Capítulo 15

28 de Nightal, Año del Arpa sin Cuerdas

La celebración transcurrió en medio de un clima de inquietud, y no sólo porque Elminster no paraba de echar miradas amenazadoras a Melegaunt, sino porque Galaeron atisbaba una sombra oscura por fuera del círculo de luz, una figura pequeña y robusta que se desvanecía entre las sombras en cuanto se volvía a mirarla. De no haber sido por la agitación de los centinelas, habría hecho caso omiso de la aparición, considerándola el producto de su cansancio mental, pero los vigilantes nocturnos no dejaban de revolotear bajo las estrellas, de un árbol a otro o deslizándose silenciosamente por las ramas secas para examinar algo en el suelo. De todos modos, en ningún momento lanzaron el canto de la lechuza, con lo cual era posible que se tratase de juegos mágicos de los traviesos niños elfos de los bosques, y Galaeron se limitó a seguir el ejemplo de la gente de su madre.

En el cielo, la luna brillaba argentada vertiendo sobre el bosque su luz lechosa, y los laúdes estelares desgranaban sus melodías alegres y despreocupadas, como era costumbre entre los elfos de los bosques. Takari arrancó a Galaeron del lado de su madre y también de Vala y Melegaunt, y abrió el baile. Aunque la melodía era más propia para un paso pluma, ella se hizo rodear por los brazos de Galaeron e inició unos brincos retozones.

—No te excedas —le dijo Galaeron, procurando no perder el paso mientras se deslizaban por la nieve brillante bajo la luna—, todavía pareces débil.

—Estoy bastante bien —replicó Takari, frunciendo los labios con gesto enfurruñado—. La única herida que me preocupa es la del corazón, y ésa me la hiciste tú esta noche.

—Lo siento. —Galaeron era sincero, ya que había estado tan absorto con Elminster, Turlang y los demás que ni siquiera se había acordado de preguntar si Takari había llegado—. Tendría que haberme pasado por tu nidal de camino hacia aquí.

—¿Mi nidal? —Takari le restregó el talón por la pantorrilla—. ¡Estoy hablando de Vala, nariz de orco! ¿Qué pasa contigo? Preferir a esa humana como pareja… y no a mí.

—¿Vala? —Galaeron estuvo a punto de perder pie—. ¡No la he tomado por pareja!

—¿Ni siquiera una vez? —Takari lo miró con desconfianza.

Esta vez Galaeron sí que se cayó. Tropezó con un tronco semienterrado y los dos rodaron por la nieve. La caída desató un coro de risotadas, y los músicos todavía los pusieron en peor situación al pasar a una danza más lenta.

—Ni una vez —dijo Galaeron en un susurro, tirado en la nieve—. Aunque no es asunto tuyo a quién tomo o dejo de tomar.

—Pero podría serlo —replicó Takari con una risa picara. Dicho esto se puso en pie de un salto y le hizo una reverencia juguetona. Después tendió una mano hacia Vala—. Ven a ayudarme, humana. Éste es tan torpe que se necesitan dos para que no pierda el paso.

Antes de que Vala pudiera negarse, Morgwais la empujó para que se uniera a Galaeron y a Takari, y los tres se pusieron a dar vueltas por el círculo de luz cogidos de las manos. Vala podía seguir incluso el paso más rápido, pero tenía una forma pesada y llamativa de bailar para el estilo elfo. De todos modos, las payasadas de los tres inspiraron a los demás elfos, que no tardaron en formar tríos y empezar a dar vueltas con paso marcial y alzando las rodillas como centauros en un desfile. Hasta la propia lady Morgwais se unió al jolgorio, pasando un brazo por la cintura de Elminster y el otro por la de Melegaunt, tarea nada fácil teniendo en cuenta lo voluminosos que eran los dos.

En un momento dado, Aris dejó caer una piedra de casi dos metros junto a la Silla de Honor y se puso a trabajar, martillando al son de la música. La piedra no tardó en tomar la forma aproximada de tres cuerpos danzantes, y los bailarines empezaron a pasar a su lado para comprobar sus progresos. Las figuras parecían brotar por medios mágicos, como si el gigante no les diera forma sino que la buscara dentro de la piedra, y pronto se dieron cuenta todos de que el gigante dejaría a sus anfitriones un tesoro digno de los mayores maestros de Rheitheillaethor.

A mitad de la noche, a los humanos empezaron a cerrársele los ojos, y a Galaeron también. Poco dispuesto a admitir públicamente que ahora tenía necesidad de dormir, se excusó con el pretexto de llevar a sus compañeros a un lugar donde pudieran descansar. Takari se apresuró a ofrecer su nidal, y se durmieron al son del cincel de Aris y de los laúdes de los elfos.

Galaeron se despertó en medio de la oscuridad y del silencio. No se oía el menor ronquido de Melegaunt ni la voz de Vala murmurando en sueños el nombre de su hijo. Tampoco sonaban los laúdes a lo lejos, ni el cincel de Aris. Sólo el rumor de la brisa entre las paredes y los crujientes árboles y, más a lo lejos, el Sangre del Corazón corriendo entre las piedras. Sintió una mano sobre su hombro y una leve sacudida. Abrió los ojos y se encontró con que una delgada película de mucosidad le impedía ver.

Se los frotó. Ésa era una de las cosas que peor llevaba del sueño, ese medio segundo en que le parecía que se había quedado ciego cada vez que se despertaba.

Cuando se le aclaró la vista, encontró a Takari de rodillas a su lado. Una sonrisa divertida le bailaba en los labios. No había nadie más en el nidal.

—Los demás están fuera —explicó siguiendo su mirada—. Necesitaban tiempo para bajar sin hacer ruido, y yo quería mirar cómo dormías.

Galaeron hizo una mueca. Había visto babear a los humanos mientras dormían suficientes veces como para saber el aspecto que tenía el sueño.

—No es un espectáculo agradable.

—Horrible —coincidió Takari frunciendo la nariz—. ¿Por qué lo haces?

Galaeron también se lo preguntaba.

—Creo que es una mala costumbre que copié de Melegaunt. —Se incorporó, se encogió de hombros y se sorprendió pasándose las manos por la cara como hacían a veces los humanos. Apartó las manos—. ¿Qué sucede?

—Están llegando unos acechadores.

—Pero las llamadas de lechuza… —Galaeron ya estaba de pie y totalmente despierto.

—Los vigilantes nocturnos todavía no saben. —Aunque Takari llevaba su capote de Guardián de Tumbas, no hizo el menor intento de levantarse mientras él se calzaba su cota de malla—. Tu amigo de ojos de rana me advirtió.

—¿Amigo de ojos de rana?

—Creo que su nombre es Malik —dijo Takari—. ¿Por qué no lo trajiste a la celebración?

—No sabía que todavía estuviera con nosotros —confesó Galaeron, tratando de encontrar algún sentido a lo que estaba oyendo—. ¿Mencionó él a los phaerimm?

—Dijo que había uno. Melegaunt pensó que era mejor partir sigilosamente y atraerlos hacia el Bosque Espectral.

Galaeron asintió, después se echó el capote por encima de los hombros y buscó el cinto con su espada. Después de haber visto lo que las criaturas habían hecho en Mil Caras, a Galaeron no lo seducía la perspectiva de que hubiera una batalla en Rheitheillaethor, ni siquiera contando con la ayuda del gran Elminster.

—Melegaunt dijo que puede ir sin ti —dijo Takari cogiéndolo de la mano—. Que el descanso te vendría bien.

—Eso no me parece propio de Melegaunt. ¿Estás segura?

—Mírate —dijo Takari sin responder—. Te estás convirtiendo en humano, durmiéndote en mitad de la noche y manteniendo una lucha interior. Lady Morgwais no está del todo desencaminada, lo sabes. Es posible que te estés enamorando de Vala.

—Es difícil —Galaeron habló con un tono más áspero de lo que hubiera deseado. Retiró la mano de ella de su cinto y se encaminó a la puerta—, pero necesito ver esto con ojos humanos. Yo soy el que abrió la Muralla de los Sharn.

—Estabas cumpliendo con tu deber.

Galaeron se deslizó por la puerta sin responder y Takari lo siguió hasta la rama.

—Y no eras el único que estaba allí.

Bajo la lechosa luz de la luna, Galaeron pudo ver el borde de su armadura de cuero asomando por el cuello de su capote.

—Todavía no estás del todo recuperada, y si Melegaunt no me necesita a mí, no te necesita a ti.

—Por supuesto que sí —Takari saltó de la rama y cogió una cuerda que la depositó en el suelo nevado—, a menos que creas que puedes encontrar el Bosque Espectral.

Por la forma en que lo dijo, Galaeron supo que no podría. Como elfo que era, se sentía bastante cómodo en la mayoría de los bosques, pero también sabía lo enloquecedor que puede ser navegar por una interminable masa de árboles, especialmente si el objetivo que uno persigue está oculto mediante magia de protección. Sin buscar más argumentos en contra, cogió la cuerda y se lanzó en pos de Takari.

Tocaron el suelo no muy lejos del círculo de luz, donde Melegaunt, Vala y Malik estaban esperando al lado de Aris y de su escultura. El trabajo representaba a Galaeron bailando con Vala y con Takari, y era la obra maestra que había esperado, aunque un tanto comprometedora. El cuerpo de Vala estaba muy próximo al suyo, con la vaina de la espada y las piernas casi horizontales mientras se balanceaba sobre la cadera del elfo. Tenía el mentón levemente alzado, como si estuvieran a punto de besarse, y la sonrisa que bailaba en sus labios era cautivadora y tierna. Del otro lado, Galaeron rodeaba a Takari con el brazo. Sus cuerpos no llegaban a tocarse, pero la cabeza de ella estaba echada hacia atrás en un gesto de apasionado abandono. Aunque tenía la boca abierta en una carcajada, había en su expresión una melancolía que Galaeron sólo había visto una vez en el rostro de una elfa de los bosques, cuando su madre había convocado a la familia para comunicarles cómo le dolía el corazón por tener que volver a Rheitheillaethor.

La sonrisa del propio Galaeron parecía perdida y solitaria, y su mirada estaba fija a cierta distancia. Aunque físicamente apresado entre las dos mujeres, su ánimo estaba muy lejos, como lo demostraban su expresión cavilosa y sus ojos entrecerrados. La expresión hacía que pareciese hosco y como enzarzado en una lucha interior, pero era imposible decir si Aris realmente había captado estos sentimientos o si era el propio Galaeron quien los atribuía a la escultura.

Takari anduvo en círculos alrededor de la estatua durante largo rato, después se detuvo por fin junto a Vala y le cogió la mano. Vala alzó una ceja y miró sus dedos entrelazados, pero no trató de liberarse.

—¡Es asombroso! —balbució Takari. Se volvió hacia Aris y, al ver que sus ojos estaban a la altura de la rodilla del gigante, inclinó la cabeza hacia atrás—. ¡Es la piedra más hermosa que haya visto jamás!

Esto hizo aparecer un esbozo de sonrisa en los labios de Aris.

—La belleza estaba en la danza. —Aunque lo dijo en voz baja, su voz profunda se propagó entre los árboles como un trueno—. Se trata sólo de capturar lo que se ve.

Melegaunt se llevó el dedo a los labios.

—Silencio —susurró—, o los capturados seremos nosotros. —Se volvió hacia Takari—. ¿Se ha marchado Elminster?

—No tengáis miedo de él —dijo Malik—. Elminster tardará en despertarse.

—¿Qué? —La voz de Melegaunt reflejaba alarma—. ¿No habrás hecho nada…?

—¿Yo? ¿Un asesino yo? —exclamó mofándose—. ¡Ni siquiera soy capaz de decir una mentira decente! Sólo digo que está durmiendo en la cabaña de troncos.

—¿Dormido? —Melegaunt frunció el entrecejo—. ¿Estás seguro de que era Elminster?

—Por supuesto que estoy seguro —dijo Malik—. Lo vi con mis propios ojos, bien arrebujado bajo sus pieles con dos mujeres.

—Ésos son los efectos que tiene la hierba de fuego sobre los humanos —dijo Takari con una risita divertida.

A Galaeron aquello no le divertía precisamente.

—¿No serán mujeres elfas? —Sentía crecer en su interior una ira helada—. ¿Qué mujeres?

Takari frunció el entrecejo al advertir los celos en su voz.

—Tu madre no. Vi a lady Morgwais dirigirse sola a su nidal.

—Eso no significa nada. —Las palabras se deslizaron de su boca antes incluso de que se diera cuenta de que estaba hablando—. Puede que después haya vuelto sigilosamente.

La expresión de Takari pasó de la desaprobación a la sorpresa, pero el que habló esta vez fue Melegaunt.

—Cuidado con esa sombra, amigo mío. —Después hizo un gesto a Takari—. Tal vez deberíamos irnos si queremos dar una pista falsa a los acechadores.

—De acuerdo. —Takari seguía mirando a Galaeron—. Creo que Galaeron ya ha satisfecho su cuota de Rheitheillaethor.

Los guió en dirección contraria al río. Pasaron lo bastante cerca del refugio como para que Galaeron pudiera oír los húmedos ronquidos humanos. Hizo intención de mirar dentro, pero sintió una mano en su hombro.

—Te estás haciendo daño —dijo Melegaunt—. La sospecha alimenta la ira.

—Si lady Morgwais no está ahí, será el fin de mis sospechas.

—No lo será. —Melegaunt soltó el hombro de Galaeron, dejándolo en libertad para que hiciera lo que quisiera—. Dudarás de lo que hayas visto, o pensarás que aunque no estuviera allí en el momento en que miraste podría haber estado la noche anterior. La duda es la modalidad de la sombra, y es una modalidad muy poderosa. Sólo la confianza puede vencerla.

Melegaunt se unió a los demás, dejando que Galaeron decidiese por sí mismo.

—Ve y mira —dijo Malik que venía detrás de Galaeron—. Por experiencia propia, toda la vigilancia que se tenga con una mujer, es poca. Son todas unas furcias traicioneras dispuestas a engañar a sus maridos a la menor oportunidad.

—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó Galaeron.

—Ya te lo dije, por mi propia experiencia —dijo Malik—. A mi propia esposa la dejaba bien cerrada en mi casa de Calimshan, pero me traicionó cuando se le presentó la ocasión.

—¿De veras? —Sacudiendo la cabeza con perplejidad por lo extraño de la conducta humana, Galaeron siguió a los demás—. Entonces aprenderé de ti esa lección.

Malik pareció intrigado, pero acomodó su paso al del elfo.

—Supongo que hay cosas que un hombre prefiere ignorar sobre su madre.

—Por fortuna, soy elfo. —Aunque a Galaeron le sentó muy mal aquella expresión ofensiva sobre su madre, se mordió la lengua por temor a dar a su sombra un nuevo asidero—. Las decisiones de mi madre le pertenecen a ella. Ella y mi padre no han compartido casa en treinta años.

—Lo siento —dijo Malik con expresión comprensiva—. Debe de ser muy duro para tu padre ver su nombre mancillado de una forma tan baja.

—¿Mancillado? —Galaeron sintió que su enfado subía de punto y se dio cuenta de que la ira que sentía no era suya. Ningún elfo consideraría deshonroso que una mujer siguiera los dictados de su corazón—. Las cosas no son iguales entre los elfos. Su decisión no tuvo nada de deshonroso.

—¿En serio? No sabía que los elfos fueran tan liberales con sus mujeres. —Malik miró hacia el interior del bosque, musitando algo así como que los tontos no tienen honor.

Dejaron atrás los límites de la aldea, donde los vigilantes nocturnos observaban desde sus atalayas de los árboles. Takari no dio explicación alguna sobre su marcha furtiva. Los habitantes de Rheitheillaethor eran libres de ir y venir a su antojo siempre y cuando no hicieran nada que pudiera considerarse una traición para su pueblo. Ni ella ni Galaeron respondieron a los gestos de despedida con que los saludaban a su paso. Habiendo humanos presentes, era inconcebible revelar la posición de los centinelas.

—¿Tú no tenías un caballo, Malik? —preguntó Galaeron cuando ya se habían alejado cien pasos de la aldea.

—Su nombre es Kelda.

Malik abrió la mano para mostrar unas riendas y, de repente, la yegua apareció detrás de él, dejando rastros de baba sobre el hombro de su amo. Galaeron miró hacia atrás y quedó sorprendido al ver sobre la nieve plateada una larga línea de huellas de cascos.

—Empiezo a darme cuenta de cómo te colaste en Rheitheillaethor —dijo Galaeron—. Realmente impresionante.

—Es un don del Único —replicó Malik, encogiéndose de hombros.

—¿El Único?

Malik hizo como que no había oído la pregunta, lo cual hizo que la curiosidad de Galaeron rozara la sospecha. Empezó a imaginar que el hombrecillo era agente de algún poderoso archimago o de un tirano inclemente, o incluso de los propios phaerimm, pero eso era ridículo. Malik a duras penas parecía capaz de cuidar de sí mismo y de su caballo, y mucho menos de los intereses de un poderoso y nefasto amo. Esas sospechas sólo podían ser obra de su sombra.

Continuaron en silencio durante un trecho.

—Gracias por volver a advertirnos sobre los acechadores —dijo Galaeron por fin—. Si podemos librar a Rheitheillaethor de su acción depredadora, tendrás para siempre la gratitud de todos los elfos del Alto Bosque.

—No le des importancia —dijo Malik—. No representó ningún problema. El hecho de no ver a un hombre no significa que no esté.

Galaeron estuvo pensando un rato sobre lo que había dicho.

—¿Estuviste todo el tiempo entre nosotros?

—Un poco por atrás —dijo Malik—. Los árboles parlantes siempre han puesto nerviosa a Kelda.

Galaeron lo miró con extrañeza.

—Si estuviste con nosotros, ¿cómo puedes saber que los acechadores han escapado a la vigilancia de Turlang?

—No sé si lo han hecho —respondió Malik—, sólo sé que pronto estarán aquí.

—¿Y cómo lo sabes? —El tono de Galaeron era de irritación.

—Porque los seguidores de Turlang no despistaron a todos nuestros perseguidores —explicó Malik—. Uno de los acechadores era muy hermoso y taimado. Se quedó rezagado y entró en el bosque algo más al norte que los demás, y encontró…, bueno… —parecía estar luchando con las palabras, hasta que por fin dijo—. ¡Aquella cosa era un verdadero genio! No lo vi hasta que lo tuve encima, mirándome con aquellos ojos extraordinarios.

Galaeron tuvo un funesto presentimiento.

—¿Cómo conseguiste escapar?

—Yo… es que… Kelda resulta muy… —Malik procuraba recordar, pero finalmente se dio por vencido y con un encogimiento de hombros dijo—: ¿Qué importancia tiene? Lo importante es que me encuentro aquí para advertiros.

La náusea que empezaba a sentir Galaeron se transformó en miedo y sintió que las manos se le cerraban transformándose en puños.

—¿Y qué sucedió con el acechador? ¿El de los ojos maravillosos?

—Se fue con los demás, creo. Habría sido peligroso para él seguirnos solo.

El rechinar de sus dientes llenó los oídos de Galaeron.

—¿Y cómo marcaste nuestra huella?

—¿Qué? —La mano de Malik se escondió bajo su capote, sin duda buscando una daga escondida—. ¿Me acusas de traición?

—Claro que no. —Seguro de que el enfado que sentía era tanto suyo como de su sombra, Galaeron se obligó a pensar en cómo había engañado el acechador a Aris en Mil Caras. Aun cuando Malik hubiese marcado su rastro, no se lo podía culpar de sus acciones—. Pero ¿por qué crees que te dejó ir el acechador?

—Ya veo lo que estás pensando. —Malik introdujo una mano en su turbante para rascarse la cabeza—. No soy tan tonto. Los acechadores son indudablemente criaturas taimadas y hermosas, pero yo soy un hombre de gran fuerza de voluntad y de mente más fuerte aún. Jamás podrían engañarme.

—Ya, jamás.

Mientras hablaba, hizo un gesto con la mano sobre la cara de Malik, y poniendo cuidado en no utilizar la magia fría de Melegaunt, inició el encantamiento de un conjuro para anular la magia.

—¡Hechicero asesino! —La mano de Malik bajó del turbante hacia su capote y sacó una daga curva—. ¡Sujeta tu lengua!

Galaeron acabó el encantamiento justo a tiempo de saltar hacia atrás evitando ser abierto en canal. Sintió que se desataba en su interior un torrente de miedo y agitación, y con él llegó su sombra desde lo más profundo y oscuro de su ser. Vio cómo su pie salía disparado y golpeaba a Malik en la parte posterior de la rodilla, haciéndolo caer de espaldas. Galaeron se lanzó de inmediato sobre él y se encontró con el morro y la mirada furiosa de Kelda mientras con un pie sujetaba la mano que sostenía la daga contra el suelo.

—¡Detén tu mano, te lo ruego! —Malik levantó el brazo que le quedaba libre para protegerse la cabeza—. ¡Lo juro por mi vida, jamás tuve intención de traicionaros a ti y a tus amigos!

Vala corrió a sujetar el brazo de Galaeron.

—En nombre del Guantelete Rojo, ¿qué estás haciendo?

Galaeron empujó hacia un lado el morro de Kelda y retiró el pie que sujetaba la muñeca de Malik.

—Uno de los acechadores lo engatusó. Tuve que usar mi magia.

—Entonces, ¿para qué necesitabas eso? —preguntó Vala mirando el brazo que sujetaba.

Galaeron miró hacia abajo y quedó atónito al ver que su mano sujetaba una espada a medio desenvainar.

—¡Por el arpa lunar! —juró. Estaba tan sorprendido que no podía hacer otra cosa que mirar el arma. No recordaba haber echado mano de ella, y no tenía la menor idea de lo que pretendía hacer con el arma. Dejó que la espada se introdujera otra vez en la vaina y empezó a manipular el cinto al que iba sujeta. Le temblaban las manos de tal forma que no conseguía soltar la hebilla—. ¡Podría haberlo matado!

—Sí, y te habrías perdido. —Melegaunt se deslizó junto a Vala y se detuvo frente a Galaeron—. ¿No te advertí sobre el uso de la magia?

—No usé la magia fría, sólo la que me es propia.

—Ninguna magia te pertenece —dijo Melegaunt. A pesar del tono severo de sus palabras, su voz era tranquila—. Todo el poder mágico es prestado, y el poder que uno no se ha ganado siempre abre las puertas de la ruina.

Por fin dejaron de temblarle las manos el tiempo suficiente como para poder soltarse el cinturón.

—Déjalo donde está —dijo Melegaunt—. Mejor recurrir a la espada que a un conjuro.

—Para ti es fácil decirlo. —Malik se incorporó—. No fue a ti a quien atacó.

—Al menos su espada está todavía envainada —indicó Vala, dirigiendo una mirada significativa a la daga de Malik—. Me atrevería a decir que ninguno de los dos estaba en sus cabales.

Malik pareció tan sorprendido como Galaeron al ver un arma en su mano.

—Un hombre tiene que protegerse —exclamó con un encogimiento de hombros.

Llegaron Takari y Aris. Éste se puso de rodillas junto a Vala, y a pesar de todo superaba en altura a todo el grupo. Takari se detuvo junto a Vala y arqueó una ceja al ver el caballo de Malik. Antes de ponerse de pie, Malik cogió un pliegue de su túnica y limpió con él la hoja de su daga. Cuando la hubo limpiado, Galaeron observó una mancha resinosa sobre la misma.

—Malik, ¿has marcado nuestra huella con una señal?

—¿Una señal? —preguntó Malik—. ¿Qué quieres decir?

Abrió su túnica para guardar la daga, pero Takari se la arrebató de la mano. Pasó el dedo sobre la resina pegajosa varias veces y a continuación se lo acercó a la nariz.

—Esta hoja tiene savia. —Por la forma en que miró a Malik, parecía dispuesta a clavársela en el pecho—. Has estado marcando la corteza de los árboles.

Los ojos de Malik parecían huevos de pájaro.

—Por el Sol Negro… ¡Los acechadores! ¡He dejado nuestro rastro para ellos!

—¿El Sol Negro? —Vala también parecía dispuesta a matar a Malik antes de que pudiera hacerlo Takari—. ¿Eres adorador de Cyric?

Malik se estremeció, después cerró los ojos y asintió.

—Os lo ruego: ¡No me hagáis ningún daño! No fue culpa mía si os traicioné.

—Nadie te hará daño —dijo Aris poniendo de pie al hombrecillo—. Yo mismo he sido engañado por la magia de los acechadores.

Malik se atrevió a mirar hacia arriba.

—¿Vas a protegerme?

—No es culpa tuya —dijo Aris—. Su magia es poderosa.

—Pero lo que sí es cierto es que cortó los árboles de Turlang…, y fuimos nosotros los que lo introdujimos en el bosque —dijo Vala. Se volvió para mirar a Galaeron—. ¿Qué significará eso para tu madre?

Fue Takari quien respondió.

—Turlang no volverá a confiar jamás en la palabra de lady Morgwais, pero si la aldea cuida de los árboles heridos y no los deja morir, creo que dejará que nos quedemos.

—¿Dejar que os quedéis? —Galaeron respiró profundamente para tranquilizarse y después se dirigió a Malik—. ¿Cuándo fue la última vez que viste al acechador?

Malik se quedó un momento pensando y después se estremeció.

—Después de que terminara el baile. Estarán esperando… —Hizo una pausa y miró hacia adelante, buscando en el bosque una señal familiar, después señaló hacia un lugar indeterminado—. Donde el camino gira hacia la aldea. Yo, vaya…, allí también dejé una señal.

Takari miró a Galaeron con expresión inquisitiva, pero él sólo respondió con un leve movimiento de cabeza y desvió la vista. Los dos sabían perfectamente lo que quería decir Malik, pero Galaeron no quería revelar a los humanos el rastro laberíntico, sobre todo cuando ya habían hecho tanto para poner en peligro a Rheitheillaethor.

—Ahora no podemos hacer nada con las señales —dijo—, y cada minuto de duda hace más probable que traten de encontrar la propia aldea. Tenemos que dejar otro rastro e intentar atraerlos hacia nosotros.

Takari apuntó a Malik con un dedo acusador.

—¿Y qué hacemos con éste? Eres responsable de él porque Morgwais le dijo a Turlang que también respondía por él.

Vala apoyó una mano en la empuñadura de su espadaoscura.

—Se me ocurre una solución.

—Eso no sería justo —manifestó Aris con voz sorda—. No sé nada sobre ese Sol Negro al que adora, pero para mí ha sido un verdadero amigo.

—Entonces supongo que no tenemos más remedio que llevarlo con nosotros —dijo Melegaunt—. Es indudable que no podemos dejarlo suelto en el bosque de Turlang.

—¿No? —La sonrisa que se dibujó en la cara de Malik le pareció a Galaeron sospechosamente franca—. ¡Que el Único derrame mil bendiciones sobre todos vosotros!

—Yo, en tu lugar, preferiría quedarme sola —dijo Vala con voz ronca—. En el mejor de los casos, Aris sólo te debe una vida.

Galaeron se puso al final de la fila, detrás de Vala, y sugirió a Melegaunt que él y Aris siguieran a Takari dejando entre ellos una docena de pasos. Mientras describían un ángulo hacia el norte, Galaeron miró atrás y vio el rastro que Malik había señalado. Dentro de algunas horas, alguien de la aldea descubriría la atrocidad y taparía las heridas con ungüentos especiales para ayudar a que la corteza cicatrizara, pero el daño estaba hecho, porque mientras los árboles siguieran en pie, la larga línea de señales marcaría el camino hacia el Sangre del Corazón, donde Rheitheillaethor permanecía oculta tras un meandro del río. No fue ésta la primera vez que se preguntó qué precio tendría que pagar por la salvación de Evereska.

Unos minutos después se internaron en una región de vegetación espinosa e impenetrable y ocultos precipicios, donde el único camino practicable era el centro de un sendero nevado. Un conjunto asombroso de encrucijadas y ramificaciones se abría desde el camino principal, formando una sinuosa red que bordeaba los abismos y se abría paso por túneles abiertos en medio de las zarzas, pero los humanos eran incapaces de encontrar esas rutas alternativas. La magia del laberinto funcionaba a la inversa que la intuición. En vez de presentar al intruso un conjunto desconcertante de opciones, el rastro laberíntico sólo permitía ver el sendero que estaba siguiendo en ese momento determinado. Todos estos rastros se entrecruzaban y formaban una madeja de enredos interminables que trasladaban al huésped indeseable de un círculo a otro sin que éste se diera cuenta. Aunque Rheitheillaethor no se enfrentaba a muchos invasores, los que pretendían asaltar la aldea generalmente eran hallados en el laberinto, o bien muertos de hambre o bien atrapados en el fondo de un pozo recóndito.

Por fin salieron del rastro laberíntico sin que los humanos hubieran aprendido nada nuevo. La luz azogada de un amanecer invernal iluminaba el cielo por detrás de los árboles, al este, llenando el bosque de sombras tan sutiles que eran casi imperceptibles. Recorrieron poco menos de dos kilómetros antes de que Galaeron llamara a Takari imitando el canto de un cardenal. Ella respondió con el de un carbonero, y Galaeron supo que había localizado a sus enemigos. Estudió el bosque hacia el sur y lo único que vio fue un entrecruzamiento interminable de ramas cargadas de nieve. En el Confín del Desierto podría haber competido con la aguda mirada de Takari, pero aquí, en su medio natural, no tenía más remedio que dejarlo todo en manos de la exploradora. Así se lo comunicó repitiendo dos veces la llamada del cardenal, y ella siguió indicando el camino.

Viajaron en fila india, pisando sólo sobre las pisadas de Takari para evitar poner el pie sobre una rama medio oculta o sobre un montoncito de leña menuda. Las pisadas de Aris eran tan silenciosas como las del propio Galaeron, pero Malik y su montura eran, con mucho, los más silenciosos, ya que Kelda apoyaba sus cascos más a la manera de un unicornio que a la de un caballo. Galaeron estaba seguro de que Malik era algo más que un simple adorador de Cyric, pero no quería dar cobijo a sus sospechas, no fuese a propiciar un ataque poco oportuno de su yo sombra.

Las sombras de la mañana empezaban a hacerse más oscuras cuando Takari aceleró el paso, conduciéndolos con tanta rapidez que era poco menos que imposible no hacer ruido. Melegaunt hizo que a todos les corriera un escalofrío por la columna vertebral cuando pisó una rama cuyo crujido se propagó por todas partes. Vala resbaló en una cuesta y cayó de rodillas con un sonido sordo y un juramento sofocado. En el cruce de un ancho riachuelo, Aris rompió el hielo y un chapoteo se coló entre los árboles. Galaeron no necesitaba mirar para saber que sus enemigos les venían pisando los talones. Takari había apurado el paso para atraer su atención, y ahora ya se estaban acercando al Bosque Espectral.

Por fin el sol se manifestó plenamente como un disco anaranjado suspendido muy cerca de los árboles, derramando su luz en el interior del bosque y proyectando sobre la nieve sombras de troncos tan largas como algunos caminos. Takari empezó a variar el paso, aminorando la marcha por momentos y recorriendo un curso errático, y lanzándose luego hacia adelante en una repentina y firme arremetida. Galaeron supo sin mirar que sus enemigos se aprestaban a atacar, tratando de deslizarse inadvertidos por los flancos para cortarles el camino. Takari estaba usando la misma táctica que una banda de Darkhold Zhentarim había usado en una ocasión contra la patrulla de Galaeron, fingiendo fatiga y falta de disciplina en la esperanza de sorprender al grupo descansando. Galaeron trató de colaborar desempeñando su papel, engullendo para ello puñados de nieve e indicando a los demás en silencio que lo imitaran. Una o dos veces incluso se rezagó, tratando de convencer a los acechadores de que, con paciencia, podrían sorprender a un rezagado y hacer su trabajo mucho más fácil.

Por fin, el bosque empezó a ralear ante ellos. Los desnudos troncos de los arces y los copasombras fueron reemplazados por una extensión blanca y borrosa. Al principio, Galaeron pensó que habían llegado a una pradera o a un lago cubierto por la nieve, pero al acercarse, el pálido borrón se resolvió en una pared de robles albinos. Era sorprendente, pero todavía conservaban todo su follaje y eran totalmente blancos, desde la base de sus troncos de alabastro hasta las copas que los coronaban. Galaeron pudo ver incluso algunas bellotas marfileñas colgando de los blancos tallos.

Takari imitó el canto tenue del lugano y Galaeron comprendió que se encontraba ante el Bosque Espectral. Había supuesto que sería más oscuro, más amenazador, retorcido y reconociblemente maligno. Pero en realidad parecía salido de un mito elfo, hermoso, ilusorio y más antiguo de lo imaginable. Galaeron contestó con su canto del cardenal y Takari se detuvo. Con un solo movimiento colocó una flecha y se volvió para dispararla.

—Corred hacia los árboles blancos —dijo Galaeron empujando a Vala—. Allí Melegaunt podrá usar su magia.

La flecha de Takari pasó silbando por encima de la cabeza de Galaeron y fue a clavarse en algo blando. El elfo cogió el arco que llevaba a la espalda y se tiró al suelo saltando por encima de un tronco, para levantarse a continuación con su propia flecha preparada y apuntando en la misma dirección.

Un acechador apareció levitando y aullando a unos setenta pasos de distancia, sus tentáculos oculares lanzaban rayos de colores en todas direcciones y en su gran ojo central tenía clavada la flecha de Takari. Galaeron apuntó la suya al mismo blanco, pero entonces, a veinte pasos por delante de la criatura, atisbo un penacho dé nieve que se elevaba del suelo al correr algún enemigo invisible hacia el Bosque Espectral. En un instante, Galaeron corrigió su puntería y lanzó la flecha.

La saeta debió de haberse clavado en su blanco a la altura de las costillas, arrancándole un grito de sorpresa antes de rebotar e ir a hundirse en la nieve.

—¡Cuidado ahí! —gritó Galaeron—. ¡El phaerimm es invisible y tiene un escudo antiflechas!

A cambio de su valentía recibió un negro fogonazo de uno de los ojos del acechador, pero ya había corrido a buscar refugio detrás de una piedra nevada. El tronco en el que se había ocultado estalló en una masa de pulpa corrompida. El contemplador volvió a gritar al ser alcanzado por otra de las flechas de Takari. Galaeron colocó una nueva flecha en el arco y salió de su escondite, apuntando mientras corría. Un cono de luz dorada salió de uno de los tentáculos oculares del acechador y la piedra se hizo polvo. Galaeron erró la flecha que había arrojado al gran ojo de la criatura y vio cómo se perdía de vista.

Esta vez, el acechador no gritó. Simplemente cayó en la nieve con los tentáculos oculares caídos sobre el cuerpo como si fueran viñas marchitas. Galaeron y Takari clavaron sendas flechas en el cuerpo sin vida como medida de seguridad y buscaron corriendo nuevos escondites. Acto seguido levantaron la cabeza para evaluar la situación.

Malik y su caballo habían desaparecido, por supuesto, y Aris cargaba en la dirección que había señalado Galaeron, enarbolando un gran tronco caído en un noble, aunque no muy acertado, intento de aplastar al enemigo invisible por pura casualidad. Vala y Melegaunt corrían en la dirección equivocada, cargando a través de la nieve hacia Galaeron y Takari.

Por señas les indicó que volvieran atrás, pero por única respuesta los vio detenerse y hacer gestos en su dirección. Volvió a intentarlo, esta vez de forma apremiante. Cuando Melegaunt llegara al Bosque Espectral podría usar su magia de sombras, y si alguna posibilidad tenían de escapar de los phaerimm y de sus secuaces era la magia del archimago.

Vala no le hizo el menor caso, en lugar de eso señaló con su espadaoscura al acechador caído.

—Era sólo el explorador —gritó—. ¿Quieres dejar de hacer payasadas y enfocar hacia aquí tus puntiagudas orejas?

Al ver que no se proyectaba ningún rayo de ningún color para silenciar a la mujer, Galaeron se atrevió a mirar hacia atrás. Con gran alivio observó que el resto de los acechadores estaban todavía a un centenar de pasos y, aunque se acercaban rápidamente, no eran más que esferas del tamaño de un puño que avanzaban entre los árboles. Tras ellos levitaba la figura semejante a un tornado de un phaerimm, no mayor que el pulgar de Galaeron, pero igualmente aterradora a pesar de la distancia.

Un golpe seco resonó en el bosque al acertar Aris al enemigo invisible. Galaeron vio con sorpresa que el gigante de piedra no se convertía instantáneamente en un pilar llameante ni caía muerto con un agujero atroz en el pecho. En lugar de eso, gruñó de satisfacción y volvió a intentar el golpe, sacudiendo la nieve de los árboles que lo rodeaban al golpear el suelo con su improvisado garrote.

—¡Aris! —gritó Melegaunt—. ¡Deja eso de inmediato!

Una serie de fogonazos de colores cruzaron el aire por delante de Galaeron cuando los acechadores empezaron a probar el alcance de sus rayos oculares. Todavía no estaban lo bastante cerca como para atacar, pero no pasaría mucho tiempo antes de que sus rayos empezaran a dar en el blanco. Al ver que los insensatos humanos estaban decididos a no entrar en el Bosque Espectral a menos que lo hicieran todos juntos, llamó a Takari con un silbido y corrió hacia ellos. Aun corriendo a todo lo que les daban las piernas no tenían muchas posibilidades de llegar antes de que los rayos de los acechadores pudieran alcanzarlos, pero zigzagueando un poco tal vez consiguieran llegar vivos al bosque.

Cuando Galaeron y Takari se acercaron, Vala los cogió de las manos y los obligó a refugiarse detrás de un árbol. Los rayos de los acechadores empezaban a abrir grandes agujeros en los troncos de los enormes copasombras y derribaban arces enteros. A Turlang no iba a gustarle nada el daño que estaba sufriendo su bosque, pero mientras que Melegaunt no usase su magia dentro del bosque, el treant no podría responsabilizarlos ni a ellos ni a lady Morgwais.

A Aris lo alcanzó un rayo en plena carrera. El haz le habría volado el torso a un hombre normal, pero a Aris sólo le abrió un boquete del tamaño de un melón en el muslo. Dejó escapar un estruendoso grito y se desplomó, haciendo retumbar todo el bosque.

—¡Ya vale! —gritó Melegaunt, dirigiéndose a Vala.

Ésta cogió la mano de Galaeron y la unió a la de Takari. A continuación pasó su brazo por el de Galaeron y se agarró a Melegaunt con el otro. El archimago sujetó la mano de la mujer en el pliegue del codo y colocó la palma de la mano en el bíceps del gigante antes de empezar a pronunciar las palabras de un conjuro de sombra.

Galaeron se soltó del brazo de Vala.

—¿Qué estás haciendo? Si rompes la palabra dada a Turlang…

—¡Mira la sombra, elfo! —Vala volvió a asirse al brazo de Galaeron y señaló con el mentón la sombra del tronco bajo la cual se encontraban—. Está dirigiendo su magia al Bosque Espectral.

Galaeron miró en la dirección que ella señalaba y vio que la sombra del árbol superaba claramente el anillo de robles blancos. Aunque no estaba seguro de que Melegaunt estuviese tomando al pie de la letra la promesa que había hecho a Turlang, no era momento de discusiones. Media docena de acechadores aparecieron a uno y otro lado, sembrando el aire de haces relumbrantes de destrucción.

Los rayos pasaron de largo sin tocar a ninguno de los integrantes del grupo, y sólo entonces se dio cuenta Melegaunt de lo desdibujados y desenfocados que se veían los contempladores. Varios de ellos pasaron a tiro de piedra del grupo sin dar muestras de verlos.

—No perdáis contacto conmigo —advirtió Melegaunt—. En este momento sólo somos sombras para ellos…, ésa es toda la protección que tenemos.

—Entonces salgamos de aquí —dijo Takari—. El Bosque Espectral está a menos de cien pasos.

—Y es como si estuviera a cien kilómetros —dijo Aris—. Mirad al frente.

Una cortina de fuego negro hasta la altura del tobillo había surgido en el límite del bosque blanco. Aunque Galaeron suponía que las llamas serían invisibles para cualquiera que no estuviera en la Linde, no veía razón alguna para que un mago con el poder de Melegaunt no pudiese dispersarlas.

—No podemos ocultarnos en las sombras para siempre —dijo—. Disípalas y sigamos nuestro camino.

—Lo haría gustoso… de no ser porque es precisamente lo que Elminster espera —respondió Melegaunt.

—¿Elminster? —inquirió Aris—. Pero si estaba durmiendo.

—Los Elegidos de Mystra no duermen —lo interrumpió Melegaunt. Hizo un gesto amplio hacia los pies del gigante y realizó con los dedos los movimientos de un conjuro de detección—. Y lo que es seguro es que no roncan.

Una figura fantasmal con un sombrero de fieltro apareció veinte pasos más allá de los pies de Aris. Se arrastraba lentamente hacia el Bosque Espectral, espiando por encima del hombro al grupo central de acechadores y al levitante phaerimm, así como a los exploradores del contemplador, que no hacían más que atravesar una y otra vez la sombra en la que Galaeron y sus amigos estaban ocultos gracias al conjuro de Melegaunt.

Una chispa de comprensión brilló en los ojos de Elminster y empezó a acercarse al lugar donde estaban escondidos. Melegaunt terminó su conjuro apuntando con un dedo al archimago. Casi de inmediato, los acechadores dirigieron sus tentáculos oculares hacia Elminster y empezaron a lanzar sobre él rayos negros y dorados. Todos los ataques, sin excepción, se deshicieron en destellos inofensivos contra los escudos mágicos del archimago, pero el chaparrón bastó para que el anciano desistiera de su empeño. Melegaunt aprovechó ese momento para lanzar otro conjuro. Esta vez, el haz dorado no se detuvo a un palmo de él como había sucedido con los anteriores, sino que le dio de lleno y lo hizo rodar por la superficie nevada.

—¿Qué estás haciendo? —Galaeron estuvo a punto de soltar la mano de Takari para sujetar el brazo de Melegaunt—. Lo vas a matar.

—Lo veo difícil.

Cuando por fin consiguió detener el ataque, Elminster miró con furia a Melegaunt. Levantó un dedo acusador… y el phaerimm apareció flotando, agitando los cuatro brazos hacia donde estaba el anciano mago.

Elminster desapareció en una nube de encendidas llamas y Melegaunt pronunció de inmediato lo opuesto a un conjuro de teleportación.

Un instante después, la figura de Elminster apareció a unos cincuenta metros en dirección este, envuelto en fuego y agitando un largo dedo llameante. Aunque el gesto pretendía apuntar a Melegaunt, tenía una desviación de unos diez grados hacia la izquierda, lo que Galaeron interpretó como una muestra palpable de que el mago más grande de todo Faerun no podía penetrar ni el más simple de los conjuros de sombra de Melegaunt.

El phaerimm se lanzó como un rayo hacia donde estaba Elminster diciendo algo en tono airado en su sibilante lenguaje que atrajo a los acechadores. Elminster optó por huir, cubriendo su retirada con una cortina de brillantes colores. El phaerimm y los acechadores hicieron una pausa para hacer desaparecer la cortina y a continuación se lanzaron en persecución del mago.

—Ahora estamos preparados para el Bosque Espectral —dijo Melegaunt con una sonrisa.