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El sol se colaba a través de las cortinas y me cegaba con su resplandor. Era mi tercer día en Miami y por fin sentía que había dormido lo suficiente. El día anterior había sido un torbellino de citas con la esteticista, el estilista y el equipo. Por la noche iba a conocer a la coreógrafa, que llegaría por la mañana de San Francisco y quería ver a todo el mundo en el estudio de baile nada más aterrizar. Esperaba que no fuera una sargento de hierro dura como un hueso. La ansiedad y la emoción pesaban a partes iguales y se apoderaban de mis sentidos mientras me preguntaba si sería capaz de conseguir que, al menearme, no pareciera Elaine en aquel horrible episodio de «Seinfeld» que tanto le gustaba a papá.

«La chica blanca no sabe bailar.» Mi agente siempre me lo restregaba. Sé cantar, actuar y parece que no soy mala modelo, pero nunca se me ha dado bien lo de bailar. Ginelle podría salir bailando de un huracán. Su trabajo de cabaret con las Dainty Dolls la había hecho famosa y el escenario la adoraba. Por menuda que fuera, su cuerpo tenía mucho ritmo y se movía por el escenario mejor que nadie que yo conociera.

La tristeza me envolvió como un negro manto. A Gin le habría encantado estar allí y conocer a una coreógrafa de primera de San Francisco. Cuando supiera cómo se llamaba, la telefonearía para contárselo, a ver si sabía algo de la misteriosa mujer de la que Anton se había quedado prendado… Al menos, en lo que a su forma de bailar se refería.

El teléfono hizo «bip» en cuanto lo encendí. Miré los mensajes con los ojos sensibles de tanto dormir. Uno era de Maddy, que me contaba las novedades en sus estudios y me daba las gracias por el último cheque que le había enviado para libros y comida. Todavía me molestaba no tener que pagar las facturas. Respiré hondo varias veces; estaba intentando que me doliera menos cada día. Mi hermana pequeña nunca dejaría de ser mi responsabilidad. Cuidar de ella formaba parte de cada fibra de mi ser. Sin embargo, debía recordar que era una adulta, que estaba viviendo con el que ahora era su prometido y que tenía ante sí su carrera y sus objetivos en la vida. Era feliz, tenía buena salud, las cosas le iban bien y estaba con un chico que besaba el suelo por donde ella pisaba. Aunque al caballerete más le valía seguir así, o le iba a arrancar los pelos del pecho uno a uno con unas pinzas.

Con el siguiente mensaje se me heló la sangre en las venas. A mi mejor amiga se le iba a caer el pelo. Sólo había un modo de que él se hubiera enterado de la fecha de mi cumpleaños: que alguien se lo hubiera dicho.

De: Wes Channing

Para: Mia Saunders

Me ha contado un pajarito que tu cumpleaños es dentro de unos días y que estás en Miami. Busca la manera de tener un día libre, que no me creo que quieras pasar ese día con un extraño. Voy a ir a verte. Prepárate. Tenemos que recuperar los meses perdidos.

Con un gesto teatral, llamé a la pequeña serpiente que había hablado más de la cuenta.

—Hola —contestó una voz soñolienta—. Mia, ¿estás bien? —añadió, esta vez algo más alerta.

—¿Cómo has podido…? —mascullé pegada al móvil, sujetándolo como si fuera una maza con la que atizarle.

Ginelle suspiró.

—Era necesario. —Bostezó.

—¿En serio? Era necesario… ¿Ésa es tu defensa? Estoy furiosa contigo —le espeté en voz baja. ¿Por qué susurraba? Ni idea, estaba sola en el apartamento.

Gruñó y volvió a bostezar.

—Mia, eché a pito, pito a qué chico iba a llamar de entre todos los números que te robé del móvil. —Puse los ojos en blanco y apreté los dientes. Muy propio de ella eso de robarme los números en vez de pedirlos—. Le tocó a Wes. No deberías pasar sola tu cumpleaños —dijo con una voz que era una mezcla entre un bostezo y su tono ingenioso y normal—. Iría a verte, pero no me quedan días tras las vacaciones de mayo. A todo eso, ¿qué hora es allí?

Miré el reloj que había en la mesilla de noche. Las ocho en punto de la mañana en la costa Este. En tono de mofa, respondí:

—Las cinco en punto para ti. Te lo mereces. Ahora tendré que lidiar con Wes.

—¿Lidiar con él? Hummm… Yo haría mucho más que eso si lo pillara. ¿Por qué estás tan enfadada?

Buena pregunta. Gin se metía en mis asuntos constantemente y nunca antes me había enfadado con ella. Puede que porque no estuviera lista para ver a Wes con lo de Aaron tan reciente; todavía estaba intentando superar lo ocurrido. Además, acababa de darme cuenta de que estaba enamorándome de él. ¡Joder!… Ése era el problema. Mi mente podía pelear y rebelarse contra mi corazón, pero al final la realidad era que estaba enamorada del dios rubio del sexo que estaba igual de guapo en bañador que de esmoquin que en pelota picada. Aunque en pelota picada era como más me gustaba. Me relamí al recordar nuestro último encuentro en Chicago. Fue intenso, carnal, y quedaría grabado en mi memoria para siempre.

—¿Mia? ¿Tienes una polla en la boca? Espero que sí. Estás muy gruñona desde que aquel político de mala muerte te metió mano.

—¡Gin! ¡Fue agresión! Ten un poco de piedad.

Suavizó el tono al instante.

—Lo sé, cariño. Perdona. Es que no quiero que ese cabrón te robe lo mejor. Ningún hombre podrá imponerte nunca su voluntad, ¿recuerdas? Fue lo que me dijiste después del infierno que pasaste con Blaine.

Gruñí.

—No sé, chica. Anton está para comérselo con patatas…

Al más puro estilo Ginelle, me cortó sin piedad:

—Lo que daría por ser tú. Bueno, sin ser tú. A ti te gusta hacerte de rogar: «Mirad qué rica estoy y qué tetazas tengo, venid a verlas… Ah, no, no, se miran pero no se tocan». Yo estaría de rodillas agarrada al culo de ese bombón de moca chupándole la hombría como si fuera un helado de café con leche.

Me eché a reír.

—Te faltaría tiempo, pendón.

—¿A mí? —Fingió sorpresa.

Gruñí y me tumbé en la cama.

—Pero Gin, es que es muy raro. En cuanto se me acercó, me cagué viva. Tuve un flashback de aquella noche con Aaron. —Torcí el gesto y me mordí la cutícula de una uña hasta hacerme sangre. El dolor no era nada comparado con lo preocupada que me tenía pensar que lo ocurrido me había afectado más de lo que imaginaba.

—Vaya, creo que necesitas tiempo. ¿Te está presionando? —dijo endureciendo el tono; era el que ponía cuando estaba a punto de saltar.

—No, no, no. Para nada. Sólo que al principio flirteamos a lo bestia, pero ahora es como si a mi libido le hubieran echado un jarro de agua fría.

—Hummm… A lo mejor lo que necesitas es que Wes vaya a verte. Ya sabes, para recuperarte.

—¿Lo dices en serio?

—Chica, no sé qué decirte en lo que respecta a follar con tíos ricos, guapos, poderosos y mazas más allá de lo normal. Va contra todo lo que conozco.

—Es cierto…, zorrón —añadí para alegrar la charla.

—Zapatero, a tus zapatos.

Puse los ojos en blanco y suspiré.

—Vale. Pero me debes una.

Me costó mucho sonar dura e implacable con mi mejor amiga, pero creo que me salió bastante bien.

—¿Me perdonas por meterme en tus asuntos? —preguntó con voz aguda, chillona y casi nerviosa.

Miré al techo y dejé que los remolinos de las molduras de escayola me calmaran.

—Sí, al menos por ahora. Pero no vuelvas a contactar con ninguno de ellos. ¡Lo digo en serio, Gin!

—Palaba de honor —se apresuró a añadir.

—¡Tú no tienes honor! —la regañé entre risas.

—Ya te parecerá una buena idea… —Rio.

—Lo que tú digas. ¡Y ahora, vuelve a dormir, petarda! —Sonreí y, aunque no podía verme, estoy segura de que por mi tono sabía que todo estaba perdonado.

—¡Que sí, coñazo! Te quiero, zorra.

—Te adoro, zorrón.

Colgamos y releí el mensaje de Wes. Estaría allí dentro de dos semanas. Mi cumpleaños era el 14 de julio, el día de la toma de la Bastilla.

Bueno, cuanto antes, mejor.

De: Mia Saunders

Para: Wes Channing

Ginelle debería haberse quedado calladita. No hace falta que vengas. Estaré bien. Eres un amor por pensar en mí.

¿«Amor»? Ya estábamos otra vez con la dichosa palabreja. Amor… ¿Amaba a Wes? ¿De corazón? Ni idea. Tal vez. Posiblemente. Probablemente. Aunque mejor no pensar en el asunto mientras estaba con otro cliente. Uno que, en palabras de Ginelle, era un bombón de moca. Y un ligón, igual que yo…, ¿o no? Había estado con Wes, con Alec y con Tai, y en aquel preciso instante estaba en el apartamento de otro hombre rico pensando en lo follable que era.

A la velocidad de la luz, abrí la aplicación de internet y tecleé la palabra ligón. La web me proporcionó la siguiente información:

Ligón

1. m. Legón. Especie de azadón.

No era la definición que estaba buscando. Justo debajo había un enlace a otra web, el Diccionario metropolitano. Hice clic.

Ligón

1. m. Se aplica al hombre que tiene talento para manipular a los demás o jugar con ellos, que finge que las personas del sexo opuesto le importan cuando, en realidad, lo único que le interesa de ellas es el sexo.

¿Sólo se utilizaba para describir a los hombres? Una parte de mí quería aceptar mi buena estrella y salir zumbando. Pero, por desgracia, el sentimiento de culpa no me permitía tener tan elevado concepto de mí misma. Esa vocecita molesta y cabrona dentro de mí me hizo visitar Intelectopedia. Nunca me había defraudado.

La primera definición lo decía todo en blanco y negro, justo lo que me temía:

Ligón puede referirse a:

Ligón en asuntos del corazón: hombre o mujer que tiene aventuras o relaciones sexuales con miembros del sexo opuesto sin intención de casarse o de mantener una relación monógama.

No necesitaba leer más. Confirmado. «Mia Saunders, que sepas que eres una ligona.»

Tras pasar más tiempo del debido escaldándome la piel hasta dejarla de un fascinante e hipersensible rosa encarnado, me dirigí al ascensor. El mensaje de Heather decía que me vistiera de diario y me reuniera con Anton en la azotea. ¿Por qué en la azotea? Ni idea. No obstante, pagaban ellos, así que obedecí sin rechistar. Hacía una hora que le había escrito a Wes, pero aún no me había contestado. No sabía exactamente qué quería que me dijera. ¿Se retractaría y se colaría a la fuerza en mi corazón? Parte de mí lo deseaba tanto que me costaba respirar. Sin embargo, la otra parte quería dejar las cosas como estaban, al menos por ahora. Sin expectativas, sin derechos sobre el otro, sólo amigos.

«Amigos con derechos…»

¿Ésa era la relación que quería con Wes? ¿Mi Wes? Mierda… ¿Desde cuándo era mi Wes? Sospechaba que había ocurrido en algún momento desde que había admitido que me estaba enamorando de él y hasta que había decidido que mi hogar estaba en California. No, no sólo en California. En su casa en Malibú. Ahí fue donde me sentí yo misma. Libre para ser sólo Mia.

Con un gruñido, pulsé el botón del ascensor con tanta fuerza que me hice daño en la uña del pulgar. Lo ignoré y vi cómo se iluminaban los números durante el ascenso. ¿Por qué ahora? Tras una experiencia horrible y después de ir a Boston con Rach y Mace a lamerme las heridas, había viajado a Miami, había encontrado a un tío bueno que no se cortaba a la hora de demostrarme que le gustaba, o que le gustaba mi cuerpo, y ¿acababa así? ¿Iba a acabar así desde el principio? ¿Con mis miedos y mis emociones convertidos en lava bajo la superficie terrestre como un volcán a punto de entrar en erupción en cualquier momento?

El ascensor llegó a su destino y me vi catapultada a un mundo muy extraño. Plantas, árboles y el aire húmedo me golpearon la cara e hicieron que me resultara difícil respirar. Había tanta humedad que se podía cortar como si fuera mantequilla.

—Dios… —Tragué saliva con cuidado, intentando contener la sensación de estar fuera de mi elemento.

—¡Aquí, Lucita! —oí que me llamaba Anton, aunque sólo veía la silueta de un hombre, un borrón blanco que se movía de una planta a otra.

Visto más de cerca, la camisa, los pantalones de lino e incluso los mocasines náuticos blancos como la nieve estaban salpicados de manchas de tierra. Un enorme sombrero de paja de estilo asiático asomaba por encima de un arbusto.

Al llegar junto a él, me detuve y me quedé mirando cómo Anton arrancaba malas hierbas. Retorcía el tallo y daba un tirón, sacándolas con raíz y todo.

—¿Qué estás haciendo?

—Jardinería. Ahí tienes unos guantes. ¿Se te dan bien las plantas? —preguntó con algo parecido a la esperanza en su tono.

Negué con la cabeza.

—Me temo que no. Se me muere todo.

Se incorporó. La camisa de lino le marcaba los músculos. Noté cierto cosquilleo en mi entrepierna, pero cesó en cuanto lo tuve lo bastante cerca para tocarlo. Se mira pero no se toca. Interesante…

—Vamos a tener que solucionar eso, pues.

Me encogí de hombros y me puse los guantes.

—Nunca he hecho labores de jardinería. En Las Vegas tenemos lo que se llama jardín del desierto: piedras en vez de césped, cactus en vez de setos y suculentas en vez de flores. No hay que esforzarse mucho para mantenerlas con vida.

—Pero la gracia está en cuidar de otra cosa que no sea uno mismo —repuso.

Bonita forma de verlo.

—Esta planta, por ejemplo. —Seguí sus dedos y evalué el brote verde salvaje que no era como los demás—. Esta mala hierba acabará por invadir todo el macetero del banano de montaña. —Arrugué la nariz, no muy segura de qué era un banano de montaña. Sonrió—. Es un arbusto pero con flores, ¿lo ves? —Sostuvo un tallo con una flor que no había visto nunca. Era de un intenso color berenjena y, en el centro, tenía tres pétalos largos de color verde y amarillo claro. Rara como ella sola—. La maleza infecta la tierra y destruye la belleza que crece en ella. Como los pensamientos negativos.

Pensamientos negativos.

—¿Y eso? —inquirí.

Anton sonrió con ternura, sus ojos muy verdes y brillantes.

—Siéntate a mi lado, Lucita.

Hice lo que me dijo y apoyé el culo en el pequeño borde del macetero.

—Los pensamientos negativos se plantan en el cerebro igual que una semilla y, una vez germinan, se apoderan de toda la mente e infectan tu capacidad de ver la verdad y la belleza claramente, de ver la sinceridad tras una persona o una situación. Al final, esos pensamientos se apoderan de todo y pierdes la alegría de tener a esa persona en tu vida. Al igual que las malas hierbas, que crecen e infectan el macetero hasta que destruyen todo lo bello y lo único que queda es lo que no querías. La mala hierba o, en este caso, el pensamiento negativo.

—Me sorprendes —dije dándole un apretón en el bíceps.

Cuando me puso la mano en la rodilla, me quedé de piedra. El miedo y la fealdad manaron de su caricia y ascendieron por mi pierna, por mi cuerpo, y se acomodaron en mi pecho. Contuve la respiración sin darme cuenta. Sus ojos verdes buscaron en los míos. Luego cerró los ojos y retiró la mano muy despacio. Era como si pudiera respirar de nuevo. Volví la cabeza y me abracé las rodillas. Respiré por la nariz y solté el aire por la boca intentando quitarle importancia. No funcionó. Anton se dio cuenta, pero tuvo la delicadeza de no decir nada.

Cuando volví a estar en condiciones, respondió a mi comentario. Meneó las cejas y se pasó la lengua por los labios carnosos y besables.

—Sorprendo a casi todo el mundo —dijo, y ahí estaba su lado sarcástico.

—¿Eres aficionado a la jardinería?

Asintió.

—Sí. Me encanta ver crecer la belleza. Y me encanta comer lo que cultivo —dijo con orgullo. El Latin Lov-ah parecía disfrutar mucho con su afición, cosa que lo hacía más real, más humano.

La palabra comer me daba vueltas en la cabeza. Me recordó al modo en que se había comido la cena la otra noche y cómo reaccionó cuando le dije que yo no había comido en todo el día.

—¿Te gusta comer bien? —pregunté jugueteando con la hoja de un arbusto cuyo nombre no conocía. A una inexperta como yo, todo le parecía muy exótico.

Anton se levantó y se acercó lentamente a otra planta.

—La comida es una necesidad. Nadie debería carecer de ella.

—Parece como si hubieras pasado hambre y supieras lo que se siente.

Tensó la mandíbula y apretó los labios. ¡Bingo!

—¿Vas a contarme por qué te quedas inmóvil cada vez que te toco, aunque sea de un modo cordial? Y eso que me gustaría acariciarte de mil maneras, si me dejaras. —Sus ojos ardían de intensidad, lo que demostraba que me deseaba tanto como yo a él, sólo que no podía ser.

Caminando entre las hileras de flores y arbustos, ignoré su pregunta y el comentario sobre las caricias.

—¿Qué es? —Señalé un arbusto que tenía unas bolas peludas amarillo brillante y unas hojas parecidas a helechos.

—Espinillo blanco. Florece todo el año, pero no toques… —dijo justo antes de que tocara la bola amarilla y me clavara las espinas.

—¡Ay! —Aparté el dedo y lo agité en el aire. Él lo cogió y se lo metió en la boca.

Y entonces pasaron tres cosas a la vez.

Una: se encendió una llama en mi vientre que trajo consigo toda clase de deseos y pensamientos salvajes que hicieron que se me humedeciera la entrepierna.

Dos: la sensación de miedo, angustia y agonía se apoderó de todo mi cuerpo y me dejó completamente inmóvil.

Tres: empecé a verlo todo negro. Cuando abrí los ojos, estaba allí otra vez. Contra aquella maldita pared.