Capítulo 2
20 de Nightal, Año del Arpa sin Cuerdas
En el mes de Nightal, el viento del desierto arreciaba, soplando desde el Anauroch, tan gélido y cargado de arena que se clavaba en la piel como agujas. Por las noches no había elfo que se atreviera a enfrentarse a sus ráfagas heladas sin echarse el capote encima de la armadura, pero la piel ardiente de Galaeron no soportaba el peso extra de su capote de lana de thkaerth. Sus manos, todavía insensibles y blancas por el contacto con la espada negra, ya no le dolían, aunque sí lo atormentaban, pero ni siquiera eso le parecía castigo suficiente. Takari se había desplomado sobre un enorme caballo de los humanos, tan débil y sumida en tales delirios que Ehamond, acribillado de heridas, tuvo que montar en el mismo caballo. Nimieye y Dynod resultaron indemnes porque habían tenido que permanecer fuera de la cripta cuidando a los prisioneros, pero tendrían que abrir la marcha como exploradores, a riesgo de ser presa de algún dragón o grifo atraídos por el olor de tanta sangre. Los demás habían muerto. De los diecisiete elfos cuyas vidas habían sido confiadas a las órdenes de Galaeron, había perdido a trece. Por tamaño fracaso merecía más castigo que una simple escaldadura, mucho más.
Galaeron manipuló la última atadura sobre el pie de Vala y ajustó el lazo para luego envolver el extremo en torno a su bota y al estribo. Cuando pronunció una palabra mística, la cuerda se enrolló alrededor de su tobillo, sujetándola a la silla. No se dio cuenta de lo fuertes que había hecho las ataduras hasta que la cuerda mágica, inducida por su rabioso tirón, se ciñó tan estrechamente que el cuero de la bota se abombó entre las vueltas.
—La cuerda se tensará si tiras. —Galaeron por lo general prefería que los cautivos descubrieran esto por sí mismos, pero tenía miedo de que la cuerda de los elfos quebrara el tobillo de Vala en caso de tensarse más—. Sólo puede quitarla el que la colocó.
—Si eso es cierto entonces supongo que no debo tratar de escapar. —Aunque la atadura debía dolerle, los ojos claros de Vala no delataban el menor dolor, sólo reflejaban una ira desapasionada.
El tono de su voz indicaba claramente que no tenía intención de escapar, al menos hasta que Galaeron pagara por las muertes de sus hombres. Aunque era una venganza que nunca podría tomarse, al menos se consolaba pensando en el precio que él tendría que pagar ante sus propios superiores. Desde la época de Kiinyon Colbathin, jamás una patrulla de los Guardianes de Tumbas había experimentado semejantes pérdidas, y mucho menos en el Confín Sur del Desierto, la zona más tranquila de cuantas patrullaba el cuerpo de los Guardianes de Tumbas.
Galaeron hizo intención de alejarse, pero luego se lo pensó mejor.
—Sentimos mucho la muerte de tus hombres —dijo sin volverse—. Quiero que sepas que los habríamos salvado de haber podido.
—Pero no fue así, elfo. —La voz de Vala sonaba implacable—. Como te dije entonces, no teníais la menor idea de a qué os enfrentabais.
Galaeron se mordió los labios para reprimir una respuesta destemplada.
—Entonces, ¿por qué no me lo dices ahora?
—No es mi cometido —respondió la mujer, mirando hacia otro lado.
—Muy bien —dijo Galaeron—. Entonces, ¿por qué no me hablas de ti? ¿Dónde está la Torre de Granito?
Asomó a sus ojos un relámpago. ¿De ira o de alarma? Imposible saberlo.
—Eso no es de tu incumbencia, elfo. No somos precisamente amigos.
—No, supongo que no.
Galaeron se dio media vuelta y se alejó. El lugar de origen de la mujer y de sus tres centinelas no tenía demasiada importancia. Lo más probable era que no tardaran en reunirse con sus compañeros caídos. Los Ancianos de la Colina no solían tomar decisiones precipitadas, pero cuando un Guardián de Tumbas traía cautivos ante el consejo, la sentencia era bastante clara. La pena por profanar una tumba era tan invariable como dura.
Galaeron oyó a Melegaunt Tanthul antes incluso de verlo. La profunda voz del humano provenía de la zona en sombras de la cripta bañada por la luna, pronunciando entre dientes las sílabas arcanas de un extraño hechizo. El encantamiento no se parecía a nada que Galaeron hubiera oído jamás, ni siquiera entre los drows profanadores de tumbas que ocasionalmente realizaban sus macabras actividades en las aisladas criptas del Confín del Desierto. Las palabras eran sonoras y ásperas, con una gran carga de poder y de peligro, pero también intrincadas y enigmáticas, llenas de sabiduría y de engaño. Aunque era el tercer encantamiento de cautela que el mago había lanzado desde que habían abandonado el lugar del combate, Galaeron, que por lo general tenía un sexto sentido para todo lo relacionado con la magia, todavía no comprendía el arte de este mago.
Después de rodear la esquina, Galaeron encontró a Melegaunt transformando las sombras en un infranqueable laberinto de luz de luna y oscuridad que las mezclaba en espirales sin fin y las plegaba en corredores intrincados que formaban cien esquinas y volvían al punto de partida. Casi era imposible incluso encontrar al propio mago, ya que sus negros ropajes y su complexión oscura se fundían con la noche de la misma manera que los lobos negros se camuflaban en el bosque.
Aunque Galaeron creía haberse aproximado sin hacer el menor ruido, Melegaunt miró hacia donde estaba y le hizo una inclinación de cabeza. Acabó el laberinto poniendo su única entrada en un agujero de tenebrosa oscuridad y luego se fundió en las sombras debajo de sus pies.
Galaeron se quedó de pie a la entrada del laberinto sintiéndose confundido y engañado. Antes de que su indiferencia por el tedioso ritual de la Academia de Magia le hubiera hecho dirigirse al otro lado de la cañada, a la Academia de Armas, había pasado más de dos décadas estudiando lo básico de todos los sistemas conocidos de formulación de conjuros, y ni siquiera era capaz de imaginar cómo se había desvanecido Melegaunt. No había habido ni gestos ni palabras para hacer el conjuro, ni siquiera un movimiento rápido o una respiración más profunda para activar un anillo o un colgante mágico. El mago se había disuelto en las sombras como por un acto de voluntad.
—El laberinto liminar se mantendrá hasta el amanecer. —La voz brotó del suelo, junto a Galaeron que, muy a su pesar, dio un salto y miró hacia abajo. El cuerpo del mago se desprendía de la sombra como cuando se vuelve la página de un libro—. Y al principio no les va a gustar la luz del día.
Melegaunt se afirmó en el suelo y luego colocó los pies debajo de su cuerpo en un movimiento bien conocido. Allí de pie, su cuerpo fue tomando volumen, inflándose como un globo con el aire.
—Tenemos hasta el atardecer de mañana, no más.
—¿Tenemos? —Galaeron tuvo que darse prisa para seguir al mago, que ya rodeaba el recodo de la cripta—. ¿Qué tenemos que hacer?
—Enderezar las cosas, por supuesto. Voy a necesitar como mínimo una compañía de magos competentes y tres altos magos. —El humano se volvió de golpe hacia Galaeron con el poblado entrecejo fruncido por la preocupación—. ¿Hay tres altos magos en Evereska?
—No… no lo sé. —Galaeron supuso que en la ciudad los habría, pero la cuestión de los altos magos no era algo de lo que los evereskanos hablaran abiertamente, y mucho menos con humanos—. Primero tenemos que hablar de…
—Hablaremos mientras cabalgamos. —El mago partió como una exhalación y dio la vuelta a la esquina. Cuando llegó a donde Nimieye y Dynod montaban guardia junto a Vala y los otros tres prisioneros, se detuvo—. ¿Qué es esto?
—Tus amigos son profanadores de tumbas. —Aunque Galaeron había temido que llegara este momento, consciente de lo poderoso que era el mago, su deber era ineludible—. Deben presentarse ante los Ancianos de la Colina. Pero tú no estabas con ellos. Eres libre de hacer lo que quieras.
—Por supuesto que lo soy —la barba renegrida de Melegaunt se sacudió como si fuera a reírse—, pero esto no va a funcionar, elfo. Yo fui quien les dijo que irrumpieran en la cripta. ¿Tienes pensado atarme a mí también?
Galaeron tragó saliva.
—He jurado…
—Lo que hayas jurado no cambia las cosas.
Melegaunt hizo un gesto y del suelo surgieron unas cintas heladas de sombra que subieron como espirales por las piernas de Galaeron oprimiendo sus huesos y entumeciendo su carne. El mago miró hacia abajo y sacudió la cabeza contrariado antes de dirigirse hacia los caballos. Galaeron intentó seguirlo, pero se encontró con que sus pies estaban clavados a la tierra. Envió con los dedos una orden a Nimieye y a Dynod para que no trataran de apresar al humano, ya que sería inútil.
Melegaunt se detuvo junto al caballo donde transportaban las armas confiscadas a los humanos.
—Hemos desatado un poderoso enemigo contra tu pueblo —dijo, sacando una espada negra de su vaina—. Puedes trabajar conmigo para devolverlo al lugar al que pertenece o esperar aquí hasta que te mate.
El mago se acercó al primero de los centinelas de Vala capturado y tocó sus ataduras con la espada. A Galaeron no le sorprendió que el filo espectral cortara el cordón mágico. Melegaunt le pasó la espada al hombre y le indicó que continuara él, después se volvió hacia Galaeron.
—¿Qué eliges?
—¿Entre morir o luchar? No tengo elección —respondió Galaeron—, pero debes prometerme que no haréis daño a mi gente. Si no lo hacéis, prefiero la muerte.
—Ningún daño que pueda evitar… Es lo más que puedo prometer dadas las circunstancias. —A un gesto del mago, las ligaduras de Galaeron desaparecieron—. Has elegido sabiamente, elfo. Estos demonios ya han derribado un imperio, y no me gustaría que Evereska corriera la misma suerte.
—Siempre los llamas demonios —dijo Galaeron mientras se disponía a soltar las ataduras de Vala tocando una de ellas y susurrando una orden—. ¿Es eso lo que son?
—Casi casi —dijo el mago—. ¿Sabes lo que era esa cortina argéntea de ahí abajo?
—¿La Muralla de los Sharn?
—¿Es así como la llamáis los elfos? Un nombre muy apropiado. Entonces seguro que sabrás lo que hay al otro lado.
—¿Los sharn? —aventuró Galaeron.
—Ya veo que vuestros altos magos han guardado muy celosamente sus conocimientos —dijo Melegaunt entre sarcástico y divertido—. Tal vez debería guardar su secreto hasta saber por qué lo han hecho.
—Creo que es excesivo considerarlo un secreto. —Galaeron soltó la última atadura de Vala—. Casi todos los Guardianes de Tumbas conocen la leyenda de la Muralla de los Sharn.
—¿No eres algo descarado para ser un elfo? —dijo el mago alzando una ceja. Luego cogió la espada desnuda de Vala del caballo de carga y la trajo consigo—. Muy bien, los sharn no son los que están allí atrapados, sino los que hicieron la muralla.
—Entonces, ¿quiénes fueron…?
—Los phaerimm —respondió Vala, cogiendo su espada—. ¿Acaso sabes quiénes son?
—Ahora sí lo sé. —Al igual que la propia Muralla de los Sharn, eran materia de leyenda entre los Guardianes de Tumbas, misteriosos asesinos capaces de acabar con patrullas enteras. Por lo que Galaeron había visto, la descripción encajaba. Volvió la vista hacia Melegaunt—. ¿Estabas perdido en sus túneles?
—Perdido no —mientras respondía, el mago se dirigió a Vala—: ¿Tú eres la jefa de esta compañía?
—De lo que queda de ella —respondió la mujer lanzando una mirada furibunda a Galaeron. A continuación desmontó, e hincando una rodilla en tierra ante el mago, se presentó—: Vala Thorsdotter, hija del nieto de Bodvar, para servirte.
—No tenemos tiempo para esas tonterías —repuso Melegaunt ayudándola a ponerse en pie—. Pero ¡vaya, una bisnieta de Bodvar! Mi corazón se regocija de ver que su línea tiene continuidad.
—Un presente tuyo, poderoso señor —dijo Vala apoyando una mano en la vaina de su espada.
—No cabe duda… Y llámame Melegaunt, verás que respondo antes. —Melegaunt señaló la montura de la mujer y, recorriendo con la vista la fila de corpulentos caballos humanos, frunció el entrecejo—. No veo a Sable.
Vala se quedó boquiabierta.
—Señor, Sable murió en el transcurso de estos ochenta años —dijo—, pero Cuervo, que allí veis, es de su estirpe.
Una sombra de tristeza pasó por los ojos de Melegaunt.
—Claro, debí haberlo pensado —dijo, haciéndole señas a un humano para que le trajera a Cuervo. A continuación se volvió a Galaeron y señaló hacia el oeste, donde se recortaba contra el horizonte la silueta serrada de los inexpugnables picos del Sharaedim—. Confío en que los elfos conozcáis un paso a través de esos montes.
—Hay un paso —afirmó Galaeron—, pero está debidamente vigilado y guardado. Tendréis que cruzarlo con los ojos tapados y atados o ninguno de nosotros llegará vivo a Evereska.
—Ten cuidado, poderoso…, quiero decir, Melegaunt —advirtió Vala—. Cuando estemos atados y con los ojos vendados nos tendrá a su merced, y este elfo es muy taimado.
—¿Conoces una forma mejor? —preguntó el mago.
—He oído historias sobre el andar de sombra.
—Tendría que conocer el camino, y no hay tiempo para encontrarlo.
—Tampoco funcionaría —dijo Galaeron—. Evereska está bien protegida contra ese tipo de magia.
La mirada de complicidad que intercambiaron Vala y Melegaunt fue muy rápida, pero a Galaeron no le pasó desapercibida. Creyeran lo que creyeran, y fuera cual fuera la verdad sobre esos phaerimm, los humanos estarían bajo su control en cuanto entraran en la ciudad.
—Sólo hay otra posibilidad: dar un rodeo y entrar por la Posada del Medio Camino. Tardaríamos diez días a caballo. —Miró a Melegaunt y añadió—: Sólo tres si puedes hacernos volar.
—Sigue siendo mucho tiempo. —La sonrisa que asomó a los labios de Melegaunt podía expresar complicidad o confianza—. Llevaremos las ligaduras elfas.