Juan Eduardo Zúñiga: Ruinas, el trayecto: Guerda Taro
JUAN EDUARDO ZÚÑIGA
RUINAS, EL TRAYECTO: GUERDA TARO
—Pasarán años y olvidaremos todo, y lo que hemos vivido nos parecerá un sueño, y será un tiempo del que no convendrá acordarse.
Miguel estaba junto a la ventana, terminada la destrucción de los documentos comprometedores, y escuchaba al teniente, quien, inclinado en el suelo, echaba a las llamas papeles que se convertían en finas láminas carbonizadas, a la vez que le preguntaba si pensaba guardar la fotografía; no era aconsejable llevar fotos porque en un registro las podían encontrar y reconocer a los que allí aparecían.
Miguel miró con atención la fotografía que había sacado del compartimento interior de la cartera y se preguntó por qué la conservó y quiénes eran las personas retratadas. Nadie se iba a ocupar de mirarla, pero el teniente le replicó que mejor sería quemar todo, no dejar nada de lo ocurrido aquellos años, ni personas ni nada, que todo quedara atrás como hundido en un pozo, pero él arqueó la boca, negando, y entonces el teniente le miró y movió las cejas para hacerle la pregunta de si era de una amiguita, y, oyendo un no, carraspeó, se puso de pie y salió de la habitación dejando atrás el áspero humo que desprendía la palangana de loza en la que habían quemado los documentos que podían comprometer: los carnés políticos, los salvoconductos, las hojas de control, todo lo cual era ya una masa de ceniza en la que terminaba una época.
Al quedar solo, Miguel terminó de arrancarse, con las tijeras, los galones de la guerrera; dio un golpe con el puño cerrado en la mesa renegrida por mil manchas y quedó en una postura rígida, contemplando algo lejos. Luego volvió a colocar la fotografía en uno de los lados de la cartera y puso esta en el bolsillo alto de la camisa, cerca de donde el corazón se mueve. Tomó por el gollete la botella y la alzó hasta la boca y la volcó en los labios entreabiertos, pero no sintió en la lengua la benéfica quemadura del alcohol ni en el pecho renacer la energía, y la dejó caer.
En el despacho había cuadernos, hojas blancas, talonarios, tirados por el suelo, y en un armario de puertas arrancadas, botes de tinta, impresos, plumas, todo lo necesario para la buena organización del servicio que ahora terminaba en el desorden, que él fue mirando según se levantaba e iba hacia la salida de aquella oficina rozando con mesas y sillas; era el momento de ir hacia algo nuevo y desconocido, y lo pasado, igual a ropa usada, arrojarlo lejos, de un manotazo.
El palacio de escaleras de mármol, de cortinas, de lámparas derramando mil luces sobre muebles ingleses hasta ser requisado en julio del 36 para cuartel de dos regimientos, estaba quedando vacío y sólo lo cruzaban siluetas que iban de un lado a otro en busca de instrucciones que aún algún jefe podía dictar, por lo que de vez en cuando se escuchaba en los pasillos una llamada que nadie contestaba; luego se oía el roce de pasos en los pavimentos que antes estuvieron encerados y ahora crujían, arañados y sucios por las botas con barro de los frentes.
Pasó por el corredor, entre las filas de camastros que ya no ocuparían cuerpos fatigados, hasta la nave donde estaba su cama, y en un rincón, colgado de un clavo, su capote, casi invisible en la falta de luz porque alguien había hecho saltar los interruptores.
Se embutió en aquella prenda tan usada y levantó el macuto para comprobar que seguía cerrado por las dos correítas y que iba lleno de lo que se propuso llevar; se pasó la brida en bandolera, dio dos pasos y se volvió hacia la cama donde venció cansancios y sueño, pero la inquietud le distanciaba de aquel sitio. Bajó por la estrecha escalera de servicio y a través de un ventanuco que daba hacia poniente vio el cielo que había contemplado muchos días en el frente de la Ciudad Universitaria con los resplandores del crepúsculo tras las ruinas del Instituto Rubio, pero ahora el cielo era gris.
Desde la escalera oyó gritar una voz ronca en el gran patio donde aparcaban dos furgonetas junto a restos de embalajes y objetos de imprecisa aplicación, y allí vio a un grupo de soldados que hacían algo formando un corro.
—Estamos terminando —le dijo uno, y las cabezas se movieron, pero enseguida atendieron hacia una gran lata que abría con dificultad, una lata de arenques, y en torno suyo una serie de «chuscos» abiertos esperaban, en los que el soldado que la abrió, con la misma herramienta, iba sacando trozos y los echaba sobre los panes.
Fuera, la calle, con el perfil de sus casas recortado en el cielo nublado y frío, de donde venía un aire con fuerte olor a campo, a lluvia, a madera mojada; Miguel recorrió con la mirada el amplio espacio, el edificio que tenía a su espalda, y se dijo: «Pronto estarán aquí los de Casado». Dio unos pasos cerca de la garita de cemento en la que no había centinela: la guerra había terminado.
Unos hombres salieron detrás de él y se le acercaron. A una broma de si pasaban tranvías, alguien exclamó que como les cogieran los de Cipriano Mera les harían preguntas y les molerían a palos.
Miguel comprendió que eran los restos de un ejército vencido: sucios, demacrados, con el desconcierto de lo que acababa de suceder. Pero él intentaría salvarse, iría a buscar la documentación de Eloy, que Casariego había guardado por si algún día podía entregársela a la familia, y se la pediría y mediante ella tomaría otro nombre, y de lo hecho por él aquellos tres años nadie sabría nada, e incluso él mismo tendría que olvidarlo para escapar del círculo de temores, de responsabilidades, de palabras dichas.
Alguien gritó:
—¿Qué hacemos? ¿Hacia dónde vamos?
—Esto se ha terminado —fue la respuesta, y había que marcharse antes de que las fuerzas del coronel Casado llegaran para ocupar el cuartel; entonces uno preguntó qué les pasaría a ellos, y junto a él unas palabras confusas:
—Madrid se ha rendido. Hay que largarse cuanto antes.
Miguel sabía que el camino a Valencia estaba cortado por controles que nadie pasaría sin avales del ejército vencedor, y abandonar Madrid sería como renunciar a toda esperanza de posible dignidad, a lo que representó, para su propia madurez, la explosión de una guerra total, precisamente en tiempo de verano, cuando parece más fácil vivir aunque nada se tenga.
Bajó la mano y palpó el macuto, sopesando su contenido, las cosas que llevaba, sólo lo más imprescindible, y aun así le pesaba igual que un rencor; repasó cuanto allí había metido, ropas, un peine, las pitilleras, la cuchara, unas botas, lo que sólo obtuvo de tres años de esfuerzos y durezas. Tocó el bolsillo alto donde iba la cartera con la foto en la que estaba la extranjera; no recordaba quién se la dio, era de tamaño pequeño, de 6 x 9, con los bordes desgastados, pero a ella se la distinguía bien, junto a una mujer y un hombre vestidos con cazadoras claras; detrás, aparecía parte de la fachada de una casa con las ventanas abiertas, y daba el sol. Días de mucho calor, el bochorno de julio, y su pensamiento, al esforzarse, encontró un campo de retamas y piedras que parecían arder bajo los rayos del sol. Era Brunete: claramente recordó que ella estuvo en aquel frente.
Levantó los ojos y vio la gris bóveda que cubría la ciudad y aplastaba y daba su tristeza a la calle tan fría, tan desierta, un páramo en invierno, y pensó en el verano al sol, el que iluminaba la foto que quiso conservar y llevar consigo, no sabía por qué. Se volvió hacia el grupo:
—¿Alguno de vosotros estuvo en la ofensiva de Brunete? —habló con voz fuerte a la vez que les miraba uno a uno.
—Yo estuve en Brunete, allí me hirieron.
—¿De verdad? ¿En Brunete?
—Era como un infierno. Lo aguanté todo.
La extranjera había estado en Brunete. Le sonaba aquel nombre pero no el de otros pueblos en donde miles de hombres se mataron como fieras, y sin embargo despertaban dentro de él palabras conocidas: el verano del 37. Velozmente retrocedió a unas carreteras, a nubes de polvo cuando al atardecer empezaba a soplar el viento ardiente que secaba las bocas, siempre sedientas.
Una voz más alta interrumpió:
—¿Por qué vamos a irnos? Podemos esperar aquí.
—¿No te has enterado de lo que pasa? —explicó otro—. Se ha formado una Junta para rendirse, han tomado el poder, quieren terminar la guerra pero otras unidades se niegan y hay combates en Ventas y en los Nuevos Ministerios.
Él debía esquivar esos puntos de enfrentamiento que habría entre los comunistas y los regimientos de anarquistas, e ir en busca de un nombre nuevo, la única opción: atravesar un laberinto de calles ensombrecidas, plazas destartaladas; le asustó tener que penetrar entre farolas caídas, alcantarillas abiertas, escombros amontonados ante las casas que fueron bombardeadas, y posibles sombras humanas que se le acercarían para amenazar o pedir ayuda.
Interrumpió su pensamiento una voz diciendo que vendía un jersey de lana, que estaba nuevo. Todos se volvieron hacia una mujer recubierta de negras ropas, apenas se veía la cara, y a su lado, otra mujer, también igual a una sombra, y sus voces se unían para ofrecer la venta de la prenda: jersey de mucho abrigo, lo darían a buen precio.
Las escuchó sin mirarlas y se imaginó un jersey que él usó hacía años, y entonces se volvió un poco hacia el bulto que formaban las dos mujeres y rozó el grueso tejido hecho a mano, pero apenas vio cómo era, pues observó dos manchas en la parte más clara de su color gris.
—¿Es sangre? —murmuró, y el soldado que estaba a su lado repitió:
—Sangre, sí.
Pero ellas afirmaron humildemente que eran de óxido y él detuvo un instante los dedos en la prenda y vio en ella su propia juventud herida, y todo el país, herido por una contienda atroz, y en su centro una mancha de sangre.
Retiró la mano, dijo no, pero a lo que se negaba era a ser joven de nuevo y sufrir la incertidumbre de no tener trabajo, de no saber defenderse, de elaborar su destino; precisamente era igual ahora la busca de Casariego para lograr otra personalidad. Y podría ocurrir que este hubiera perdido los documentos de Eloy al cabo de tantos meses como habían pasado desde su muerte; pasan años y las muertes se olvidan. Pero volvió a preguntar:
—¿Oíste hablar de una extranjera, allí, en Brunete?
—Pero ¿quién era esa que dices?
—Una extranjera, una periodista; hacía fotos —y se le representó con toda claridad la brillante cámara Leica que ella tenía en el hall del hotel Florida.
—En Brunete, cuando la ofensiva, no se salvaba ninguno —el soldado se ajustó mejor el macuto que le colgaba de un hombro y acercó su cara a la de Miguel—. A docenas quedaban tendidos en los matorrales o en los parapetos; teníamos encima la artillería, la aviación, no había escapatoria.
—Creo que ella estuvo en el frente.
—Había muchos extranjeros. Un infierno para todos.
Otro soldado que estaba escuchando se aproximó más y rozó con un brazo a Miguel.
—¿Por qué venían esos, los extranjeros?
—A un inglés —dijo el que hablaba— en la carretera le destruyeron la ambulancia que conducía y le sacaron medio muerto de entre los hierros.
—Venían a unirse a las milicias, a combatir. Eran los de las Brigadas Internacionales. Sí, de muchos países, unos huían de las cárceles fascistas, otros sólo buscaban aventuras, pero los más traían ideas claras de contra qué tenían que luchar.
—Era un tío como un castillo, rubio, enorme —siguió diciendo aquel—. Le llevaron en un coche a El Escorial.
—Tuvieron muchas bajas, eso es cierto.
—Y en el Alto del Mosquito, un negro…
—Bueno —intervino uno que estaba al lado—, a los Internacionales yo los he conocido: algunos eran mala gente pero otros eran obreros, y también los que tenían estudios vinieron a esta guerra para defender a la República.
—… dirigía la Segunda Compañía y dijo que por vez primera un negro mandaba un batallón de hombres blancos. Pero una esquirla le dejó tieso, era de noche.
Se apartó a un lado y quiso recordar con más exactitud el camino hasta la calle de Santa Isabel para cumplir el plan previsto de buscar una documentación falsa y adaptarse a ella, y dejar de ser quien había sido y convertirse en otro, sin pasado responsable, sin antecedentes, vaciarse de las convicciones que le habían impregnado los últimos años. Ser Eloy.
Un relámpago de vida fue la de este, un destino breve pero equivalente al de la totalidad de los hombres y mujeres de su clase. Hijo de obreros, creció en la dificultad y se hizo hombre con esfuerzo, triunfó de las carencias. Entró en la historia anónima como cientos de muchachos de las barriadas obreras que una mañana calurosa fueron convocados por los sindicatos con palabras que podían ser órdenes que daban desde antiguos tiempos sus antepasados. Salieron de los talleres, de las casas de corredores, de panaderías o garajes, de fontanerías, de tiendas de comestibles; se levantaron de bancos de zapatero o de la banqueta de los limpiabotas, dejaron los andamios, dejaron de vocear periódicos, de repartir cántaras de leche y de fregar suelos de tabernas; los que pintaban paredes, los que cargaban bultos en las estaciones, e igualmente, los que tenían las manos negras de tinta de imprenta y los que se sentaban en oficinas… fueron convocados a coger un arma que nunca habían manejado: no sabían lanzar granadas, cargar una ametralladora, conducir una tanqueta, clavar alambradas, apenas sabían leer y escribir. Fueron así llamados a ser protagonistas de un episodio excepcionalmente grave en la crónica del país, de España. Embotellado Eloy con otros en una camioneta, cruzó calles llenas de gente y enfiló hacia los montes de la sierra donde disparó por vez primera después de recibir rápidas instrucciones, pero él no sabía bien lo que habría que hacer ante un enemigo y si podría ir lejos con las alpargatas y un mono azul que le dieron que pronto quedó hecho jirones. Contempló luego lo que era mejor no ver nunca: las explosiones, las caras destrozadas, las heridas abiertas en el vientre, el miedo, pero Eloy siguió siendo el joven tranquilo, decidido, que aprendió en días lo que hubiese tardado años en saber: recordó la boca de su padre, casi oculta por espeso bigote, hablando de la cuestión social y la explotación del hombre por el hombre.
De esta manera le conoció el fotógrafo Casariego en el barrio; se hicieron más amigos, hablaban de la lucha que lentamente se acercaba a Madrid. Un día de noviembre bajaron juntos hacia el río porque Casariego iba a hacer unas fotos de los combates en Carabanchel Alto. Casi pasado el puente, vio cómo de pronto Eloy doblaba las rodillas, daba un breve grito y caía de espaldas al suelo: una traicionera bala perdida le alcanzó precisamente en la ceja derecha y por un desgarrón de tejidos y de sangre se le fue la vida tan fácilmente como a tantos otros que no volvieron al barrio del que salieron; de esa forma tan callada e insignificante. Inútil llevarle al quirófano de San Carlos: a las dos horas, Casariego iba por la calle de Atocha con sus pertenencias: el reloj, los cigarrillos, la cartera, que le dio una enfermera, y como la familia estaba evacuada en Valencia el fotógrafo guardó aquellos restos para dárselos un día, pero ese día no llegó. Nadie se ocuparía del final de Eloy, acaso no se notaría mucho su falta, pero dejó un hueco vacío en el patio de la casa de vecinos, hueco que más tarde, tiempo después, sería ocupado por otro joven semejante a él, y la vida proseguiría.
El asunto era ir a buscar a Casariego a pesar de que vivía lejos y, andando, tardaría dos horas en llegar; en aquella documentación puso su esperanza, y también en un traje para sustituir al uniforme. Le costaría atravesar todo Madrid, del que habían desaparecido los signos de la antigua normalidad —los sosegados transeúntes, las tiendas iluminadas, el pavimento limpio—, ahora era una ciudad de silencio, expectante de lo que iba a ocurrir, igual a todo el país que él había visto, de casas y pajares ardiendo, fusilamientos ante blancas tapias, los sembrados cruzados por hondas trincheras, y las cosechas, perdidas.
En la puerta del cuartel abandonado, volvió hacia atrás la mirada, a la fachada del palacio que los milicianos habían requisado y en el que entró y salió durante meses y donde se acumularon las peripecias del Servicio de Extranjeros, que día tras día fue clavando sus hirientes perfiles, y el último, tener que destruir los documentos personales.
Sin despedirse de los soldados, emprendió el camino bajo los pelados árboles del paseo central que parecía interminable en el silencio en el que oía sus propias pisadas; los habitantes de aquel barrio probablemente estaban recluidos en sus casas, temerosos de los enfrentamientos que comunicaba la radio.
Tendría que atravesar la plaza de Colón, desde donde se oirían los disparos, si aún se combatía en los Nuevos Ministerios, y como más seguro se decidió a ir por Cibeles, así que avanzó hasta la calle de Serrano, la calle de las familias acomodadas, de comercio elegante, amplias aceras y altos portales para que entraran los coches de caballos; ahora la veía desierta. Pero cuando iba a cruzar la calle de Lista le extrañó un grupo de soldados que en la acera izquierda rodeaban algo: eran tres cuerpos oscuros tendidos en el suelo e inmóviles. Uno aún tenía en la mano el viejo Máuser y, pegada al arma, la cara era una masa de sangre negra y seca.
Los de la patrulla les rodeaban y les contemplaban.
—¿Adónde los llevamos? —oyó que decían.
—No es cosa nuestra. Ahí se quedan.
Unos metros más allá, había otros dos cadáveres, y en torno a los cuerpos vio siniestras manchas. Miguel comprendió que era inútil detenerse, compadecer y preguntar: aquellos momentos no lo permitían y sería conservar normas de una época anterior.
Siguió adelante mientras pensaba cómo atravesar la plaza de la Independencia, un cruce de calles peligroso, y al acercarse a esta, ante el número 6 de Serrano, vio un coche parado y hombres que sacaban de la casa un fardo, pero según dio unos pasos más, comprendió que era un féretro, de madera blanca, como entonces se hacían.
Un pequeño grupo de hombres, vestidos con prendas militares, miraban cómo introducían el féretro en la furgoneta que en muchos puntos de la carrocería tenía señales de balazos. La operación no era fácil porque un obstáculo impedía deslizar el féretro dentro del vehículo, y en ese tiempo, los que estaban allí de pie, rígidos, en posición de firmes, rompieron a cantar en voz baja; al principio eran dos los que cantaban, luego otros dos:
Valiente, caíste en la lucha fatal
amigo sincero del pueblo…
Las voces del grupo se alzaron, sonaron con más energía:
Por él renunciaste a la libertad,
por él diste el último aliento…
Las palabras se hicieron confusas y la melodía vacilaba y ninguno más unió su voz, y los que habían sacado el féretro permanecían callados y se volvían y miraban con extrañeza a los que cantaban, los cuales erguían la cabeza dirigiendo sus palabras al cielo de nubes plomizas, y la canción de compases lentos sonaba tristemente, acaso era la despedida a quien habría estado allí, expuesto en su ataúd, entre unas pobres flores según era costumbre con los importantes que morían en el frente.
La canción terminó cuando la furgoneta se puso en marcha y los hombres despacio volvieron al edificio, y uno de los que habían cantado miró a Miguel, que estaba cerca del portal.
—Miguel, ¿qué haces por aquí?
No reconoció a quien le hablaba: era un tipo bajo, de cara delgada, grandes orejas, y llevaba un gorro de lana.
—Voy hacia el centro.
El desconocido negó con un gesto:
—No puedes pasar por Cibeles. Hay allí un destacamento de Casado y si te detienen y te reconocen pueden pegarte cuatro tiros.
—Voy a Antón Martín —enseguida se dio cuenta de que no debía revelar adónde iba.
—Tienes que dar un rodeo, forzosamente. Lo mejor, ir hasta la calle de Martínez de la Rosa. ¿Sabes dónde es? —y al observar su duda prosiguió—. Yo te acompañaré. Espera un momento —entró en el portal y sin tardar salió colgándose del hombro un macuto—. Ven conmigo.
—¿Por qué me vas a acompañar? Dime dónde es.
Le pareció un mendigo, tan roto y usado era el capote que llevaba, una especie de tabardo con manchas y desgarrones por los bordes. Miguel le preguntó:
—¿Está muy lejos esa calle?
—Es la que debes seguir. Yo tengo que ir allí cerca.
Pegados a la verja del museo y a la tapia de la Casa de la Moneda, cruzaron la calle de Goya y Miguel desanduvo lo que había recorrido hacía un rato. El que llevaba al lado resoplaba y murmuraba por lo bajo palabras que no se entendían y que parecían maldiciones, y las zancadas que daba hacían pensar en una energía que precisamente a aquellas horas era lo opuesto al desánimo de Miguel, aún más cuando empezó a caer una llovizna helada. Rompió a hablar para decirle que el que habían metido en la furgoneta era un Internacional, de los que se habían quedado negándose a marchar, pero su valentía no le salvó de un balazo, en los altos del Hipódromo. Había venido para combatir al lado del pueblo y no para alcanzar honores sino para sacrificarse, y así había ocurrido. Luego murmuró que hubo una serie de errores, como viene a ser la historia de cada cual, pero el paso del tiempo borra el fracaso y se vuelve a tener esperanzas y a tomar iniciativas.
Miguel escuchaba y sentía hambre: por la mañana había comido pan y unas sardinas de lata y ni agua había podido beber, y con lo que andaban notaba mayor cansancio.
Pasaron por delante del edificio que fue de un diario cuyas paredes estaban casi cubiertas por carteles convocando a la defensa de Madrid; a medias desprendidos, sus bordes despegados se movían con el ligero viento. El que le acompañaba se detuvo, rozó con los dedos uno de aquellos papeles, se volvió un poco y se lo señaló:
—Fíjate, camarada, este cartel mojado y roto ya nadie lo lee pero dentro de cien años será una reliquia, se mirará con respeto como un recuerdo de estos años tan llenos de sacrificios. Acaso alguien querrá haber estado aquí esta tarde, le parecerá digno y noble ser un soldado, como nosotros. Ahora ya no vale nada lo que dice este cartel, pero cuando pasen años alguien se preguntará qué sucedió en aquellos meses.
Tras estas palabras, aceleró el paso porque la lluvia arreció y tuvieron que buscar refugio en un gran portalón que estaba cerrado.
Súbitamente, Miguel reconoció al que tenía delante.
—Oye, ¿tú eres Alonso, verdad?
—Sí, lo soy, pero no sé por cuánto tiempo —y soltó una carcajada.
Había coincidido con él en un comité y se fijó en su cara huesuda, su aspecto enfermizo, pero cuando tomaba la palabra se percibía el vigor y el entusiasmo de sus opiniones.
—Bueno, ahora, lo que debemos hacer es ponernos a salvo.
—Sí, terminar con dignidad.
—Oye, ¿tú te acuerdas de una extranjera fotógrafa que estuvo por los frentes? —y al decir esto, una brusca claridad de la memoria le dio su nombre—. Se llamaba Guerda.
—¿Una mujer? ¿Fotógrafa?
—Estuvo en varios frentes, creo yo.
—¿En los frentes? ¿Guerda? Bueno, sí, una Guerda que era alemana, me parece que fue a Brunete, y allí la mataron.
—¿Que la mataron?
—Yo recuerdo que allí le pasó algo a esta Guerda, si es la que tú dices: murió en la ofensiva. Y el cadáver lo llevaron a Francia para enterrarlo en París.
—¿Murió en la ofensiva de Brunete?
Giró en torno suyo la mirada, buscó algo que aliviase su cansancio y la sorpresa de la noticia que oía, pero en la calle sólo había fría humedad. Pensó en voz alta:
—Se llamaba Guerda, sin duda, pero ¿es seguro que murió?
El otro le cogió de un brazo.
—Por esa calle tienes que entrar, y sales a la Castellana, casi enfrente está el paseo del Cisne, sigue todo recto hasta la glorieta de Bilbao: hay que andar bastante. ¿Sabrás llegar? —Miguel se encogió de hombros y su compañero añadió—: Ten precaución, quítate cuanto antes ese capote. Yo luego volveré al 6, acaso tendremos que defender el edificio.
Sin decir adiós se alejó haciendo sonar sus pisadas y Miguel le siguió con la vista: no comprendía bien el motivo de haberle acompañado.
Se adentró por la calle de chalés y en la primera curva que esta hacía vio en la acera a tres mujeres que formaban un grupo; aminoró el paso y se fijó en las caras que apenas se veían entre los pañuelos de cabeza y las bufandas, y al comprender quiénes eran no sintió ningún deseo ni la llamada del cuerpo desnudo y la risa de una boca pintada. No obstante la situación de aquellos días, en la que los hombres se estremecían no de placer sino de miedo, ellas esperaban dar lo que aún podían ofrecer.
Desembocó en el ancho paseo que mostraba las señales de un reciente enfrentamiento: árboles tronchados y caídos en la calzada, el pavimento a trechos levantado, los renegridos esqueletos de dos coches que habían ardido; junto a una bota abandonada, las ráfagas de viento movían papeles y basura. Muy lejos se escuchaba, de vez en cuando, un trac trac bien conocido que sugería amenazas.
Cruzó casi corriendo a la acera opuesta y a la calle que tenía enfrente, una calle espaciosa, bordeada por casas elegantes con jardín, cuyas puertas y ventanas estaban cerradas y donde no se veía a una sola persona.
Dejó atrás una plazoleta y se detuvo ante la calle que la cruzaba, y por donde circulaba algún coche a gran velocidad; tuvo delante una perspectiva que reconoció y siguió todo derecho, con las piernas cansadas y una noción de desagrado: nunca la vio reír a ella, ni sonreír, con un mutismo que la hacía antipática; habló con él poco y nada le dijo de importancia. Pero le pidió un lápiz. Sí, fue raro que se lo pidiera.
Del grupo de los extranjeros que estaban reunidos en el hall del hotel Florida se destacó una mujer que dio unos pasos hacia los divanes de la izquierda, se dirigió a él y, en francés, le pidió un lápiz y tendía la mano, como segura de que se lo daría, y cuando lo cogió sólo hizo un movimiento de aprobación con la cabeza: era rubia, con pelo muy corto.
Miguel tardó unos segundos en comprender lo que la mujer pedía pero se puso de pie con un movimiento rápido, le entregó el lápiz de metal dorado que sacó del bolsillo y su mano quedó quieta en el aire, en un ademán de amabilidad. La mujer retornó al grupo y se puso a escribir en un bloc. Al dar la vuelta, Miguel vio sus tacones altos, unas piernas finas bajo un vestido color verdoso, y esta ropa elegante le pareció inadecuada para el trabajo de fotógrafa que ella iba a hacer en los frentes, donde el calor y el polvo eran otros tantos enemigos.
Tan claro fue este recuerdo inesperado que Miguel se paró unos instantes, mirando al suelo, concentrado en tal escena, y tuvo la sensación de que estaba muy lejos de él. Se llamaba Guerda, sí, su nombre era Guerda Taro. La acompañó con otros corresponsales a visitar los barrios machacados por las bombas donde se pisaban escombros y cristales rotos, y había que atender, si hacía viento, no cayesen trozos de revoco de las fachadas medio hundidas, y si se empeñaban en acercarse a las posiciones del Hospital Clínico, oirían silbar las balas, que a veces golpeaban un muro o el parapeto que les protegía. Eran recuerdos lejanísimos, aunque apenas hacía dos años que los vivió, pero subsistían como experiencias extrañas.
Siguió caminando con cuidado para no tropezar en la escasa claridad; por donde iba había más gente y se abrían y cerraban las puertas de algunas tiendas dejando salir la luz del interior. Pasó junto a un panel abandonado donde se colocaban fotografías de propaganda, y las fotos estaban despegadas y rotas; se detuvo para fijarse en ellas. Quizás alguna la habría hecho Guerda, siempre llevaba una cámara. Una vez vio que la sacaba de la funda de cuero, abrió la tapa, colocó dentro un rollo de película e hizo funcionar el disparador, cubriendo con la mano el objetivo, todo ello con mucha rapidez. Vio los dedos delgados que se movían con agilidad como contempló mil veces las manos de una mujer que cosía pero no puestas en un aparato mecánico; coser era una tradición para la mujer, muy distinta de cargar una cámara y usarla.
Un tropezón, al chocar el pie con un adoquín levantado, rompió su recuerdo. Se encontró en una plaza conocida, la glorieta de Bilbao, y ante su amplio espacio respiró profundamente y sintió cierto sosiego, como si volviera a la normalidad y hubiera terminado para siempre el uso de las armas.
Fue hacia una taberna que recordaba de otra época, y al abrir la puerta encontró que la iluminación en el local era de velas encendidas sobre el mostrador, las cuales alumbraban a unos cuantos hombres. Miguel se acercó y al tabernero le hizo la señal de beber y este le sirvió en una copita un líquido que era aguardiente de la peor calidad, según notó al beberlo de un trago; pidió un vaso de agua.
—¿Tienes algo de comer? No tomo nada desde ayer —y encontró una negativa malencarada, pero un hombre con uniforme que estaba a su lado le ofreció medio pan de cuartel que sacó del macuto y lo partió con un gesto amistoso.
Miguel pagó unas monedas y fue a sentarse en una mesa sobre la que también había una vela encendida puesta en el gollete de una botella. Mientras comía el trozo de pan oía al grupo que hablaba de lo que estaba ocurriendo, de que los batallones se retiraban del frente, del fin de los combates.
Estuvo en otra mesa parecida donde había ceniceros y copas en el vestíbulo del hotel, casi en penumbra porque las lámparas habían sido cubiertas de pintura azul para que no se viese luz en el exterior, aunque los ventanales que daban a la plaza del Callao los tapaban totalmente planchas de madera, y la puerta de entrada, un montón de sacos terreros. Allí había periodistas extranjeros, venidos a escribir crónicas para importantes periódicos de sus países, y que procuraban información destinada a algún departamento de espionaje, como era descubrir la fecha y el lugar por donde se iniciaría una ofensiva, o la situación de industrias de guerra. También aparecían por allí los que ofrecían stocks de armas inservibles, u otros que buscaban obras de arte a bajo precio.
Ávalos le dijo que nadie venía a jugarse la vida en un país que era un infierno si no era por loca fraternidad o porque se pagase mucho: había que desconfiar de lo que decían ser y de lo que aparentaban. Pero también estaban allí los que amaban la aventura, el riesgo de acercar su cuerpo a la muerte. Llegada la noche, buscaban refugio en el hotel: se cruzaban saludos, bromas, cigarrillos, algún dato importante; fuera había silencio, sólo el ruido de un coche que se alejaba veloz o los pasos cansinos de una patrulla de vigilancia, y en la lejanía, el eco de un disparo en el frente de la Casa de Campo.
Notó a su lado una persona que interrumpió sus pensamientos: un hombre se sentó delante de él y puso su cara junto a la llama de la vela.
—¿Tú eres de los del coronel Casado?
—Ni de unos ni de otros. Estoy desmovilizado.
—¿Se sabe cuándo entrarán los de Franco?
—No sé. Madrid se ha entregado.
Hubo un silencio.
—Entonces, tantos esfuerzos, tantas penalidades, ¿para qué han servido? Todo ha de tener una explicación, también el sufrimiento.
—Acaso sufrir no sirve para nada: es algo inevitable.
—No se podrán olvidar las muertes, las destrucciones, si no sabemos por qué fueron.
—Pues quizá convendrá olvidar y seguir adelante.
Había contestado como si estuviera solo porque no quería mirar al otro, que probablemente era un hombre que no entendía los acontecimientos. Seguía hablando:
—Escucha: hace poco más de dos años presencié un bombardeo al norte de Madrid, más allá de Tetuán. Era la aviación alemana, veinte Junkers y dieciséis cazas. Las calles quedaban deshechas, las casas se venían al suelo como de papel, muchas personas murieron bajo los escombros, las mujeres veían sacar de entre los cascotes y las tejas a los niños aplastados, con las caras destrozadas… ¿Qué explicación habrá para estas familias? ¿Por qué les pasó eso?
Había terminado de comer el trozo de pan, bebió el vaso de agua y sentía el peso de las palabras que oía pero no encontraba ninguna respuesta porque aquellas calamidades las sufrió todo el país, igual a una maldición.
El hombre que tenía delante dio un golpe en la mesa:
—Es terrible lo ocurrido, no se comprende, a no ser que esta guerra, para algunos, sea el final de una época.
Miguel se levantó y cogió su macuto.
—Probablemente tendrás razón pero ahora sólo queda salvarse cada cual.
Esto último lo dijo con voz apenas audible; fue a la puerta, echó un vistazo a los que hablaban en el mostrador y salió fuera. En la calle había cesado la lluvia, y en el cielo, al fondo de la glorieta, vio unas ráfagas de arrebol que anunciaban el final del día. De nuevo sintió estar rodeado de peligros entre los que debía abrirse paso. Se orientó de qué camino tomar y entró por la calle de Fuencarral, que era un pasaje de penumbra con las casas dañadas por el tiempo; en algunos portales había grupos de personas que estarían comentando las últimas noticias que daba la radio.
Debía extremar las precauciones hasta llegar a la casa de su amigo y allí se pondría otro traje, escondería el capote y la guerrera, los tiraría y vendría a ser otra persona.
Recordó el consejo del capitán Ávalos unos días antes: «Aunque te sea doloroso procura ocultar que defendiste la República. Evita los riesgos que nos amenazan, y mantén tus ideas».
Siempre Ávalos parecía preocupado cuando estaba en el Florida junto al mostrador de recepción, iluminada su cara por la vela que los conserjes tenían encendida; con el gesto de estar pensando, y sin que mediasen palabras, señaló a un lado con el cigarrillo y Miguel miró de soslayo y comprendió que le indicaba a varios corresponsales que, en el centro del hall, rodeaban a uno que leía algo en voz alta, y entre ellos había una mujer rubia. Cuando se iban hacia la escalera, Ávalos tocó en un brazo a Miguel y le llevó ante ella y se lo presentó, diciéndole que iba a ser su acompañante e intérprete, que la atendería para facilitarle su trabajo. A estas palabras, ella sólo contestó tendiendo la mano y estrechando apenas la de Miguel: aquella mano era la misma que hacía tres días cogió el lápiz que no le había devuelto.
En la esquina de Palma giró la cabeza porque, de pronto, dos mujeres se le acercaron mucho, quizá para pedirle información, pero no llegaron a preguntarle. Unos pasos más adelante encontró a su lado a un tipo que le dijo:
—¿De qué unidad eres?
—De ninguna. Todo ha terminado.
Se detuvo porque le tendía medio cigarrillo y hasta le acercaba el mechero encendido; llevaba un gorro militar en la coronilla y se veía el pelo bajar por la frente; aquella cabeza negó:
—Nada ha terminado, compañero, todo sigue, si es que queremos que siga.
—Madrid se ha rendido —respiró el agradable humo del tabaco negro y con la mirada interrogó a aquel hombre.
—Ahora aguantaremos lo que sea, pero esta lucha seguirá, y ya veremos lo que pasa.
—Harán falta muchos años antes de que eso ocurra.
—Se aprende con los fracasos, así fue siempre.
—Aquí sólo queda salvarse uno.
—¿Cómo puedes decir tal cosa si has combatido por la República? Al final, el triunfo será del proletariado.
—¿El proletariado? Ah, sí, bien, bien.
Y echó a andar sin responderle más. Aunque no llevaba gorro, el capote descubría que era un soldado; cuanto antes debía cambiar de ropas y de nombre para enfrentarse a la nueva situación. Caminaba preocupado por ideas sombrías y decidió desviarse por Pérez Galdós, y allí un hombre que se separó de los que estaban en un portal le chistó; le pareció que iba bien vestido, con corbata.
—Oye, ¿han entrado ya los nacionales?
Pero Miguel no le hizo caso porque tomó la decisión de no hablar con nadie, evitar preguntas que le comprometieran: él sólo debía ser Eloy, adoptar su nombre, ponerse un traje de civil. Lo más urgente era llegar sano y salvo hasta la casa de Santa Isabel: allí se sentiría seguro. Apresuró la marcha y en la esquina de San Marcos vio dos cuerpos tendidos en el suelo, igual a fardos de ropa oscura, y oscuros eran los regueros de sangre que había en la acera.
Esta mancha era igual a otra que se extendía junto a unas hojas de papel que salieron de una cartera, y un lápiz dorado, y polvo en el aire que ahogaba.
Hacía un año, lo que nunca le ocurrió en tantos meses le sucedió al ir por Bravo Murillo, y allí, delante de él, a cierta distancia, vio un relámpago sobre el empedrado y un enorme estampido y una bola de humo denso que se alzó y se extendió casi tapando media calle, y siguió un ruido de cristales rotos y gritos, y comprendió que si hubiera ido más deprisa él hubiera estado en el lugar donde había caído el proyectil. Vio gente que corría y que entraba en la nube de humo y él corrió también hacia allí y encontró en el suelo a un militar tendido, inmóvil, en una postura forzada, con las piernas encogidas, que daba un suave quejido: habían acertado bien las baterías que disparaban sobre la capital desde el Cerro Garabitas.
Llegaron unos hombres, varias voces pidieron un coche pero nadie se atrevía a tocar al herido hasta que pararon una furgoneta que iba hacia Quevedo, y entre varios lo alzaron y metieron dentro con mucha dificultad, dejando una estela de sangre en el suelo. En este, cerca de donde el obús levantó la capa de asfalto e hizo un hoyo, había papeles, hojas escritas y una cartera, todo lo recogió y se lo entregó a un soldado del cuartel próximo, pero lo que no le dio fue un lápiz que brillaba junto al charco de sangre: dorado, parecía nuevo, de esos que se ven en los escaparates y que él siempre había deseado; así que lo retuvo y se lo metió en el bolsillo, seguro de que nadie, en medio de la confusión, lo advertiría, y sólo cuando dobló la primera esquina lo miró despacio e hizo salir la mina. Pero este lápiz ya no lo tenía él.
Pasó al lado de los dos cuerpos y siguió sin detenerse hasta el jardincillo de la plaza de Bilbao donde se alzaban unos pelados árboles.
Cruzaba por Infantas un grupo de personas cargadas con bultos y sacos; venían, sin duda, de saquear algún cuartel abandonado, y percatarse de que aquello representaba el final de todo hizo que aumentase su cansancio y su desaliento.
Al llegar a la Gran Vía miró hacia la derecha y observó cómo se perfilaban los grandes edificios a cada lado de la avenida, al fondo de la cual estaba el hotel Florida. Lo habrían abandonado ya los periodistas y los agentes extranjeros y el hall estaría silencioso, y su persistente olor a tabaco rubio permanecería en su memoria como otras impresiones insignificantes de los meses pasados. La extranjera fotógrafa estuvo allí, en aquel hall, sentada enfrente de él; hablaba con un periodista francés empleando un acento parisiense que él captaba con dificultad. Comprendió qué ingrato iba a ser su trabajo al tener que acompañarla y hasta se le ocurrió que habría venido a cumplir alguna misión secreta a una ciudad sitiada, a un país asolado, poco tentador, y eso explicaría su adusta acogida cuando el capitán Ávalos se la presentó.
—Se llama Guerda Taro, pero probablemente será un nombre falso —le aclaró Ávalos e hizo la mueca de duda que era tan corriente refiriéndose a los que andaban por el hall.
Al cruzar delante del Casino Militar, su elegante fachada le recordó a la del edificio que se veía en la foto; era aquel el palacete donde estaba instalada la Alianza de Intelectuales, lugar adonde acudían personas relacionadas con la cultura, e incluso brigadistas, para charlar, abrir una botella de vino y cantar las canciones Quinto Regimiento e Hijo del pueblo desafinando las voces entre risas.
Había ido allí con Guerda por algún motivo, y ella debió de recorrer los lujosos salones y la amplia biblioteca y quizá saludaría a María Teresa León. Hojeó periódicos y revistas que había en una larga mesa de un improvisado comedor; miraba despacio sus ilustraciones y ante alguna hacía un mohín de atención. Entonces, se acercaron dos franceses que trabajaban para agencias de París y pusieron sobre la mesa fotografías que sacaron de un sobre. En ellas vieron tristes escenas de lo que ocurría en campos y ciudades. Miguel preguntó de quién eran aquellas fotos y uno de los franceses la señaló a ella; Guerda las cogió y se puso a mirarlas con detenimiento y ante algunas movía la cabeza negando, cual si no hubiera quedado satisfecha de lo que ella misma había hecho.
Se acercó a la mesa un hombre, pequeño y enjuto, con gafas de miope, peinado con raya a un lado como se peinan los escolares, y vestido con una mezcla de ropa civil y militar. Miguel reconoció a José Luis Gallego, un joven periodista de Ahora que andaba por los frentes haciendo reportajes. Alguien elogió la fotografía como el procedimiento mejor para conservar los hechos diarios, y entonces el recién llegado intervino diciendo, en un francés vacilante, que, como documento, la fotografía resultaba pobre por sólo reproducir un instante de una realidad inmensa, que cambiaba sin cesar.
La extranjera le miró con un fugaz fruncir de cejas y le respondió que todos los sistemas de información daban la realidad parcialmente pero que, no obstante, eran útiles.
Fue la primera vez que Miguel la oyó hablar seguido, con entonación enérgica; y ella continuó diciendo que la fotografía no era un puro hecho mecánico: precisaba una conciencia formada para elegir lo que se debía captar y que así quedaría registrado como el momento equivalente a lo que los ojos ven en un instante, y por lo que se consideran informados.
Los franceses escuchaban en silencio pero el joven levantó la cabeza y sin mirar a Guerda dijo algo como que nunca una foto informaría de un suceso como lo había conseguido la palabra escrita; por lo cual la historia la habían hecho en el pasado los escribas, los cronistas y no los pintores que reproducían sólo la presencia de lo instantáneo. La respuesta de Guerda debió de ser que aquellas fotos podían dar testimonio indiscutible de lo que ocurrió, aunque fueran escenas aisladas. También vino a decir que pasarían años y todo quedaría olvidado, lo sucedido sería un confuso recuerdo, pero un día aquellas fotografías habrían de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de unos años sangrientos.
Miguel se había sorprendido de la claridad con que ella habló y estuvo de acuerdo con su opinión sobre la utilidad de la fotografía e intuyó una mayor seriedad en la joven, a la que conoció con vestidos elegantes, fumando cigarrillos caros y haciendo un trabajo que, para él, era impropio de una mujer.
Pudo entonces recordar nítidamente: Guerda Taro había venido con otro fotógrafo, acaso su compañero, Robert Capa, y habían estado en el frente de Aragón, y luego en el de Córdoba, y enviaban sus fotos a una revista de París, y cuando Capa regresó a la capital francesa ella se quedó aquí.
Miguel la había acompañado a visitar el barrio de Argüelles, tan destruido por los bombardeos aéreos del mes de noviembre.
No bien se pasaba al otro lado del parapeto que de una casa a otra cruzaba la calle de Benito Gutiérrez, parecía que se entraba en una ciudad distinta, sin habitantes y sin ruidos, sólo el roce de los pasos porque el suelo estaba cubierto de trozos de ladrillo y de revoco de las fachadas, cristales rotos y tejas. Las bombas habían abierto de arriba abajo las casas de varios pisos y su interior aún mostraba los muebles y enseres de las viviendas. Guerda disparaba continuamente su Leica, miraba toda aquella destrucción sin decir nada, ni hacer comentarios, lo que llevó a Miguel a pensar que ella conocía ya tales escenas y que la atención que mostraba era un interés por el país adonde había venido, bien enterada de lo que significaba la lucha que sostenía el pueblo. Ella no sólo estuvo en los frentes, sino que fue a Almería cuando la escuadra alemana bombardeó esta ciudad, y vería las casas destrozadas y los incendios, y también acompañó a los escritores extranjeros que venían del Congreso de Valencia en su visita al frente del parque del Oeste o de la Ciudad Universitaria, y también recorrió los barrios donde las mujeres formaban largas colas ante los economatos que distribuían los alimentos. Efectivamente, para Guerda no eran nuevas las huellas del desastre que sufría España.
Otra vez comprobó que ella tenía un mayor conocimiento de cosas de la actualidad: subieron al torreón del Círculo de Bellas Artes, desde donde ella quería tomar unas fotos panorámicas, pero el sol daba una luz tan deslumbrante que dudaron de poder hacerlas. Guerda sacó del bolso tabaco y le tendió a él un cigarrillo mientras miraba el panorama de tejados y torres. Él aceptó el cigarrillo y encendió el de ella y por primera vez le sonrió y le señaló en dirección a los altos edificios del centro entre los que sobresalía el de la Telefónica; en su fachada se veían nubes de humo, señal de que estaba siendo cañoneada. Y también, de negro humo, tres columnas cerca de las cúpulas de San Francisco. Ella contemplaba la perspectiva de la ciudad y de pronto dijo en español, con un marcado acento: «La capital de la gloria, cubierta de juventudes la frente», y meció la cabeza con un gesto de duda y miró a Miguel. Este quedó perplejo de oírle decir el verso de Rafael Alberti, pues no pudo prever que lo hubiese aprendido, y descubrirlo le hizo tener, en un momento, otra idea de cómo podía ser aquella mujer: la miró fijamente, con mayor atención, y hubo de admitir que el claro azul de sus ojos daba a su fisonomía una serenidad que, al mismo tiempo, parecía una reserva de sus sentimientos, que se confundía con altivez.
Avanzó por la calle de Peligros, cruzó Alcalá y dudó si tomar la calle de Sevilla, mientras ella iba brotando poco a poco de su olvido, y llegó a reconocer que la había rechazado y apartado de sus ideas en aquellos meses de intranquilidades y tensiones. Y esta certidumbre aumentó su malestar y se apoyó en la pared, como vencido por el peso del macuto, y esperó unos minutos para recuperar fuerzas, pero el temor a atraer las miradas le puso en marcha con la sensación de un ligero ahogo.
Más adelante, ya en las Cuatro Calles, decidió desviarse e ir al hotel Inglés, y si tenía la suerte de encontrar a Iriarte, con su ayuda sabría lo que el olvido le ocultó de la fotógrafa y recuperaría los sucesos de hacía dos años.
Ante él se puso un hombrecillo y le dijo que podía venderle algo que le iba a interesar y que se lo daba por lo que quisiera. Le mostró una navaja grande y, aunque a la luz del mechero que encendió no la veía bien, le pareció antigua cuando hizo salir la hoja. Dijo que la quería vender para no llevarla más en el bolsillo interior del chaleco y no empuñarla con ira.
—Yo no quiero matar a nadie —murmuró Miguel, y le volvió la espalda.
Encontró la puerta del hotel abierta aunque protegida por tablas de madera, y al entrar vio detrás del mostrador de recepción, bajo una tenue bombilla, a un hombre que se alarmó y le preguntó qué deseaba. Al oír que buscaba a Iriarte llamó a este a voces, que resonaron en el vacío hall, y una cabeza asomó por la puerta entreabierta de gerencia, unos ojos contraídos que miraron a quien le llamaba y a continuación de la mirada temerosa salió y avanzó hacia Miguel y medio le abrazó, sorprendido de su llegada.
Vestía una especie de uniforme, envejecido como era su rostro de hombre maduro que sin hablar inquiría para qué le buscaba. Escuchó muy atento lo que Miguel le preguntaba sobre la documentación de Eloy, si la guardaría aún Casariego, pero Iriarte no sabía nada: sólo le preocupaba dónde esconderse, y bajó la voz, como si temiera que le oyesen, aunque en el hall no había nadie, para decirle que muchos compañeros habían sido detenidos y estaban en el edificio de Marina, sin saber lo que sería de ellos.
Miguel hizo el ademán evasivo de entregarse a la fatalidad y la siguiente pregunta fue sobre la fotógrafa alemana Guerda Taro a la que Iriarte conoció y de la que deseaba saber algo; la había olvidado completamente aunque él la acompañó algunas veces.
Hubo un silencio de unos segundos, Iriarte dio un paso atrás y le preguntó en razón de qué se interesaba por aquella alemana, precisamente en unas horas llenas de amenazas.
Dijo que últimamente le venía al pensamiento, acaso porque le dijeron que había muerto; cuando quemó la documentación encontró una foto de ella y la conservaba.
Iriarte le puso una mano en un brazo y le pidió que se la mostrase, le gustaría verla, porque no había fotos de Guerda, y él la consideraba una persona interesante. Por el hotel pasaron muchos extranjeros, pero esta se diferenció de otras mujeres periodistas.
Era una foto pequeña, no se la distinguía bien, estaba con otras personas. Pero la insistencia de Iriarte siguió, le rogaba que se la dejara ver para saber dónde fue hecha.
Por fin, consintió en sacarla de donde la guardaba y se la entregó, pero lo hizo con movimientos lentos y se fijó en un gesto contenido del otro al tenerla en la mano y contemplar detenidamente lo que aparecía en la desgastada cartulina.
Sí, era ella, tal como en la realidad, con el peinado y el vestido que llevaba aquel verano, con su gesto serio, los ojos claros, inteligentes. Por primera vez veía una foto suya y le parecía igual que viva; era doloroso recordarla, con un final tan absurdo.
Iriarte contrajo la boca y dirigió su mirada hacia la puerta de la calle, como si esperase la llegada de alguien o presintiera la fría noche en el exterior.
Había venido con aquel fotógrafo extranjero, Robert Capa, que hizo también reportajes en los frentes; pararon en el hotel, una pareja muy simpática, muy activa; nada hacía prever para ellos la muerte. Pero aquello ocurrió cuando ya estaba terminando la ofensiva en Brunete, cuando la gente se retiraba después de sufrir muchas bajas, y un tanque la atropelló. El error fue quedarse donde había tanto riesgo; sin duda quiso seguir haciendo fotografías, sin importarle el peligro. Guerda era alemana y huyó del régimen nazi y en París se relacionó con el grupo de alemanes allí también refugiados; algunos se ocupaban de fotografía y ella aprendió a manejar una cámara. Llegó con Robert a Barcelona en los primeros días de la sublevación y luego estuvieron por muchos sitios; su compañero se fue a Francia y Guerda no quiso faltar en Brunete. Fue atropellada en la carretera a Villanueva de la Cañada, precisamente donde tenía sus posiciones la Quince Brigada de los Internacionales, en la que había muchos alemanes antifascistas. Parece que Guerda iba subida en el estribo de un camión, sosteniendo el trípode de la cámara y con la otra mano se sujetaba a la ventanilla abierta. Un tanque venía en dirección contraria, se ladeó y la golpeó y la hizo caer al suelo, y el mismo vehículo en el que iba, o el tanque, le aplastó una pierna y parte del vientre. Quedó muy destrozada, perdió el conocimiento, la llevaron en un coche al hospital de sangre que tenían los ingleses en el monasterio de El Escorial pero los médicos no pudieron salvarla. Fue terrible que terminara así su vida, siendo tan joven, con tantas posibilidades, porque las fotos que hizo eran espléndidas: sabía coger los momentos más emocionantes allí donde iba y era de admirar que tuviera el valor de aguantar aquellos días en una zona bombardeada constantemente y en medio del desorden de una retirada.
Ya no cabía duda, había muerto; atropellado y roto su cuerpo, en el frente, en un campo de malezas y piedras, entre los surtidores de tierra que levantaban los obuses al explotar, bajo el sol abrasador del verano. Su muerte debió de pasar desapercibida porque nadie lo comentó ni lo leyó en ningún periódico; y él mismo, que fue su guía e intérprete, en tanto tiempo no pensó en ella.
Iriarte seguía con la foto en la mano, la miraba, sus ojos no se volvieron a Miguel cuando insistió en preguntarle el motivo de venir a hablarle ahora de aquel asunto, que le extrañaba.
Le respondió que no le interesaba especialmente pero recurría a él por curiosidad, y se enteraba de un final desastroso. Iriarte añadió que su muerte debió de ser, al terminar la ofensiva, entre el 20 y el 25 de julio, cuando toda esperanza de triunfo se había perdido.
Parpadeó la luz mortecina del vestíbulo y Miguel pensó en una cámara de fotos aplastada, y quizás el lápiz que le dio, manchado de sangre. Debían terminar la conversación. Iriarte le pidió la fotografía, que se la diese, sería como un recuerdo de aquel tiempo, del trabajo con los extranjeros en el hotel; para él era importante tenerla.
Miguel negó con la cabeza y por unos segundos sostuvo la negativa en silencio, pero la cara de Iriarte comenzó a reflejar tal aflicción que Miguel se encogió de hombros e hizo un movimiento entreabriendo los brazos: era la señal de que accedía a dársela.
Pensó que en los tiempos que iban a venir quizá sería conveniente no recordar a aquella extranjera como tampoco a otros que acudieron a ponerse al lado de la República, a todos los cuales habría que olvidar.
Iriarte se guardó cuidadosamente la foto en el bolsillo alto de la especie de chaquetón que llevaba, tendió la mano a Miguel y la sacudió para expresarle las gracias, pero ambos, como concentrados en un único pensamiento, sin cambiar más palabras, se separaron.
Salió a la calle y las sombras en torno suyo aumentaron su desconcierto por la conversación que acababa de tener y por la escena que se imaginó: ella muriéndose sola, en el sitio más frío e inhóspito como era el monasterio. Y a la vez, se asombraba de que un suceso tan distante le hubiese atraído desde que dejó el cuartel y ahora tenía un final sin continuidad posible, arañándole el remordimiento de su olvido total. Por alguna razón había querido retirar de su mente la figura de Guerda, su aspecto físico, la entonación de la voz, y también lo que podía deducir de su venida a la guerra, su audacia en tarea tan peligrosa.
Sin embargo, se le planteaba igualmente entregarse al nuevo olvido de toda su experiencia de tres años de lucha, de lo que él fue entonces; habría de inventar falsedades cual un traidor cualquiera y renegar, ya en su nueva personalidad como Eloy, de los mil hechos importantes que vivió; todo se esfumaría en la voluntad de no ser responsable de nada.
Era noche cerrada; cruzó las calles vacías de un barrio que creía conocer de años atrás, le pareció más lóbrego aunque en algunas tiendas se vislumbraban luces. En la glorieta de Matute notó en la cara las primeras gotas de lluvia que de nuevo caía del frío y de la noche, y como, al cruzar Atocha, aumentase, se guareció en un portal abierto donde había varios hombres. Pasados unos minutos se dio cuenta de que, cerca, dos de ellos discutían en voz baja y sin esfuerzo oyó a uno afirmando que él no había matado a nadie aunque hubiese disparado de día y de noche en el Jarama, en Teruel, en el paso del Ebro.
El otro murmuraba que sólo en los meses en los que estuvo en el frente se sintió un hombre de verdad porque nadie antes tuvo confianza en él, ni le trató como un igual, ni le respetó en sus opiniones.
Su compañero insistía en que no se le podía acusar de nada por haber estado en el frente: a él le pusieron un arma en la mano, vio a su alrededor cómo se mataban pero él no era un asesino, no había provocado la guerra ni sacado provecho de ella.
Escuchando lo que decían aquellos dos, comprendió cómo la maldita guerra civil había alterado la conciencia a miles de hombres, y a él mismo en su propósito de cambio.
El cansancio y la inquietud, por lo que debía hacer, le detuvieron al llegar a Antón Martín, cerca ya de la casa en la que se desprendería de la ropa militar y cambiaría por la que seguramente le proporcionaría Casariego, aunque le quedara estrecha o ancha; lo fundamental era hablar con él y coger la documentación que guardaba, se aprendería de memoria sus datos personales, se adaptaría al previsible comportamiento de Eloy. Cubierto tras la máscara de un hombre que debió de ser muy parecido a él, lograría salvarse en la catástrofe guardando silencio de lo pasado y así nadie le descubriría, aunque siguiera siendo él mismo, y no precisaría la falsedad de nuevas palabras sino que en secreto conservaría la memoria de cuanto le fortaleció y le hizo madurar. No debía hundir en otro olvido, ahora se lo dijo muy claramente, lo que denunciaban las fotografías que se hicieron, lo que se leería, tiempo después, en un periódico de envejecido papel, lo que reaparecía en obsesivos sueños de madrugada.
En la esquina de la calle de Santa Isabel había una casa bombardeada: en la oscuridad se imaginó la fachada, abierta de arriba abajo al derrumbarse, y por un instante vio allí el cuerpo de Guerda y enseguida una mancha roja desgarró el vientre, y las entrañas quedaron derramadas a la luz del potente sol de julio.
Así terminó Guerda Taro, al no querer abandonar el frente cuando no había esperanza alguna, y quedó herida de muerte como tantos otros, en una carretera polvorienta. Junto a David Seymour, Robert Capa, Román Karmen, Georg Reisner, Hans Namuth, fotógrafos que también vinieron a España, ella dejó en sus fotos, tomadas en ciudades y campos de batalla, un testimonio del gran delito que había sido la guerra. Pero esta joven fotógrafa alemana pronto fue olvidada aunque hizo más que ninguno: entregó su hermosa vida a una digna tarea, a una justa causa perdida.