5
Cuando entramos en el ático, Anton y María no estaban sentados de brazos cruzados a la mesa. No. Estaban en mitad del salón, bailando.
—Entonces, tu personaje hace así —María enlazó una serie de complicados pasos de baile, rodó por el suelo, describió círculos con las caderas, tocó el suelo, se levantó, volvió a rodar y remató con un sonoro taconazo—, justo cuando dices «Dale, nena. Dale».
Anton replicó sus movimientos a la perfección y nos dejó a las tres embelesadas. No llevaba más que un diamante en forma de corazón colgando del pecho y unos pantalones de lino. Era digno de ver. Arte masculino viviente en estado puro.
Heather se aclaró la garganta. Dos pares de ojos se clavaron entonces en nosotras dos.
—¿Nos necesitáis para algo? —El timbre tímido de su voz me molestó. No iba a darle ninguna credibilidad con los dos mandones dominantes que teníamos delante.
Me lancé al ruedo.
—Lo que quiere decir Heather es que ha estado trabajando en algunas ideas con el coreógrafo anterior y le gustaría contárnoslas.
Miré a Anton, él me miró y ladeó la cabeza. Con los ojos le indiqué que ya podía espabilar.
Le costó, pero al final captó el mensaje. Cogió una toalla que colgaba del sofá y se secó el sudor de la cara.
—¿De verdad, H? ¿Por qué no lo habías dicho antes? —Sus cejas se fruncieron en una silenciosa acusación.
Heather tensó la mandíbula.
—Anton, he intentado explicarte mis ideas muchas veces. Me dijiste que las hablara con el coreógrafo y que ya las verías cuando estuvieran resueltas.
Entonces fue cuando tanto María como yo nos percatamos del concurso de miradas que aquellos dos se traían entre manos.
—Amiga mía —repuso ella—, ya que me has contratado para ser la nueva coreógrafa, ¿por qué no me cuentas esas ideas durante la cena y vemos qué podemos hacer con ellas? ¿Qué te parece?
—Pediré comida a domicilio —me ofrecí.
—Eso es parte de mi trabajo —protestó Heather.
Negué con la cabeza.
—Esta noche. no. ¿Sushi para todos? —dije casi bailando. Bueno, más bien moví las caderas y agité las tetas.
María miró mi pequeña demostración, hizo una mueca y susurró en español:
—Tengo mucho trabajo por delante.
—¿Qué ha dicho? —pregunté señalando a María pero mirando a Heather.
A la coreógrafa se le iluminó la cara con una mirada retadora y de placer.
Heather me dio una palmada en el hombro y me tendió su tarjeta de crédito.
—Relájate. Sólo ha dicho que el trabajo le viene como anillo al dedo. Nada ofensivo.
Le lancé cuchillos con la mirada y le espeté:
—Te tengo calada.
Anton y María se echaron a reír y luego se dirigieron a la cocina.
—¿Una copa, Mia? —preguntó él.
—Sí, ponme lo mismo que vayáis a tomar vosotros.
Di media vuelta, camino de la sala de estar. Saqué el móvil y busqué en la aplicación de comida a domicilio GrubHub. Al instante aparecieron Chino Sabroso y Sushi Bar, ambos restaurantes con una media de cinco estrellas en miles de críticas de Yelp. Y lo mejor: reparto a domicilio gratis. ¡Que viva el sushi!
—¡No, no, no! ¡No lo estáis entendiendo! —Las palabras de Heather eran duras, ayudadas por el vodka de primera que habíamos estado bebiendo. Se levantó y se plantó en mitad de la sala. En la mesa apareció una tercera ronda de Martinis afrutados cortesía de Mia, la experta barman. Me di una palmadita a mí misma en la espalda y esperé a que Heather se explicara—. Mi idea era una especie de cruce entre Billie Jean de Michael Jackson y Uptown Girl de Billy Joel.
María examinó las notas que tenía delante, moviendo la cabeza de un lado a otro. La nueva canción que Anton había compuesto sonaba de fondo para que las musas no nos abandonaran.
—Sí, sí, lo entiendo. Mia se mueve así —se puso a andar en plan sexi y coqueto—, y luego Anton la sigue haciendo el cambio rápido de pies y caderas de Michael Jackson pero con su propio estilo de hip-hop latino —dijo emocionada.
Anton saltó detrás de María cuando ésta repitió los movimientos. Ella contoneaba las caderas y yo prestaba atención porque me iba a tocar hacer lo mismo ante las cámaras.
—A ver, Mia, ven aquí. —Me levanté, algo alegre de más, me limpié los dedos pringosos de Martini en los vaqueros y la seguí. María se volvió y me cogió las caderas como si fuera un hombre que estuviera bailando conmigo—. Ahora haz como si yo no estuviera y mueve la cadera que yo te toque con el dedo.
Dimos un par de pasos y me tocó. Moví ese lado adelante y atrás, siguiendo el ritmo que me marcaba.
—Ahora para y agáchate, tócate los dedos de los pies, despacio, como si fueras a atarte los cordones. Luego, al subir, acaríciate las piernas y sigue por la cintura y hasta las tetas.
Hice lo que me indicaba.
—Muy sexi… —susurró Anton.
Entonces me agarró por detrás y restregó la entrepierna contra mi culo. No la tenía dura, pero volví a sentir ese asco tremendo y empecé a sudar.
—Anton… —le advertí.
Me temblaba el labio, que traicionaba el miedo que seguro que reflejaban mis ojos. Expresaban lo que yo no era capaz de verbalizar porque sus manos me habían dejado como si me hubieran marcado con un hierro candente.
—Perdona, muñeca.
Me volví y le apoyé la mano en el pecho.
—No, soy yo quien te pide disculpas. Sólo estamos ensayando. Me irá resultando más fácil, te lo prometo.
Cerré los ojos y recé para que esa fase de no soportar que me tocaran pasara pronto. Mi trabajo dependía de ello.
Oí mi móvil, que desde el otro extremo del salón anunciaba la llegada de un mensaje de texto. En ese momento Anton levantó la barbilla, dándome permiso para que me tomara un minuto. Fui a por mi bolso, saqué el teléfono y leí el mensaje.
De: Wes Channing
Para: Mia Saunders
No me perdería tu cumpleaños ni por todo el oro del mundo. Es lo que hay. Estaré en Miami dentro de dos semanas. Lo haremos por las buenas o por las malas, como prefieras, cielo, pero no te vas a librar de verme.
Poco sabía yo que tenía público. Heather ni siquiera disimuló que estaba leyendo el mensaje por encima de mi hombro.
—¿Quién es Wes? ¿Tu novio?
¿Quién era Wes? Buena pregunta. ¿Mi amigo, mi amante, mi novio, el hombre de mis sueños? En cierto modo, era todo eso y más.
—Más bien un medio amigo, medio novio. No le hemos puesto etiquetas por ahora. Vamos poco a poco. Ya sabes cómo son estas cosas.
Se echó a reír.
—¿Quién, yo? Soy la reina del lío de una noche. Con mi trabajo no tengo tiempo para nadie, aunque espero encontrarlo algún día.
Anton le pasó un brazo por los hombros.
—Venga ya, H… Tenías a un chico loco por tus huesos hace apenas un par de semanas, ¿te acuerdas? Casi le da algo cuando entré en tu apartamento sin avisar.
Ella hizo una mueca.
—Claro que me acuerdo, Anton. No hace falta que me lo recuerdes.
Él se echó a reír y se dio una palmada en el muslo.
—¡Estabas montando a ese semental como si estuvierais en el hipódromo! ¿Qué ha pasado?
—¡Tú! Eso es lo que ha pasado, Anton. Igual que con Reece, David y Jonathan. Cada vez que me acerco a un chico, me lo fastidias con tus exigencias, entrando en mi casa sin llamar a la puerta… Los asustas antes de que podamos ir a más —espetó Heather haciendo un mohín.
Anton entornó los ojos hasta que casi ni se le veían.
—¿Me tomas el pelo? ¿Ahora es culpa mía que no tengas suerte con los hombres?
Ella se cruzó de brazos.
—¡No, no te tomo el pelo! Cuando el artista de hip-hop más famoso del país aparece por mi casa sin avisar llamándome amor, los futuros pretendientes se hacen una idea equivocada. —Se llevó a la mano la frente y se masajeó la sien con el pulgar—. ¿Por qué tengo que aguantar esto? — masculló por lo bajo.
Anton hundió los hombros.
—H, amor, dime algo…
—¿Que te diga algo? Espera, que me vas a oír. Me han ofrecido otro trabajo, uno que creo que voy a aceptar. ¿Qué te parece como tema de conversación insustancial? —La voz de Heather resonó en la enorme sala.
—¿Qué? ¡Ni de coña vas a dejarme! —rugió él.
Ay, no. María y yo dimos un par de pasos atrás, hasta que chocamos con el borde de la encimera.
Heather levantó un dedo acusador.
—Estoy harta de que no me hagas ni caso. ¡Y de que no me asciendas! —dijo a más volumen.
Me llevé el Martini a los labios y María hizo lo mismo.
—¿Que no te hago ni caso? ¡Pero si eres la única persona a la que escucho! —contraatacó él—. ¡Y nunca me has pedido un ascenso! ¿Qué quieres?, ¿más dinero? ¡Hecho!
La cara de Heather se contorsionó en una mueca, en tal expresión de dolor que hasta yo pude sentir el furor de su ira.
—¡No todo es dinero! ¿Cómo puedes ser tan desesperante? —Se tiró del pelo y dio media vuelta, hacia la pared de cristal con vistas al Atlántico—. Tal vez sea mejor que me vaya.
Anton dio dos zancadas y le apoyó las manos en los hombros.
—No. No permitiré que te vayas —dijo en tono arrepentido.
—Tal vez no tengas elección. Es mi vida —susurró Heather con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo eres todo para mí. No puedo trabajar con nadie más que contigo.
—Y yo no puedo seguir siendo tu asistente.
Anton torció el gesto.
—No eres mi puñetera asistente. Es verdad que te ocupas de mí, ¡pero es que te ocupas de todo! ¿Qué quieres de mí? Dímelo, H, y es tuyo. No puedo llegar a donde quiero sin ti.
María me dio un codazo.
—¿Se acuestan juntos?
Si no me lo hubieran aclarado antes, yo también habría pensado lo mismo.
Negué con la cabeza.
—Pues deberían —recalcó ella.
—No, es rivalidad fraternal. Es como cuando te peleas con tu mejor amiga. ¿Tienes amigas?
Una enorme sonrisa le iluminó la cara y, por increíble que pueda sonar, aún la hizo más bonita. Zorra. Quería odiarla, pero molaba demasiado y había demostrado ser una mujer de armas tomar. También era muy profesional y muy buena en lo suyo.
—Tres hermanas del alma que pueden conmigo —respondió—. Me vuelven loca. Somos como ellos, sólo que en su caso nunca se han dicho lo importantes que son el uno para el otro. Ahora estamos viendo las consecuencias de ese error.
María puso cara de circunstancias mientras continuaba la pelea de gallos. Por desgracia, acabó demasiado pronto: Heather se largó dando un portazo.
Mierda, me había perdido lo mejor.
—¡Joder! —vociferó Anton—. ¡Qué mujer más terca! — añadió.
Miré a María.
—Creo que es la señal.
Ella asintió.
—Cuando un hombre empieza a aullar lo loca y cabezota que es una mujer, lo mejor es dejar que se desahogue.
Salimos de la cocina de puntillas y nos fuimos del ático. Las dos nos alojábamos en uno de los apartamentos amueblados para visitas, así que estábamos en la misma planta.
María se fue por un lado y yo por otro.
—Oye… —le dije.
—¿Sí?
—¿Crees que seré capaz de hacer bien mi trabajo?
—Por supuesto. Vas a aprender de la mejor. —Me guiñó el ojo, abrió su puerta y me dijo adiós con la mano.
El motor rugía bajo mi vientre mientras salía del garaje a las calles de Miami. Anton llevaba la Icon Sheen. La moto era negra con detalles cromados. Iba vestido con unos vaqueros negros, una camiseta blanca y una cazadora negra de cuero. Yo me había puesto mis vaqueros Lucky Brand, que estaban desgastados y cedidos en los sitios adecuados. Es decir, el culo. Me hacían un trasero que quitaba el hipo, y lo sabía. Me había hecho una trenza para meter el pelo en la chaqueta de cuero que llevaba encima de una camiseta roja, blanca y negra de un concierto de los White Stripes al que fui con Ginelle en Las Vegas. Seven Nation Army seguía siendo una de mis canciones favoritas.
Yo conducía la KTM Super Duke trucada en negro y naranja, que ronroneaba entre mis muslos y me acariciaba mejor que cualquier amante. Llevar una moto era increíblemente bonito y liberador.
Con la mano, Anton me guio por Miami y South Beach. En los semáforos en rojo, me contaba cosas de los sitios.
—Aquí es donde los turistas y los locales menean el culo —dijo señalando una hilera infinita de clubes en la avenida Washington.
Luego atravesamos la avenida Collins, donde me habló de los hoteles y los restaurantes.
Y, por supuesto, Ocean Drive. Un lado de la calle estaba compuesto por edificios art déco, los que me había indicado Heather cuando había llegado hacía casi dos semanas. El otro lado era una amplia extensión de hierba salpicada de palmeras hasta donde empezaba la arena, y luego nada salvo el océano.
Nos detuvimos en un garito llamado Gelato-Go. Yo nunca había probado el gelato, pero Anton decía que era lo más.
Cuando entramos en la pequeña heladería, parecíamos dos peces en el desierto. A Anton le iba bien, porque con su indumentaria habitual la gente solía reconocerlo. No se quitó las gafas de sol ni en el interior del local. Yo me eché las mías hacia atrás para estudiar mis opciones.
—Entonces, el gelato es como el helado, ¿no?
Él asintió.
—Eso es. Es helado al estilo italiano. Sólo que no lleva nata, sino leche. Pasa menos tiempo en la heladera, por lo que contiene menos aire y parece más denso. Lo prefiero porque los gustos son más contundentes y es más sano.
Examiné todos los sabores. El de chocolate parecía demasiado negro, y me preguntaba si sabría como los canolis amargos que sirven en los restaurantes italianos. Puaj. No me gustaban nada los canolis.
Se nos acercó un tipo alto y espigado. Llevaba el pelo cardado y peinado hacia atrás, con mucho estilo, y una camiseta que decía: «Gelato-Go. Hecho del día. Sano. Ligero. Bajo en grasa. Delicioso y cremoso». La chapa con su nombre no se quedaba atrás: «El Fresco de Francesco». Bien podía ser italiano, pero vete tú a saber.
—Bella signora, ¿en qué puede ayudarla Francesco? —Su acento era italiano. Misterio resuelto.
—No lo sé. Mi amigo —dije señalando a Anton, que se parecía más a Terminator que a un latin lover— dice que el gelato de aquí es para morirse. Yo nunca lo he probado, ¿qué me recomienda?
El Fresco de Francesco me regaló una sonrisa de felicidad.
—Ay, signora, todos están deliciosos. Son frescos del día, artesanos, con poco azúcar y sin nata. ¡Para que cuide de ese cuerpo muchos años! —me prometió, y yo me reí.
Señalé uno verde con tropezones que no identificaba.
—¿Ése de qué es?
—Buena elección. Nuestro famoso gelato de pistacho. Traemos los pistachos de Sicilia para que sea realmente especial.
Anton se me acercó y me susurró al oído:
—Es genial, muy sabroso. Aunque yo te recomendaría algo más sutil. ¿Te gusta el caramelo?
—¿Le gusta el dinero a un jugador? —Le dediqué mi patentada mirada sarcástica. Se echó a reír. Cómo me gustaba su risa. Me recordaba a los buenos tiempos y a otro tío bueno que llegaría al día siguiente—. Estoy segura de que el caramelo le gusta al noventa y nueve por ciento de la población. Y quien diga que no, miente. Normalmente porque necesitan evitar algo que te hace engordar sólo con mirarlo.
Francesco nos observaba con paciencia debatir los pros y los contras de cada sabor. Que si la fresa era aburrida, que si mejor probar algo más inusual, algo nuevo. Quería ir a por todas. O todo o nada, como suele decirse.
—Francesco, el Fresco, creo que probaré el de dulce de leche, por favor.
—¡Excelente elección! —repuso él, y a continuación llenó la tarrina más grande de dulce cremoso.
Estaba segura de haber abierto unos ojos como pizzas cuando me lo dio.
—Debería haber pedido el pequeño —dije al ver la tarrina.
Francesco negó con la cabeza. Su pelo siguió el movimiento pero sin despeinarse.
—Todo el mundo repite. Es mejor pedir el grande.
—Si usted lo dice…
—Lo digo.
Cómo no, Anton se pidió el de pistacho, cosa que me cabreó. ¡Me había dicho que era demasiado para pedírselo él!
—Cretino —le solté.
—¿Qué? —Se echó atrás las gafas y se llevó una cucharada a la boca.
Mmm. Podría haberme pasado todo el día viéndolo comer helado. Estaba de muerte. De repente, hacía demasiado calor. Me quité la chaqueta y la colgué del respaldo de la silla. Anton hizo lo mismo.
Pasamos un rato en silencio degustando el mejor gelato del mundo. Era mi primera vez, pero estaba segura de que no había otro mejor. Era suave como la seda, una mezcla de helado y yogur. Me había hecho fan.
—¿Qué vas a hacer con Heather? —le pregunté—. ¿Sigue enfadada?
—Está furiosa, y apenas me habla. —Frunció el ceño y se llevó otra cucharada a la boca—. No sé qué hacer. No puedo perderla.
—¿Y si lo que necesita es irse?
Él torció el gesto.
—Yo ya soy famoso. Trabajar conmigo le da más peso a su nombre que trabajar con un aspirante a estrella.
—¿Estás preparado para concederle el poder que necesita?
—¿Qué poder?
—El respeto, el título…
Anton enarcó las cejas y alzó la barbilla.
—¿De eso se trata? ¿De que no quiere ser mi asistente personal?
Quería felicitarlo por haber descubierto América, pero me contuve porque era evidente que acababa de darse cuenta.
—A mí me parece que Heather es muy inteligente —señalé.
Asintió.
—Y bonita —añadí.
Asintió de nuevo.
—Pero es mucho más que una asistente personal. La otra noche, tú mismo dijiste que ella se ocupaba de todo o, al menos, que siempre desempeñaba un importante papel en todo.
—¿Y qué? ¿Qué intentas decirme? Suéltalo, Lucita.
Cogí una cucharada de gelato y dejé que se derritiera en mi lengua. Me lo tragué y dejé la cuchara en la tarrina.
—Creo que quiere ser tu mánager, guion, agente. No conozco el negocio lo bastante bien para definir el puesto, pero si organiza las giras, gestiona el equipo y cuida de ti… —lo señalé con la cucharilla—, entonces me parece que ya está haciendo el trabajo sin recibir ni el sueldo ni el respeto que merece, y agotada porque tiene que hacerlo todo sola. ¡A lo mejor necesita una asistente personal! —bromeé.
Anton se llevó las manos a la cara y se las pasó por la frente, la nariz y los labios… La frustración que sentía era evidente.
—Tienes razón, Mia. Tienes más razón que un santo.
—La chica no tiene vida propia. Tú eres todo su mundo. ¿Sabes que me dijo que eras su único amigo, su única familia? No tiene a nadie más.
—¿Eso te dijo? —Su mirada se oscureció y se agarró la barbilla con la palma de la mano. Asentí—. La verdad es que H siempre ha sido mi mejor amiga.
—¿Se lo has dicho alguna vez?
—Suponía que lo sabía. —Su tono revelaba que enterarse de lo infeliz que era Heather lo estaba matando.
—Sabes lo que dicen de la gente que supone, ¿no?
Sus rasgos se endurecieron, una de las comisuras de sus labios ascendió y él meneó la cabeza.
—El que supone tonto se pone. ¿Lo pillas?
Anton meneó la cabeza y volvió a su helado verde.
—Estás fatal, ¿no te lo habían dicho?
—A todas horas, aunque Ginelle, mi mejor amiga, suele emplear un lenguaje más soez.
Al decir «mi mejor amiga», Anton volvió a entristecerse. Hurgó en su golosina verde y tiró la tarrina a la papelera sin habérsela acabado. Una dura línea se formó entre sus cejas. Tenía muy mala cara para lo guapo que era.
—Vámonos. Tú tienes ensayo y yo necesito hablar con mi chica.
Por dentro, levanté un puño orgulloso e hice el baile de la victoria.
Luego miré la Super Duke que iba a conducir y tuve que contenerme para no dar saltos de alegría.