombros y caderas de un lado a otro, muy a lo Jessica Rabbit. En cuanto sonó la nota correcta, eché a andar. No había dado ni cinco pasos cuando unas manos masculinas me cogieron por las caderas.
El bajo de la música se intensificó. Cerré los ojos y lo di todo. Arqueé la espalda y dejé que Anton se me restregara contra el culo mientras yo apoyaba la cabeza en la base de su cuello. Su fragancia a coco me envolvía, pura diversión bajo el sol. Sus caderas me golpeaban con fuerza, sus manos eran firmes. Anton me dio la vuelta y ascendió por mis muslos y mis caderas. Al llegar al ombligo, arqueó la espalda. Yo repetí el movimiento, apretándome contra él. Luego cayó al suelo, igual que los demás bailarines, como si los hubiera noqueado con mi cuerpo. Se puso de rodillas y empezó a bombear con las caderas hacia mí, una demostración muy gráfica de su virilidad.
—Dale, nena. Dale… —Golpe de caderas.
»Tengo toda la noche…
»Voy a tratarte muy bien… —Golpe de caderas.
»Tú dale, nena. Dale…
La música encajaba a la perfección con nuestros movimientos. Hacia el final de la canción, Anton hizo una locura de ninja urbano: corrió por el estudio y por uno de los espejos, dio una voltereta y aterrizó de pie, luego me cogió de la cintura, hincó una rodilla en tierra y me tumbó sobre ella. Sentí que me dolía la espalda al arquearla contra su rodilla.
A continuación, me plantó un beso en la boca, y fue entonces cuando pasó… otra vez.
Le suelto un señor puñetazo en la boca que le parte el labio antes de que me inmovilice las manos con una de las suyas. Luego me magrea por todo el cuerpo con la otra. Gotas enloquecidas rojo grana le caen por los dientes y la barbilla y hacen que su sonrisa adquiera un perverso tono rojizo. Aaron me aplasta contra la pared de cemento. Un dolor agudo me atraviesa la espalda cuando la superficie áspera me araña la piel. Sus caderas se me clavan con fuerza, una y otra vez, mientras me monta en seco, con una erección dura como el acero buscando mi sexo.
Grito, pero me tapa la boca con la suya a tal velocidad que apenas se oye un gorgoteo. Estoy gritando a pleno pulmón cuando oigo el repulsivo sonido de la hebilla de su cinturón y luego el de la cremallera de su bragueta, que desciende como a cámara lenta. Aaron contraataca mordiéndome los labios y golpeándome la cabeza contra el cemento. Veo las estrellas y todo se vuelve un poco borroso. De un tirón, me sube el bajo del vestido hasta la cintura. El aire frío azota mi piel desnuda. Sigo viendo las estrellas, luces distorsionadas. Parpadeo intentando permanecer consciente. Aaron desliza los dedos por mi vientre, encuentra su objetivo y me coge el coño, apretándolo con fuerza. Me oigo gimotear y la bilis se me acumula en la garganta con tanta intensidad que quiero vomitar.
—Voy a follarte como te mereces, como lo que eres: una jodida y sucia puta —gruñe escupiéndome en la cara.
Es el mismo hombre que me tocó mientras dormía y quien lo negó todo cuando me enfrenté a él sin mostrar el menor remordimiento. Aaron Shipley, senador por California, está a punto de violarme. Aquí y ahora, en público, a pocos metros de una fiesta con cientos de invitados.
Siento la punta de su polla contra mis piernas, la restriega como un poseso por mis muslos.
—No —susurro negando con la cabeza.
Me gano una sonrisa repulsiva como respuesta. Me tapa la boca con la mano para ahogar mis gritos. La muerdo, y el sabor salado y metálico de la sangre invade mi paladar. Maldice y me golpea la cabeza contra la pared otra vez. No puedo mantenerme en pie y me dejo caer. Mi cuerpo parece liviano, ligero, y la oscuridad me envuelve. Estoy segura de que va a violarme.
—¡Quítame las manos de encima! —grité tan alto que a punto estuve de echar la casa abajo.
—¡Mia, no, no! Lo siento, lo siento. Lo siento mucho. Vuelve, Lucita. ¡Mierda! —Anton me acunaba la cabeza mientras volvía a la realidad.
Tenía el estómago revuelto. Vacilante, me levanté y corrí hacia la papelera más cercana para soltar el almuerzo. María estaba de pie a mi lado, sujetándome el pelo, susurrándome cosas bonitas al oído para que me tranquilizara.
Cuando hube terminado, me pusieron una toalla y una botella de agua en la mano. Bebí el líquido refrescante, pero me sentó como si hubiera tragado cuchillas hasta que terminé de enjuagar toda la bilis.
La mirada de María era dura y fría. Me cogió de la mano y me llevó a una pequeña habitación que había junto al estudio.
—¿Quién está abusando de ti? —inquirió—. Tengo contactos. Conozco a mucha gente con mucho dinero que no consentirá que un hijo de puta haga daño a una mujer.
Negué con la cabeza.
—María, no es lo que parece.
Se llevó las manos a las caderas y torció el cuello. Algunos mechones negros escapaban de su coletero.
—¿No? Porque a mí me parece que alguien te ha hecho tanto daño que estás teniendo flashbacks. Por no mencionar que te quedas helada cada vez que Anton o uno de los bailarines te tocan. ¿Es o no es verdad? ¿Son todo imaginaciones mías? Conozco a una mujer maltratada cuando la veo porque yo lo fui, bonita. Durante años. Y ni mis amigos ni yo vamos a permitir que ninguna otra mujer pase por eso. Anton no lo consentiría, para empezar.
Me eché el pelo atrás, respiré hondo y la miré.
—Anton lo sabe. No hay nada que podáis hacer. Ya está arreglado —dije.
Técnicamente no era mentira, porque el asunto estaba zanjado. Sólo que no había encontrado la manera de lidiar con mis sentimientos al respecto.
—Vas a tener que contarme más, Mia, porque ahora mismo estoy que ardo, echando chispas, y no en el buen sentido. Quiero sangre. Así que desembucha. Aunque te duela, aunque llores, aunque quieras pegarle a alguien. Tienes que soltarlo. No puedes tragártelo y llevarlo dentro, créeme. He pasado por ahí, y lo único que conseguí fue ir a peor. —Sonaba casi a discurso. No, a bendición.
Creía en lo que decía al cien por cien. Era privado, parte de su alma, y era lo bastante fuerte para compartirlo conmigo.
—El hijo de mi último cliente me atacó —le expliqué—. Me agredió sexual y físicamente. Pasé unos días ingresada en el hospital. —María lanzaba fuego por la mirada, parecía capaz de incendiar un bosque entero—. Lo estoy superando, pero tengo problemas cuando alguien me toca. Es muy extraño. No lo entiendo.
Se me acercó y se sentó en la mesa en la que yo me apoyaba.
—No es nada raro. Cuando una pierde la confianza en el sexo opuesto, es muy difícil recuperarla. Anton no debería haberte besado como lo ha hecho.
Se me escapó un suspiro de frustración.
—Anton y yo hemos estado trabajando en ello. Mientras bailamos estoy bien, incluso cuando me sujeta, pero cuando me ha cogido y me ha besado… He vuelto allí, a aquella noche.
Asintió y me rodeó con el brazo.
—Para empezar, Anton no debería haber hecho lo que ha hecho. —Intenté decir algo, pero ella levantó la mano para acallarme—. No. Él sabe lo que te pasa y, aun así, te ha colocado sobre su cuerpo en una postura que te dejaba sexualmente vulnerable. No ha sido muy inteligente. Hablaré con él sobre su improvisación. Ese numerito no era parte de la coreografía. De hecho, se supone que ese cabrón no consigue a la seductora. ¡La idea es que resulte inalcanzable! —Estaba muy indignada. Sus cejas negras perfectamente depiladas se fruncieron, y su linda boca hizo un mohín.
—Seguro que ha sido cosa del momento —repuse con una sonrisa.
Ella entornó los ojos.
—Ya, ya… Cuando pille a ese pulpo, verá. —Me dio otro apretón en el hombro—. Te pondrás bien. Tardarás un tiempo y deberías hablarlo con un profesional. Incluso diría que contármelo a mí, a Anton y a otras personas que te quieren también te ayudará.
Eso me hizo pensar en Ginelle. Tenía que hablarlo con ella de verdad, no esconderlo bajo la alfombra y fingir que no era nada. Necesitaba explicárselo bien para que me ayudara a procesarlo. Se enfadaría. ¿Qué digo?, echaría espumarajos por la boca. Pero me escucharía, me dejaría sacármelo del pecho y me ayudaría a superarlo. Eso haría. La llamaría esa misma noche.
—Ya tenemos lista esa escena —añadió María—. Mañana tienes el día libre. ¿Por qué no te vas al apartamento? ¿Cenamos juntas esta noche?
Negué con la cabeza.
—Perdona, María, pero estoy molida. Me gustaría darme un baño, hacerme un sándwich de jamón york y queso y vegetar delante de la tele hasta quedarme dormida. ¿Sabes la paliza que nos has dado? Y eso que, físicamente, mi parte no es tan dura como la de los demás…
Se le iluminó la mirada, antes fría y sombría. Volvía a ser azul plateado, y juro que era para quedarse mirándola para toda la eternidad sin cansarse.
—El trabajo duro es bueno. Le hace a uno valorar aún más el producto final.
Nos levantamos y me condujo de nuevo al estudio.
Anton había estado dando vuelvas de un lado a otro hasta desgastar el suelo.
—¡Lucita! —Hundió los hombros—. Me he entusiasmado. Lo siento mucho. Perdóname, por favor.
Parecía inmensamente triste, destrozado, como si hubiera hecho algo horrible. Todo lo contrario. Se había dejado llevar, pero su respuesta al baile y al buen humor del momento había sido muy natural. Si yo no hubiera estado tan jodida, habría sido la mar de divertido y me habría encantado.
—Anton, no tiene importancia, de verdad. —Me acerqué a él y abrí los brazos. Se puso delante de mí y me dejó abrazarlo. Cuando no me ponía las manos encima, era fácil estar con él. Cómodo—. Puedes abrazarme.
Levantó los brazos y me estrechó contra su pecho. La ansiedad volvió al instante, pero la ignoré. Anton era un buen hombre con un gran corazón. Había cometido un error que ni siquiera lo habría sido si yo no hubiera sido la víctima de una agresión sexual.
—Perdóname, Mia. No volverá a suceder —me susurró al oído antes de soltarme.
María dio una palmadita para llamar la atención de todos.
—Es todo por hoy, chicos. A casa. Mañana tenéis el día libre. Luego pasaremos un par de días perfeccionando las rutinas, ¡y a grabar!
Los diez bailarines gritaron y aplaudieron, se chocaron los cinco entre sí y se abrazaron como hombres.
—¿Seguro que estarás bien? —me preguntó Anton cuando entró Heather, quien, al vernos, frunció el ceño.
Intenté sonreírle.
Se detuvo a pocos metros de nosotros, cruzó los brazos y apretó los labios.
—He oído que querías hablar conmigo.
Anton se envaró.
—Qué cálida bienvenida —musitó, y yo me eché a reír.
Lo abracé otra vez y lo solté.
—¿Sales a cenar? —me preguntó Heather.
Negué con la cabeza.
—No, me quedo en el apartamento. Necesito descansar y darme un baño de espuma para relajar los músculos — dije lo bastante alto para que María me oyera.
Ella echó la cabeza atrás riendo, orgullosa de sí misma. La muy zorra molaba mucho. Lo tenía todo: un cuerpo escultural, bailaba bien, era guapa… Me preguntaba si tenía novio. Alec la volvería loca. Como había hecho conmigo.
Se acabó pensar en Alec.
Suspiré y me acerqué a Heather, la abracé y susurré:
—No seas muy dura con él. Puede que no se entere de nada, pero te quiere como a una hermana. Concédele el beneficio de la duda, ¿de acuerdo? —Me aparté pero sin soltarla. Tenía los ojos azules llenos de lágrimas que no osaban salir. Asintió—. ¡A por él! —dije dándole una palmada en el trasero todo lo fuerte que pude.
—¡Ay! ¡Serás cabrona! —me gritó, aunque, por el entusiasmo de su voz, no estaba enfadada conmigo.
Me llevé una mano a la espalda y, sin volverme, le saqué el dedo.
—¡Súbete aquí y pedalea!
—La madre que… —oí que le decía a Anton.
Él se echó a reír y luego un bufido llegó a mis oídos. Me volví y vi que estaba abrazando a Heather con todas sus fuerzas.
—¡No me dejes, H! Te necesito.
—No me necesitas.
—¡Y una mierda! Tú cuidas de mí.
Esperé a oír su respuesta.
—¿Sabes qué? Es verdad. Es hora de que lo reconozcas y hagas algo al respecto o me largo.
—Si te vas, iré a buscarte. ¡Ningún otro artista se llevará a mi mánager! —rugió él.
—¿Mánager? —La palabra salió rota y rasposa, como si le doliera pronunciarla.
—Eso es. ¿Alguien quiere que toque en su local? Que hable con mi mánager. ¿Que haga publicidad de su producto? Que hable con mi mánager. ¿Que actúe en una entrega de premios? Que hable con mi mánager. Y ésa, chica, eres tú. De ahora en adelante, Heather Renee es la mánager del Latin Lov-ah.
La rubia se paseó por delante de él.
—¿Significa que me vas a dar un aumento?
Él asintió.
—Un señor aumento, H. ¿Qué te parece el quince por ciento de cada bolo?
Un fuerte silbido salió de los labios de Heather.
—¿En serio?
—Consígueme los trabajos y te enseñaré la pasta. Tienes mi palabra, H. Es más que justo. Además, cuando viajemos tendrás cuenta de gastos, tu nombre saldrá en los discos…, tendrás la enchilada completa. —Extendió los brazos—. Bien, ¿hay o no hay trato?
Heather tenía unos ojos como platos y abría y cerraba la boca como si le costara respirar.
—Pero… pero… pero… eso es mucho…, ¿no?
Era una pregunta retórica, pero Anton respondió de todas maneras.
—No, es lo que necesito invertir para que no se vaya de mi lado una persona con talento. ¿Vas a tenerme esperando o vas a decidirte de una vez?
Con mano temblorosa, Heather estrechó la de Anton. Sin pensarlo dos veces, él la atrajo hacia sí y le dio un abrazo de los que te rompen todos los huesos. Conocía ese tipo de abrazos porque había recibido alguno cuando el puertorriqueño estaba preocupado o alarmado.
—Nunca dudes de mi cariño por ti, H. No conozco a nadie con más talento que tú. Me haces seguir adelante. Asegurarme de que mi hermana, mi mejor amiga, recibe lo que merece y nos consigue los mejores contratos es un sueño hecho realidad. Perdona que haya tardado tanto en dar el paso.
Ella sollozó contra su cuello, se le caían las lágrimas. Me abracé a mí misma, incapaz de darles intimidad. Era demasiado bonito para no mirar.
—H, necesitamos contratar a un nuevo asistente personal. Tú vas a estar demasiado ocupada como para encargarte de las necesidades diarias. ¿Y si buscamos a una latina sexi? —Los ojos le brillaron y una sonrisa pícara adornó sus labios.
Ella negó con la cabeza.
—De eso ni hablar. Te la tirarías a los cinco segundos. ¡Voy a contratar a un gay! Así no nos distraerá a ninguno de los dos.
Anton se encogió de hombros.
—Aguafiestas. —Le dio un par de vueltas en el aire y la dejó en el suelo—. ¿Vas a llamar al bastardo que está intentando apartarte de mi lado para decirle que no estás en el mercado, que te han ascendido y que se vaya al diablo? Si veo a ese cabrón hijo de Satanás, se enterará de lo que es bueno. Mira que intentar robarme a mi chica…
Heather se echó a reír.
—En realidad, es un tío muy majo. —Anton le lanzó una mirada asesina y le enseñó los dientes—. ¡Vale, vale! Hoy mismo le diré que no me interesa.
La mirada del puertorriqueño se suavizó y sonrió.
Y, con eso, salí de puntillas del estudio de baile, a mi hogar lejos de mi hogar. El mundo iba bien, al menos el mundo de Anton y de Heather. Faltaba por saber qué tal me iría a mí con Wes. Al día siguiente lo sabríamos.