badTop-18

Princesa?

Cuando era una niña, Gabrielle nunca le había dado importancia al hecho de que la trataran como a alguien de la realeza, pero en labios de Carlos la palabra «princesa» sonaba de un modo íntimo.

Era una palabra cariñosa.

Había entendido lo que quería decir con eso de «un hombre como yo». Él era un hombre a quien no podía mirar con ojos ilusos, pero eso ya no le importaba.

Deseaba a ese hombre. Durante esa noche él sería suyo.

—¿Qué va a hacer falta para tenerte dentro de mí?

Carlos se quedó de nuevo inmóvil, mientras el silencio se abría paso entre los dos.

¿Había dicho algo inconveniente? Detestaba tener tan poca experiencia. Pero entonces los dedos de Carlos se curvaron alrededor de uno de sus pechos y se llevó su pezón a la boca. Cuando lo lamió, todos sus pensamientos desaparecieron y un calor surgió a través de su piel fluyendo entre sus piernas.

Creía que moriría si Carlos se detenía. Un gemido de anhelo se escapó delo más profundo de su pecho. Gabrielle se agarró a los hombros de Carlos con una fuerza feroz, asiéndose tanto a él como al resquicio de cordura que le quedaba.

Los dedos de él rodearon su otro pecho, y después llegaron sus labios, torturándola. Ella se retorció. Necesitaba más. Mucho más.

Sus dedos raudos dejaron su pecho y dibujaron círculos en su abdomen, bajando más, jugueteando con los rizos de su sexo.

Ella dobló las rodillas y él deslizó un dedo en su entrepierna, dentro de ella, sumergiéndolo una y otra vez.

Mon Dieu! Gabrielle se estremeció y dejó escapar un grito. Sentía como si se acercase a una llama que amenazaba con quemarla hasta llegar a su centro.

Y de repente Carlos tocó ese punto de su cuerpo en donde todo se interconectaba. Jugaba con él de arriba abajo, tan despacio que era una agonía y Gabrielle sintió que estaba a punto de perder la cabeza. Luego, el movimiento se convirtió en una fricción en espiral.

—Por favor, por favor… —Gabrielle no pudo terminar de formular el pensamiento. Por primera vez en su vida, su mente no le era de ayuda.

Él le susurró dulces palabras en español, asegurándole que le parecía hermosa y la deseaba. Su voz ronca llenaba la habitación; una voz que tocaba algo en su interior. Algo puramente femenino que nunca antes había sentido con aquella plenitud. Su olor masculino, cálido y húmedo por el sudor que le brillaba en la piel, allí donde sus cuerpos se encontraban.

Sus dedos la hacían enloquecer en un húmedo calor.

Gabrielle arqueó la espalda, tensa a causa de una necesidad tan imperante que creía iba a partirla de pies a cabeza.

Carlos se colocó a su lado, con una de sus piernas entrelazada con una de las de ella, separó los muslos de Gabrielle. La boca de Carlos encontró la suya, besándola con fuerza y ardor. Cuando empujó la lengua entre sus labios y alcanzó la de Gabrielle, presionó su dedo dentro de ella y luego lo retiró, volviendo a repetir la misma acción y además imitándola con la lengua.

Su lengua, esa que se había enredado con la de ella, ahora rozaba su punto más sensible, moviéndose hacia delante y hacia atrás. El corazón de ella se aceleró.

El cuerpo de Gabrielle se tensó y luego se estremeció, liberándose de la tensión.

Pudo ver las estrellas.

La lengua de Carlos la presionaba, pidiéndole más.

Incapaz de rechazarlo, ella gritó una y otra vez hasta que sus músculos dejaron de contraerse.

Agotada por una experiencia que sobrepasaba con creces todo cuanto se podía haber imaginado, no pudo hacer más que yacer en la cama, mientras su pecho se agitaba con respiraciones largas y exhaustas.

Entonces él la abrazó justo de esa forma que ella siempre soñó que la abrazaría el hombre que la amara. Carlos susurró en su oído palabras sobre lo especial que ella era, sobre cuánto lo excitaba y cuánto la deseaba.

Mientras la sostenía pegada a su cuerpo, él no la presionó en busca de algo más, hasta que ella volvió en sí otra vez. Las grandes manos de Carlos la envolvieron y la atrajeron hacia su pecho. Sus dulces labios le rozaron la frente, la mejilla y también la boca.

Gabrielle frotó sus caderas contra él, como la desvergonzada mujer que en aquel momento era.

Él respondió poniendo una mano entre sus piernas desde atrás para provocarla, y luego introdujo dos dedos en ella.

Después de aquello, ¿qué más podía desear?

Ella no lo sabía, pero sí que podía sentirlo.

Carlos la acostó sobre el colchón:

—No te muevas.

—Como si pudiera.

Su risa profunda retumbó hasta el baño, justo antes de que la luz destellara cuando él abrió y cerró la puerta. En ese momento, a Gabrielle se le hizo agua la boca ante la visión del espectacular trasero de su compañero.

Él hurgó en busca de algo, luego apagó la luz.

¿Qué era lo que estaba buscando?

¿Protección?

—¿Tenías un condón? —Ella estaba entusiasmada y a la vez desconfiaba. ¿Habría planeado todo aquello?

—Siempre llevo algunos conmigo —admitió, respondiendo a la pregunta que ella había callado.

Ella percibió el arrepentimiento en su voz, como si pensara que la había ofendido. Ni por asomo.

—Me hubiera sentido profundamente decepcionada si no lo hubieses hecho. —Trató de alcanzarlo a ciegas hasta que sus dedos encontraron su erección, ya enfundada.

El grito que siguió tuvo la ventaja de anunciarle a ella que Carlos no podría contenerse por mucho más tiempo.

Y Gabrielle no quería que lo hiciera.

Estaba más que lista para él.

La besó, llevó los labios hacia su oído y le susurró:

—Decir excepcional es subestimarte. Tendré que buscar una palabra mejor.

Ella cerró los ojos con fuerza, deseando que no se le escapara ninguna lágrima. Ese hombre podría llegar a tocar ese lugar en su interior que había logrado blindar y proteger durante tanto tiempo. Ningún hombre había llegado a estar tan cerca, ni siquiera Roberto. La última vez ella era demasiado joven como para saber la diferencia entre el amor y la lujuria.

Esta vez sí sabía la diferencia.

Cuando Carlos se acomodó entre sus piernas y le besó la parte anterior de los muslos, cualquier pensamiento sensato que aún le hubiera podido quedar, se evaporó.

Gabrielle dio un grito ahogado y apretó las manos, sujetando el edredón entre los puños cerrados. Los músculos del interior de sus piernas estaban tensos, listos para romperse. Él alejó la boca y la movió siguiendo el camino que conducía a su ombligo.

Carlos se apoyó sobre ella y la besó dulcemente primero, luego con pasión. Empujó la punta de su erección contra el cuerpo de Gabrielle, presionando contra su húmeda abertura. Esperó, luego empujó con un poco más de fuerza.

Ella sintió cómo el calor se precipitaba cuando él presionaba más profundamente. Enroscó las piernas alrededor de Carlos y él se sumergió totalmente dentro de ella para luego retirarse hacia atrás.

Junto a cada golpe suyo, deslizándose profundamente dentro del cuerpo de la chica, sus dedos hacían magia y la conducían a ese extremo en el que ella quería abandonarse a sí misma en la nada. Ella lo acompañó en cada movimiento, determinada a que él alcanzara el mismo estado de pérdida de conciencia al que la había conducido.

Carlos movió los brazos para sostener su cuerpo encima de ella. Gabrielle estrechó sus bíceps, que se flexionaron con fuerza bajo sus dedos, y la respiración de él se agitó.

—Te necesito tanto —dijo ella con voz áspera y la respiración crispada. Luego él movió una de las manos para colocarla entre ambos cuerpos y tocar con sus dedos ese punto preciso. Entonces ella perdió el aliento.

El mundo de Gabrielle se partió en mil pedazos. Gritó el nombre de él hasta que no pudo más.

Apoyándose en ambos brazos, Carlos se retiró, y luego empujó profundamente una y otra vez con fuertes golpes. Gritó al sentirse liberado, moviéndose de arriba abajo sin descanso hasta alcanzar el clímax. Ella nunca había vivido nada tan increíble como hacer el amor con él.

Carlos se estremeció, hasta que se derrumbó y rodó hacia un lado, arrastrándola a ella consigo. Se mantuvieron unidos.

La besó tiernamente, rozándole apenas los labios.

—Necesito decirte algo. —Ella movió sus dedos sobre la cara y la frente húmeda de Carlos. Le apartó un mechón de pelo hacia atrás, deseando que las luces hubiesen estado encendidas para poder ver su cara.

—¿Qué? —preguntó él, con un gesto de preocupación.

—Yo no hago esto… quiero decir, no lo he hecho desde mi divorcio. Realmente no he tenido ninguna cita.

Carlos estaba inmóvil otra vez, con la respiración tan serena como sus pensamientos.

—Sé que no eres el tipo de mujer que sale a ligar por ahí, pero ¿qué te ha detenido para, al menos, salir con alguien?

—Una razón. Me retiré después del divorcio de Roberto y no tuve ganas de relacionarme con hombres por un tiempo. Después tuve un par de «accidentes» que me asustaron y no quise arriesgarme a conocer a nadie más.

Además, estaba completamente segura de que jamás habría conocido a nadie que la hiciera sentir lo que había sentido con Carlos, pero eso no se lo iba a decir.

—¿Sufriste atentados contra tu vida por parte de ese desgraciado? —le preguntó Carlos.

—Sí.

—¿Qué te hace pensar que tu exmarido estuvo detrás de esos accidentes?

—El hecho de que cuando nos separamos, él tenía una póliza de seguro a mi favor por un monto de veinte millones de dólares. La contratamos justo después de casarnos, y mientras las primas se siguieran pagando, seguiría vigente. Él me dejó muy claro lo que pasaría si yo trataba de cancelarla.

Carlos la abrazó y murmuró:

—Ese cabrón… pero él debería saber que sería sospechoso, aunque tú murieras en un accidente.

—No, él me chantajeó para que mantuviéramos una póliza como si fuésemos pareja, para que pareciera que los dos estábamos asegurados y habíamos tenido una separación amistosa que nos permitía conservar esas pólizas. Si yo no lo hubiera aceptado, él habría recurrido a los medios para echar toda clase de basura sobre mi familia y sobre mí, lo cual habría resultado devastador para mi padre.

Carlos besó la frente sudorosa de ella, y luego se apartó.

—Estabas tan relajada hace un rato que parecías una gelatina, y ahora en cambio estás tan tensa… ¿Ocurre algo malo?

—No, no es nada.

—Cuéntamelo. —Le dio un beso para suavizar el amable requerimiento.

—A estas alturas yo debería tener más experiencia. Roberto no era un gran amante, y rara vez venía a casa por la noche. Siento como si estuviera estancada con este tema, y odio no ser excelente en lo que hago.

—Estás completamente equivocada —le susurró con una voz tan erótica que a ella se le puso la piel de gallina. Carlos recorrió toda su espalda con las manos, haciéndola estremecerse—. Hacer el amor contigo hace que uno se sienta como si estuviera compartiendo un don. De hecho, hasta me da miedo pensar que puedas ser mejor que esto en la cama.

Ella recuperó el brillo de la felicidad.

Carlos tenía todo lo que una mujer podía desear en un hombre.

Un hombre de honor.

Un hombre capaz de ayudarla a vencer a Durand Anguis.

•• • ••

Carlos cerró los grifos de la ducha y para secarse tiró de la toalla que estaba doblada sobre una repisa encima de su cabeza. El agua caliente no le había ayudado nada a recomponerse después de las últimas horas que había pasado haciendo el amor con Gabrielle. Debería dormir como un muerto esa noche, pero maldita sea, su cuerpo la deseaba otra vez.

Y ella no sería capaz ni de andar si sostenían otro asalto.

El tarareo al otro lado de la cortina le hacía saber que Gabrielle todavía estaba en la habitación con él.

En el instante en que se enfrió la lujuria lo asaltó la culpa. No debió haber traspasado la línea haciendo el amor con ella. No solo por su posición en BAD.

Sino también porque ella no era el tipo de mujer de aquí te pillo, aquí te mato. No es que él hubiera creído en ningún momento que lo fuese, pero tampoco estaba preparado para todo lo que ella había pasado a significar para él. Y deseaba con todas sus fuerzas que nadie pudiera hacerle ningún daño.

Especialmente él mismo.

Antes de que ella le explicara ningún detalle, Carlos ya había adivinado que no había estado con muchos hombres. Solo con uno, para ser exactos, y el desgraciado bien pudo no existir, salvo por las cicatrices emocionales que había dejado en ella.

Carlos sonrió. Ella le había pedido que la sorprendiera. Hubiera podido hacer algo más provocativo si se hubiese tratado de una mujer más experimentada, pero sus instintos habían estado en lo cierto al advertirle de que debía tener cuidado con la manera de hacerle el amor a Gabrielle.

Nunca había esperado que otra mujer pudiera importarle. No después de la mujer que había visto morir dieciséis años atrás.

El dolor y el placer se paseaban por su corazón, golpeando el órgano con el dolor del amor perdido y el deseo por una mujer que había dado la vida por algo peligrosamente cercano a la alegría.

Había disfrutado de muchas mujeres, dulces damas que había conocido y que sin duda no querían nada más que lo que él podía ofrecer, unos pocos días de sexo excitante.

Pero Gabrielle no se parecía a ninguna otra mujer que hubiese conocido. Esa noche con ella había sido diferente en todos los sentidos, de una manera que resultaba difícil de ignorar. Ella era espectacular e ingenua a la vez.

Se estremeció al recordar cómo había pensado lo mismo después de hacer el amor con Helena cuando ella tenía dieciséis años y él diecisiete.

Helena Suárez, la ahijada de Salvatore.

Los años habían ido borrando su rostro, pero no el dolor de su memoria la última vez que Carlos la miró a los ojos mientras la vida se escapaba de su cuerpo.

Y si Helena había muerto había sido por relacionarse con él.

Ahora quería a Gabrielle con el mismo deseo ardiente que había sentido por Helena, solo que esta vez era un hombre que sabía los riesgos a los cuales ambos se enfrentaban.

Gabrielle nunca estaría segura a su lado.

Lo mejor que podía hacer para protegerla era convencerla de que dejara de enviar información secreta a las agencias de seguridad acerca de personas como Durand Anguis, y lograr que Joe la pusiera en el programa de protección de testigos, si es que encontraban una manera de hacerlo sin provocar un conflicto internacional por esconder a la heredera de una dinastía.

Pero todo eso dependía de que Carlos pudiera evitar que BAD la entregara a la Interpol.

—¿Vas a salir de ahí? —preguntó ella. La risa bajita que siguió a la pregunta lo hizo sonreír.

—¿Qué tal si me pasas mi teléfono? —Tenía que conseguir que ella saliera de la habitación para poder ponerse la camisa. Lograr llegar hasta la ducha sin exponer el tatuaje en su pecho había sido ya bastante difícil.

—Ahora mismo, cariño.

Echó un vistazo por encima de la cortina de la ducha. En el minuto en que ella abrió la puerta de la habitación, él ya estaba fuera poniéndose la ropa.

«Cariño». Esa era una palabra que su tía le hubiera dicho a su marido cuando el tío de Carlos todavía estaba vivo. Él había sido la única figura masculina decente que Carlos había tenido en su vida. Su tío le había dicho una vez que una mujer era un regalo del cielo, y que debía ser tratada como un tesoro.

Gabrielle se merecía muchísimo más de lo que él le podía ofrecer, pero eso no cambiaba el hecho de que él sintiera que ella era su regalo del cielo. Tragó saliva, odiando las decisiones a las que tendría que enfrentarse cualquier día de estos. ¿Qué iba a hacer el día que tuviera que entregarla de vuelta a Joe? Estaba en deuda con Joe y con BAD, que lo habían salvado de perder toda esperanza de vivir su vida como un hombre libre. Había escapado de Durand cuando quedó claro que su padre lo estaba preparando para que se hiciera cargo del negocio familiar, un negocio basado en el asesinato y la tortura. Lo vio todo perfectamente claro el día en que Helena murió.

¿Qué podía hacer para mantener a Gabrielle a salvo y segura y a la vez respetar su compromiso con BAD? Se enfrentaría a esa decisión cuando llegara el momento, pero lo que sí tenía claro era que no permitiría que nadie hiciera daño a Gabrielle.

Pero ella estaría en peligro cuanto más tiempo permaneciera cerca de él, porque cualquier sitio al que Carlos fuera sería una zona de peligro mientras Durand estuviera vivo.

—¿Dónde está tu teléfono? —le preguntó.

Asomó la cabeza detrás de la puerta y esperó a que ella se diera la vuelta para señalarle su bolsa de viaje. Luego se llevó el dedo al oído para recordarle que podrían estarles escuchando.

Ella pronunció un «¡ah!» y se dirigió hacia la bolsa.

Cuando regresó, él ya estaba vestido con unos vaqueros y una camiseta gris. Se pasó los dedos por el pelo para peinarse, luego cerró la puerta y abrió el grifo del lavabo, justo antes de marcar el número de Korbin.

Korbin respondió.

—¿Alguna noticia?

—Hemos, confirmado que esperan que Amelia vuelva, así que no ha desaparecido todavía. ¿Qué tienes tú?

—La espalda entumecida por haber dormido fuera con una pareja poco servicial.

Carlos se rio.

—¿No pudiste convencerla de que estás dispuesto a dar un paso adelante hacia las R?

—No, le dije…

Alguien le arrebató el teléfono de las manos, porque de pronto Rae estaba en la línea. Gabrielle lo observaba mientras arqueaba un poco la ceja con curiosidad y mantenía los brazos cruzados sobre la camiseta de tirantes que llevaba puesta.

Sin sujetador.

Carlos dirigió la vista hacia el techo para mantener su mente alejada de ella… sin sujetador.

La voz cansada y molesta de Rae se escuchó a través de la línea.

—Si estuviera dispuesta a hacer algo tan estúpido como follar con Korbin, él estaría demasiado muerto como para cumplir con su trabajo. Dudo mucho de que hubiera podido con lo que yo tengo para ofrecer.

Carlos captó algo que parecía ser entre un comentario y un gruñido.

—¿Qué ha dicho Korbin?

—Una tontería acerca de que está preparado para enfrentarse al reto. Debería centrar toda su atención en la misión, y eso me hace recordar que Gotthard quiere hablar contigo y con Gabrielle. ¿Qué tal le va con los ordenadores?

—Hasta ahora bien, pero en lo que se lució fue en la manera de conseguir que nos dejaran entrar aquí. Tenía razón con respecto a las estrictas medidas de seguridad. Querían echarme a mí, pero recurrió a la carta del poder de los Tynte y se mantuvo firme. —Él sonrió ante los ojos como platos de Gabrielle.

Ella se sonrojó de vergüenza. Era bella, definitivamente bella. Se merecía el cumplido, y además él esperaba que su éxito en la escuela jugara a su favor cuando llegara el momento de que Joe tomara una decisión acerca de su futuro.

—¿En serio? —Rae parecía impresionada.

—Entraré en acción tan pronto como sepamos cuándo nos vamos.

Después de colgar, Carlos le dijo a Gabrielle que esperara en el cuarto de baño.

Sacó de su bolsa unos auriculares que se dividían para que ambos pudieran hablar con Gotthard.

Cuando tuvo los audífonos conectados al teléfono, llamó a Gotthard.

Antes de empezar a compartir información, Gabrielle preguntó:

—¿Cómo está Mandy?

—Continúa en coma, pero sus signos vitales están mejor. —Gotthard cambió de tema de inmediato y se puso a trabajar—. El acceso remoto que Gabrielle estableció para mí mientras estaba codificando los programas funciona a la perfección.

Carlos miró a Gabrielle, sorprendido de que ella no hubiera mencionado cuántas cosas había hecho para BAD mientras había estado en el área de informática, pero es que no habían tenido oportunidad de conversar mucho desde que salieron de allí.

—Hunter y yo hemos estado investigando la cuestión de los linajes —continuó diciendo Gotthard—. Hasta ahora podemos decir que Linette, Gabrielle, Amelia y otras dos estudiantes que se encuentran actualmente en MIA tienen marcadores similares provenientes de sus ancestros. Gabrielle, ¿alguna vez escuchaste algo acerca de la línea D-ange-ruese en la historia de tu familia?

—No, pero tampoco he investigado nunca. —Se quedó pensando durante un momento y luego chasqueó los dedos—. Tenía que deciros algo a los dos. No sé si esto es importante o no, pero Amelia, Joshua y Evelyn tienen números de identificación de estudiantes que los acreditan como discapacitados.

—Eso aparecía en sus expedientes, pero el dato no es consistente contigo, ni con Mandy, y supongo que tampoco con Linette —señaló Gotthard.

—Eso es verdad —dijo Gabrielle entre dientes—. ¿Había alguna otra conexión, Gotthard?

—Hasta ahora solo el hecho de que todos los que tienen esta anotación D-ange-ruese son hijos primogénitos o hijos únicos.

—¿Qué más has podido averiguar acerca de los adolescentes? —preguntó Carlos.

—Los otros dos que no aparecen son Joshua Williams, hijo de un congresista de Massachusetts, y Evelyn Abrams, la hija de un corredor internacional de bolsa de Israel. Según el horario que figura en línea, está previsto que Amelia regrese mañana; Joshua, según la información que aparece, se encuentra visitando a unos amigos en Alemania, y su pasaporte fue utilizado en el aeropuerto de Frankfurt, lo cual parece coherente. En el caso de Evelyn solo aparece registrado que está visitando a su familia en Israel y su pasaporte fue revisado en el aeropuerto de Tel Aviv. Pero Joshua y Evelyn deberían volver mañana por la mañana. Todos los adolescentes, Linette y Gabrielle, tienen antepasados que pueden rastrearse prácticamente hasta el arca de Noé, todos son estudiantes excepcionales con altos coeficientes intelectuales y todos, los cinco, provienen de familias intachables. Todos, excepto Mandy, que parece ser un demonio y es adoptada. Ella no se ajusta al modus operandi.

—¿Qué piensas que significa todo esto? —Gabrielle se quedó mirando fijamente más allá del hombro de Carlos, concentrada, como si su cerebro estuviera procesando la información.

—No lo sé. —Gotthard sonaba como si no hubiera descansado durante días, lo cual probablemente era cierto.

—No contamos todavía con un escenario que tenga sentido, y eso nos preocupa mucho, porque el ataque de Fratelli contra Estados Unidos el año pasado nunca culminó en una amenaza o una demanda. Retter encontró pistas en los ataques en contra del ministro venezolano del Petróleo, pero nunca los creyó.

—¿Por qué no? —Carlos pasó el brazo alrededor de Gabrielle y ella se estremeció.

—Retter dijo que las pistas eran muy fáciles de encontrar y de seguir, como si las hubiesen dejado a propósito; pero el sentimiento local es real y la mayoría cree que alguien de Estados Unidos está financiando los ataques. Podría tratarse de algún plan para incriminar a Estados Unidos, sobredimensionando los problemas del petróleo en América hasta llegar a una crisis en la que sus rivales finalmente caigan cuando los precios del petróleo se disparen hasta el techo y la Bolsa enloquezca, pero ningún escenario tiene sentido hasta ahora. En un momento os enviaré fotos y los expedientes de Mandy, Amelia, Joshua y Evelyn, pero nada sobre Linette, solo por precaución, por si el ordenador portátil de Gabrielle estuviera intervenido. No hemos podido encontrar la manera de dirigir una advertencia a Linette. En diez minutos tendréis toda la información allí.

Gabrielle le dio las gracias a Gotthard antes de que Carlos cortara la comunicación. Él confió en que la esperanza de su corazón no fuera tan vehemente como la que reflejaba su rostro. Probablemente Gotthard tenía tan solo una remota posibilidad de encontrar a Linette en línea, tal como había encontrado a Gabrielle, y odiaba que los esfuerzos de su compañero de equipo engendraran en ella una falsa esperanza.

—¿Por qué no vas a ver lo que el chef ha preparado para su alteza? —Carlos tenía una mirada irónica al decir eso, pero ella se dirigió hacia el salón. Llevaba puesta una camiseta gris de tirantes y unos pantalones negros de chándal. El cabello húmedo le caía suelto sobre los hombros.

Su falta de vanidad sorprendía a Carlos tratándose de alguien de su origen social. Los aristócratas que él había conocido se parecían más a Hunter, que gastaba una fortuna para tener planificado cada detalle a lo largo del día.

Ella estaba tan concentrada husmeando entre los platos que él se acercó a hurtadillas y le dejó caer un beso sobre su hombro desnudo.

Ella dio un bote y casi se golpean las cabezas.

Él la atrapó antes de que ella tirara la comida de la mesa.

—¿Hambrienta, señorita Saxe? —Luego dirigió la vista hacia arriba, en dirección a la estantería en la que brillaba la luz de activación de su bloqueador de señales, que indicaba que podían hablar con libertad.

Cuando ella se dio la vuelta se encontró con una fresa cubierta de chocolate sostenida cerca de su boca. La cogió entre dos dedos y en vez de morderla, deslizó su lengua por encima de la punta y chupó el chocolate de la fresa.

Él se quedó de piedra y le susurró:

—Si quieres comer algo será mejor que dejes de provocarme.

Un brillo malvado se reflejó en los ojos de ella.

Observar su seguridad femenina hizo que él volviera a excitarse. Su exmarido debía de haber sido un completo idiota por buscar algo distinto a aquella mujer. Carlos le habría volteado la cara, solo por haber minado su feminidad y seguridad en sí misma.

Si el bastardo alguna vez osaba acercarse a ella de nuevo, él se encargaría de darle algo más de lo que su cuerpo pudiera soportar.

—Sí que tengo hambre —admitió ella finalmente, después de comerse la fresa y chuparse los dedos.

Si no paraba de lamer cosas con la lengua, él se quedaría sin condones esa misma noche. Solo había traído los cuatro de costumbre.

No es que pensara utilizarlos en ese viaje.

Ella se rio y se soltó de los brazos de Carlos.

—Comamos o me voy a poner… ¿cómo es eso que dices? ¿Malhumorada?

—Sí, así es. —Él no podía creer el cambio que se había producido en ella, de tímida a relajada. Los hombres realmente no se daban cuenta de con qué facilidad sus palabras y acciones podían quebrar el espíritu de una mujer o elevar su autoestima. Gabrielle era brillante, heredera de una fortuna, y ella sola había cuidado de sí misma durante la pasada década.

Pero ¿qué era lo que había estado haciendo durante todo ese tiempo para saber tanto acerca de Anguis? ¿De dónde sacaba información?

—Aquí está lo tuyo. Yo beberé agua, si no te importa. —Ella le pasó un plato lleno de filetes de carne que tenían pinta de derretirse en la boca, un suflé de patatas, verdura verde con almendras, pan y un rábano cortado en forma de flor.

Él cogió una Coca-Cola y una botella de agua del minibar, luego caminó despacio hacia el sofá. Gabrielle dio vueltas alegremente alrededor de la mesa de servicio, evidentemente encantada, como si nunca hubiera cenado así de bien. Luego anduvo haciendo aspavientos hasta el sofá con un plato tan lleno como el de él, y se dejó caer, colocando sobre su regazo su bufé para una persona.

Empezó a comer con ganas.

De pronto hizo una pausa y se lamió los dedos otra vez. Levantó la cabeza y sus ojos brillaron como los de un elfo en medio de una traviesa misión. Sonrió y sus hoyuelos se hicieron evidentes, se cubrió la boca tímidamente con una mano, escondiendo los carrillos llenos de comida.

Pero a él le llegó al corazón el hecho de que no hubiera tenido el menor recato en devorar un plato lleno enfrente de él.

¿Qué iba a hacer con Gabrielle?

No podía conservarla a su lado, pero tampoco podía dejar que Joe y Tee la entregaran a la Interpol. Si decidiera enfrentarse a BAD se quedaría sin ningún refugio en el mundo, porque la organización lo trataría como una amenaza.

Las decisiones difíciles formaban parte de su vida, tanto como respirar. Tomaría esa decisión cuando llegara el momento.

•• • ••

Un zumbido insistente interrumpió su sueño.

Vestavia se despertó e instantáneamente trató de reconocer el lugar donde se encontraba. Era algo que hacía siempre, incluso cuando estaba en su ático de lujo de Miami, tal como ahora. Leyó el identificador de llamadas y levantó el auricular del teléfono para detener el sonido antes de que despertara a Josie.

—¿Qué sucede? —Se llevó el teléfono al oído con una mano y usó los dedos de la otra para juguetear con el pelo de Josie. Ella dormía a su lado, como un ángel. Su contacto en l’École d’Ascension no lo habría llamado a menos que se tratara de una emergencia.

—Tenemos un pequeño problema técnico aquí, Fra Vestavia —le advirtió su contacto.

—¿Qué problema? —preguntó Vestavia en voz baja. Josie se acurrucó a su lado y hundió la cabeza en la almohada.

La mirada de él se clavó en el reloj de bolsillo de oro macizo que descansaba sobre un pedestal rectangular de ónix, encima de la mesilla de noche. Un regalo de cumpleaños de parte de Josie. Había encontrado la valiosa antigüedad en Suiza, el año pasado.

—Nuestro sistema informático se ha caído —continuó diciendo su contacto en el colegio—. Ninguno de los miembros del equipo de informáticos ha podido resolver el problema, así que hemos traído ayuda de fuera.

—¿A quién? —Vestavia ignoró a Josie por un momento y miró fijamente hacia la ventana, donde las estrellas brillaban en el cielo negro sobre el océano.

—Esas son las buenas noticias. Se trata de una alumna con la que hemos estado en comunicación durante más de un año, en relación con un programa que ha diseñado para actualizar todos nuestros sistemas sin necesidad de que haya muchas personas implicadas.

—Entonces ¿ella está autorizada para visitar el colegio?

—Por supuesto. Yo personalmente revisé su expediente. De pequeña era una cría un poco rarita y callada de una familia prominente. En realidad, es una de las de la línea D-ange-ruese, pero la muerte de su madre fue sospechosa, por lo que decidieron no tomar su nombre en consideración. Su padre es un respetado miembro del gobierno francés, y se rumorea que será nuestro próximo primer ministro.

—La idea no me entusiasma demasiado —rezongó Vestavia. Su contacto en l’École d’Ascension era de plena confianza y el colegio había sido uno de los campos de caza favoritos de los Fratelli a lo largo de generaciones debido a su seguridad y exclusividad, pero aquella situación rompía con el protocolo—. Manténgala vigilada e infórmeme inmediatamente acerca de cualquier hecho inusual.

—Por supuesto.

—¿Cuál es la situación de las tres estudiantes? —preguntó Vestavia, llevando la conversación hacia el asunto que más le importaba.

—Todo está en orden. Todas están en la lista como si hubiesen sido autorizadas para salir fuera del campus, con excepción de la última.

—Tan pronto como recojamos a la última adolescente, ustedes recibirán un aviso para ajustar los registros y que así estos reflejen que partió voluntariamente.

—Recibí una llamada de uno de los padres esta semana.

Josie se desperezó y se acercó para acariciar el pene endurecido de Vestavia. Él se tensó y luego se las arregló para responder:

—¿Cuál de ellos?

—Uno de los trabajadores de la propiedad de los Puentes preguntó si Amelia se había ido con la autorización del colegio. Yo les aseguré que así había sido, que ella era una estudiante excepcional y que cuando se fue había dicho que visitaría a un amigo en Alemania. Aceptaron la explicación sin hacer más preguntas.

—La próxima chica será la última, y todo deberá haber concluido este jueves —enfatizó Vestavia.

—La economía de Estados Unidos y su infraestructura serán puestas a prueba el próximo martes durante las elecciones presidenciales. Veremos si este país es la superpotencia que se figura ser.

Colgó el teléfono mientras las habilidosas manos de Josie liberaban su cuerpo del estrés persistente. Con el éxito en esta próxima prueba, tendría a los miembros de la hermandad norteamericanos dispuestos a cualquier cosa que él sugiriera.

Pero todavía debía encontrar a ese topo llamado Espejismo. El informante podía ser cualquiera cercano a un miembro de la hermandad, lo cual incluía a las mujeres.

Josie era la mujer de la orden más capaz que él había conocido. Contuvo la respiración cuando los labios de Josie se cerraron alrededor de su erección, y deseó intensamente que ella no fuera la informante.