–Aparque aquí —le dijo Carlos al conductor de la limusina cuando llegaron al aeropuerto de Carcassonne. Trató de enviar mensajes de texto a Korbin y Rae para ponerles al día, pero siempre le daba señal de ocupado. ¿Estarían reparando otra vez las malditas torres caídas?
Cuando el coche se detuvo, Carlos agregó:
—Mantenga las puertas cerradas con llave y permanezca con la señorita Saxe mientras yo hago una revisión de seguridad.
—¿Piensa que el avión es peligroso? —preguntó el conductor.
—No necesariamente. Es solo un procedimiento operativo de rutina.
Carlos se acercó y le apretó la mano a Gabrielle para hacerle saber que debía permanecer sentada y quieta. No le gustó sentir su piel fría como el hielo.
—Estaré bien —le dijo ella en una voz tan baja que a él le hizo odiar la idea de dejarla sola.
Pero le había escrito algunas instrucciones en su libreta para que le ordenase al conductor que se fuera de inmediato si algo sucedía o si él no volvía al coche para recogerla.
Si la llamaba hacia el avión agitando la mano, esa sería la señal para partir.
Carlos salió del coche y caminó hacia las escaleras del avión, a la espera de pasajeros. Los motores zumbaban y el fuselaje blanco del Learjet brillaba como una perla pulida.
Subió lentamente por las escaleras, deseando tener la oportunidad de alertar a Korbin y Rae o de tener un arma en la mano, pero ir hacia el aeropuerto, tal y como estaba planeado, sería lo único que no provocaría sospechas entre la gente del colegio, algo que no quería motivar.
Ya en la puerta, asomó la cabeza dentro.
Lujoso y elegante. Un juguete volador corporativo.
Caminó dentro del avión para inspeccionarlo todo, cuando la puerta de la cabina se abrió. Carlos se dio la vuelta, listo para pelear.
Jake Malone, uno de los agentes más versátiles de BAD, estaba allí, de pie con las manos en jarras y una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja. Su corte al cero estaba escondido debajo de la gorra de capitán que llevaba un poco torcida hacia un lado. Había embutido su amplio cuerpo en un traje oscuro de pantalón y chaqueta de piloto de aerolínea: estaba perfectamente ataviado, incluidas la camisa blanca y la corbata.
—Un viaje sin contratiempos, ¿apetece?
Jack sonrió. Se le veía tan cómodo llevando ese uniforme de oficial, con las barras doradas sobre los hombros de la chaqueta, como en vaqueros y sandalias.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Carlos estaba aliviado, pero molesto a la vez.
—Joe ganó algo de tiempo haciéndole creer a la Interpol que la CIA está investigando a Gabrielle y no que la tiene bajo custodia. Pero la Interpol obtuvo una orden de arresto esta mañana para que Gabrielle sea interrogada. Joe no quiso arriesgarse a que alguien reconociera la foto del pasaporte, y menos con un nombre falso. Pensó que a nadie del colegio le extrañaría que Gabrielle tuviera un jet privado.
—Buena idea. Ha terminado el trabajo de informática en el colegio justo esta mañana. ¿Ya pusieron a Korbin y Rae al corriente?
—Gotthard les envió un mensaje informándoles de que vosotros dos ibais a Milán. Korbin ha tenido problemas con su móvil hoy, por eso me ha llamado a través de un teléfono vía satélite para hacerme saber que os habían visto partir hace cuestión de media hora. Él y Rae deben de estar llegando a la terminal comercial del aeropuerto ahora.
—Hubiera estado bien saber que no había alguien peligroso detrás de todo esto —le dijo Carlos poniendo cara de pocos amigos.
—Eh, hace un par de horas que recibí una de esas órdenes que Joe acostumbra a dar: que encontrara un avión privado de lujo, que llegara aquí antes que vosotros y que os contactara tan pronto como todo estuviera listo. Envié un mensaje de texto. Dos de tres no está mal. Es como batear por encima de seiscientos.
—Recordaré eso la próxima vez que tenga que cubrirte las espaldas en mitad de un tiroteo.
—Al no recibir una respuesta de confirmación de tu parte, envié un mensaje a través del colegio. Sin duda recibiste ese mensaje o de lo contrario no estarías aquí. Sabía que al menos vendrías a ver quién te había enviado un jet.
—Menuda lógica retorcida, pero encaja, considerando la fuente. —Carlos se detuvo, entrecerrando los ojos para pensar—. Has dicho «nosotros». ¿Quién es tu copiloto?
Jake agitó la cabeza.
—No lo quieras saber.
La puerta de la parte de atrás de la cabina se abrió, dejando a la vista una cama. Jeremy Sunn entró tranquilamente, parecía un surfista disfrazado de piloto en su vistoso traje.
Se estiró mientras bostezaba. El pelo descolorido por el sol se le rizaba alrededor del cuello de su almidonada camisa blanca que brillaba en contraste con su bronceado. Carlos nunca había visto a Jeremy, que siempre vestía vaqueros, ataviado con pantalones azul marino o una camisa planchada, de vestir y manga larga.
—¿Cuándo te has sacado el permiso de piloto? —le preguntó Carlos.
Jeremy se levantó, dejó a la vista su reloj de submarinista y encogiéndose de hombros dijo:
—No lo sé. A lo mejor hace como una hora, dependiendo de en qué zona horaria te encuentres ahora.
Dejó relucir una brillante sonrisa.
¡Oh Dios, no! Carlos se frotó la frente justo cuando esta le empezó a latir, luego miró a Jake.
—Te dije que no querrías saberlo —le recordó Jake.
—Iré a buscar a Gabrielle mientras os preparáis para alejarnos de aquí tan rápido como podáis —le dijo Carlos a Jake, luego se volvió hacia Jeremy—. Y tú, no toques ni un botón, ni una clavija, ni siquiera en el baño.
Jeremy levantó las manos en señal de rendición.
—Solo estoy aquí como elemento decorativo. —Se dio media vuelta y se dirigió hacia un sofá que estaba frente a dos sillas laterales acolchadas.
Carlos le detuvo con un:
—No lo creo. Necesitamos que alguien cargue las maletas de la señorita Saxe.
—¿Qué, te has roto el brazo? —le soltó Jeremy.
—No, el mío está estupendamente. El tuyo probablemente termine partido si no vienes aquí y actúas como alguien al servicio de una mujer que es heredera de una fortuna.
Jeremy puso mala cara, pero se levantó y pasó furioso al lado de Carlos, que ya había comenzado a estirar el brazo para cogerlo y aclararle de nuevo cuál sería su papel en esto.
Pero en el minuto en que Jeremy puso un pie sobre las escaleras para bajar, se convirtió en un camaleón y empezó a marchar delante de Carlos con una postura firme, militar. Eso ya era mucho, si se toma en consideración que Jeremy nunca ha estado ni siquiera cerca de los militares y ellos nunca habrían reclutado a este sabueso del surf debido a sus antecedentes en prisión.
Ya en el coche, Carlos le tocó la ventanilla al conductor para que levantara los seguros y luego ayudó a Gabrielle a salir del vehículo. Sin decir nada, ella entendió que todo iba bien.
Jeremy recogió las maletas del coche y caminó hasta ponerse frente a Gabrielle:
—Es un gusto tenerla a bordo de nuevo, señorita Saxe.
—Merci. Es un placer conocerle. —Ella se dio la vuelta para ver a Carlos, pero mantuvo la farsa mientras él cerraba el maletero del coche.
Cuando Carlos se alejó, detrás de la limusina, Jeremy le estaba diciendo a ella:
—Estoy a su disposición en cualquier momento, del día… o de la noche.
En el instante en que la limusina se alejó, Carlos se inclinó y dijo:
—Que ni se te ocurra actuar de conformidad con lo que veo en tus ojos, si es que quieres regresar a casa con todas tus partes en su sitio y funcionando. —Después Carlos le dijo a Gabrielle—: Este es Jeremy, uno de nuestros hombres, a quien no verás nunca más después de que aterricemos.
—Es un placer conocerte, Gabrielle. —Jeremy dejó escapar una sonrisita y cargó las maletas hacia el avión.
Gabrielle se rio.
—Me parece dulce.
—No, él no es dulce. —Carlos quería retorcerle el cuello—. Jeremy es tan peligroso como cualquier otro miembro operativo de este equipo, probablemente más, ya que nunca tenemos ni idea de lo que va a hacer. Joe tiene que haber estado desesperado por un copiloto, como para haberlo mandado a él.
—Entonces ¿él también es piloto?
La admiración que denotaba la voz de Gabrielle le dio otra vuelta de tuerca a la irritación de Carlos.
—No, no es ningún piloto. Jeremy es tan útil en esa cabina como podría serlo una muñeca hinchable. La verdad es que lo que he dicho no es justo, ya que una muñeca hinchable podría utilizarse como airbag.
En el extremo de las escaleras, Jake tenía la puerta de la cabina del piloto abierta. Carlos presentó a Gabrielle a Jake diciendo:
—Este es el único piloto de verdad a bordo.
—Así que ¿no necesita un copiloto? —Gabrielle sonaba preocupada.
—Para nada.
Los hombros de la chica se relajaron.
—Tengo el piloto automático para cuando necesite echarme un sueñecito.
—¿Qué? —Ella le clavó la pregunta a Carlos.
—Aunque odie tener que admitir esto delante de él, porque apenas tenemos espacio para su enorme ego en la cabina del piloto, él es el piloto que podrías querer para volar en cualquier situación.
Jake le ofreció una sonrisa rebosante.
—Sí, señorita. No se preocupe por nada. Estaremos aterrizando en Milán a tiempo para comer.
Carlos la condujo hacia el área de pasajeros. La Interpol había dejado caer un nuevo golpe sobre sus planes, pero BAD había respondido jugando con sus propias reglas, y la Interpol no tenía ni idea de con quién se estaba metiendo.
Dio las gracias a Joe en voz baja por el rápido plan que había urdido para proteger la identidad de Gabrielle, por ahora, pero eso no duraría mucho.
•• • ••
Vestavia se paseaba sobre el suelo de mármol del pasillo entre la cocina y el salón de su propiedad en Miami. A las cuatro de la mañana este sitio resultaba desgraciadamente solitario sin Josie.
Su teléfono móvil sonó. Vestavia echó una mirada en la dirección del sonido, anticipándose a la llamada del arrogante gilipollas de Sudamérica. Tenía que encontrar a Espejismo antes de que Durand lo hiciera. Pero cuando revisó el identificador de llamadas, resultó ser su contacto de l’École d’Ascension, que le llamaba para decirle que la señorita Saxe había terminado de reconvertir sus programas informáticos al nuevo sistema.
—¿Terminó la reconversión del software tan rápido? —Vestavia se sentía tan satisfecho como suspicaz.
—Oui. Ella y su guardaespaldas se acaban de ir.
—¿Adónde los han llevado?
—Al aeropuerto de Carcassonne, pero no tomarán un vuelo comercial como habíamos supuesto, ya que llegaron por esa vía. Recibimos una llamada avisando de que habían terminado de reparar su avión y que les estaban esperando en el aeropuerto.
—Quiero saber cuál era su destino —demandó Vestavia.
—No hay problema, tengo un sobrino que es controlador aéreo. Van rumbo a Milán, pero no tengo ni idea de cuál será su destino final.
—Eso es más que suficiente —le aseguró Vestavia, y luego se puso a considerar cuál sería el próximo movimiento—. ¿Su personal de informática está satisfecho, entiende el programa y no la necesitarán otra vez?
—Totalmente. Les ha dejado un manual de instrucciones en línea para poder resolver cualquier cosa que pueda surgir y especificaciones de lo que deben hacer en caso de que deban reinstalar alguna de las partes.
—Muy bien, me parece aceptable.
Un sonido de alivio silencioso se sintió a través de la línea.
—Estoy muy satisfecho. Estaba preocupado de que su acceso a los ordenadores pudiera significar un problema.
—No. Sigue adelante y mantenme informado, Pierre.
—Por supuesto, Fra.
Vestavia cerró el móvil de camino hacia el sofá de piel plateada, en el salón. Se dejó caer, le dio la vuelta a un expediente y lo abrió sobre su mesita de cristal para el café. Todo lo que cualquiera quisiera saber acerca de Gabrielle Saxe estaba allí, incluyendo lo relacionado con la única persona que podría ponerla en su lugar.
No había sobrevivido todo este tiempo siendo descuidado. Permitirle a alguien con su nivel de conocimiento informático el acceso a los registros del colegio podría ser peligroso, o no. Había demasiado en juego con esos adolescentes como para correr el riesgo de permitir que una friki de los ordenadores caminara por allí libremente, teniendo acceso a esos archivos.
El colegio era solo un campo de caza fructífero, entre los cientos que habían encontrado a través de las conexiones de D-ange-ruese, pero Vestavia odiaba perder un recurso valioso.
Si la chica Saxe era capaz de programar todo eso, podía infiltrar el programa para alguien más, voluntaria o involuntariamente. No podía arriesgarse a que eso sucediera.
Escudriñando el expediente de la chica Saxe, se detuvo en una página con una lista de todas las personas significativas con las que ella estaba relacionada, desde que había entrado en el colegio, hasta que lo había dejado. Saxe se había convertido en una reclusa, después de estar a punto de morir como consecuencia de dos accidentes sospechosos. Las autoridades habrían podido averiguar quién estaba detrás de esos accidentes si ella los hubiera denunciado, pero nunca se quejó de nada ni dijo una palabra acerca de las pólizas de seguro.
Si se le daba la oportunidad, su exmarido podría terminar el trabajo.
Vestavia sonrió. A él le gustaba darle una oportunidad a las personas.
•• • ••
—¿Así que la familia de Linette tiene grandes propiedades? —Carlos dividía su atención entre el nerviosismo de Gabrielle y la conducción del coche de alquiler que llevaba a través de caminos sinuosos que habían empezado a ascender una vez que habían dejado Bérgamo. Ella había estado muy silenciosa, hablando solo para darle indicaciones.
—Tienen una casa en la cima de una colina y tierras que abarcan probablemente unas quinientas hectáreas.
Gabrielle miró fijamente a través de la ventana; el paisaje había cambiado a lo largo de los últimos tres kilómetros, pasando de ser un valle exuberante a una zona en la que predominaban las rocas.
—La mayor parte de la gente no posee tanta tierra, pero esta propiedad ha estado en manos de la familia de su padre desde el siglo XVI.
Gabrielle jugueteó con un pequeño relicario de oro que parecía tan viejo como la casa de la familia de su amiga. Se había reído de su propia preocupación por ser reconocida por alguien, considerándola falsa vanidad.
Carlos consideraba que había razones para preocuparse, después de haber hablado por el móvil con Rae mientras Gabrielle se refrescaba en el servicio de un restaurante, después de haber aterrizado. Ahora tenía algo más de qué preocuparse, además de que Gabrielle intentara escapar.
La había estado vigilando durante todo el viaje, pero estaba bastante seguro de que ella no se apartaría de él, ahora que sabía que su hermana Babette estaba en el colegio. De no ser por eso, Gabrielle intentaría fugarse a la primera oportunidad que tuviera. Él haría lo mismo si estuviera en su lugar, pero ella no se arriesgaría a que BAD utilizara a su hermana como una forma de presionarla.
Lo que Gabrielle no sabía era que Carlos no le había dicho ni una palabra acerca de Babette a nadie de BAD.
—¿Seguro que recuerdas cómo llegar hasta allí? —le dijo él bromeando—. No hemos visto ningún coche desde el último cruce, hace como veinte minutos.
—Eso es porque la mayor parte de ese tiempo hemos estado en la propiedad de Tassone. —Gabrielle estudió el paisaje por un momento y luego dijo—: Linette acostumbraba a decirme lo aislada que se sentía allá arriba. Era bastante atlética, buena para correr y escalar, ya que esa era la única manera que tenía de encontrarse con otros críos para jugar con ellos.
—Ya tiene que haberse sentido sola como para subir y bajar estas montañas —susurró Carlos—. ¿Qué hay de la casa de los Tynte? ¿También ha sido propiedad de una familia por mucho tiempo?
La sonrisa desapareció primero de los ojos de Gabrielle.
—Efectivamente, mi madre fue la última heredera Tynte, antes que yo.
Fue. Quitó los ojos del camino por un momento y preguntó:
—¿Qué le pasó a tu madre?
—Murió… en un accidente. Yo tenía once años.
—Lo siento mucho, no quería abrir viejas heridas.
Él había perdido a su madre el día que había nacido, aunque realmente ella no había muerto sino hasta diez años después, así que Carlos no podía sentir afinidad por la pérdida de la madre de Gabrielle.
Si algo le sucediera a su tía María, entonces sí.
—No, no pasa nada —dijo Gabrielle—. Es solo que no pienso en ello a menudo.
Al ver que ya no añadía nada más, decidió cambiar de tema, para intentar que se sintiera más tranquila.
—Pareces tener recursos sólidos en Sudamérica. —Miró cómo ella apretaba fuertemente los dedos—. Gabrielle, no estoy pidiendo que me digas nada acerca de tus contactos. Solo me gustaría escuchar qué más sabes acerca de Anguis. Cualquier cosa que puedas decirme sobre Durand y sus hombres podría ser útil en esta misión.
Sus manos se relajaron y se mordió el labio.
—Odio decir esto de manera que suene halagador, pero Durand es realmente bueno en lo que hace. Él espera un cien por cien de lealtad de parte de su gente.
—¿Tienes idea de cómo es alguno de sus hombres?
El camino que seguían subía a través de unos paisajes impresionantes. Un cielo azul servía de telón de fondo a cada una de las curvas que zigzagueaban a través de la montaña.
—Durand marca a su gente.
—¿Cómo?
Carlos sujetó el volante con fuerza.
—Con un tatuaje… sobre el pecho.
Los latidos de su corazón se aceleraron.
—¿Qué tipo de tatuaje?
—No lo sé. Solo sé que lo graba en el pecho. Mis contactos tampoco lo saben, o quizá tienen miedo de revelarme tanto.
Él exhaló lentamente, aliviado al tener esa respuesta.
—Muchos hombres tienen tatuajes en el pecho… incluso yo.
—¿En serio? ¿Cómo es el tuyo?
—Una serpiente y una daga. Me lo hice cuando era muy joven —dijo él restándole importancia—. ¿Qué te llevó a investigar a Anguis la primera vez?
—Nada en particular.
Ella respondió muy rápido. Gabrielle estaba escondiendo algo, pero presionarla más ahora podría ser una mala jugada táctica que podría volverla más cautelosa a la hora de hablar con él.
Redujo la velocidad conforme se fueron aproximando a dos muros bajos a cada lado de un camino hecho con piedras amarillas y blancas. Vides desnudas se entrecruzaban atravesando las barreras. Enfrente de las paredes crecían hierbas gruesas y retoñaban entre las piedras del camino.
—Esa es la entrada formal a la propiedad. —Sus ojos se iluminaron expectantes, luego se apagaron—. Linette decía que su padre era obsesivo acerca de mantener el paisaje perfecto, hasta el punto de que ella tenía que pasar sus domingos haciendo jardinería.
Carlos atravesó la entrada, conduciendo lentamente, mientras Gabrielle señalaba los árboles que flanqueaban el camino, que eran pinos piñoneros. La impresionante estructura de tres plantas, con paredes de piedra gris pálido y tejado de terracota, había estado colocada en la ladera de la colina durante tantos años que la casa parecía ser parte del terreno. El sol de la tarde proyectaba largas sombras por debajo del arco de una pasarela que abrazaba uno de los laterales de la casa.
Pero una vez más, la falta de mantenimiento de las contraventanas que se encontraban a la intemperie y la oxidación del hierro forjado a lo largo de las ventanas de dos aguas y de los balcones no encajaban con los recuerdos de Gabrielle acerca del obsesivo padre de Linette.
Gabrielle permanecía en silencio otra vez.
Carlos aparcó cerca de una fuente de tres alturas, con querubines echando agua de una vasija a otra, pero el agua no corría por la fuente. Enredaderas invasivas trepaban a lo largo de una estatua. Dio la vuelta al coche y ayudó a Gabrielle a salir. Cuando llegaron a la parte alta de la decadente escalera, Carlos levantó la pesada aldaba con forma de cabeza de león que no había sido pulida en mucho tiempo y tocó tres veces.
Gabrielle se dijo a sí misma que debía concentrarse en la misión que tenían, y no en la inquietante condición en que se encontraba la propiedad. Pero la preocupación acerca del padre de Linette le provocaba pensamientos retorcidos.
La puerta se abrió y apareció una mujer de baja estatura y regordeta con más pelo cano que negro y cara redonda que se encontraba alrededor de los sesenta años.
—Bon giorno. Come stai?
—Parla inglese? —preguntó Gabrielle.
—Sí. Hablo bien el inglés.
—¿Usted es…? —le dijo Gabrielle.
—El ama de llaves.
Eso no podía ser cierto, pero Gabrielle siguió adelante.
—Estoy buscando a la familia Tassone.
—El señor Tassone y su esposa están de viaje.
—¿De verdad? ¿Adónde fueron? Me gustaría contactar con ellos.
A Gabrielle le costaba imaginar a los padres de Linette gastándose dinero en viajar a algún lugar lejano cuando su amiga se lamentaba con frecuencia de la actitud excesivamente parca de su padre.
—A un crucero por el Mediterráneo. El señor Tassone dio órdenes estrictas de que no se les molestara.
—¿Sabe usted cuándo van a volver? —Gabrielle echó un vistazo más allá de la mujer, pero pudo ver muy poco de la habitación oscura, detrás de la puerta a medio abrir.
—¿Quién sabe? —El ama de llaves mantuvo la mirada esquiva y se encogió de hombros—. Algunas veces tardan semanas, otras unos meses. Se fueron esta semana.
Carlos cogió a Gabrielle del brazo.
—Bien, nosotros deberíamos volver a la carretera si queremos regresar a tiempo al aeropuerto para tomar ese vuelo.
—Sí, vámonos. Grazie —le dijo Gabrielle a la mujer, y luego se dio media vuelta para irse.
—Signora…, ¿cuál es su nombre?
Gabrielle se detuvo y se dio la vuelta para contestar a la mujer, Carlos le cogió la mano y se la apretó con fuerza. Ella entendió el mensaje de no decir su nombre.
—Mi madre era madame Gervais. Ella conoció a la signora Tassone en un crucero y me pidió que pasara a verla cuando viniera a Milán, pero mamá murió hace seis meses. Solo quería saludar a la signora y contarle que mi madre disfrutaba conversando con ella. Grazie. Buon giorno.
Carlos tenía el coche con la marcha puesta y conducía alejándose de la casa cuando dijo:
—¿Qué está pasando?
—El padre de Linette mantenía un presupuesto familiar muy ajustado. Su madre rara vez visitaba a Linette porque se mareaba cuando viajaba en coche por mucho tiempo, también se ponía mal al subir en aviones y tenía mucho miedo al agua como para hacer un crucero. No tengo ni idea de quién sería la mujer que nos ha abierto la puerta de la casa, pero evidentemente no conoce a la familia Tassone.
Carlos redujo la velocidad mientras cruzaban la entrada y empezó a desandar el camino, lo que les llevaría alrededor de una media hora hasta bajar la montaña. No le gustaba esta ruta con un carril de subida y otro de bajada, pero eso podría ser solo paranoia de su parte por tener a Gabrielle con él y ningún apoyo adicional cerca.
—El padre de Linette nunca habría dejado esa casa —agregó Gabrielle, frotándose las manos nerviosamente. Después se detuvo y miró a Carlos—. Una vez Linette dijo que le había preguntado a su padre si podían mudarse a una casa nueva, y él le respondió que la única forma en que dejaría esa casa sería en un ataúd. ¿Crees que están muertos? —dijo susurrando.
—No lo sé. —Siguió conduciendo, bajando lentamente alrededor de una curva cerrada que se prolongó a lo largo de un kilómetro.
Ella se dio cuenta de la tensión en los músculos de la cara de Carlos.
—¿Qué va mal?
—Nada, pero me voy a sentir mejor cuando lleguemos al camino principal. Rae y Korbin tendrán ya un sitio ubicado en Milán para que nos quedemos esta noche. Le daremos esta información a Gotthard y veremos qué puede averiguar al respecto.
Gabrielle se recostó en el asiento y pensó en los padres de Linette, tratando de encontrar una razón lógica para que hubiesen cambiado tanto.
Carlos maniobró con el coche por una curva a la derecha que bordeaba un muro de roca y de arbustos que colgaban sobre el camino y que no permitían ver a través de la curva. En el otro lado había otro largo tramo del camino con hondonadas en las colinas que bordeaban el lado derecho y una escarpada pendiente de decenas de metros que caía por la izquierda.
Un coche deportivo italiano de color rojo se había salido del camino, bloqueándoles el paso un poco más abajo. La puerta del conductor estaba abierta por completo y un hombre se hallaba desplomado sobre la rueda.
Disminuyendo la velocidad, Carlos aparcó a una distancia equivalente a cuatro coches.
—Parece como si el conductor estuviera herido. —Gabrielle movió la mano para abrir la puerta.
—No salgas del coche.
Carlos abrió su portezuela y salió del vehículo.
—Dame tu teléfono móvil. Necesitamos una ambulancia.
Gabrielle extendió la mano abierta hacia él esperando que le diera el teléfono.
Se dio cuenta de por qué él había dudado. Si le dejaba el teléfono ella podría alejarse y llamar a alguien para que la ayudara a escapar. Darle su teléfono sería una muestra de confianza en ella, algo que dudaba que ese hombre se hubiera permitido anteriormente con nadie.
Él no se movió para desenganchar el teléfono del clip sobre su cinturón.
Gabrielle bajó la mano, dolida más de lo que hubiera deseado por su falta de confianza en ella.
—Aquí lo tienes. —Carlos desenganchó el móvil, marcó un botón y se lo lanzó. Ella lo atrapó en el aire, impactada y animada por la confianza que él le demostraba.
—Está listo para marcar —le dijo, y se marchó.
Ella marcó el número de emergencia, sin embargo en el instante en que la operadora contestó, la llamada se cortó.
Gabrielle revisó la señal. No había señal.
¿Cómo podía haberse quedado sin señal sin moverse de sitio?
Uno de los grandes misterios de los teléfonos móviles.
Refunfuñó y alcanzó el ordenador portátil antes de salir del coche. Podría utilizar su blusa para hacer algún vendaje si era necesario, ya que hacía bastante calor como para usar solo la blusa de seda de tirantes que llevaba y sus pantalones de lino.
Cuando se volvió otra vez, Carlos ya casi había llegado hasta el otro coche.
El conductor se sentó y pegó un bote desde el coche, corriendo por un valle entre las colinas que bordeaban el camino.
Carlos se dio la vuelta rápidamente y se alejó de allí corriendo a toda velocidad. Su cara cambió de furiosa a aterrorizada cuando la vio:
—¡Corre!
Ella lo hizo tan rápido como pudo. Él la alcanzó y la cogió por la cintura tirándola con fuerza al suelo, echándose hacia una hondonada en la colina que estaba a su lado.
La explosión hizo que volara por los aires.
Ella cayó de golpe contra el suelo, de costado, envuelta en los brazos de Carlos. La compresión provocada por la onda expansiva cruzó el espacio abierto como un tsunami invisible cargado de una presión que golpeó sus cuerpos nuevamente.
Una segunda explosión hizo temblar el suelo debajo de ella. El ruido de cosas rompiéndose una y otra vez se escuchó detrás del impacto de la primera explosión.
No podía respirar. Gabrielle resollaba, luchando por respirar.
—Todo está bien, trata de calmarte. —La voz de Carlos se escuchaba muy lejana. Su pecho y pulmones le dolían horriblemente—. Te has quedado sin aire —le dijo.
Carlos se sentó, sosteniéndola entre sus brazos. Su cara tenía arañazos y cortes, pero estaba vivo. Oh, santo Dios, Carlos podría haber muerto.
Ella trató de hablar, pero no pudo.
—Shhh. Solo concéntrate en respirar.
Cuando por fin ella pudo sentir sus pulmones, respiró de forma entrecortada, luego asintió para dejarle saber que estaba bien por el momento. La ayudó a que se pusiera de pie. Se dieron la vuelta.
El coche de alquiler había desaparecido.
Se había esfumado. Puf. No había coche.
—¿Dónde está? —dijo ella con voz ronca.
Carlos la condujo a un lado del camino por donde su precioso Mercedes había rodado hasta terminar en el fondo del barranco. Seguramente la explosión lo había hecho volar fuera del camino.
—Si me hubiera quedado en el coche, estaría muerta ahora —murmuró. A Gabrielle se le doblaron las rodillas.
—Eh, no te desmayes. —Carlos la sostuvo en sus brazos y la llevó hacia un espacio en la colina en donde encontró un sitio con sombra y se sentó.
—Debo suponer que no nos van a disparar o no se hubieran tomado tanto trabajo para hacer que pareciera un accidente. El otro coche debía de estar cargado de combustible de avión para haber explotado así.
Escucharon unas aspas de helicópteros por encima de sus cabezas.
—Oh, dios. ¿Ya están de vuelta? —dijo Gabrielle horrorizada.
—No, esa debe de ser mi gente.
—¿Cómo lo sabes?
—Hice una llamada de emergencia a Jake antes de darte el teléfono. Jeremy tiene un dispositivo de rastreo en su coche para asegurarse de encontrarnos si algo sucedía.
—¿Y el helicóptero?
—Te dije que Jake es el hombre con quien hay que contar cuando se trata de pilotar algo. También es el que puede confiscar cualquier cosa que vuele en cualquier momento. Antes de que se fuera, localizó un aeropuerto pequeño que queda cerca de aquí y dijo que estaría preparado.
Cuando llegaron al aeropuerto de Milán y salieron del helicóptero, Gabrielle echaba mucho de menos su casa alquilada del lago en Georgia.
—¿Quieres volar a algún otro sitio esta noche? —le preguntó Jake a Carlos. Luego entregó a Jeremy las maletas que había guardado hasta ese momento.
—No. Rae y Korbin han hecho ya reconocimiento en la ciudad. Prefiero quedarme aquí donde hay cuatro personas que pueden ayudarme a proteger a Gabrielle mientras informamos a la oficina y se nos ocurre adónde ir a partir de ahora.
—De acuerdo. Me ofrezco voluntario en el primer turno para proteger a Gabrielle esta noche.
Jeremy hizo su oferta con voz de boy scout, pero Gabrielle dudaba de que lo hubiera sido en algún momento.
Carlos se acercó a Jeremy y le dijo algo en voz demasiado baja como para que ella pudiera escucharlo, pero ya le había visto furioso una vez ese día cuando se había dado la vuelta y le había gritado que corriera.
Y en el colegio solo había jugado a mostrarse intimidante con Pierre y los demás.
Este no era el lado juguetón de Carlos. Se le resaltaban las venas del cuello. Sus manos estaban apretadas en sendos puños.
Jeremy dio un paso atrás. Probablemente era una decisión saludable.
Carlos terminó de decir lo que fuera que estuviera diciendo y se quedó ahí de pie, mirando de forma fulminante a Jeremy, que levantó las manos al cielo en un movimiento confuso.
—No quieres que nadie se presente voluntario. Está bien, me voy a la cama.
Se tumbó después de dar otro par de pasos para atrás.
Jake estuvo atento a todo lo que sucedía entre Jeremy y Carlos sin decir una palabra, pero tenía las cejas levantadas, interesado.
Carlos cogió aire y se rascó la barbilla. Luego le dijo a Jeremy en una voz más calmada:
—Gracias por ofrecerte, de todas formas.
Jake dejó escapar una risita.
Carlos le lanzó una mirada capaz de mutilar, y luego le dirigió a Gabrielle una llena de ternura.
—¿Lista para darte una ducha?
—Oui. —Anduvo con él hasta llegar a otro coche, una copia idéntica del sedán plateado que habían perdido—. ¿De qué iba todo eso?
—Le dejé claro a Jeremy cuál es su papel en la misión. —Carlos llevó su mano a la frente de Gabrielle, sus dedos le rozaron con suavidad una zona delicada—. ¿Qué tal estás?
—Ay. Bien, hasta que me has hecho darme cuenta de que me he lastimado la cabeza. —Gabrielle sintió con los dedos que tenía un bulto. La adrenalina debía de haber estado mitigando el dolor. Ahora sentía palpitar toda la cabeza.
—Korbin y Rae ya nos han reservado una habitación en el hotel. Ellos van a estar en otra al lado de la nuestra.
—Me encuentro bien, en serio. No me rompo con tanta facilidad.
Al menos no físicamente, pero no podía garantizar nada de su corazón.
Una vez subidos al coche, Carlos se estiró por encima de ella y le abrochó el cinturón de seguridad. Después le dio un beso en la mejilla y se puso recto.
—En quince minutos estamos allí.
—¿Crees que ha sido Durand? —preguntó ella, articulando la preocupación que la había estado acosando.
—No es su estilo.
Meditó por un momento hasta darse cuenta de quién tenía que estar detrás del ataque. Roberto. Pero ¿cómo se había enterado de que ella estaba allí? Y… ¿por qué lo iba a intentar de nuevo?
Una vez llegaron al hotel, Carlos la había llevado a la habitación y la había metido en la ducha antes de que ella se diera cuenta. Sin embargo, el alivio que había sentido solo duró hasta que Carlos rehusó a ducharse con ella.
¿Qué era lo que había cambiado desde esa mañana?
•• • ••
Carlos cerró la puerta del cuarto de baño, que era bastante modesto comparado con el que habían dejado atrás en Francia, y entró en la sala de estar, amueblada con un estilo moderno y con un sofá de color crema con demasiado relleno y una silla a juego.
Le dio al interruptor de la pared y encendió el par de lámparas que colgaban de unas cadenas en el techo, de unos tres metros de alto, por encima de unas mesas de metal y cristal.
Llamaron a la puerta de la suite dos veces. Carlos la abrió y vio a Rae y a Korbin; ambos vestían vaqueros y parecían algo cansados. El estar de acampada no había sido una delicia para ninguno de los dos.
—¿Dónde está Gabrielle? —preguntó Rae, mientras entraba a la habitación y miraba, escrutador, a su alrededor. Todavía tenía el pelo mojado de la ducha y llevaba el estuche de un portátil.
—En la ducha. Volveré en un par de horas.
Carlos aceptó la pistola de nueve milímetros que le ofreció Korbin al entrar en la suite y se la colocó detrás en la espalda, entre los vaqueros, cubriéndola con la camisa vaquera de manga larga que dejó sin abrochar.
—¿Adónde vas entonces? —preguntó Rae a Carlos, pero dirigiendo la mirada sombría a Korbin—. ¿De qué habéis estado hablando vosotros dos?
Carlos no le respondió de inmediato. Miró a Korbin, que se encogió de hombros y le dijo a Carlos:
—Tienes hasta el amanecer antes de que tenga que contactar con Joe.
—Gracias. Te debo una.
Carlos le pagaría la deuda a Korbin sin rechistar en un futuro por haberle brindado un poco de tiempo para desmarcarse del equipo esa noche. Y por mantener a Gabrielle a salvo mientras él no estuviera. Carlos se dio la vuelta para mirar a Rae.
—Voy a prevenir futuros accidentes y a eliminar a la persona que intenta matar a Gabrielle.
—Así que con esas estamos, ¿eh?
Los ojos de Rae destellaron comprensivos y con un brillo de tibieza que Carlos no había esperado ver en esa operativa tan dura. Carlos podía negar lo que ella había insinuado, que ahora se trataba de un asunto personal para él, pero no iba a desperdiciar su saliva si Rae había armado ya las piezas del rompecabezas. Esa era su especialidad. Seguro que había revisado el informe de Gotthard, en el que probablemente se incluía la historia de Roberto y las residencias que había tenido desde que se casara con Gabrielle. Luego habría juntado esa información con el hecho de que Gabrielle apenas si escapara a los dos anteriores y misteriosos accidentes que había tenido y que la habían llevado a esconderse; Rae habría relacionado todo eso con las pólizas de seguros que Gotthard sin duda habría encontrado.
Sí, Rae sabía adónde se dirigía Carlos, pero era extraño que no estuviera encima de él replicándole que lidiar con Roberto no tenía nada que ver con la misión de BAD.
—Simplemente decidle a Gabrielle que volveré más tarde esta noche.
A Carlos le habría gustado llevar esa misión a cabo sin involucrar a otras personas, pero los agentes de BAD se apoyaban los unos a los otros en cualquier situación. Esa era otra de las razones por las que no había otros equipos como ellos.
—Sé que no es justo de mi parte que os lo pida, pero apreciaría mucho que esto quedara entre nosotros tres.
Rae sonrió.
—Por supuesto, cariño. Admiro a los hombres que luchan por lo que les pertenece —dijo, y le dirigió una mirada bastante evidente a Korbin.
La cara de Korbin mostraba una mezcla de humor y confusión. Carlos tardó algo en reaccionar a lo que Rae había dicho, porque nunca la había escuchado hacerle a un agente masculino un comentario tan abiertamente femenino, y mucho menos durante una misión.
—Gracias, pero ella no me pertenece.
Carlos se dio la vuelta para marcharse.
—Y yo que te iba a dar crédito por no soltarme una cursilería —añadió Rae—. Ten cuidado. Nosotros cuidaremos de tu chica.
Carlos suspiró y se marchó.
Gabrielle no le pertenecía, no podía quedársela, pero estaba decidido a asegurarse de que Roberto no volviera a molestarla nunca más.
•• • ••
Gabrielle salió del cuarto de baño con un albornoz del hotel. Se estaba secando el pelo con una toalla cuando se detuvo en seco en medio del salón de estar.
—¿Y dónde está Carlos? —le preguntó a Korbin y a Rae.
—Está ocupado, cariño.
Rae hojeaba la revista en su regazo. Korbin no cambió su postura reclinada. Cabeza echada para atrás, ojos cerrados y respiración casi imperceptible. ¿Estaba dormido?
¿Así que Carlos no solo rehusaba a ducharse con ella, sino que también se marchaba sin decir ni media palabra? ¿Qué le estaba ocurriendo? Gabrielle retorció la toalla entre las manos con fuerza, harta de escuchar respuestas evasivas y taimadas.
—Eso no es una respuesta, cariño —le soltó Gabrielle.
Rae dejó de hojear la revista un momento, levantó la vista con curiosidad, suspiró, y continuó mirando la puñetera revista.
—¿Dónde… está… Carlos? —exigió saber Gabrielle.
—Está ocupado —dijo Korbin sin abrir los ojos—. Es todo lo que podemos decirte ahora, pero debería volver por la mañana.
Abrir la caja fuerte de un banco era más fácil que sacarle algo a esos dos.
—De acuerdo.
Gabrielle odiaba tanto la decepción que sentía algo espeso en la garganta, como si se le atragantaran las palabras. Se volvió a la habitación y cerró la puerta.
Para cuando hubo acabado de ponerse los vaqueros y un jersey blanco, Gabrielle oyó lo que debía de ser alguien sirviendo la comida. ¿Quedarse en la habitación malhumorada porque Carlos pasaba de ella o salir de la habitación y ver qué podía sonsacarles a esos dos mientras comía?
De cualquier manera, tenía la mente más clara con el estómago lleno.
Gabrielle abrió la puerta y se encontró con el suculento aroma de platillos destapados y colocados en una mesa con cuatro sillas. Rae y Korbin ya estaban zampando.
Gabrielle se sentó delante del único plato del que no se habían apoderado.
—¿Esperáis que Carlos vuelva a tiempo para comer?
Korbin se embutió un trozo de bistec en la boca, eludiendo la conversación de manera conveniente.
—No estamos seguros. —Rae separaba las distintas comidas de su plato para que no se tocaran—. Pero nos gustaría hablar de un par de cosas mientras no está.
Eso venía bien para lo que Gabrielle tenía pensado.
—Claro. Yo tengo una par de preguntas que quería hacer.
Rae terminó de organizar su comida y levantó su vívida mirada hacia Gabrielle.
—Te doy un par de puntos por tu persistencia, pero has perdido unos cuantos por ser un poco lenta enterándote de las cosas. Nosotros no respondemos preguntas. Las hacemos. Para comenzar, háblame de Babette Saxe.
La boca de Gabrielle se abrió de par en par. A lo mejor se había ganado la confianza de Carlos, pero él había perdido la suya al exponer a Babette frente a este grupo.
•• • ••
Carlos caminaba despacio por las habitaciones ostentosas y sumidas en la penumbra a causa de las luces que se filtraban por la pared de cristal que daba a la ciudad de Milán. La seguridad de Roberto era muy vistosa, pero solo en apariencia.
¿Qué clase de idiota se quedaba en un sitio tan vulnerable?
Uno arrogante.
Si Carlos se hubiera encontrado con más de un guardaespaldas a la hora de entrar en el ático de lujo, podría haber descendido un piso en rappel desde el balcón perfectamente.
Qué demonios, probablemente habría podido saltar desde el techo.
Cuando alcanzó la cama, intentó por todos los medios no soltar una carcajada. El pelo castaño de Roberto era grueso, le llegaba justo por debajo de las orejas, y estaba peinado y fijado con gomina a la perfección. El tipo estaba tumbado con los brazos y piernas extendidos encima de las sabanas de seda roja. Estaba vestido tan solo con ropa interior negra.
¿Era eso un tanga? Puaj.
Eso facilitaría la ejecución de lo que Carlos tenía pensado.
La figura de Roberto era demasiado ligera para ser uno de esos cuerpos musculados de esos carteles que Carlos había visto de camino. Suponía que por eso utilizaban dobles y especialistas.
Pero esa noche no había ningún doble que pudiera interpretar la caída por Roberto.
Carlos se aproximó y encendió la lamparilla que estaba al lado de la cama. La luz era roja. Puso los ojos en blanco. Se imaginaba que la luz era para poner en situación a las mujeres que el idiota llevara allí.
—Despierta, Roberto —le ordenó Carlos con una voz normal.
Roberto balbució algo así como «márchate».
Carlos sacó su navaja y la abrió. Usó la hoja afilada para retirar un mechón de pelo de la frente del actor. Roberto le dio un manotazo, pero se pegó a sí mismo en la cara, despertándose mientras gruñía.
Le echó un vistazo a Carlos y gritó:
—¡Bruno!
—Tu guardaespaldas está como un tronco.
—¿Quién eres? ¿Qué es lo que quieres? —Roberto le hizo esas preguntas mientras se apartaba un par de centímetros hacia atrás.
Carlos presionó la punta de la navaja contra la frente de Roberto, haciendo que la comadreja se frenara en seco.
—Quédate muy quietecito o voy a tener que reducirte, ¿entendido?
Roberto asintió como un muñeco de ventrílocuo.
—Bien. Estoy aquí por una razón y no tengo mucho tiempo como para desperdiciarlo. Sé de los tres ataques a Gabrielle y tengo la certeza de que tú estás detrás de ellos. Eso se va a acabar ahora.
—No sé de qué…
Carlos tocó con la navaja los labios de Roberto, deteniendo su negación de los hechos.
—¿Recuerdas que te he dicho que tengo prisa?
Carlos retiró la navaja de la cara de Roberto y esperó a que este asintiera una vez más antes de continuar. Bajó la navaja hasta que esta llegó a una de las tiras del tanga de Roberto.
—Oh no… por favor, no.
Roberto tragó una bocanada de aire, temblando. Sus ojos se anclaron en el lugar en el que la navaja estaba a un pelo de rebanar al Gran Jim.
O en el caso de este tío, de cortar a Junior.
—No tenía ni idea de que podían fabricar tangas masculinos tan pequeños.
—¿Quién eres?
—El nuevo guardaespaldas de Gabrielle. Y me tomo mi trabajo muy en serio.
—¿Qué demonios quieres? —gritó Roberto. El poder de su voz estaba alimentado de una buena dosis de miedo.
Así estaba mejor. El cabrón pagaría por lo que le había hecho pasar a Gabrielle durante los últimos diez años… y por casi haberla matado ese mismo día.
—¿Que qué es lo que quiero? —repitió Carlos—. Muy simple. No vuelvas a molestar a Gabrielle nunca más. Ni siquiera se te ocurra pensar en ella en el futuro. No te acerques a ella y no envíes a ninguno de tus imbéciles a intentar lastimarla de nuevo.
—Vale, vale. No estoy admitiendo nada —añadió Roberto con rapidez—, pero te juro que no voy a volver a tener nada que ver con Gabrielle nunca más.
El color en su cara estaba retornando demasiado rápido para el gusto de Carlos.
—No pensarás que voy a creerte solo porque me lo has dicho, ¿verdad?
—Venga. Ni siquiera sé de qué me estás hablando.
Carlos deslizó la navaja aún más cerca, arañando la piel.
Roberto gimió como si le hubieran cortado la pierna de cuajo. Era un error muy grande eso de hacerle saber a tu enemigo lo fácil que es hacerte sangrar.
—Cierra la boca o sí que voy a cortarte algo.
Silencio. Bueno, los sollozos eran más silenciosos que Roberto chillando como un criajo que quiere su biberón.
—Voy a darte una elección. —Carlos esperó hasta acaparar toda la atención de Roberto—. Puedo dejarte una cicatriz que vaya desde la cabeza, pasando por la nariz, por debajo de la mejilla hasta llegar a la oreja, o puedo quitarte el huevo izquierdo.
—¿Estás loco? —Roberto estropeó el insulto al llorar—. Te daré dinero, lo que sea. Dile que lo siento. Le daré dinero. Nunca quise hacerle daño…
Carlos puso los ojos en blanco esperando a que se le pasara el histerismo.
Roberto se sorbió los mocos, sus ojos hinchados estaban llenos de lágrimas, le temblaba el cuerpo descontroladamente y, si esto duraba mucho más, lo más seguro era que fuera a necesitar un tanga limpio.
Cuando se calmó de nuevo, Carlos le dijo:
—Es una decisión fácil, en realidad. Si pierdes un huevo, sangrarás un poquito, pero todavía podrías hacer películas. Por otro lado, puede que afecte a tu vida amorosa, pero por lo que puedo ver… —le echó una mirada al saco de nervios del tanga de Roberto—, basándome en ese paquetito tan mono, más te valdría conservar tu cara en el mejor estado posible.
Roberto comenzó a jurar otra vez que no iba a tocar a Gabrielle nunca.
Carlos trasladó la navaja a la mejilla de Roberto con rapidez. Eso le cerró la boca.
—No me voy a ir de aquí hasta no estar convencido de que de verdad me crees cuando te digo que si tengo que volver aquí, no voy a darte ninguna elección.