Vestavia se hallaba de pie cerca de la puerta de la sala de conferencias en el edificio de Trojan Prodigy. Le dio la mano al cuarto miembro de la hermandad que había llegado para la reunión convocada. Se tomaba su tiempo con cada una de las manos arrugadas pero firmes que apretaba.
A un lado, la pared acristalada del piso treinta y dos daba al distrito de negocios de Brickell. En el interior de las ventanas ahumadas se había instalado un cristal blindado, para garantizar la seguridad. Además, se había entretejido una fina tela metálica en el interior del vidrio extra que impedía ser visto desde el exterior a la luz del día y también en las horas nocturnas, como ahora, cuando la oscuridad envolvía la bulliciosa ciudad.
Aquellos cuatro miembros de la hermandad, que habían llegado de Washington, Chicago, Nueva York y Seattle, eran la columna vertebral de los Fratelli de Norteamérica, los que dominaban a los demás.
Aquel era el ejemplo perfecto para entender por qué un grupo de doce miembros de la hermandad nunca podría gobernar un continente de manera exitosa. Era demasiado fácil para un hombre manipular el poder.
—Cada uno de vosotros tiene una copia del archivo de nuestro proyecto actual. —Vestavia señaló con la mano los cinco lugares donde estaban las carpetas. En cuanto los hombres se sentaron a un lado de la larga mesa de conferencias de madera de nogal y revisaron las carpetas, Vestavia sirvió a cada uno su bebida preferida, es decir, whisky escocés o ginebra.
Con treinta y ocho años, él era el más joven de los doce miembros de la hermandad; el presente grupo iba de los cincuenta y dos a los setenta años de edad. Eso le recordaba que él era el partidario más reciente ascendido a aquel nivel. Su ascenso había tenido que ver con la inesperada muerte del hermano Bacchus el año pasado.
Aquellos miembros en representación de Norteamérica creían que el pobre Bacchus había sucumbido a un ataque de corazón mientras dormía.
Esa era una versión de la verdad.
De haberse sospechado que había habido algún tipo de juego sucio se habría programado una autopsia en una clínica privada. Esta habría revelado un componente químico sintético en la muestra de sangre de Bacchus, el catalizador de su fallo de corazón.
Pero Vestavia había sido cuidadoso, eliminando al único miembro de la hermandad que sospechaba de cada uno de sus movimientos desde el principio y que cuestionaba constantemente su lealtad a los Fratelli.
Ahora él era el miembro de la hermandad homenajeado y Bacchus había quedado fuera de juego.
Algunos de los hombres más poderosos de Norteamérica estaban sentados ante la mesa, y ninguno de ellos tenía ni la menor idea de que un angeli estaba sentado entre ellos.
Ellos creían que los Angeli no habían sido más que un mito, pero Vestavia era muy real. La hermandad conocería su poder cuando él y seis angeli más emergieran para guiar la construcción de un nuevo mundo en cuanto el trabajo preliminar se hubiera completado. Por ahora, fingiría respetar a hombres que no valían lo bastante para merecer hallarse en la misma habitación que él.
Él había sido el primero de los Angeli infiltrado en los Fratelli, la organización más poderosa del mundo… por el momento. Un conjunto de hombres brillantes tocados por el genio, pero sin embargo incapaces de generar un verdadero renacimiento. Entendían los mecanismos para colapsar las industrias más importantes de las naciones, pero no comprendían el arte de desbaratar cada nación metódicamente.
—Cada cosa estará en su sitio el viernes. —Vestavia se sentó a la cabecera de la mesa—. Para asegurarnos del éxito, no debemos permitir que Estados Unidos deje de concentrarse en el asunto del petróleo.
Fra Diablo, el mayor del grupo, que podía influir en los votos, había apoyado la promoción de Vestavia como miembro de la hermandad. Su mandíbula caída se movió cuando levantó la cabeza y alzó una espesa ceja blanca. La piel se aflojaba debajo de sus ojos, y tenía la nariz torcida hacía abajo, casi ganchuda. Inspiraba profundamente y resollaba levemente al exhalar el aire.
—Con los precios del petróleo subiendo más rápido de lo que ningún país anticipaba, y particularmente Estados Unidos, eso no debería ser un problema —sugirió Diablo—. ¿Qué pasa con las adolescentes?
—La última será secuestrada esta semana —le aseguró Vestavia.
—¿Este montaje no está demasiado cerca de las elecciones presidenciales, que son la semana que viene? —Fra Benedict, el banquero, como le decía Vestavia, era siempre el primero en expresar críticas. Más gordo que alto, Benedict, se caracterizaba por una actitud malhumorada y negativa. Señalaba cualquier fallo potencial, por minúsculo que pudiera ser, para ser el único que pudiera jactarse de su capacidad de prever los problemas cuando estos ocurrían.
Moderación, contención. Vestavia había tenido un ascenso veloz por ser capaz de mostrar una sincera mezcla de humildad y confianza a los miembros de la hermandad, pero mostrarse sumiso delante de un rango inferior era una prueba de disciplina.
—Todo ocurrirá en el momento oportuno —dijo Vestavia, esperando que su tono resuelto pusiera fin a la discusión—. Un calendario de actuación adecuado es la clave del éxito, tal como lo fue cinco meses atrás al orquestar la reunión que tuvo lugar en el edificio del Capitolio. —Dejó que esa observación reposara, para recordarles a todos que nada de lo ocurrido hubiera sido posible sin su habilidad para trazar planes—. Precipitarse en la ejecución de cualquier parte del programa es tan peligroso como quedarse atrás. Estamos siendo perfectamente puntuales con los plazos.
Ninguno de los hombres de aquel grupo insultaría a otro miembro de la hermandad o se comportaría de manera inapropiada. Creían en el orden y el respeto. Por muy contradictorio que pudiera parecer, serían capaces de matar por la hermandad, pero no permitirían muertes innecesarias. Jamás emprenderían acciones innecesarias que pudieran llamar la atención sobre la orden.
Cometer ese tipo de acciones sería una muestra de falta de respeto por los Fratelli.
Al menos Vestavia tenía la sensatez necesaria para ver lo absurda que era aquella idea, puesto que las muertes son inevitables cuando se trata de conquistar.
Fra Morton tenía la costumbre de levantar la mano un par de centímetros por encima de la mesa, con el dedo índice extendido, cada vez que hablaba, como para remarcar su lugar.
—¿Nadie sospecha de las desapariciones de las adolescentes?
Vestavia negó con la cabeza.
—No. Hemos sido cuidadosos con nuestra selección. Todas parecen haber dejado la escuela por voluntad propia.
Morton asintió con su cabeza calva, apretó los labios como pensando y apoyó la palma de la mano sobre la mesa. Tenía un cuerpo desgarbado, que hacía juego con su rostro anodino, y llevaba un traje marrón sin personalidad. Un observador distraído habría despreciado su pregunta simple y su tranquila aprobación, como si fuese la cosa más fácil del mundo, pero Vestavia nunca se tomaba nada con indiferencia. Había investigado a cada uno de esos hombres concienzudamente.
Morton pertenecía a la junta directiva de seis firmas internacionales, tres de las cuales poseían los mayores contratos de defensa. No era nada fácil.
Fra Dempsey tomaba notas en cada reunión. Interrumpió por un momento su escritura.
—¿Qué pasa con el venezolano? ¿Tiene alguna sospecha sobre el uso que se hará de las adolescentes?
—No. —Las manos de Vestavia descansaban a cada lado de la carpeta, dándole un aspecto relajado—. Me he asegurado de que Durand Anguis tenga otras preocupaciones mayores que el destino de esas adolescentes, y estoy seguro de que cumplirá con sus tareas a tiempo.
—Será impresionante… si todo sale como esperamos. —A sus cincuenta y dos años, Dempsey era uno de los miembros de la hermandad más experimentados, y sus posesiones incluían varios rascacielos en distintas partes del mundo y una fábrica de lujosos yates que producía embarcaciones a medida para dirigentes mundiales y buques destinados al comercio internacional, además de submarinos privados. De cuerpo esbelto, poblado cabello gris y un bronceado intenso, a Vestavia le recordaba a una estrella de cine cuyo nombre no lograba recordar.
—Todo irá como he explicado en la presentación original del proyecto. —Vestavia hubiera preferido que Mandy le hubiera sido entregada a él, pero ella no sabía nada relevante, y no había sido más que un cordero sacrificado. Él solo había ordenado el secuestro para llamar la atención de Espejismo, que picó el anzuelo en cuanto se filtró el dato de que Durand estaba involucrado.
El único error de aquel plan había sido no capturar a Espejismo, pero Vestavia no tardaría en encontrar a aquel informante que trabajaba por su cuenta, y haría callar a aquella rata.
—Yo tengo una preocupación, hermanos. —Un silencio incómodo se extendió a lo largo de la mesa y se depositó bajo la piel de Vestavia. ¿Iban a cuestionarlo? ¿A él? Luchando contra la urgencia de rebelarse, Vestavia recurrió a la fuerza que sus antecesores le habían transmitido por vía genética, la habilidad estratégica, y decidió mostrar un rostro tranquilo.
Benedict nunca escribía nada en las reuniones, pero levantó un bolígrafo de oro con una mano rechoncha, manoseándolo como si fuese un rosario.
—¿Qué pasa si falla el venezolano o si alguna de las adolescentes no responde como esperamos o…?
«¿Y qué pasaría si pudieras follarte a una mujer como Josie?», quiso responderle Vestavia. El porcentaje de posibilidades tenía que ser el mismo. Era difícil imaginar que Benedict, el banquero, controlaba el veinte por ciento de todas las transferencias de dinero entre Estados Unidos y el extranjero.
Vestavia alzó una mano para detener a Benedict el banquero antes de que expusiera otra preocupación en la mesa.
—Tal como os expliqué la última vez, tenemos tres adolescentes, y solo necesitamos una. Las otras dos son una especie de seguro. Se trata de un plan sencillo, pero bien construido, que dará grandes resultados.
Diablo había apoyado el ascenso de Vestavia hasta aquel nivel y demostraba ser la voz más fuerte del grupo. Se aclaró la garganta, y empezó a hablar.
—Espero estar hablando por todas las personas aquí presentes al decir que creo que has hecho un trabajo excepcional al planear el siguiente paso. —Diablo hizo una pausa, como esperando a ver si alguien lo contradecía antes de continuar—. De todos los lugares donde hemos probado los agentes biológicos durante los últimos tres años, Estados Unidos fue el más rápido en ser rechazado. Veremos resultados más rápidos en pruebas futuras una vez tengamos este país en una posición más sostenible. Después del viernes, el mundo podrá ver de primera mano cómo la nación más industrializada del mundo maneja una crisis de un impacto aún mayor que la que generaron los aviones que chocaron contra las Torres Gemelas. Y nosotros veremos quiénes de los depredadores de los otros continentes hacen el primer movimiento.
—Bien. —Vestavia mantuvo una expresión tranquila a pesar de que quería sonreír, disfrutar del momento, pero ya lo celebraría pasando una semana con Josie en su isla privada. Pronto—. Estoy preparado para la segunda mitad de los fondos. —Pero se necesitaba el voto mayoritario para mover los fondos, y los cuatro miembros de la hermandad presentes junto a él en la habitación tenían los poderes de los otros siete no presentes.
—Si todos estamos de acuerdo, los once millones se moverán en veinticuatro horas. —Fra Diablo paseó una mirada aguda alrededor de la mesa, esperando una respuesta de cada uno.
Morton levantó de nuevo su dedo y asintió con la cabeza. Dempsey golpeaba el bolígrafo contra la cubierta de piel de su cuaderno de notas, pero movió la cabeza en señal de conformidad.
Todos los ojos se volvieron hacia Benedict, que suspiró profundamente y finalmente dijo:
—Estoy de acuerdo.
Cuando se pusieron en pie para salir, Vestavia captó la severa mirada que Diablo le dirigió. Era una señal de advertencia, con un mensaje claro: «No hagas que me arrepienta de haberte apoyado».
Los hombres se levantaron y salieron en fila. Todos excepto Diablo, que le ofreció la mano.
Cuando se saludaron, Vestavia se inclinó hacia él.
—No hay razón para preocuparse, pero necesitaba verte hoy también por otro asunto. Necesito tu apoyo para algo más.
—¿De qué se trata? —Los ojos de Diablo mostraban su vacilación.
—Una muerte necesaria.
—¿Además de las que ya están propuestas?
—Sí. Una que no está del todo relacionada con el acontecimiento del viernes, pero que es importante para la seguridad de nuestra organización.
—¿Quién? ¿Por qué no lo has expuesto durante la reunión para que todos los miembros de la hermandad participaran de la decisión?
Vestavia puso cuidado en la elección de sus palabras para no insultar directamente a un miembro de la hermandad, pero en su libro todos eran sospechosos.
—Porque ha habido una filtración en la operación de las adolescentes y Espejismo. Tenemos un topo trabajando para uno de nuestros miembros que está pasando información y debemos ocuparnos de él… siempre que no se trate de un fratelli.
•• • ••
Un flujo regular de pasajeros se movía junto a Carlos en ambas direcciones a través del aeropuerto de Carcassonne. Las conversaciones eran una mezcla confusa de idiomas, pero la mayoría parecían francés.
Volvió a mirar su reloj por segunda vez después de que hubieran transcurrido los diez minutos y sacudió la cabeza.
Gabrielle había tardado menos tiempo en ducharse y cambiarse de ropa antes de que abandonaran la cabaña, así que refrescarse no debería entretenerla tanto.
Se dirigió al cuarto de baño de mujeres, un lugar donde ningún hombre querría entrar sin ser invitado. Con un poco de suerte, usando la excusa de que estaba buscando a su compañera de viaje, no quedaría tan mal.
Al llegar a la entrada, dos jóvenes salían empujando sus maletas y charlando. Lo miraron molestas, con ojos asombrados. Luego lo repasaron con la mirada, sonrieron y murmuraron algo en francés con un tono seductor.
Carlos les guiñó el ojo. Ellas se ruborizaron y se escabulleron.
Justo detrás de ellas, una mujer bien proporcionada, con un traje chaqueta de falda color canela que dejaba ver sus hermosas piernas salía del cuarto de baño. Miraba hacia abajo, refunfuñando algo mientras luchaba con un botón de su chaqueta.
Llevaba un abrigo como el de Gabrielle y una maleta también idéntica.
Carlos vaciló en medio de un paso en el mismo momento en que ella se detuvo bruscamente frente a él y levantó la cabeza. Tuvo que esforzarse para que le saliera la voz.
—¿Gabrielle?
—Coge esto. —Empujó el equipaje de mano hacia él, murmurando—. Puedes llevarlo mientras acabo de vestirme. ¡Intenta hacer todo esto en diez minutos!
Ella se adelantó airada, luego miró a ambos lados y finalmente se volvió hacia él. Tenía el pelo recogido con un moño alto que realzaba sus mejillas. La mirada de enfado que le lanzó empeoraba mientras seguía allí esperándolo.
—¿Y ahora qué? —Su acento era más marcado.
Carlos se repuso y avanzó hacia ella, sorprendido por aquel cambio total y tan repentino. Había entrado a ese cuarto de baño mona pero totalmente descuidada y ahora salía refinada como una mariposa.
—Estás… guapa —consiguió decir por fin. No era preciso.
Estaba impresionante y llevaba una ropa que la hacía endiabladamente seductora.
Apostaba lo que fuera a que estaría todavía mejor sin ella.
—Ese cumplido no hará que me dé más prisa —le espetó ella—. Y no me preguntes si estoy hambrienta.
—¿Estás hambrienta? —Él sonrió abiertamente. A veces se comportaba como una pequeña mandona.
La respuesta de ella fue un bufido de indignación. Enderezó la espalda y extendió la mano para coger su equipaje, apretando los labios, ahora de un color sandía.
Él desde luego sí estaba hambriento. Otra mirada a esas piernas y estaría muerto de hambre, un hambre que no podría saciarse con comida.
Gabrielle movió las manos hacia las caderas.
Carlos se tensó.
—No lo hagas.
—No pasa nada. —Se puso las manos en las caderas y no ocurrió nada, ninguna alarma sonó en su teléfono—. Puse ese pequeño artefacto en otro lugar más adecuado.
Carlos dio unos golpecitos con el pulgar en el asa de su maleta, viendo que durante los próximos días iba a haber una guerra de voluntades. Era una perspectiva irritante, pero con un lado bueno. Las mujeres pretenciosas con aires de esnob generalmente no le interesaban.
Cuanto más mantuviera ella ese aire de nobleza, menos tendría que preocuparse por la atracción salvaje que sentía.
Le pasó la maleta.
—Discutiremos eso más tarde, pero no vuelvas a cambiar nada de lo que yo haga.
Eso debería haberla provocado, realzando la odiosa arrogancia que podía esperarse en alguien de alta cuna.
Pero en lugar de eso, los aires de Gabrielle disminuyeron con esa reprimenda.
—Lo siento, yo solo… ya sabes, me preocupaba darle sin querer al aparato y armar un escándalo. —Sus ojos miraban a cualquier sitio, evitando su rostro.
La había incomodado, de nuevo. Al parecer esa era su especialidad con aquella mujer. Carlos le tomó la barbilla para conseguir que lo mirara a los ojos.
—No has hecho nada malo, en serio.
Ella lo miraba con una expresión cargada de dudas, así que Carlos añadió:
—No tenía ni idea de que estabas haciendo todo esto, pero estás preciosa. —Los cumplidos alimentan la seguridad de una mujer, pero en ese caso él sentía las palabras que decía.
La mirada de ella se suavizó. Y los labios de color sandía se relajaron y redondearon más.
Había sido un comentario estúpido, porque ahora él estaba pensando en lo atractiva que era y en las ganas que tenía de volver a besarla. Estaba aún más deseable que cuando había despertado en sus brazos durante el vuelo. Era difícil de imaginar, pero cierto. Cuando ella había despertado de la pesadilla, él miró fijamente sus ojos hinchados por el sueño, su pelo alborotado y aquel rostro inocente, y tuvo que recordarse a sí mismo por qué estaban juntos y luchar contra cada músculo de su cuerpo para no saciarse con su boca.
Gabrielle separó los labios. Su lengua se deslizó sobre el labio inferior, dejando un rastro de saliva.
El cuerpo de Carlos se encogió. Aquello era un problema.
Un hombre que llevaba un abrigo se volvió bruscamente cerca de ella.
Carlos atrajo a Gabrielle a su lado.
—Vas a arrugarme la ropa, que ya ha salido bastante arrugada de la maleta —se quejó ella mientras se alisaba la americana.
No podía creer lo rápido que su humor cambiaba de sentirse enfadada a herida o irritada.
—Arrugarte la ropa es la menor de mis preocupaciones cuando alguien hace un movimiento brusco cerca de ti.
Ella se volvió, y sus ojos escudriñaron a la multitud.
—¿Quién ha sido?
—Esta vez nadie —susurró él—. Pero de ahora en adelante tienes que estar en guardia y hacer lo que yo te diga. —Le dio esta última orden en un tono más amable.
A pesar de todos sus esfuerzos, obtuvo a cambio una mirada que indicaba que ya estaba cansada de que le dijeran lo que tenía que hacer. Esa era exactamente la razón por la que Carlos la había acompañado. Retter a estas alturas ya habría perdido la paciencia y la intimidaría para conseguir que se mostrara sumisa, y eso la habría vuelto catatónica o la habría hecho gritar.
O tal vez Retter habría tratado de seducirla para dominarla.
Eso habría funcionado, pero la sola idea de Retter poniéndole la mano encima desataba en él un mal humor cuyo origen prefería no identificar.
Esta idea no ayudó a mejorar su tono cuando se dirigió a Gabrielle:
—Vamos.
Ella emitió otro sonido ofendido, que él tradujo como una manifestación de que accedía a continuar pero tendría que escuchar sus quejas más tarde.
Carlos la miraba furtivamente, tratando de descubrir qué veía de diferente en Gabrielle más allá de la ropa, ese recogido de pelo tan sensual y el ligero maquillaje que llevaba en los ojos.
Algunos hombres volvían la cabeza para mirarla, pero ella no parecía notarlo.
Carlos se había puesto sus gafas de sol y observaba a todo el mundo. No esperaba encontrar allí ninguna amenaza, pero había que estar siempre preparado. Cuando llegaron a la zona de conductores de limusinas, él se adelantó, interponiéndose entre Gabrielle y un hombre de baja estatura con un traje negro a medida que le daba un aire de millonario.
El pequeño individuo sostenía un cartel blanco con la palabra «Ascension» y un escudo dorado con un halcón en vuelo.
Gabrielle se situó junto a Carlos.
El conductor dijo:
—¿Mademoiselle S?
—Oui, pero prefiero el inglés, ya que mi compañero no habla francés de forma fluida. —Su tono seco indicaba que cualquier alternativa sería inaceptable.
Cuando el conductor le hizo un gesto de desdén ante su incapacidad para hablar el idioma local, Carlos sintió ganas de aplastarle la nariz.
—Como usted desee, mademoiselle S, y llamaré para informar a los demás de su petición. —El conductor cogió todo el equipaje, con excepción de la bolsa del ordenador, que conservó Carlos.
Se inclinó hacia ella para que el hombre no lo oyera.
—Continúa impresionándome.
A ella se le escapó una sonrisa que iluminó sus carnosos labios. De nuevo se mostraron sus hoyuelos. En aquel momento era la viva imagen de una joven despreocupada y sofisticada. Carlos estaba sin aliento.
Era una mujer que podía esconder más secretos que él.
Una combinación peligrosa.
Carlos y Gabrielle se subieron a una larga limusina negra y guardaron silencio mientras el coche salía del aeropuerto. En raras ocasiones él podía ver las ciudades desde aquel lugar privilegiado. Normalmente viajaba al amparo de la oscuridad y abandonaba la ciudad del mismo modo silencioso.
Carlos esperaba que su teléfono móvil emitiera el sonido de mensajes entrantes, pero cuando lo revisó no tenía señal.
—¿No hay cobertura?
—Sí, pero el servicio se ha visto afectado esta semana por grandes reparaciones en las torres más antiguas. Supongo que volverá a funcionar rápidamente… más o menos dentro de una hora.
Cuando el conductor se dirigió hacia el este en lugar de al norte, Gabrielle cuestionó su ruta.
—Hay un desvío por obras en esa dirección. Eso nos retrasaría más que tomar la carretera directa a la cité —explicó el conductor, empleando el término local para referirse al centro.
A Gabrielle se le escapó una pequeña exclamación, y Carlos sonrió ante su excitación.
—Ese castillo fue construido en el siglo XI —le explicó ella, y pasó a relatarle la sangrienta cruzada que hubo en aquella época. El conductor siguió por la autopista hacia Carcassonne y dobló hacia el norte, pasando justo delante del castillo. Los visitantes transitaban caminos polvorientos hacia la fortaleza amurallada y las torres, que parecían flotar por encima del suelo en la brumosa mañana.
—Hay seis torres y barbicans —continuó ella, desempeñando el papel de su guía turística particular.
Carlos tenía que reconocer que la vista de aquella ciudad medieval tan bien preservada con kilómetros de muralla era una imagen increíble, y le hubiera preguntado qué era una barbican de no haber sido porque estaba disfrutando demasiado de su voz como para interrumpirla. El castillo adquiría una cualidad mágica cuando ella lo describía.
—Cuando caen las manzanas y se pudren en el suelo huele como a sidra —continuó.
—Mmmm. —Pero Carlos estaba inhalando el delicado perfume que ella debía de haberse puesto en el aeropuerto. Y su deseo como turista ahora se limitaba a contemplar la elegante forma de su esbelto cuello. Tan atractivo y condenadamente deseable. Debería estar mirando las calles adoquinadas y el paisaje, pero no había nada al otro lado de la ventana que atrajera tanto su atención como la mujer que tenía junto a él.
—Se supone que este castillo sirvió de inspiración para la película de La bella durmiente, y creo que lo usaron para Robin Hood —terminó ella casi sin aliento mientras salían de Carcassonne y se adentraban por carreteras serpenteantes a través de una extensión de viñedos. Se apoyó contra el asiento y añadió—: Por muy imponente que sea este, el castillo de l’École d’Ascension también es magnífico.
—¿Estás ansiosa por volver a verlo? —Deseaba pasar el dedo a lo largo de su cuello, para sentir la suavidad de su piel.
Para tocarla.
—Oui —susurró ella, al tiempo que se volvía y se encontró con su mirada. Sus ojos brillaron por un instante. Justo lo suficiente para hacerle saber que había leído sus pensamientos.
Él se maldijo en silencio y dejó que una expresión neutra se instalara en su rostro. Ella pestañeó como si estuviera confundida, y después se encogió de hombros.
El conductor continuó camino al nordeste durante los siguientes cuarenta minutos. Gabrielle continuaba señalándolo todo, desde los setos florecientes de rosas hasta los árboles de doscientos años que había a lo largo de la estrecha carretera por la que viajaban. Los álamos despuntaban sobre las montañas cuyas laderas aparecían cubiertas por una ondulada alfombra de viñedos. Finalmente, salieron de la carretera por un camino polvoriento que necesitaba algo de la lluvia que parecía estar a punto de caer.
Ni siquiera el mal tiempo lograba empañar su espíritu.
Cuando el castillo que albergaba la escuela surgió a la vista, Gabrielle se enderezó.
—Se eleva a través de la niebla como en un cuento.
—Sí, como en un cuento de hadas —murmuró Carlos, viéndolo de un modo diferente. Probablemente como Korbin y Rae, para quienes sería una pesadilla logística, por la imposibilidad de llegar a acceder a él. Unas paredes de piedra formidables envolvían una fortaleza que probablemente tendría unas diez hectáreas. Grandes nubes acechaban por encima del castillo. Justo alrededor del recinto había una parcela de tierra despoblada donde no crecía ningún árbol. Era una gran estrategia de defensa del pasado esa de aclarar los alrededores para que los guardias pudieran ver acercarse al enemigo.
L’École d’Ascension tenía el claro privilegio de ser una de las pocas escuelas privadas de Francia donde habían estudiado los principales dirigentes de la nación y miembros de la familia real. Las otras escuelas pertenecían al gobierno y eran igual de exclusivas.
—Yo solía ir de excursión por ahí cuando la escuela nos dejaba salir tras los muros, con guardias de seguridad. —Señaló una hilera de árboles junto a un arroyo que había más o menos a medio kilómetro. Era la zona verde más cercana—. Los jardines del interior son maravillosos, pero yo siempre he querido una fuente. Me hubiese gustado que dentro hubiera una zona con agua para poder caminar por el patio sin nadie de seguridad vigilando.
Carlos ignoró el paisaje cuando advirtió el ligero temblor de sus dedos.
El conductor estaba hablando por su móvil, así que Carlos se inclinó hacia ella y le susurró cerca de la mejilla.
—¿Qué te preocupa?
Ella se mordió el labio inferior, luego volvió el rostro hacia él y le explicó:
—Ya sé que es una tontería, pero pasé los años que estuve aquí aterrorizada ante la perspectiva de ser enviada al despacho de LaCrosse, y ahora voy a enfrentarme al hombre que me esforcé tanto por evitar siendo estudiante. —Sonrió tímidamente—. Es brillante y está entregado a la escuela. No quiero que parezca un ogro, pero probablemente fuera su envergadura y su poder los que nos asustaban siendo niños.
Carlos movió una mano para cubrir la suya.
Ella miró esa mano y luego lo miró a él.
—Todo irá bien —le susurró él—. No me apartaré de tu lado.
Ella sonrió y asintió con la cabeza.
—Puedo hacer esto.
Ahí estaba la fuerza que él había atisbado en ella. Esperaba que fuera suficiente para evitar que los descubrieran.
Dentro de las paredes del castillo, Carlos vio lo que Gabrielle había estado intentando contarle. Los jardines del interior estaban tan perfectamente esculpidos que uno se preguntaba si los jardineros eran ingenieros y además artistas. Cuando la limusina aparcó, Carlos bajó y fue al otro lado del vehículo para abrir la puerta a Gabrielle antes que el conductor. Oyó otro sonido de indignación por eso.
Carlos ofreció una sonrisa siniestra al pequeño bastardo, que se encogió frunciendo el ceño.
En la cima de los escalones de piedra había un par de puertas de roble con forma de arco que tenían bisagras negras y un escudo heráldico con pájaros en la superficie desgastada. Cuando la puerta izquierda se abrió de golpe, apareció un hombre de aproximadamente cincuenta años con un rostro duro y labios gruesos demasiado rosados para un hombre. Su traje color carbón no era más atractivo que sus severas cejas grises con forma de oruga. Esperó pacientemente a que Gabrielle y Carlos subieran los escalones.
—Bienvenida, mademoiselle Saxe —la saludó, y luego se volvió hacia Carlos—. Usted debe de ser su guardia de seguridad. —Sus palabras iban cargadas de desprecio.
Carlos no dijo nada, ya que él era la única persona que acompañaba a Gabrielle y esa afirmación lo rebajaba a la altura de ayuda contratada. ¿Aquella pandilla realmente pensaba que sus desaires lo iban a amedrentar? Tenía ganas de reírse.
—Tengan la amabilidad de seguirme. —Su guía inclinó la cabeza y se puso en marcha para que avanzaran detrás de él.
El pasillo por el que entraron tenía techos arqueados de más de seis metros de altura pintados con la técnica de trompe l’oeil. Básicamente había un grupo de pequeños ángeles casi desnudos que se señalaban unos a otros. El guía siguió su camino por otros pasillos también con forma arqueada con elaborados grabados de hojas doradas que probablemente eran realmente de oro. El lugar podría ser un museo con toda aquella intrincada artesanía presente en cada pieza de la estructura y en cada superficie pintada. En cada espacio abierto había unos candelabros de diseños tan delicados que a él le hicieron pensar en encajes de cristal.
Siguieron al guía subiendo por los escalones de mármol gris azulado de una espectacular escalera con balaustradas en negro y en dorado que representaban viñas que se retorcían en formas verticales. En el descansillo superior, que formaba un semicírculo con pasillos a cada lado, había lujosas alfombras tejidas a mano que cubrían el suelo con escenas de la antigua Francia.
A Carlos le impresionó todavía más la estrecha grieta que había detectado en los arcos de entrada a cada una de las zonas por las que pasaban. Debía de ser allí donde aquel colegio escondía sus aparatos de seguridad, ya que nadie les había pedido que vaciaran los bolsillos o el bolso de Gabrielle.
No llevaba pistola, pero el hecho de haber vivido solo en las calles durante su adolescencia le había enseñado cómo encontrar un arma en cualquier parte y en cualquier momento.
Un hombre de unos cuarenta años, con el pelo castaño corto y bien peinado, estaba sentado ante un escritorio de caoba en el centro de la zona donde habían llegado. Tapices de un valor incalculable cubrían las paredes a cada uno de los lados. Estaba mirando la pantalla de un ordenador hasta que se acercaron, luego alzó la vista y se puso en pie. Ensayó una sonrisa de cortesía en su rostro perfectamente afeitado y despidió al guía haciéndole un gesto con la cabeza antes de empezar a hablar.
—Mademoiselle Saxe. Me alegro de verla. Soy Pierre Prudhomme —le dijo sonriente.
Gabrielle inclinó la cabeza educadamente.
—Monsieur.
—Un momento. —Pierre levantó el auricular de un teléfono y habló en voz demasiado baja como para que pudieran oírlo. Luego colgó y señaló una puerta que había varios pasos más allá. Después de dos palmadas, abrió la puerta, dio un paso atrás y la miró de frente.
—Monsieur LaCrosse la está esperando y ya ha sido informado de su preferencia por el inglés.
Gabrielle se enderezó hasta el punto de que Carlos se preguntó si podría manejar la presión que debía de estar sintiendo sobre sus hombros. Cuando entró en la habitación, él la siguió y se quedó apartado, representando el papel de guardaespaldas, con los pies separados y las manos detrás de la espalda. Se colocó en las sombras.
No tenía sentido estropear su imagen de guardia de seguridad contratado.
LaCrosse estaba de pie detrás de un escritorio de madera caoba con intrincados diseños de pájaros tallados en las esquinas. La pieza debía de tener unos doscientos años y haría parecer enano a un hombre más pequeño. Pero LaCrosse tenía una altura de casi dos metros y llevaba un traje marrón corteza que suavizaba los ángulos de su enjuta figura. Su cabello escaso en varias capas cortas hacía juego con el color del traje. En contraste con su blanda imagen de colegial, tenía unos ojos verdes tan agudos como los de un gato, que captaban todo con precisión.
Carlos podía entender que el simple tamaño de aquel hombre aterrorizara a una jovencita, pero Gabrielle ahora era una mujer adulta.
Sin embargo, lamentaba haberla puesto en aquella situación.
—Mademoiselle Saxe, qué agradable volver a verla. —LaCrosse se adelantó unos pasos, le tomó la mano y depositó un educado beso en sus dedos antes de soltársela—. Confío en que haya tenido un buen viaje.
—Sí, merci.
La indecisión de su tono sumiso preocupaba a Carlos. Si fallaba la primera prueba todo se estropearía.
—Por favor, tome asiento —le dijo LaCrosse—. Apreciamos que haya venido a ayudarnos con este problema. Tengo entendido que ha vivido muy aislada durante largo tiempo.
—Me alegra ayudar a mi escuela —dijo ella con total sinceridad—. Por eso continúo siguiendo los chats y tablones de los estudiantes. —Se quitó la chaqueta y la colocó en su regazo al sentarse.
—Sí, sí. Le estoy muy agradecido por su ayuda. —LaCrosse se echó hacia atrás en su sillón de cuero de respaldo alto—. Nuestro departamento de tecnología informática está ansioso por observar cómo inicia el nuevo sistema.
Gabrielle guardó silencio por un momento, y luego dijo:
—Les daré instrucciones después de completar mi trabajo.
Carlos se alegró de estar a la sombra, o de lo contrario LaCrosse habría advertido la expresión de sorpresa ante su tono cortante.
—Solo tiene cuatro días —señaló LaCrosse.
—No veo ningún problema —respondió Gabrielle en un tono menos afilado.
—Sin duda necesitará asistencia mientras esté haciendo las reparaciones y los cambios —contestó LaCrosse con amabilidad, aunque se notaba que estaba molesto por el desaire.
Tener gente alrededor complicaría las cosas, pero Carlos encontraría la manera de encubrirla.
—Si necesitara ayuda se lo habría comunicado. —Otra respuesta cortante que esta vez borró la sonrisa de LaCrosse.
Carlos dirigió una mirada a Gabrielle. Si se mostraba demasiado insolente con ese tipo, puede que los sacaran de allí a patadas. ¿Qué había sido del miedo que le inspiraba aquel hombre?
LaCrosse se inclinó hacia delante, juntando Las manos.
—Preferimos que todo el mundo tenga una escolta mientras está de visita aquí.
En otras palabras, no permitiría que Gabrielle se paseara a su libre albedrío por la finca.
El silencio crecía como una montaña entre ellos mientras LaCrosse esperaba que ella aceptara su decreto, claramente insatisfecho con su cuestionamiento de las reglas.
Gabrielle levantó la cabeza, con la mirada camada y actitud inquebrantable.
—He venido de buena fe, como una alumna que ha caminado por estos pasillos durante muchos años sin necesidad de escolta. Todavía recuerdo cómo atravesar el recinto sin perderme, así que agradezco su oferta de un guía, pero la declino respetuosamente.
Carlos se debatía entre el deseo de felicitarla y las ganas de estar más cerca para darle un toque de advertencia. ¿No se daba cuenta de que él podría distraer a su escolta mientras ella trabajaba? Obviamente estaba haciendo un valiente esfuerzo para manejar óptimamente la situación, pero que la echaran de la propiedad no ayudaría en nada a su misión.
Fue entonces cuando Carlos advirtió cuál era realmente la diferencia que había en ella. Era como si las ropas que se había puesto fuesen su armadura y la dotaran de una confianza que le venía dada por su posición en la vida.
LaCrosse la estudió durante un momento, deliberando alguna cosa, y luego le ofreció una sonrisa tan rígida como si tuviera la boca llena de clavos.
—Como usted desee. —Se puso en pie—. ¿Le gustaría acomodarse en sus habitaciones y después dar un vistazo al sistema?
—Sí, me parece bien. —Su voz volvía a ser la de la mujer recatada que había entrado. Se levantó mientras LaCrosse daba la vuelta al escritorio.
Cuando estuvo a su lado, ella le dijo:
—Me gustaría presentarle a mi acompañante de seguridad…
—No será necesario —la interrumpió LaCrosse—. Tenemos guardias de seguridad excepcionales y usted conoce nuestro protocolo de prueba de seis meses antes de dejar que alguien entre a nuestra propiedad. Le diré al chófer que lleve a su hombre a Carcassonne y que lo recoja dentro de cuatro días cuando la lleve al aeropuerto.