Capítulo 23

1 de Martillo, Año de la Magia Desatada (1372 CV)

Habían pasado la noche dentro de la pirámide. Galaeron no cayó en la cuenta hasta que salieron a gatas por el artístico túnel en forma de trébol que había abierto Aris y vio las sombras rectangulares que se extendían por la ciudad cubierta por la maleza. Le habría gustado tener allí a Melegaunt para que las escudriñara y leyera en ellas el día que se les presentaba, o tal vez no fuera necesario. Los dos phaerimm que se dirigían al encuentro de los compañeros atravesando las ruinas le permitían ver por sí mismo lo que les traería el nuevo día, al menos la pequeña parte del mismo que lograran sobrevivir.

No había ni muestras de desolladores de mentes ni de contempladores, ni de Aris ni de la cabalgadura de Malik. Los illitas y los acechadores probablemente habían sido eliminados por Elminster o por los no muertos en el puente sumergido. La única esperanza que le quedaba a Galaeron era que Aris se hubiera dado cuenta de los malos tiempos que se avecinaban y se las hubiera ingeniado para escapar, pero lo dudaba mucho.

—Tarde o temprano repararán en el túnel —dijo Vala. Estaba en cuclillas junto a Galaeron mientras Jhingleshod espiaba por encima de sus hombros—. Podríamos sacar la Piedra de Karse a través de la abertura del río.

—¿De qué serviría? —Galaeron echó una mirada por el flanco del promontorio hasta donde la cascada brotaba de la piedra caliza y se despeñaba desde casi veinte metros de altura formando un estanque de agua color escarlata—. Nos cogerían en campo abierto. Vala lo observó con atención.

—Podría darte tiempo para pedir ayuda.

—¿Te refieres a Refugio? —preguntó Galaeron—. Le prometí a Melegaunt que esperaría a los príncipes.

—¿Crees que eso será posible? —preguntó Vala. Después se volvió a Jhingleshod—. ¿Cabría la Piedra de Karse por el pasadizo del río?

—Sería mucho más fácil marcharse sin ella. —El caballero miró hacia el interior de la boca del túnel, donde los restos chamuscados del cadáver de Wulgreth ya empezaban a tratar de reunirse para formar otra vez un cuerpo. Jhingleshod removió las cenizas con su hacha y luego dijo—: Y es posible que a los phaerimm no les importe que escapéis.

—Sí que les importará —manifestó Vala con gesto de estar perdiendo la paciencia.

Galaeron tenía la sospecha de que ella también había entendido lo que Jhingleshod quería decir realmente: que sin la Piedra de Karse podrían vivir el tiempo suficiente para destruir la filacteria de Wulgreth. Lo que no sabía el elfo era si Vala también se había dado cuenta de que tenían la filacteria, de que el lich había almacenado su fuerza vital en la Piedra de Karse.

Galaeron se debatía pensando qué deberían hacer una vez que Jhingleshod hubiera caído en la cuenta de que la filacteria y la Piedra de Karse eran la misma cosa. Indudablemente, el caballero querría que se destruyera la piedra, pero Galaeron ni siquiera tenía claro si existía alguna posibilidad, por remota que fuera, de que semejante artefacto pudiera ser destruido, y eso sin pensar en lo que ello significaría para Evereska y para el pueblo de Melegaunt. Tal vez fuera posible extraer de la piedra la fuerza vital del lich, pero eso llevaría tiempo.

—Los phaerimm nos han venido persiguiendo desde Evereska, Jhingleshod —dijo Vala al ver que el caballero no respondía a su pregunta—. No van a dejar que nos vayamos ahora, aunque no tengamos la Piedra de Karse. ¿Será posible sacarla por el pasadizo del río o no?

—Si sois capaces de contener la respiración todo ese tiempo —dijo Jhingleshod—, pero ¿en qué medida ayudará eso a que cumpláis la promesa que me habéis hecho?

—Trayendo ayuda —dijo Galaeron. Dándose cuenta de que a menos que lograran sacar de la cabeza de Jhingleshod la Piedra de Karse no conseguirían salvar Evereska, pasó junto al caballero y empezó a bajar por el túnel—. Ya oíste lo que dijo Melegaunt y viste a los Doce Príncipes. ¿No te parece que mil ciudadanos de Refugio tienen más posibilidades que nosotros de encontrar la filacteria?

—Puede que así fuera si Melegaunt estuviera aquí para cumplir su palabra. —Jhingleshod cogió un puñado de las cenizas de Wulgreth y siguió a Galaeron al estanque de plata—. Tal como están las cosas, lo único que tengo es tu promesa.

—En ese caso, tal vez yo podría ser útil en alguna medida —dijo Malik, que estaba sentado encima de la Piedra de Karse atendiendo a una quejumbrosa Takari, consciente sólo a medias—. Me gustaría ocuparme de la seguridad de la piedra.

—No —respondieron al unísono Galaeron y Vala.

Sin inmutarse, Malik continuó.

—Comprendo vuestras sospechas de que pueda entregar la piedra a Cyric, pero realmente tendríais ocasión de escapar con vuestra amiga viva —levantó la cabeza de Takari, pero volvió a bajarla al ver que la elfa conseguía hacer un gesto negativo—, y de cumplir con la palabra que le disteis a Jhingleshod y buscar la filacteria de Wulgreth.

—Cyric ya es bastante problemático sin un juguete como éste. —Galaeron estaba empezando a creer en la pretendida inmortalidad del serafín. Levantó a Takari de la piedra y se la pasó a Vala. A continuación le indicó a Malik que bajara de la piedra—. No querrás estar ahí ¿verdad?

Malik se deslizó hasta el agua.

—¿Tienes un plan?

—Es posible. —Galaeron sacó un trozo de sedasombra del bolsillo y lo aplicó al lado de la piedra opuesto al túnel de Aris, después cruzó el estanque hasta la pared de la caverna—. Se me ocurre que tal vez Aris no sea el único capaz de abrir un túnel.

—¿Vas a usar la magia de la piedra? —preguntó Malik asombrado—. ¡Un plan excelente!

Galaeron se encogió de hombros.

—No se me ocurre nada mejor, pero es preferible a esperar a que los phaerimm nos encuentren aquí.

—¿Y si no tiene éxito? —preguntó Jhingleshod. Un remolino polvoriento cubrió la mano que sostenía las cenizas de Wulgreth—. Los phaerimm os matarán.

Galaeron asintió con aire sombrío, después dirigió una mirada al túnel de Aris y calculó la distancia a una de las criaturas que venía directa hacia ellos. Dispuso un círculo de sedasombra sobre la pared de la caverna.

—Si pudieras hacer algo para entretenerlos, sería de gran ayuda.

—¿Ayudaros? ¿A vosotros? —se sorprendió Jhingleshod—. Si los phaerimm son tan poderosos como tú dices, es probable que ellos mismos puedan encontrar la filacteria de Wulgreth.

La sedasombra se deslizó de los dedos de Galaeron y después se desvaneció en el estanque plateado.

—Me está pareciendo —dijo el elfo volviéndose hacia Jhingleshod—, que ese egoísmo tuyo es lo que hizo realmente que te convirtieras en un no muerto.

—No creo que los que incumplen sus promesas sean quiénes para reprochar nada a los demás.

Jhingleshod se volvió hacia el túnel de Aris, pero encontró el camino bloqueado por Malik.

—El egoísmo no siempre es malo —dijo el hombrecillo—. Especialmente cuando se puede hacer entender a todos que sus propios fines pueden cumplirse mejor si se trabaja en colaboración. Estoy seguro de que si nos ponemos a pensar todos, encontraremos la solución delante de nuestras propias narices.

Galaeron sacudió la cabeza con insistencia, pero se dio cuenta de que Malik no podía verlo porque se lo tapaba la corpulenta figura del caballero. Con calma premeditada para no alarmar a Jhingleshod, dio un paso a un lado.

—Wulgreth es sin duda un embustero —continuó Malik—, y yo he trabajado con suficientes embusteros como para saber que les encanta esconder sus tesoros en los lugares más visibles.

Galaeron sacudió la cabeza con desesperación, y al ver que Malik no reparaba en él lo llamó en voz alta.

—¡Malik!

Jhingleshod levantó la mano para hacer callar al elfo.

—Lo que está diciendo puede tener sentido. Tal vez haya posibilidades de ayudarnos mutuamente todavía.

—Si yo fuera Wulgreth, habría escondido mi fuerza vital en el lugar más evidente —dijo Malik—. Tal vez en la propia pirámide.

—Pero en ese caso, ¿no lo habría detectado Melegaunt desde el interior? —interrumpió Jhingleshod, cada vez más excitado.

Galaeron llamó la atención de Vala y con la cabeza le señaló el túnel. Ella se volvió a mirar y, al ver que los phaerimm seguían acercándose lentamente, le hizo una señal tranquilizadora.

—Tal vez en el propio promontorio —dijo Malik.

—Es posible —asintió Jhingleshod.

Dejando escapar un suspiro de alivio, Galaeron se volvió y aplicó un nuevo círculo de sedasombra a la piedra.

—¿Y qué te parece el propio Jhingleshod? —preguntó Vala—. Eso explicaría por qué no puede morir.

—¡Qué gran idea! O incluso podría ser que…

A Galaeron se le hizo un nudo en el estómago al ver que el serafín dejaba la última frase inacabada. Al volverse se encontró con que Malik estaba mirando la Piedra de Karse.

—¿Podría ser qué? —inquirió Jhingleshod.

Malik cerró la boca de repente, y por un momento Galaeron pensó que el hombrecillo habría decidido corregir su error.

—Nada —dijo Malik, pero al parecer no podía quedarse callado. Su boca se torció en una sonrisa ladeada y siguió hablando—. Sólo se me estaba ocurriendo que lo que Wulgreth más valoraba está precisamente aquí.

Jhingleshod se quedó callado y por fin se volvió hacia Galaeron.

—Ibas a llevártela. Lo sabías y sin embargo ibas a llevártela.

—Yo no sé nada. —Galaeron terminó su círculo y se apartó de la pared—. Y realmente no veo la diferencia…

—¡Embustero!

El hacha de Jhingleshod saltó tan de repente que Galaeron casi no tuvo tiempo de lanzarse al estanque antes de que la herrumbrosa hoja pasara describiendo círculos e hiciera saltar eslabones de cota de malla elfa en todas direcciones rebotando finalmente en la pared.

Jhingleshod ya atravesaba la estancia en pos de su arma, lanzándose contra Galaeron, cuando una espada negra lo alcanzó por detrás abriendo una brecha en su armadura y partiendo su amarillento hombro hasta la axila. Rugiendo de furia, el caballero giró en redondo golpeando a Vala en la cabeza con su codo de hierro y haciéndola caer de la Piedra de Karse. Semiinconsciente, habría llegado al suelo si Jhingleshod no la hubiera sujetado por la garganta. Sus dedos empezaron a cerrarse sobre ella y Vala emitió un ronco gemido.

—¡No!

Galaeron apuntó una mano hacia la espalda de hierro del caballero y pronunció una sílaba mística. Sintió una oleada familiar de fuerza fría recorriendo todo su cuerpo, y entonces el fuego sedoso, líquido, de la magia de la Piedra de Karse, proveniente del estanque plateado, lo inundó. Boqueó sorprendido y Jhingleshod avanzó hacia él arrastrando a Vala tras de sí. El brazo del elfo se hinchó visiblemente. Sus músculos se convulsionaron hasta tal punto que pensó que le iba a estallar el codo.

El conjuro brotó de su mano en un destello cegador de luz dorada, arrancándole las uñas y chamuscándole las puntas de los dedos. Después atravesó la caverna y descargó en el estómago del caballero. Hubo un tremendo estruendo y un olor penetrante de hierro al rojo. Las piernas de Jhingleshod volaron en una dirección y su torso en otra. Sus ojos se desorbitaron y quedaron fijos en la cara de Galaeron. La parte superior cayó a doce pasos de él, se deslizó por la superficie del agua y se fue sumergiendo hasta desaparecer.

Galaeron hizo intención de acercarse a Vala, que estaba encorvada con las manos en la garganta, respirando con dificultad y tosiendo.

—¡Galae… ron! —La voz de Takari era tan débil que le llegó casi como un susurro—. ¡Phae-r-rim!

Colocando una mano bajo el codo de Vala al pasar, miró al otro lado de la estancia, al túnel de Aris. Takari estaba cubriendo la entrada, señalando pasadizo abajo. Afuera, dos manchas borrosas se deslizaban hacia la colina. Galaeron empujó a Vala hacia el torbellino carmesí del rincón más alejado de la caverna.

—Creo que es el momento de poner en marcha tu plan —dijo Galaeron.

Se volvió para pedir a Malik que se hiciera cargo de Takari y se encontró con que el hombrecillo ya se dirigía hacia ella, pero, cuál no sería su sorpresa, cuando en lugar de eso echó mano de sus cofres del tesoro. Galaeron lanzó un relámpago contra los cofres, ennegreciendo aún más sus dedos y sembrando de gemas todo el túnel.

Malik se dio la vuelta echando fuego por los ojos.

Galaeron se limitó a señalar a Takari.

—Si ella muere —advirtió—, tú también morirás.

—Como desees. —Malik cogió a la elfa y se puso en marcha hacia el remolino—. ¡Pero tú pagarás por mi fortuna!

Galaeron no le prestó atención, porque los phaerimm estaban tan cerca que se podían ver ya los brazos que rodeaban sus bocas. Pensó en la posibilidad de tenderles una emboscada allí dentro, pero tuvo la certeza de que, a pesar del poder de la Piedra de Karse, él sería poco más que un mosquito contra un par de avispas. Se volvió a la caverna y a punto estuvo de caer al tropezar con las piernas cercenadas de Jhingleshod. Entonces extendió los brazos hacia la sedasombra de la pared del fondo y pronunció un encantamiento.

Una vez más se sintió inundado por el fuego sedoso de la magia de la Piedra de Karse, cuyo poder hizo que la piel de su mano se volviera negra y correosa. La pared de piedra se alejó del círculo oscuro, presentando un largo túnel que, si bien no tan artístico como el de Aris, era casi igual de recto. Volviéndose incluso antes de que se viera la luz al otro lado, Galaeron aplicó una mano a la Piedra de Karse y pronunció un conjuro de levitación. Empezaba a gustarle la sensación de la magia de la piedra, el poder que recorría su brazo e incluso el intenso hormigueo que dejaba en su mano.

Respondiendo a sus requerimientos, la Piedra de Karse se elevó del estanque. Galaeron echó una mirada al túnel de Aris y vio que los phaerimm seguían acercándose, tanto que incluso podía verlos aguijones de sus colas. Galaeron se puso en marcha hacia el rincón donde Vala ya se desvanecía engullida por el torbellino. Malik y Takari la seguían de cerca y se balanceaban en el borde atraídos por la corriente.

Galaeron y la Piedra de Karse estaban a doce pasos de ellos cuando el elfo sintió que una mano de hierro lo asía por el tobillo. Dio un grito y vio que Takari miraba en su dirección antes de desvanecerse junto con Malik en el interior del remolino. Galaeron trató de soltarse dando patadas, después propinó fuertes pisotones a la mano oculta.

Una segunda mano trató de coger la pierna con la que se defendía. Intentó soltarse y correr hacia el remolino arrastrando el torso de Jhingleshod consigo. El pie apresado se retorció y Galaeron sintió, casi oyó, cómo el hueso se quebraba. Sintió que el tobillo le dolía horriblemente y se le doblaba.

Sosteniéndose apenas sobre la pierna sana, Galaeron empujó la Piedra de Karse delante de sí y después se sujetó fuertemente mientras la corriente lo llevaba hacia adelante.

Jhingleshod logró sujetarle el otro tobillo, y aunque Galaeron empezó a patalear como un poseso, no consiguió soltarse. El techo empezó a dar vueltas cuando fue apresado por el torbellino. El elfo respiró hondo y echó una mirada al túnel de Aris, esperando ver a los phaerimm entrando en la estancia. Pero sólo vio la forma fantasmal de Wulgreth renaciendo de sus cenizas.

Se le rompió el otro tobillo y a punto estuvo de perder el sentido a causa del dolor. Esperó a perder de vista el techo y entonces soltó la Piedra de Karse y echó mano de su hebilla. Como había perdido la espada y la daga en su enfrentamiento con Wulgreth, no le quedaban armas con que combatir ni podía usar otro conjuro. Para todos se necesitaba pronunciar una palabra mágica, y si hablaba, lo único que conseguiría sería ahogarse.

Bajaron vertiginosamente hacia la oscuridad, dando bandazos contra las resbaladizas paredes del pasadizo. Galaeron consiguió soltar su cinturón y extenderlo entre las dos manos. Jhingleshod iba trepando por las piernas del elfo, clavando los dedos entre los eslabones de la cota de malla como si fuera de seda. Ambos chocaron contra la Piedra de Karse, que se había quedado atascada en un punto estrecho, y la cintura cercenada de Jhingleshod se levantó y golpeó a Galaeron en la cara. El elfo pensó por un momento que su atacante sería engullido por el torbellino, pero el caballero de hierro se sujetó con todas sus fuerzas. Galaeron trató de soltarse a patadas y a punto estuvo de ahogarse cuando abrió la boca para gritar.

La Piedra de Karse se removió en el embudo donde había quedado atrapada, y la corriente apartó el torso de Jhingleshod de la cara de Galaeron. El caballero consiguió darse la vuelta, preparándose para seguir trepando por Galaeron, y fue entonces cuando el elfo vio llegada su ocasión. Pasó el cinturón por la parte superior de los brazos de su atacante y después tiró de un extremo pasándolo por debajo de las muñecas, a las que rodeó con el grueso cinto de cuero. Con los hábiles movimientos de mano propios de un mago, pasó el extremo por la hebilla y le dio un fuerte tirón, después volvió a rodear las muñecas de hierro y cerró la hebilla.

La Piedra de Karse consiguió por fin liberarse de su atasco, permitiendo que la corriente siguiera circulando por el pasadizo. Las manos de Jhingleshod lo soltaron y el caballero no muerto se alejó dando tumbos, farfullando airadamente. Galaeron se aferró a la piedra y metió el brazo en la hendidura que tenía en el centro, y así siguió dando vueltas en pos de ella, como la cola agitada de un cometa. El mundo se volvió brillante, entonces el fondo desapareció al desplomarse el río desde la colina hacia la fuente roja de abajo.

Galaeron cayó detrás de la Piedra de Karse y chocó de cabeza contra ella. Lo primero que pensó era que su plan no había funcionado tan bien, que los phaerimm, previendo la maniobra, habrían dejado a alguien fuera para interceptar el artefacto. Después, viendo que su mundo no explotaba cayendo en el olvido, empezó a deslizarse por la superficie de la piedra y recordó el conjuro de levitación que había usado antes para moverla. Introdujo el otro brazo en la grieta y, luchando contra el constante fluir de líquido plateado que seguía saliendo de la piedra, quedó colgando debajo de ella.

Mientras caía hacia el río, Galaeron buscó por todos lados vestigios de los phaerimm. Vala y los demás se mecían abajo, en el estanque color carmesí, procurando apartarse de las ondas que marcaban el punto donde el torso de Jhingleshod había entrado en el río. Un instante más y las piernas del caballero salieron de la colina, trastabillando, y se zambulleron, pataleando todavía, en el agua. Cuando un par de fogonazos mágicos iluminaron la boca del túnel de Aris, sin duda la respuesta de los phaerimm a la forma reconstituida de Wulgreth, Galaeron se atrevió a pensar que el plan de Vala podía funcionar.

Se posó en la superficie, a poca distancia de sus amigos, y, sin soltarse de la Piedra de Karse, se dejó llevar por la corriente detrás de ellos.

—¡Cuidado con los pies! —gritó—. Jhingleshod me cogió desde abajo y…

Galaeron fue interrumpido por un estallido tremendo que llegaba del otro lado del promontorio. Alzó la vista a tiempo para ver un rayo argentado que salía de los cielos acompañado por un bramido de rabia de Aris. El golpe ensordecedor de una piedra al hacerse trizas sacudió el promontorio, y el resplandor dorado de otros dos conjuros de guerra restalló contra el cielo. El bramido del gigante de piedra se transformó en un grito de angustia…

Malik pasó nadando junto a la piedra de Karse y empujó la mano de Takari hacia la de Galaeron.

—¡Por allí está mi Kelda!

Galaeron tiró de Takari hacia la piedra. La elfa se veía débil pero consciente, y las heridas que tenía en el hombro habían dejado de sangrar. Los gritos de Aris seguían reverberando al otro lado del promontorio, creciendo en intensidad. Vala salió a la superficie junto a ellos y se acercó a la Piedra de Karse.

—¿Qué le están haciendo? —preguntó Galaeron que no podía apartar la vista de la piedra.

—Lo están torturando —dijo Vala—. Probablemente piensan que estaba cubriendo nuestra huida.

—En ese caso, voto por que hagamos buen uso de su sacrificio —dijo Malik, esforzándose por trepar a la ya atestada piedra—. Mi Kelda encontrará el camino hasta el puente, si es que no está allí a estas alturas. Podemos flotar río abajo hasta el pantano y recogerla allí.

—¿Serías capaz de… abandonarlo? —preguntó Takari entrecortadamente.

Otro grito de angustia llegó del otro lado. Galaeron miró a Vala con la esperanza de encontrar el brillo de alguna idea en sus ojos verdes.

Ella le sostuvo la mirada.

—Es lo que hubiera hecho Melegaunt.

A Galaeron se le cayó el alma a los pies.

—Yo no soy Melegaunt —replicó.

—Entonces, debes… intentarlo —dijo Takari—. Yo no querría vivir… sabiendo que había abandonado a alguien tan… noble.

—Está bien —aceptó Galaeron asintiendo con la cabeza—, pero ¿cómo?

—Ya sabes cómo. —Vala envainó su espada y cogiendo a Takari en brazos se dejó resbalar con ella de la Piedra de Karse—. Nosotros no tenemos ninguna posibilidad contra los phaerimm. Sólo hay una forma.

Malik la miró con ojos desorbitados.

—¿De qué estás hablando?

—Ya lo sabes. —Galaeron se dejó caer al río al lado de Vala y Takari y se volvió hacia la piedra—. ¡Arriba! —ordenó.

La piedra se alzó del agua con Malik que seguía agarrado a ella.

—¡Espera! —gritaba el serafín—. Debe de haber otra…

—¡Arriba! —repitió Galaeron. La piedra se alzó más rápido y Malik la soltó, cayendo al río al lado de donde ellos estaban—. ¡Arriba!

La Piedra de Karse prácticamente salió disparada hacia el cielo, arrastrando una estela de magia plateada como si se tratara de la cola de un cometa resplandeciente. Los gritos que llegaban del otro lado del promontorio cesaron y los dos phaerimm se hicieron visibles, volando hacia el cielo en pos de la piedra.

—¡Arriba! —volvió a gritar Galaeron.

La Piedra de Karse se alejó, reduciéndose a un pequeño punto sólo visible por la estela que dejaba tras de sí.

—Ahora —dijo Takari—, escuchadme…

Dejó la frase inacabada, demasiado débil para terminarla.

Vala se volvió hacia Galaeron.

—Dilo. Tú fuiste el que mandó la piedra arriba. Tienes que ser tú el que los llame a casa.

—Sin duda —asintió Galaeron—, pero recuerda la promesa que le hiciste a Melegaunt, y la que me hiciste a mí.

—La recuerdo —dijo la mujer—, y también recuerdo la que le hice a tu padre. Estaré ahí para cuidar de ti.

Galaeron asintió y después miró hacia el cielo.

—Oídme ahora, gentes de Refugio. ¡Seguidme ahora porque tenemos el Regreso al alcance de la mano!

La plateada cola de caballo se desvaneció y no sucedió nada más. Los gritos de Aris se convirtieron en quejidos apagados. Los compañeros nadaron hacia la orilla y salieron del río. Vala y Malik recompusieron los tobillos rotos de Galaeron. Entonces, llevando Vala al elfo rodeado con sus brazos y Malik a Takari, rodearon el promontorio para ver lo que podía hacerse por Aris.

Acababan de dejar atrás el salto de agua cuando Malik señaló al otro lado del estanque, donde Jhingleshod se arrastraba hacia la orilla. El caballero había conseguido zafarse del cinto de Galaeron y había recuperado sus piernas. Ante los ojos de los amigos, unió sus dos mitades y lentamente empezó a trabajar su carne como si fuera arcilla, amasándola y recomponiéndola, llenando el terrible boquete abierto por la magia del elfo. Tendiendo la vista hacia el otro lado del estanque clavó su mirada furiosa en Galaeron y después la elevó hacia el cielo, donde una tenebrosa cinta de sombra empezaba a descender formando un remolino. Unos diminutos destellos plateados y negros empezaron a moverse como rayos hacia adelante y hacia atrás entre el extremo de la cinta y un par de puntos que atravesaban el cielo en dirección sur.

Mientras los compañeros observaban, los puntos se fueron transformando en diminutas figuras en forma de cono y la cinta oscura en una larga hilera de monturas con alas de murciélago que llevaban cada una un jinete tenebroso armado con una larga y mortífera lanza.

Por último, los phaerimm se cansaron de huir y, volviéndose hacia sus perseguidores, sembraron el cielo de fuego y conjuros en una profusión de magia. Una docena de jinetes se desvanecieron en la vorágine y cayeron al fondo, con sus monturas reducidas a carbonilla de alas y garras. Sin embargo, los jinetes que venían detrás no desfallecieron. Uno levantó las manos y, con un gesto rápido, abrió un agujero en la fiera barrera que se alzaba frente a él. Los demás se metieron como un rayo por la brecha abierta sobre sus oscuras monturas aladas, asaeteando a sus presas con negras descargas de sus lanzas.

Uno de los phaerimm empezó a retorcerse con desesperación y a caer hasta desvanecerse en un átomo de luz mágica. Habiendo aprendido la lección, la segunda criatura también se teleportó, dejando que los jinetes-murciélagos se desplazaran por el aire en remolinos de sombra.

Una sombra se proyectó sobre la colina.

—¡Por el Único! —articuló apenas Malik—. ¡Una montaña se desploma desde los cielos!

Galaeron miró y vio la escarpada cumbre de un pico negro precipitándose cabeza abajo sobre ellos, lo bastante cerca como para que su punta serrada dividiera el sol naciente. Encima de la montaña invertida se asentaba una ciudad de negras paredes relucientes y torres de ébano envueltas en sombras, arrastrando volutas de sombra y coronada por bandas de nubes negras y brumosas. La rodeaba un enjambre de cientos o incluso miles de jinetes en sus corceles-murciélagos, que volaban a su alrededor formando una estela enloquecida y portando en sus lanzas gallardetes de color azul real, amatista y rubí intenso mientras realizaban atrevidas acrobacias ante las hordas entusiastas de ciudadanos con ojos brillantes como gemas reunidos a lo largo de las oscuras murallas.

—Ahí está la ayuda que necesita Evereska —dijo Vala. Ante la falta de respuesta de Galaeron, lo miró a los ojos con expresión preocupada—. Galaeron, deberías estar contento. ¿Qué pasa?

Galaeron no sabía qué responder. Después de haber faltado dos veces a su palabra en un mismo día, había pensado que se sentiría desgraciado, incluso corrupto o malvado. Sin embargo, sólo se sentía vacío, vacío y un poco frío.

La expresión de Vala se endureció.

—¿Galaeron?

El elfo se limitó a apartar la vista.