Capítulo 21

30 de Nightal, Año del Arpa sin Cuerdas

Un áspero silbido de los phaerimm chirrió sobre los árboles de piedra por encima de la cabeza de Elminster, sugiriéndole la necesidad de ocultar su voluminoso cuerpo entre una maraña de vides venenosas del Bosque Espectral. Se deslizó a continuación hacia el otro lado con agilidad sorprendente para un hombre de su edad y luego giró en redondo encontrándose con una cascada de inofensivas arañas grises que descendieron hasta el suelo delante de él. El archimago sorprendió un par de feroces ojos de lich que lo observaban desde una pared cubierta de vides que había al frente, y respondió con un enjambre de meteoros que se transformaron en una colonia de abejas. Entonces los phaerimm, dos ejemplares que llegaron flotando sobre las copas de los árboles que dominaban la calle, descargaron su propia andanada de magia. Tres rayos de plata se desintegraron en arco iris reverberantes, dos letales haces negros se convirtieron en serpientes aladas y se fueron volando, y un conjuro funcionó realmente: un relámpago que se disipó contra el guardaconjuros de Elminster en un destello argentado.

Así era cualquier batalla en una zona de magia desatada: nueve partes de futilidad y una parte de peligro. Al ver a Wulgreth que empezaba a hacerse visible, con un flequillo de pelo pajizo, la cara descompuesta y sin nariz y la boca esquelética sin labios, tan parecido a los cientos de liches que Elminster había eliminado a lo largo de su vida, el archimago giró en redondo y partió una rama de vid para hacerla su aliada. Al llegar a la esquina, giró hacia el centro de la ciudad, esperando describir un círculo por la parte trasera hasta la calle principal y seguir el rastro de cadáveres que habían sembrado Melegaunt y los suyos.

Que el mago de sombras hubiera destruido tantos no muertos en medio de la mayor zona de magia desatada de Faerun, decía mucho de su capacidad. También planteaba algunas cuestiones inquietantes…, muchas, muchísimas cuestiones inquietantes. Se había enfrentado a suficientes magos de sombras como para saber que debían su magia a algún poder oscuro que lentamente los corrompía, transformándolos inexorablemente en monstruosos remedos de sí mismos. Hacía tiempo que sospechaba que el poder oscuro no formaba parte del Tejido, una sospecha confirmada ahora por el hecho de que la magia de Melegaunt funcionaba bien en una zona donde los efectos residuales de la locura de Karsus había enredado el Tejido en una maraña impredecible.

Lo que Elminster no sabía y esperaba averiguar antes de que terminara el día era la naturaleza exacta de esa otra fuente de magia y qué dios la controlaba. Claro que tenía sus sospechas. Como enemigo de Mystra, Cyric se tomaría grandes trabajos para crear una fuente de magia distinta del Tejido, y Talos el Destructor llevaba tiempo luchando por dejar una parte de la red fuera de su control. La certeza ahora real de que alguien lo había conseguido era suficiente como para hacer que la sangre de plata calentada por el fuego de Elminster se tornara fría. Ya había mal en el mundo más que suficiente como para mantener el equilibrio, incluso sin su propia fuente especial de magia.

Elminster se lanzó por un callejón sofocado por las vides de vuelta hacia la calle principal, y pasando por encima del cadáver cortado en dos de un wight, reanudó su persecución. Tras su lucha contra los phaerimm fuera del Bosque Espectral y de la batalla que había librado con Wulgreth desde el cruce del puente, nada le habría gustado más que un buen conjuro de vuelo, pero no le apetecía transformarse en una mariposa. Siguió calle abajo a buen paso, llevando una mano muy próxima a su cinturón de varitas mágicas y lanzando una mirada por encima del hombro cada diez pasos.

La silueta del promontorio de Karse empezaba a asomar sobre las copas de los árboles cuando una voz argentina sonó en su mente.

Elminster, no han… los días… Khelben… debería… probar Nido Roquero… veinte… magos.

Revuelto como estaba el mensaje por la magia desatada, lo que comprendió Elminster fue suficiente como para que se olvidara de sus pies y tropezara. Acabó cayendo de bruces, resoplando para recuperar el resuello y tembloroso por la fatiga.

¿Sólo veinte, Learal?

Si Learal envió alguna respuesta, se perdió en la cacofonía de chirridos y golpes que sonaba a su alrededor. Elminster se dio la vuelta y se encontró sepultado bajo una avalancha de acero en lingotes. Pesados como eran los lingotes, sólo rebotaron en su escudo corporal y quedaron apilados a su alrededor, pero lo que más lo preocupó fue encontrar a Wulgreth de pie ante la avalancha, listo para atacar a la menor oportunidad. El contacto de un lich podía paralizar incluso a un Elegido, lo que instantáneamente dispararía su magia de evasión y, en circunstancias normales, lo transportaría a su recinto seguro para recuperarse. Sin embargo, teniendo en cuenta la magia desatada de este lugar, dudaba de que incluso la propia Mystra pudiera saber dónde encontrarlo.

Era mejor intentar algo sobre lo que tuviera más control. Elminster previo la maraña de vides que había dejado atrás hacía un momento y pronunció una única palabra mística.

Hubo un breve momento de negra caída intemporal tras el cual se encontró mirando a una calle cubierta de vegetación a través de una maraña de vides de delgadas hojas. Conocía lo suficiente las secuelas de la teleportación como para reconocer los efectos de forma inmediata y confiar en que recordaría dónde estaba y por qué estaba allí al cabo de un momento, pero esta vez había algo especialmente extraño. Se sentía tan grande que no podía moverse, y por algún motivo le parecía que tenía los brazos en cruz.

Vio un par de phaerimm pasar flotando a unos tres metros por debajo de su nariz, y aunque no recordó qué era, al menos sí dónde estaba: en una zona de magia desatada en el Bosque Espectral, luchando con Wulgreth a ver quién corría más y tratando de escapar a un ejército de phaerimm que lo perseguían; y algo había salido mal.

Los phaerimm tenían aproximadamente la cuarta parte de su tamaño, y la calle cubierta de vegetación era apenas un sendero de treinta centímetros de ancho, y los árboles petrificados no parecían más grandes que un hombre. Una de las enormes libélulas pasó zumbando, apoderándose de un pequeño finch negro no mayor que un mosquito, y Elminster sintió algo en el…, no, no era el estómago. Era más bien su tronco. Trató de volver la cabeza y descubrió que no podía.

Otra vez el zumbido de la libélula que volvía y esta vez se posó en una rama, moviendo las mandíbulas mientras se comía al finch negro. Elminster lanzó un suspiro demasiado profundo como para que lo oyera cualquier criatura que no fuera un árbol, después vio a los phaerimm que pasaban como una exhalación en la dirección equivocada y se perdían en el bosque enmarañado.

Elminster permaneció quieto y callado un momento, prácticamente era todo lo que podía hacer, tratando de imaginar qué clase de magia podía haber hecho un simple lich para asustar así a dos phaerimm. En ese momento oyó una voz tenebrosa que pronunciaba su nombre y se dio cuenta de que no había sido Wulgreth el que había asustado a las criaturas. Otra voz lo llamó, luego una tercera. Reconoció un poco el acento y el timbre de la voz de Melegaunt en ambas, pero eran más profundas y poderosas, y más seguras de sí mismas, mucho más.

Demasiado avisado como para revelar su situación actual, Elminster ni siquiera trató de hablar. Podía escapar con un simple pensamiento, de modo que el árbol parecía un lugar lo bastante seguro para ocultarse por ahora. Las voces profundas seguían llamándolo, acercándose cada vez más, y pronto se presentaron veinte figuras tenebrosas.

Tenían un aspecto vagamente humano, pero con las facciones grotescas que tiempo atrás había aprendido a asociar con la magia de sombras, y eran con mucho los hombres más grandes y de aspecto más poderoso que había visto jamás. La mayor parte de ellos iban vestidos como guerreros, algunos llevaban túnicas de mago, y dos estaban ataviados como clérigos. Todos tenían los ojos de colores brillantes de las criaturas de los planos inferiores, y un aura de oscuridad parecía arremolinarse en torno a ellos como si fuera niebla.

El mayor, un bruto de ojos cobrizos tan alto como un ogro, se detuvo y se volvió hacia los demás.

—Si está aquí, está bien escondido, no veo nada en las sombras.

Un guerrero con un yelmo astado extendió las palmas de las manos resignado.

—Entonces debemos hacer que sea él quien nos encuentre.

—¿Y cómo, Rivalen? —preguntó el primero—. No es alguien que se deje manipular fácilmente y tenemos otros problemas de que ocuparnos.

—Tres de nosotros iremos a Evereska y otros tres al Lago Oculto —dijo Rivalen—. Con eso quedan seis para el Valle de las Sombras. Estoy seguro de que Elminster nos encontrará allí.

Tenía que ser el campamento más solitario de Faerun, una única tienda en el centro mismo de una salina desierta, un joven padre con la mirada fija en el horizonte, contemplando el blanco sol de otoño, una madre ojerosa que deslizaba gotas de agua en la boca de sus hijos, una a una, un camello huesudo tan enfermo y agotado que ni siquiera bramaba. Ese mismo día, el camello se había derrumbado sobre el pellejo del agua y los niños habían aplicado sus caras a la sal y se habían puesto enfermos dando lametazos para sorber hasta la última gota de agua. La madre había gemido y había golpeado el pecho de su esposo, que la había apartado violentamente y había vuelto la cara para ocultar sus lágrimas. Todo eso habían leído los príncipes en las sombras crepusculares, y pudieron adivinar lo que sucedería al día siguiente. Ni siquiera en invierno se podía cruzar sin agua el Desierto de la Sed.

A los tres príncipes no se les escapó la ironía. Hacia el este, un manto de oscuras nubes empezaba a brotar del crepúsculo vacío. Traían agua suficiente como para dejar atascado al camello, como para barrer la tienda con todo lo que contenía, pero el agua no salvaría a la familia. Todo lo contrario. Aunque estos nómadas del desierto sabían nadar, no podían nadar kilómetros y kilómetros.

Los príncipes se balancearon, separándose de la sombra de la tienda y se pusieron de pie con un movimiento silencioso. Sintieron que se les erizaba la piel al recuperar la forma y a continuación la fría náusea que siempre acompañaba a un recorrido por la profundidad de la sombra.

Sólo tardaron un instante en superar la sensación, pero para entonces el camello ya había levantado el hocico y la familia no necesitó otra señal de alarma. La madre reunió a los niños y desapareció en el interior de la tienda y el esposo se puso de pie de un salto empuñando la cimitarra desnuda.

Brennus mostró las palmas de las manos para que viera que estaban vacías.

—Por los Dioses Menores, amigo, no pretendemos haceros daño.

El nómada miró por detrás de los tres príncipes a la salina en la que se iban extendiendo las sombras y después al otro lado de la tienda para asegurarse de que no tenían más cómplices por ese lado. Sólo habló cuando se hubo asegurado de que estaban solos.

—¿Qué quieres de mí, djinn? Ya ves que no tengo nada que valga la pena robar salvo mi hija, y yo mismo la mataría antes de permitir que la convirtieras en esclava.

—No será necesario. —Brennus hizo una reverencia—. Te rogamos que nos disculpes, pero una pequeña partida debe extremar las precauciones en un lugar como éste.

El nómada miró al trío con desconfianza.

—No tenéis el aspecto de gente que tenga de qué preocuparse.

Brennus reprimió la tentación de sonreír, sabedor de que sus colmillos ceremoniales alarmarían al hombre.

—Suele ser un error juzgar a los hombres por su aspecto. No somos djinn.

—No tengo intención de discutir ese asunto —replicó el nómada—. Dime qué os trae por aquí o marchaos.

—Harías bien en controlar tu lengua —dijo Lamorak, hermano de Brennus. Con la inminencia de la noche, el rostro moreno de Lamorak había adquirido un color casi espectral—. A nosotros nos da lo mismo que vivas o mueras.

Los nudillos del nómada se pusieron blancos sobre la empuñadura de la espada, y Brennus se dio cuenta de que la amenaza, más que asustar, enfadaba al hombre.

—No estamos aquí para haceros daños, sólo para advertiros —dijo Brennus—. Recoged rápido vuestras cosas. Este lugar no tardará en convertirse en un lodazal.

—¿El Desierto de la Sed un lodazal? —El nómada miró a las primeras estrellas que titilaban en el oeste—. No lo creo. No hay tanta agua en el cielo como para eso.

—El cielo tiene más agua de la que sospechas —repuso Brennus señalando hacia oriente, donde se iba formando una cortina de nubes color púrpura provenientes de las oscuras montañas—. Suficiente para llenar el Desierto de la Sed y llevarse tu tienda. Suficiente para ahogar a tu camello y también a tus hijos.

—No hay razón para creer que vaya a caer toda aquí —insistió el nómada obcecadamente—. Sólo un djinn se atrevería a afirmar lo contrario.

—Ponnos el nombre que quieras —dijo Lamorak malhumorado—, pero lo sabemos.

—Seguramente habrás notado los presagios —continuó Yder, él tercer príncipe—. No es posible que te hayan pasado desapercibidos.

—¿Fueron obra vuestra? —La cara cetrina del nómada palideció poniéndose amarilla—. ¿Ese trueno que sacudió la tierra y el relámpago negro que partió el cielo?

—No sabíamos que estabas acampado en el Lago Oculto. —Mientras Brennus hablaba, unas nubes revueltas de aire cargado de salitre empezaron a pasar por el campamento, provocando un bramido de alarma del camello y gritos de sorpresa en el interior de la tienda—. Debéis daros prisa. No tardará en caer un torrente de lluvia.

—¿Torrente de lluvia? —El hombre miró hacia el este y vio la negra cortina de agua—. ¡Por la luz de Elah!

La esposa asomó la cabeza fuera de la tienda con el rostro cubierto por un velo de color púrpura y los ojos resaltados por el kohl.

—¿Debo recoger, esposo mío?

—¿Dé qué serviría? —dijo el nómada con voz entrecortada—. ¡No podemos correr más que el viento! Será mejor esperar en la jaima hasta que pase.

—Si esperáis en vuestra jaima, moriréis ahogados en ella —dijo Brennus.

El hombre lo miró con los ojos entrecerrados.

—Seguramente quienes pueden invocar la lluvia también pueden detenerla, ¿no es verdad?

—¿Crees que es fácil hacer esa magia? —preguntó Lamorak—. ¿Crees que es cuestión de unas cuantas sílabas y un puñado de plata pulverizada? —Se volvió hacia la mujer apuntando con un dedo semejante a una garra a su cara—. Si quieres vivir, recoge tus cosas.

A la mujer se le pusieron los ojos como platos y miró a su esposo esperando instrucciones. Él echó una mirada furiosa a Lamorak.

—¿Qué es lo que quieres que hagamos? ¿Volar a la Hermana de las Lluvias?

Brennus se interpuso entre el hombre y su hermano.

—¿Y si pudierais hacerlo?

—Los hombres no tienen alas, berrani.

—No las necesitan. —Brennus sacó una hebra de sedasombra de su bolsillo y formó con ella un pequeño anillo, entonces lo arrojó al suelo y dijo una sola palabra mística. El círculo adquirió el tamaño de un pequeño transporte, después se oscureció y flotando se separó del suelo—. Hay otras formas.

—No para los bedine. —El nómada descargó un golpe de su cimitarra en el centro del disco volador y lo cortó en dos—. ¡Los bedine no soportan la magia de los demonios!

Las dos mitades cayeron al suelo y se fundieron con la oscuridad crepuscular. Brennus vio cómo desaparecían y después volvió a mirar al nómada.

—Como gustes.

Los vientos llegaron soplando y arrastrando una mezcla de sal y niebla, y Brennus hizo señas a sus hermanos. Se retiraron del campamento, desvaneciéndose en la oscuridad mediante actos silenciosos de voluntad.

—Los Príncipes de Refugio no somos precisamente demonios —dijo Brennus—. Ni mucho menos.

A su regreso, Elminster encontró el Valle de las Sombras cubierto por el humo de la guerra. Exhausto como estaba por su largo combate con Wulgreth, el archimago rodeó la población, reconociendo el campo de batalla, antes de unirse a ella. El estruendo del encarnizado combate llegaba desde doce puntos diferentes a lo largo del gran círculo que quedaba entre la Colina del Sapo, el Castillo de Krag y la Colina de los Harper. Dorados rayos mágicos relumbraban todo a lo largo de las Riscos de las Sombras, relámpagos de plata sacudían las murallas de Castillo de Krag y una lluvia de meteoros sobrevolaba el Ashaba hasta el molino de Mirrorman.

Ansioso como estaba siempre de acudir en defensa de cualquier ciudadano en peligro, Elminster se tomó su tiempo. Su batalla contra Wulgreth lo había dejado exhausto física y mágicamente. Había utilizado la mitad de sus conjuros antes de quedar atrapado en el árbol, y la mayor parte de los que le quedaban, incluido su conjuro de evasión de emergencia, la última de sus portaciones y los dos conjuros de andar por el mundo, los había usado al escapar de Wulgreth (otra vez) en la zona de la magia desatada. Abandonó el Bosque Espectral con sólo tres conjuros desactivadores de magia, un solo juego de rayos dorados, tres encantamientos de velocidad y la capacidad de volar.

Estos cuatro últimos conjuros los había gastado en un vuelo a triple velocidad a través del Anauroch, con un largo rodeo en torno al Desierto de la Sed, donde la tormenta más furiosa que hubiera visto jamás estaba vertiendo agua en el antiguo lecho del lago. Terminó aterrizando de cabeza en los valles, donde nada tenía sentido. Elminster había contado con encontrar a Rivalen y a los otros cinco príncipes atacando el Valle de las Sombras, pero lo que veía era que se libraban diez batallas diferentes en los bosques. Más aún, no veía el menor vestigio de magia de sombras, sólo los rayos y ráfagas habituales con la añadidura de flechas y hachas. Si Rivalen y sus hermanos estaban allí, estaban muy bien camuflados.

Finalmente, Elminster atisbo el cegador enjambre de relámpagos que había estado buscando y se dejó caer entre los árboles sobre el monte del Valle de la Llovizna, donde un reducido grupo de guerreros se abrían camino por la maleza hacia un phaerimm chamuscado. En medio de ellos estaba la silueta alta, humeante y como siempre apabullante de Storm Mano de Plata.

—¡Storm, muchacha! —gritó Elminster, demasiado fatigado para correr—. Espérame.

Storm giró en redondo, los ojos relucientes y lista pata disparar.

—¡Elminster, por fin apareces! —Su voz no era exactamente gozosa y no desistió inmediatamente de lanzar su conjuro—. ¿Quieres hacer el favor de decirme, por los Nueve Infiernos, qué es lo que has estado haciendo?

—¿Yo? —dijo Elminster con voz entrecortada—. He estado en el Bosque Espectral persiguiendo a un mago de sombra, o puede que fueran doce, una historia demasiado larga para contarla ahora. —Señaló la forma chamuscada del phaerimm—. ¿Qué es esto? ¿Acaso los phaerimm han decidido que Evereska no es suficiente para saciar su apetito?

—No creo que les importe lo que está sucediendo en Evereska. —Storm parecía tan intrigada como Elminster—. Estos phaerimm vienen de Myth Drannor exigiendo que cesen vuestros asesinatos.

—¿Qué? —Elminster llenó la pipa que tenía en la boca—. ¿Continúan las matanzas?

—Supongo que sí, ya que los phaerimm siguen atacando. —El tono de Storm era más de intriga que de enfado—. Hasta ahora ha habido siete.

Elminster alzó una ceja.

—Lo he estado haciendo bien ¿no es cierto?

—Eso creía yo —respondió Storm con cautela.

Elminster encendió la pipa con la punta de un dedo.

—¿Cómo van las cosas aquí?

—No van mal —dijo Storm—. Entre Sylune, Mourngrym y yo hemos matado casi a una docena, y no creo que a los phaerimm les guste esto más que a nosotros.

—Supongo que no. —Elminster dio una larga chupada y a continuación apagó la pipa con una palabra—. Bueno, pongamos fin a esto. Sígueme sin que te vean.

—¿Seguirte? ¿Adónde? —preguntó Storm.

Pero Elminster ya estaba en el aire, encaminándose hacia su torre para recoger unas cuantas cosas necesarias para la inminente batalla. Era evidente que los príncipes estaban tratando de atraerlo hacia Myth Drannor, sin duda pensando que sería más prudente atacarlo fuera de su territorio. Con un poco de suerte, le habrían preparado la emboscada a lo largo del Ashaba, en algún punto cerca del Valle de las Sombras, y él y Storm estarían fuera por poco tiempo.

Teniendo en cuenta la suerte que había tenido los dos últimos días, Elminster debería haber sido más cauto. Al acercarse a su torre, media docena de tenebrosas figuras salieron de las sombras y se plantaron delante de las entradas. Allí estaban el del yelmo astado al que llamaban Rivalen, otro de mentón cuadrado con ropajes de mago, un clérigo de cara tan redonda como una luna oscura y otros tres cubiertos con tabardos debajo de los cuales podían ocultar armaduras o simplemente el pellejo.

Como todos los asesinos que se precian, no perdieron tiempo en preliminares. El mago del mentón cuadrado tomó la iniciativa dirigiéndose directamente contra Elminster y lanzando con los dedos un conjuro para desactivar los escudos mágicos de su enemigo. Elminster lo contrarrestó con su propio encantamiento de desactivación, y Storm lanzó una bola de fuego plateado por encima de su hombro hacia el mago.

Elminster dispuso apenas de un momento para preguntarse si sería una buena idea antes de que la esfera de pura magia reluciente golpeara en el escudo de conjuros del mago de sombra. En lugar de atravesar la barrera, como hubiera sucedido con cualquier protección normal, el fuego de plata se difundió por toda la superficie del escudo de sombra del mago, resaltando el contorno de su cuerpo con una radiación blanca. El mago de sombra lanzó un aullido y se cubrió los ojos, entonces el fuego de plata hizo implosión, aplastando al tipo en su garra de acero y reduciéndolo a una esfera brillante del tamaño de la pupila de un ojo.

Los demás príncipes de las sombras contraatacaron con una andanada de relámpagos oscuros y negras llamas. Por primera vez en un siglo, o tal vez como segunda ocasión, Elminster sintió realmente miedo pensando en lo que podría suceder a continuación. Los ataques venían rugiendo y atronando contra él…, hasta que de repente describieron una curva hacia la esfera plateada y desaparecieron.

Un desgarro ensordecedor surcó el aire, y el orbe plateado se estiró convirtiéndose en una línea serrada. Elminster retiró el pulgar del anillo que había estado frotando y apuntó al suelo.

Demasiado tarde. Un rayo azul se extendió a pocos centímetros de su mano, después describió una línea curva ascendente y se desvaneció en un estallido brillante y tortuoso, lo mismo que el relámpago que Storm hizo bailar por encima de su hombro. Hubo otro sonido sibilante, tan poderoso que Elminster lo sintió resonando en sus entrañas. La línea dentada se transformó en una grieta, una profunda hendidura de bordes plateados con llamas de color carmesí en el fondo, y siguió expandiéndose.

—¡Por todos los santos dioses, se está… se está… rasgando!

Elminster tardó un momento en darse cuenta de que era él el que gritaba, pero todavía no estaba seguro de qué era exactamente lo que se estaba rasgando. Sólo sabía que una única vez había visto antes esos remolinos humeantes, y había sido cuando, buscando a una amante tan añorada como llena de defectos, se había atrevido a mirar donde ningún hombre debería mirar.

Y ahora esas mismas llamas estaban lamiendo el Valle de las Sombras, salían borboteando de los Nueve Infiernos para dar lengüetadas a su amado hogar. La magia salvaje de su fuego de plata se había fundido con la magia oscura del mago de las sombras y había hecho implosión, abriendo un agujero en el entramado mismo del mundo. Se dio cuenta de que eso era precisamente lo que había sucedido cuando un estallido de la magia de Galaeron había chocado con la magia de sombra de Melegaunt en la Muralla de los Sharn… Pero lo que podía salir por esta brecha dejaría a los phaerimm a la altura de goblins que intentasen hacer un conjuro.

Cuando la hendidura siguió abriéndose, los príncipes de las sombras sacaron sus armas oscuras y empezaron a describir círculos cautamente. Aunque no les preocupara demasiado la seguridad del Valle de las Sombras, aquello los sorprendió tanto como a Elminster y no estaban dispuestos a dejarse coger en su interior. Storm aprovechó su vacilación para desenvainar la espada y avanzar hacia ellos.

Elminster alzó un brazo para detenerla.

—¡No! —gritó.

—Pero estos príncipes de las sombras…

—Están invitados a seguirme, si se atreven —dijo Elminster con una mirada desafiante a los príncipes, que seguían describiendo círculos. Al ver que ninguno de ellos tenía intención de aceptar su invitación, trató de alejar de allí a Storm.

—Ocúpate de los phaerimm. Yo atenderé este otro problema desde dentro.

—¿Cómo que desde dentro? —Storm se detuvo fuera del círculo de los príncipes de las sombras y echó una mirada a la hendidura que no paraba de crecer—. Elminster, dime que no vas a…

—Debo hacerlo, querida Storm. —Elminster avanzó—. No puedo dejar que los Nueve Infiernos entren en erupción debajo de mi propia torre, ¿no te parece?

Las llamas tendieron sus brazos, como un amante que quisiera abrazar a un antiguo amigo, y Elminster voló hacia el Infierno.