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En cuanto el sol de California me rozó la piel, sentí que mi cuerpo se estremecía, que flotaba en el aire y que la cabeza me daba vueltas sin parar. Unos labios húmedos rozaron los míos. Los rayos del sol, el océano y el aroma de mi chico me rodearon por completo. Me invadieron una comodidad, una euforia y un alivio absolutos mientras succionaba el labio inferior de Wes hasta casi arrancárselo. Quería sentirlo, necesitaba que dejase su huella en todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies.

«Hazme tuya», pensé mientras me giraba la cabeza para meterme la lengua hasta el fondo, sobrepasando así el límite de lo que se considera adecuado en público.

—¡Alquilad una habitación! —gritó un niño, haciendo estallar así nuestra burbuja de felicidad.

Pegué mi nariz a la suya para absorber mejor su aroma y vi cómo parpadeaba rápidamente. Parecía que él tampoco sabía cómo tomarse aquella situación. Wes y Mia, una relación…

—Hola, cariño —dije con una vocecilla que maquillaba lo mucho que lo había echado de menos.

Los dedos de Wes fueron subiendo desde mi nuca hasta mi cabeza, sujetándola de una forma muy delicada.

—Mi chica —susurró casi incrédulo antes de mover la cabeza para volver a besarme con dulzura.

Ese otro beso fue menos cachondo, pero a mí me puso igualmente a mil.

—Vamos, quiero llevarte a casa. La señora Croft está deseando darte la bienvenida.

—¿En serio? ¿Le has dicho a Judi que venía? —dije sin dejar de sonreír mientras le apretaba la mano.

Él me cogió del brazo con alegría y fuimos hacia la limusina.

—Pues claro. Tenía que contarle que mi novia venía a pasar una semana. Quería que estuviera preparada.

—Ha sido todo un detalle, señor Channing… —susurré. Puse un pie en el suelo de la limusina y saqué el culo todo lo que pude al subir para llamar su atención. Igual que las flores hipnotizan a las abejas, sus ojos fueron inmediatamente a mi trasero. Me contoneé como si aquello no fuese conmigo y sonreí cuando nuestras miradas se encontraron— tercero —susurré a la vez que le guiñaba un ojo.

Él negó con la cabeza y me dio un fuerte azote en el culo. Estuve bastante rato con su mano marcada en la nalga.

—Entra, nena. Estamos perdiendo el tiempo y quiero echarte un polvo antes de cenar.

Wes subió a la limusina con mucha habilidad. Era guapísimo: alto, esbelto y con todo en su sitio. Los abdominales y los pectorales bien definidos se le marcaban en la fina tela del polo, y llevaba puestos unos pantalones cortos de color caqui, como buen surfista que era. No parecía el rico excéntrico que sabía que podía llegar a ser, al menos cuando no le quedaba otra. También llevaba puestas unas zapatillas Vans.

En cuanto el chófer arrancó, Wes subió el cristal que nos separaba. Hubo un momento en el que dudé que fuese a hacer nada, pero me equivoqué. Estábamos demasiado cachondos porque llevábamos una semana sin vernos. En un abrir y cerrar de ojos, Wes me colocó sobre él a horcajadas, me apoyó las manos en el culo, empezó a frotarme contra él y me acarició todo el cuerpo sensualmente.

—¿Vas a dejarme cumplir la fantasía de follarte aquí mismo? —dijo muy serio mientras me observaba con sus ojos verdes llenos de lujuria.

Negué con la cabeza y me apreté más contra él para notar su miembro erecto. Comencé a moverme adelante y atrás, cosa que nos puso a los dos tan cachondos que empezamos a gemir.

—No, prefiero follarte yo a ti —le dije sonriendo antes de lanzarme a comerle la boca.

Wes me subió la faldita que llevaba puesta y metió las manos en mi ropa interior para apretarme el culo.

—Nena, ahora mismo soy todo tuyo. Te daré todo lo que me pidas, siempre que tenga la polla metida en ese coñito apretado que tienes. Haré todo lo que me ordenes.

Cuando oí que pronunciaba la palabra polla, el clítoris se me encendió. Empezó a arderme pidiendo más atención.

Sin perder más tiempo, me levanté de su regazo, me quité la ropa interior y me puse de rodillas en el suelo de la limusina para bajarle los pantalones de un tirón. Por fin lo tenía en pelotas. Con una mano, le cogí la verga por la base y apreté ligeramente. Él gimió de placer, cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el asiento de cuero. Una gota de líquido preseminal apareció en la punta y no pude evitar lamérsela hasta hacerla desaparecer. Wes miró hacia abajo justo cuando le pasaba la lengua por la punta de la polla.

—¡Joder!

Apretó los dientes y yo lo sujeté con más fuerza de las piernas. Entonces levanté la mirada y vi a un hombre que estaba a punto de perder el control. En unos segundos me agarraría para sentarme sobre su polla, los dos lo sabíamos. Estaba acostumbrado a controlar la situación y, cada vez que yo intentaba coger las riendas, él se esforzaba, como el caballero que podía llegar a ser, para permitírmelo. Sin embargo, en cuanto mis labios le rozaban el miembro, no tardaba ni un minuto en volverse loco. No me malinterpretéis: a Wes le encantaba sentir mi boca y su calor, pero le gustaba más que se la chupara después de haberme follado. Mi chico esperaba de mí sensualidad primero y que fuese una guarra después.

Le apreté con fuerza la base y volví a lamerle el capullo, jugueteando con la lengua sobre el agujero y tragándome el líquido que quedaba dentro. Trató de empujarme con las caderas, así que me la metí entera hasta la garganta. Cuando su enorme polla me tocó la campanilla, empecé a lamerle el tronco. Tal y como imaginaba, Wes perdió el control. Me cogió fuertemente del cuello con una mano y me empujó contra él un par de veces más, lo que me impidió poder decir nada.

—Me encanta follarte esa boquita —susurró mientras me la metía entera en la boca—. ¡Oh, sí! —gritó mientras me separaba de su cuerpo unos centímetros—. ¡Cómetela! — masculló volviendo a empujarme con violencia como si estuviese loco por que siguiese chupándosela entera—. Me encanta. —Apretó los dientes y volvió a retirarme—. Otra vez hasta dentro, nena —dijo mientras me apretaba contra él de nuevo.

Yo relajé la mandíbula y respiré por la nariz para no ahogarme. De repente, él dejó de moverse, como si estuviese disfrutando de un instante de placer absoluto.

—Cómeme la polla. Joder, Mia, te quiero.

Entonces volvió a retirarme, pero esta vez me la sacó entera de la boca. Se abalanzó sobre mí, me cogió por debajo de los brazos y me colocó sobre él a horcajadas. Con las piernas separadas y el coño abierto, colocó su miembro en posición y me habló:

—Te vas a enterar de lo que es bueno, guapa.

Y así fue. Por fin había llegado el momento que llevaba esperando toda la semana. Por fin la tenía dentro de mí. En esa postura, deslizó una mano entre nuestros cuerpos y empezó a masturbarme con el pulgar. Jadeé y él siguió. Aguanté la respiración y aceleré el ritmo de las embestidas acercándolo cada vez más a mi cuerpo, sin saber quién de los dos hacía más fuerza. El tiempo se paró. A nuestro alrededor sólo había calor, placer y besos apasionados. Wes me cogió por los hombros y me empujó en dirección a su polla para después volver a levantarme. Grité mientras me besaba, pero su boca amortiguó el sonido. El orgasmo me pilló desprevenida. No esperaba sentir todavía esa explosión de placer y calor extendiéndose por cada nervio y cada poro de mi piel, pero él continuó follándome.

Cuando dejé de estremecerme y me rendí al agotamiento del momento, él se echó hacia atrás, me pasó una mano por la espalda, apoyó una rodilla en el suelo y me tumbó en el asiento. Mi cuerpo no respondía mientras el placer seguía expandiéndose en todas direcciones, hasta que él volvió a la carga.

—Wes, cariño… —fue lo único que acerté a decir.

No lo dudó y respondió cogiéndome los muslos y apretándome las rodillas contra el pecho para volver a metérmela entera de golpe. Me parecía algo imposible y posible al mismo tiempo. Se me escapó un grito desgarrador que él no intentó silenciar esta vez, por lo que seguí gimiendo. No dejaba de embestirme brutalmente con su movimiento de caderas mientras me la metía hasta el fondo de una forma deliciosa.

—Dios, cuánto he echado de menos este coñito… Me vuelve loco, nena. Quiero morirme aquí. Algún día, cuando tengamos unos noventa años, moriré follándote. Así…, como… ahora.

Giró un poco las caderas y se me echó encima, dejando caer todo su peso sobre mí y metiéndomela tan adentro que notaba los golpes en el ombligo.

—Dámelo todo —gimió como pudo.

—Ya te lo he dado, cielo —le recordé pensando en el orgasmo que me había dejado hecha polvo.

Wes era una máquina, y su movimiento de caderas conseguía hacerme perder el sentido.

Él negó con la cabeza.

—Lo quiero otra vez —repuso—. Quiero que ese coño me apriete la polla como si quisiera explotarla. Quiero correrme al mismo tiempo que tú. Juntos, nena.

Entonces me besó, me tiró del labio inferior y volvió a empezar. Sabía perfectamente lo que necesitaba, así que volvió a colar la mano entre nuestros cuerpos para masturbarme con su pulgar mágico. Mi cuerpo empezó a temblar lentamente hasta que los músculos del torso se me agarrotaron y de las ingles partió un latigazo que alcanzó todas mis extremidades. Nos corrimos a la vez.

—Ya está. Mia, me ha encantado —dijo Wes mientras seguía dentro de mi cuerpo, con la base del pene apretada contra mí para sacarlo poco después.

Mi sexo lo había dejado seco y, cuando se recuperó un poco, se dejó caer, giró hacia un lado y me arrastró consigo.

—¿Estás mejor? —pregunté.

—Siempre estoy mejor cuando estoy contigo.

—Yo también.

—¡Cariño! —Judi me recibió con los brazos abiertos.

Yo corrí hacia ella y le di un abrazo. Unos segundos después, me apartó para mirarme bien.

—Es un placer enorme verte, mi niña.

Su acento inglés hacía que cada una de las palabras que pronunciaba fuese tan dulce como el azúcar. Le sonreí.

—Yo también me alegro de estar aquí, Judi —le dije al tiempo que inhalaba el aroma del ajo, las cebollas asadas y los pimientos verdes—. ¿Qué hay para cenar? Huele a gloria.

Se me hizo la boca agua al pensar en la comida. No había comido nada en las seis horas de vuelo desde Miami hasta Malibú, excepto por una barrita de cereales, y después del polvo en la limusina necesitaba alimentarme bien. Me resultaría imposible soportar las ganas insaciables de sexo de Wes sin cargar las pilas.

Judi me guiñó un ojo mientras volvía a la cocina.

—Comida casera para que te sientas como en tu hogar —dijo mientras miraba a Wes y ponía los ojos en blanco—. Chuletas de cerdo, verduras a la plancha, cuscús de parmesano y pan de ajo recién hecho. ¿Qué te parece?

—Divino.

Me había ganado con las chuletas de cerdo. Me había pasado casi todo el mes comiendo fuera. Anton y Heather no eran muy amantes de comer en casa, sobre todo porque no tenían tiempo para hacer la compra. Y, como se desplazaban a menudo, tampoco querían contratar a un cocinero. Anton tenía mucho dinero y, a mi parecer, lo mejor sería que contratase a un nutricionista para mantenerse en forma y aprender a comer con menos ansia. Ya había descuidado demasiado ese cuerpo. Si comiera menos alimentos con un alto contenido calórico, ahora estaría mejor. Apunté en mi cabeza que tenía que proponérselo a Heather la próxima vez que le escribiese. Ahora que ya era oficialmente la mánager de Anton, lo mejor era que se centrara en eso, en lugar de en qué quería comer o cenar.

Judi me llevó a la barra de desayuno.

—Vamos, vamos —dijo dándole palmaditas a un taburete de respaldo alto—. Cuéntame qué has estado haciendo todo este año.

¿Quería que le contase lo que había estado haciendo? Más me valía suavizarlo un poco.

—Pues he estado en muchos sitios: Seattle, Chicago, Boston, Nueva York, Washington, Hawái y Miami.

Ella inclinó la cabeza y removió la salsa que estaba calentando en la sartén.

—Y ¿has conocido a alguien interesante? —preguntó mirándome y con el cuello vuelto de una forma un tanto extraña.

—He conocido a mucha gente, Judi. Hasta he hecho amigos nuevos —respondí feliz.

—Y ¿mi chico es amigo tuyo? —preguntó en un tono maternal que sólo utilizaría alguien que ha sido tu niñera antes que tu asistenta.

Me eché hacia atrás, apoyé el codo en la barra y dejé caer la cabeza sobre mi mano.

—Supongo que sabes que Wes y yo somos más que amigos.

Levantó la vista y se llevó una mano al pecho.

—¿Tengo que saberlo? No tenía ni idea. Pon al día a esta pobre vieja que ya no sabe ni lo que ve, anda.

Lo primero que me vino a la cabeza fue el pedazo de polvo que habíamos echado en la limusina hacía un rato, pero se esfumó de mi mente en cuanto Judi me miró fijamente.

—Lo siento, es que… —Cogí un mechón de pelo y comencé a enrollármelo en un dedo—. Supongo que podríamos decir que Wes y yo hemos llegado a un acuerdo. Estamos juntos.

—¿Juntos? —espetó en un tono acusatorio que no acabé de comprender. Después siguió con su expresión indignada. ¿Cómo había pasado de los abrazos, los cumplidos y la invitación a cenar a enfadarse de esa manera?

—¿Hay algún problema con que estemos juntos? — pregunté con indecisión.

—No, no. ¿Por qué piensas eso? —respondió negando con la cabeza.

—Porque te has puesto muy rara, Judi. ¿He dicho algo que te haya ofendido?

Ella ladeó la cabeza y me dio una palmadita en la mano que tenía apoyada sobre la barra.

—Claro que no, mi amor. Lo que pasa es que, cuando te fuiste, Weston te echó muchísimo de menos, y empezó a venir por aquí esa mujer prepotente. Me preocupé mucho.

Ahora lo entendía todo.

—Sí, Gina. No pasa nada. Me ha hablado de ella.

—Y ¿te da igual? —dijo entornando los ojos hasta casi cerrarlos.

Pensé en la mejor forma de responderle, pero la gente jamás entendería nuestra relación. ¡Qué coño! Ni siquiera yo la entendía la mitad de las veces, y menos cuando no había hecho más que empezar.

—Desde que nos conocimos, Wes y yo sentimos algo el uno por el otro —dije con decisión tras humedecerme los labios, pero a ella no pareció sorprenderle la información—. No hemos perdido el contacto en todo este tiempo, aunque hasta ahora no habíamos tenido nada serio. Él era libre de hacer lo que quisiera, igual que yo. Ahora que por fin nos hemos puesto de acuerdo acerca de lo que hay entre nosotros, nos estamos tomando un tiempo para hacernos a la idea y disfrutarlo día a día. ¿Te parece bien?

Ella se encogió de hombros.

—No es asunto mío, pero me encanta ver a mi niño sonreír cuando entra en casa contigo del brazo. Lleva toda la semana planificando tu visita y asegurándose de que tenías ropa para vestirte. Por cierto, la ha guardado en su armario.

Volvió a dibujar en su rostro esa sonrisa de sabelotodo que sólo las madres son capaces de componer. Se notaba que disponía de algún tipo de información que yo desconocía y que estaba a punto de revelarme algo con lo que me dejaría fuera de juego. No pude evitar reírme de la situación.

—O sea, que quiere que me instale en su cuarto, ¿no?

Sonrió todavía más.

—Sí, y me ha pedido que mañana te lleve a tu apartamento con un par de ayudantes para que empaquetes tus cosas y las traigas aquí. Quiere que te mudes con él.

—¿Perdona? —se me escapó mientras agitaba la cabeza, como si eso fuese a ayudarme a asimilarlo más rápido—. ¿Quiere que recoja mis cosas y que me venga a vivir con él? Pero ¿a vivir aquí para siempre?

—Está bastante claro —dijo ella frunciendo el ceño.

Di un golpe en la barra y sentí un dolor agudo en la palma de la mano. Intenté aliviarme el malestar con la otra mano, moviendo la zona en la que me había dado el latigazo.

—Parece que lord Channing y yo vamos a tener una pequeña charla —repuse—. No sigas adelante con los planes de mañana.

Judi volvió a darme una palmadita en la mano.

—Cielo, no tienes ni idea de a quién te enfrentas. Te aseguro que el plan de mañana es inamovible. Te espero a las diez para hacer la mudanza.

Esta vez fui yo quien la miró con el ceño fruncido.

—Te digo que eso no va a pasar.

—Vale, cielo. Pues que seas muy feliz pensando eso — me espetó.

—¿Por qué? Es mi apartamento. Yo digo lo que ocurre allí o adónde quiero mudarme —señalé con un dedo la encimera de granito— y te aseguro que no será aquí.

Lo cierto es que me habría encantado vivir allí, que cada noche me preparasen una cena deliciosa, sentarme en el porche a contemplar el océano o en la parte de atrás a disfrutar de las montañas y dormir entre algodones en la cómoda cama de Wes. Sin embargo, tenía claro que no iba a hacerlo sólo porque mi nuevo novio lo hubiese exigido.

Judi dejó lo que estaba haciendo, apagó el fuego y me miró fijamente. Apoyó los codos en la encimera y se inclinó hacia adelante.

—Corazón, conozco a Weston desde hace mucho tiempo, cuando no era más que un renacuajo. Hay cosas a las que no es capaz de renunciar cuando se empecina en tenerlas, y es mejor que te vayas haciendo a la idea. Si eres lo que quiere, lo tendrá aunque tenga que morir en el intento.

Me paré a pensar bien lo que había dicho y me halagó el hecho de que me deseasen tan fervientemente. Sin embargo, no estaba dispuesta a convertirme en la posesión más preciada de un ricachón. Si había pensado que me iría a vivir con él sin mediar palabra, estaba muy equivocado.

—Pues mi querido novio va a tener que preguntármelo él mismo —repuse con una convicción que me habría gustado sentir.

—¿Qué quieres que te pregunte? —dijo Wes entrando en la cocina desde su despacho, adonde había ido a revisar unos papeles antes de cenar.

—Judi me ha dicho que le has pedido que vaya a mi apartamento con un par de ayudantes para traer aquí todas mis cosas.

Moví la cadera a un lado y coloqué una mano sobre ella. Había estado perfeccionando esa pose de «me resbala todo lo que digas» un montón de años. Wes puso cara de extrañado y después se encogió de hombros.

—¿Es que no quieres estar conmigo?

—Por supuesto —fue lo único que acerté a decir después de oír su respuesta.

—Y ¿no te gustaría vivir aquí conmigo? —dijo ladeando un poco la cabeza en un gesto inocente.

—Pues sí —respondí un poco extrañada sin saber adónde quería llegar con aquello.

—Vale —dijo acercándose a mí justo antes de encerrarme contra la barra de desayuno con sus largos brazos. Después inclinó un poco la cara para que nos mirásemos a los ojos, verde sobre verde. Noté su aliento en los labios y, con ello, consiguió que otras partes de mi cuerpo se despertasen de repente—. Mia, nena, ¿me harías el favor de traer tus cosas a mi casa y de permitir que fuese también tu hogar?

Me humedecí los labios y me quedé embobada observando sus preciosos ojos. Las finas líneas que le rodeaban los ojos y la boca le daban un porte muy distinguido. Era guapísimo, y todo un caballero. Respiré profundamente y Wes se quedó esperando, casi sin moverse, a que le diera mi respuesta. Era imposible negarle nada con aquel encanto.

—Vale, me mudo.

Entonces me regaló esa sonrisa con la que conseguía que se me cayesen las bragas al suelo y me dejó fuera de combate.

—Te quiero —susurró.

Acabar cualquier frase con esas palabras era éxito asegurado para él. Más me valía empezar a prepararme para un futuro de amor desinteresado y para el efecto que eso tenía sobre mi raciocinio.

—Yo también te quiero —le respondí.

Wes me besó de forma apasionada antes de retirarse dando una palmada.

—Pues ya está, todo arreglado. ¿Está lista la cena, Judi?

Di media vuelta y volví a sentar el culo en el taburete. Judi sonrió con aires de superioridad mientras servía la comida.

—Todo listo, muchacho.

Acto seguido, me miró y me guiñó un ojo. Me habría gustado odiarla por tener razón, pero no podía. El amor que sentía por Wes los uniría de por vida y, al fin y al cabo, ella lo conocía mucho mejor que yo.

De momento…, aunque no por mucho tiempo.